Pasión Vikinga Capítulo X
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Capítulo X

E ra noche cerrada, tanto que cualquiera habría podido pasar a algunos metros del pequeño campamento que el fugitivo había improvisado entre sus amadas montañas de las tierras altas sin percatarse de su presencia allí.

De todas formas, no fue complicado encontrarlos para Johan McGregor.

El hombre pelirrojo y barbudo cruzaba a caballo un pequeño y pedregoso camino.

Trató de cabalgar más despacio en cuanto llegó a un cúmulo de árboles que había visto ya mil veces y suspiró con alivio al reconocer las figuras de algunos de sus amigos por detrás de la abundante y verde vegetación.

Cruzando el camino hasta llegar a ellos, Johan se bajó del caballo y lo condujo al pequeño campamento, asiendo las riendas de su montura entre sus manos.

En cuanto los demás lo escucharon, se pusieron en alerta.

Johan levantó las manos en señal de paz tan pronto como el primero de los soldados amigos reparó en él y se llevó la mano a la empuñadura de su espada.

Acto seguido, tras reconocer el familiar y llameante cabello de su amigo y su pose tranquilizadora, les dedicó un gesto tranquilizador a sus amigos.

—Traigo una misiva urgente —dijo Johan, sin perder el tiempo.

Su compañero asintió con la cabeza, tomó las riendas que Johan le tendía y procedió a hacer una seña a otro de los hombres que vigilaba el campamento.

En apenas unos minutos, Johan se encontraba frente a la modesta tienda del jefe de ese campamento.

Estaba hecha con pieles de animales, rodeada de algunas otras pequeñas carpas.

Las pieles de la entrada se removieron y un hombre alto y fuerte salió de su refugio. Su cabello era dorado, como el más puro y claro oro, y sus ojos azules se fijaron en el soldado, que lo miraba con respeto.

—Señor Gared —lo saludó, haciendo una pequeña inclinación con la cabeza—.

He partido de Dornoch Castle tan pronto como apareció un mensajero extranjero con esta carta.

—Le tendió el sobre, arrugado después de la gran distancia que había recorrido—.

Insistió en entregárosla a vos personalmente; fue complicado convencerlo de que eso no era posible.

Gared frunció las cejas, confuso, pero de igual modo aceptó la carta que Johan le tendía.

Él era uno de sus hombres y amigos más fieles; lo había ayudado mucho en su huida de los calabozos de su propio castillo y, en esos momentos, actuaba como espía, militando en su bando y pasando desapercibido en tierras extranjeras.

En cuanto posó la mano en el sobre supo que era una carta de Briana.

Fue un presentimiento muy fuerte y tan solo lo confirmó cuando rasgó el papel impacientemente y sacó la carta, escrita con la elegancia y soltura que transmitía la caligrafía de su hermana pequeña.

—¿La ha visto Bayne? —preguntó de inmediato.

El hombre pelirrojo negó con la cabeza y apretó los labios con vehemencia.

—No. El mensajero solo habló con dos criados de las cocinas y después me mandaron llamar —explicó—. Les dije que, en ningún caso, podían decirle nada de esto a Bayne y que yo me ocuparía de todo. Confío en ellos, señor. Son de los nuestros.

Gared entendió de inmediato lo que eso quería decir; en el castillo habían quedado aún muchos defensores, tanto de Briana como de él mismo. Aunque había un pequeño porcentaje fiel a Bayne y su locura, la mayoría de los miembros del clan apoyaban a los dos hermanos pequeños como legítimos herederos.

A su espalda, alguien apartó las pieles que cubrían su tienda de campaña y Gared observó el pequeño cuerpo de una mujer aparecer, con los ojos adormecidos aún.

—¿Sucede algo malo, mi luz?

Él centró sus ojos en la oscura mirada de Nya y negó con la cabeza. La muchacha frunció sus labios rellenos y apartó un mechón de cabello rizado de su rostro, cuya piel oscura contrastaba profundamente con la de él.

—Acaba de llegar una carta de Briana —explicó en pocas palabras.

Gared sabía muy bien cuál sería la reacción de la muchacha y no se equivocó en absoluto. Nya pegó un salto, despertándose del todo en tan solo un segundo, y llegó hasta él, tratando de tomar la misiva entre sus dedos para ver qué ponía en la carta que su amiga había conseguido hacerles llegar.

