Pasión Vikinga Capítulo X #2
57%

Capítulo X #2

—Me gustaría que os llevarais con vosotros mi caballo —ofreció Donar, de repente—. Lo necesitaréis durante estos días y…

—No, en ningún caso podríamos aceptarlo —se negó Hakon—. Es igualmente necesario para vosotros, y aquí llevamos cinco buenas monturas que resistirán junto a nosotros el tiempo que haga falta.

—Pero podría ser que…

Hakon alzó una mano, acallándolo.

—En absoluto, Donar. Ya nos has dado más de lo que podíamos pedir, ahora tan solo esperad. Recibiréis noticias nuestras muy pronto acerca del destino de nuestra empresa.

Finalmente, el hombre terminó asintiendo con la cabeza.

Toda la familia les dedicó palabras de ánimo, recordándoles que podían volver cuando quisieran a su pequeña granja.

Briana, incómoda aún por lo ocurrido con Hakon el día anterior, y sabiendo de sobra que él se sentía aún más violentado que ella, se acercó a Viggo con disimulo.

—Podría… —dudó un instante, lanzando una mirada de reojo hacia Hakon.

Al ver que este también la miraba, apartó la vista con rapidez hacia el aniñado rostro de Viggo—.

¿Podría ir contigo en tu caballo? —Viggo enarcó una ceja—.

Quiero decir… no me gustaría importunar siempre a Hakon y sé que él no se negará a llevarme en ningún momento, pero…

Viggo también se giró hacia Hakon, algo dubitativo. No sabía si a él le haría gracia alguna que Briana cabalgara con él, pero al toparse de nuevo con el rostro suplicante de la joven escocesa, no pudo más que asentir con la cabeza. Ella suspiró, aliviada.

Hakon los observó a unos metros de ellos y cuando distinguió que Briana subía al caballo de Viggo, sintió una extraña furia ascendiendo por su cuello.

Trató de respirar y apartó la mirada cuando el vikingo más joven de la compañía dio un experto salto y quedó también sobre la montura.

Con un movimiento indiferente, espoleó a su caballo, lo encaminó hacia la dirección que tenían que tomar y se despidió de Donar y su familia una última vez, alzando las manos.

No le hizo falta mirar hacia atrás para ver que sus amigos lo seguían con rapidez tras él.

En la granja, Donar y su familia aún tardaron unos minutos en moverse de allí. Lillian acariciaba su tripa maternalmente, con gesto ausente.

—Creo que, si es un niño —comentó—, podríamos llamarlo Rurik. Sería como tener un poco más cerca a todas nuestras raíces.

Eileen negó con la cabeza y chasqueó la lengua sin mirar a su hija.

Tan solo seguía observando la humareda de polvo que los vikingos habían levantado en el suelo en su partida y escuchando el sonido de los cascos que se desvanecía poco a poco.

Con la mirada aún perdida, acarició el cabello rojizo de Lillian.

—Será una niña, estoy segura —respondió, después su rostro se puso mortalmente serio—. Y me temo que Rurik no goza del favor de las estrellas. Su camino será duro y tardará años en hallar la felicidad donde menos lo espera. Pero lo hará al final. —Tomó aire y apretó los labios—. Lo hará.

La joven embarazada miró a su madre, interrogante. Esta suspiró, después de unos segundos y se dio la vuelta para volver de nuevo a sus quehaceres en la granja. Lillian no se atrevió a preguntarle qué había querido decir; tan solo se limitó a desear que su madre estuviera equivocada en esa ocasión.

⊹

El camino era pedregoso; tanto que Briana llevaba horas sin sentir las piernas.

Pese a haber dormido bien esa noche — al menos, teniendo en cuenta que no había podido quitarse a Hakon de la cabeza—, sentía un inmenso cansancio que provocaba que sus ojos se cerraran cada pocos segundos y su tronco cayera contra el inmenso pecho de Viggo, que cabalgaba tenso, sin ser capaz de ignorar las miradas punzantes que Hakon le dirigía a tan solo unos metros.

Sin duda alguna, el muchacho no lograba relajarse teniendo a Briana entre sus brazos y se arrepentía de haber aceptado su petición.

No sabía hasta qué punto ella era importante para Hakon, pero lo intuía a juzgar por la incomodidad de su hermano.

El cielo comenzaba a oscurecerse cuando se escuchó el primer trueno, seguido por un brillante relámpago que atravesó la inmensidad del firmamento.

Briana se sobresaltó al escuchar el sonido, despertando de repente.

Durante un segundo, tuvo toda la intención de acurrucarse de nuevo con los ojos cerrados en los brazos que la rodeaban protectoramente.

Fue entonces cuando reparó en que no era ese el olor característico y varonil de Hakon, al igual que ese cuerpo no desprendía el mismo calor abrasador al que ella ya estaba acostumbrada.

Por último, esas manos eran distintas, no estaban adornadas con marcas nórdicas ni tampoco parecían tan duras y fuertes como las de Hakon.

Cuando la muchacha alzó la mirada, encontrándose con su imponente vikingo a unos metros de distancia, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.

Un segundo después, una gélida gota de agua cayó sobre su frente y ella miró hacia el cielo.

