Capítulo X #4
Los labios de Briana se convirtieron en una fina línea que trató de ser inexpresiva, y Hakon evitó cruzarse con su mirada de nuevo, bajando la cabeza.
Él intentaba que todo fuera lo más normal posible después de lo sucedido el día anterior en la granja de Donar, pero era complicado cuando seguía estando con Briana a todas horas.
Esa mujer despertaba una pasión increíble en él.
Solo con recordar su dulce sabor, ya sentía cómo su respiración se hacía pesada y cuando escuchaba su voz, no podía evitar recordar el sonido de sus gemidos ahogados gracias al placer que él le había proporcionado.
Se estaba volviendo loco, debía de ser eso.
—Respondiendo a tu pregunta, Briana, me estoy quitando la ropa porque tengo frío y necesito secarme. Y te recomiendo hacer lo mismo. No conviene que cuando lleguemos a Edimburgo hayas enfermado.
La joven se mordió el labio inferior, nerviosa, y sus ojos no pudieron evitar contemplar con disimulo cómo Hakon terminaba de deshacerse de su camisa, dejándola sobre una silla situada frente a una pequeña mesita.
No creía que él le estuviera diciendo en serio que se quitara la ropa, ¿acaso había olvidado todo lo acontecido entre ellos?
Este pensamiento la molestó más de lo que habría imaginado.
Sentía que necesitaba salir de allí. La joven retrocedió un par de pasos antes de dirigirse de nuevo a la puerta.
—Avísame cuando hayas terminado —le pidió con voz fría.
—Briana, no…
Hakon se adelantó y extendió su brazo, posándolo en la cintura de la joven, pero ella se apartó, como repelida por una fuerza desconocida. Aunque iba vestida con prendas anchas y empapadas, podía sentir a la perfección el tacto de las manos de él.
—Hakon… —entreabrió los labios. Esta vez su mirada se tornó triste—. No sé qué es lo que quieres, pero me temo que no soy capaz de seguir tus juegos; me es imposible entenderte, aunque lo intente con todo mi ser.
—No estoy jugando a nada, ¿es eso lo que crees? —Un rastro de dolor se alojó en los ojos plateados de Hakon, pero ella intentó no verlo. Tan solo la confundiría aún más.
—No logro actuar de forma normal contigo, ni siquiera puedo intentarlo.
Siempre me apartas de ti como si yo fuera solo una obligación, una más de las alforjas que cargáis en vuestra huida de esos…
esos soldados. ¡Por Dios bendito, ni siquiera sé de quién huís!
No sé nada, Hakon. ¿Te das cuenta de eso?
Las lágrimas comenzaron a picarle en los ojos, pero las ignoró. Hakon bajó la cabeza ante sus palabras, pues se sentía extremadamente miserable.
—Acordamos que nada de preguntas, Briana. Tú misma lo dijiste.
—Pues ahora sí quiero preguntarte, quiero saberlo, Hakon.
Todo esto no es solo difícil para ti, sino para todos los demás.
—Se secó las lágrimas de los ojos antes de que estas cayeran y siguió con la mirada clavada en ese hombre que se había apoderado de su mente y de su corazón en apenas unos días—.
¿Quieres saber cuál es mi historia? Porque yo sí quiero contártela.
—La muchacha ignoró que él no había respondido, sino que también había fijado en ella su mirada magnética con rostro apenado—.
Te hablé de mis hermanos en una ocasión…
todo sucedió tras la muerte de mi padre; Bayne decidió apropiarse de todas nuestras tierras y se convirtió en laird, a Gared lo encerró en un calabozo bajo amenaza de muerte y a mí me envió a un remoto convento en Inglaterra, donde nadie me fuera a encontrar…
pero entonces apareciste tú, Hakon. Tú llegaste allí como si Dios te hubiera guiado hasta mi celda, y me devolviste la esperanza de poder salvar a mi hermano de su encierro.
Hakon sintió cómo su mandíbula se endurecía al escuchar la traición de Bayne de labios de su propia hermana.
Debía de ser una auténtica sabandija para haberle hecho eso a su familia.
Apretó los puños, sintiéndose impotente al contemplar a Briana frente a él, al borde de las lágrimas y mirándolo intensamente mientras sus labios temblaban de frustración.
Se sintió tan tentado de estrecharla entre sus brazos que casi le dolió el pecho.
Protegerla y consolarla eran dos instintos que afloraban en su cuerpo cuando la veía y eso nunca antes le había sucedido con ninguna mujer.
Durante los siguientes segundos solo se miraron. Ella suplicaba en su interior para que él reaccionara y decidiera contarle también cuál era esa enorme desgracia que lo perseguía como una sombra. A medida que el tiempo siguió pasando, tan solo deseó que él dijera algo, cualquier cosa.
—Lo siento mucho.
Esas fueron las únicas palabras que salieron de los labios de Hakon.
Nada más. Al parecer, Hakon no pensaba hablarle de su historia.
Algo en la mente de Briana se preguntó por qué habría de hacerlo, al fin y al cabo, llegarían a Edimburgo al día siguiente y no volverían a verse nunca más, ¿qué necesidad había por parte de ese vikingo de abrirse a ella?
—No necesito que te compadezcas de mí. No más aún de lo que ya lo haces, esa no era mi intención al compartir este suceso contigo.
Sin ser capaz de volver a mirarlo a los ojos, Briana asió el pomo de la puerta en sus manos heladas y salió de la habitación, dolida y con el corazón tan congelado como la fría lluvia que azotaba la posada en el exterior.