—Según me indicó Donar, hay una posada no muy lejos de aquí, en esa dirección. —La voz grave de Hakon devolvió a Briana a la realidad—. Va a caer una buena tormenta, lo mejor será refugiarnos.

Todos asintieron con la cabeza en silencio y espolearon sus caballos para acelerar la marcha.

Aun así, no pudieron evitar que la lluvia cayera furiosamente sobre ellos y, cuando por fin divisaron una pequeña casita que, con toda seguridad, era la posada de la que Donar les había hablado, todos sentían ya que el agua había calado en sus huesos.

Al llegar a ese acogedor lugar, Briana no tenía claro que lograría mantenerse en pie ella sola.

Por una parte, sintió una sensación familiar; estaba claro que ya habían dejado Inglaterra y se encontraban en esa inhóspita tierra de más allá . Las pronunciadas montañas y el verde profundo del paisaje hicieron que Briana por fin se sintiera en casa.

—¿Cómo es Noruega? —le preguntó en voz baja a Viggo, que observaba los alrededores con aire distraído. El joven apretó los labios en un gesto pensativo y miró a Briana.

—No es muy diferente a esto, aunque al mismo tiempo es otro mundo distinto.

Me temo que no sabría hacer justicia a mi tierra tan solo con palabras.

Quizás Rurik o Trud puedan cantarte alguna canción de nuestra tierra, nuestra poesía es tan hermosa como nuestras montañas y lagos y ellos conocen todas las fábulas y letras.

Briana compuso una media sonrisa.

—Me gustaría poder ver esa tierra algún día, entonces.

—¿Ver el qué? —interrumpió Hakon, adelantando su caballo hacia ellos.

Su rostro no expresaba ningún tipo de expresión agradable o de alivio al haber conseguido llegar hasta la posada, sino que esos maravillosos y penetrantes ojos parecían fríos como el hielo, carentes de cualquier atisbo de vida en ellos.

Briana se mordió el labio. Sabía que aquello era por su causa.

Deseó con todas sus fuerzas volver a encontrar a ese vikingo alegre y bromista que había conocido la primera vez que había visto a Hakon.

Al parecer, ese hombre pletórico de vida no aparecía más que en contadas, y cada vez menos frecuentes, ocasiones.

¿Volvería a mostrarse feliz cuando la dejaran en Edimburgo y siguieran su camino sin ella?

—Hablo de vuestra tierra. Acababa de confesarle a Viggo que me gustaría mucho conocer Noruega.

Durante un instante la expresión de Hakon cambió, se suavizó.

—Te agradaría.

—¿De veras?

De nuevo Hakon adoptó un gesto serio, recordando que deberían entrar cuanto antes a esa posada. No sería prudente esperar a que volviera la poderosa lluvia.

—Aun así, es una tierra de guerreros y paganos. No debería ser tu deseo visitarla. —Había un deje de burla en su voz—. Tú eres una dama decente, un alma pura.

Briana le dedicó una mueca sardónica y entornó los ojos.

—De igual manera, seguiré deseando lo que me plazca. Gracias por tu interés, vikingo.

Viggo enarcó una ceja al escuchar esa respuesta por parte de Briana. No sabía qué había ocurrido entre ellos dos, pero era evidente que no había sido agradable. Avergonzado al tener que presenciar una conversación ajena, el joven vikingo se apeó del caballo.

—¿Necesitas que te ayude a bajar? —le ofreció a Briana, mirándola desde abajo.

Ella echó un vistazo hacia el suelo, subida aún en el peludo y fuerte animal.

No estaba demasiado lejos y, además, el hecho de llevar pantalones en lugar de faldas y enaguas era enormemente cómodo a la hora de correr, saltar o tan solo caminar.

Trató de levantar una sola pierna y, tras comprobar que esta no respondía a su llamada, se limitó a asentir con la cabeza.

—Yo lo haré. —Antes de que Briana se percatara de ello, Hakon ya había bajado de su caballo y se encontraba a su lado, tendiéndole los brazos.

Viggo se encogió de hombros y se dio la vuelta para encontrarse con el resto de sus amigos en la puerta de la posada.

Briana miró a Hakon mientras apretaba la mandíbula con fuerza y aceptó a regañadientes la ayuda de este.

El vikingo la tomó por la cintura con facilidad y tiró de ella.

Briana ahogó un grito de dolorosa molestia cuando su espalda se estiró y sus piernas pudieron volver a cerrarse.

Cuando Hakon la colocó en el suelo, sintió su pecho pegado al de ella y sus rodillas temblaron de nuevo, haciendo que estas cedieran al peso de la muchacha, que amenazó con caerse.

Por suerte, Hakon la sujetó con fuerza entre sus brazos para que eso no sucediera.

—¿Puedes andar?

—Puedo —afirmó ella, pero sus piernas volvieron a temblar cuando él hizo ademán de soltarla—. Aunque quizás lo haga mejor dentro de unos segundos.

Notaba un violento cosquilleo en las piernas, que llevaban horas sin moverse. A su vez, un frío intenso calaba sus huesos. Estaba empapada y necesitaba diez mantas con las que cubrirse de forma muy urgente.

—¿Quieres que cargue contigo?