—¿Qué dice? Habla, Gared, ¡habla!

Gared volvió a mirar hacia el papel, releyendo con rapidez el escueto pero tranquilizador mensaje.

—Tan solo quiere saber qué sucede en el castillo; si Bayne ha recuperado la razón y si me ha liberado…

—Ojalá Bayne recuperara la razón y se nombrara porquero de honor de todas las Tierras Altas —masculló Nya, componiendo un adorable puchero.

Después, volvió a recordar el contexto de la situación en la que estaban—.

Dios mío, ¡hay que avisar a Briana de todo!

Tenemos que decirle que vamos a ir a ese horrible convento a liberarla y llevarla con nosotros.

—No tan deprisa, Nya —dijo Gared—. No sabemos quién puede leer esto… tenemos que ser muy cautos antes de contestar informándole de que hemos huido.

Johan carraspeó con cautela. Hasta entonces se había mantenido al margen de la conversación, pero decidió intervenir.

—Hay algo más —comenzó—. No sé por qué, pero el mensajero insistió en que, si no podía ser él quien entregara la carta, al menos, la contestación a esta debía enviarse a Edimburgo. No quiso dar ningún detalle más, fue muy difícil hablar con ese hombre.

Nya miró a Johan con los labios entreabiertos y una de sus finas cejas enarcada.

—¿Por qué iba a querer Briana que…?

Gared se adelantó a su mujer, llegando antes a la misma conclusión. Una pequeña sonrisa se extendió por su rostro.

—Se ha escapado ya. —La sonrisa se transformó en una auténtica carcajada de júbilo en cuestión de momentos—. ¡Briana se ha escapado!

—¿Y qué sucede en Edimburgo? —preguntó Nya, confusa.

—Tenemos algunos familiares allí, la hermana de nuestra madre. ¡Seguro que ella está allí! Pero es normal que no lo mencione en la carta, pues se arriesgaba a que Bayne fuera quien la viera.

—¿Cómo estáis tan seguro de que ha logrado escaparse? —preguntó Johan, que no quería confiarse demasiado con esas esperanzas que de pronto había albergado su laird.

Gared no mermó ni un poco su enorme sonrisa, sino que, contento, abrazó a su amada por la cintura, apretándola a su cuerpo en esa fría noche que de pronto no parecía tan triste. La cercanía y el calor que desprendía Nya eran como un bálsamo reparador para todas las penurias que estaban pasando.

—Porque es mi hermana —contestó, como si fuera obvio—. Al igual que yo he conseguido escapar de un calabozo y ahora estoy aquí; ella es tan capaz como yo de hacerlo.

Johan no encontró eso como explicación suficiente, pero admitía que la señora Briana era una mujer de armas tomar, a la que nunca había visto carecer de recursos de ningún tipo. Quizás existía la posibilidad de que hubiera huido desde Inglaterra hasta Edimburgo.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Nya, inocente.

Gared la miró tiernamente y aflojó su abrazo hacia ella, trasladando su mano al rostro terso y suave de la mujer, que entornó los ojos ante el contacto.

—Nos vamos a Edimburgo. Es hora de volver a encontrarnos con Briana.

⊹

Apenas hacía una hora desde que había amanecido, pero todos estaban ya levantados en la pequeña granja de Donar. Eileen se había empeñado en entregarles a sus huéspedes una gran cantidad de comida para el camino, alegando que sería mucho más necesaria para ellos al viajar durante tantos días.

Viggo se había levantado esa mañana con aires renovados; ya no sentía dolor alguno en el pecho y podía correr sin sentir que caería desfallecido de un momento a otro.

El resto de sus compañeros habían amanecido con actitudes y comportamientos extremadamente extraños, pero él no sabía cómo preguntarles qué rayos ocurría.

Trud no había hablado con nadie desde hacía horas, se limitaba a mantenerse alejada del resto, al igual que Hakon, cuya expresión de gravedad no se había suavizado un poco ni siquiera al desayunar un fantástico pastel de avena hecho por Lillian.

Por su parte, Rurik y Gala parecían un poco más participativos, pero daban la sensación de encontrarse ausentes en esa situación.

—Será mejor que partamos cuanto antes —anunció Hakon, apretando la montura de su caballo negro, que relinchó como contestación.

Toda la familia de Donar se había reunido en el patio y los observaban con preocupación al anticipar que el cielo se estaba nublando peligrosamente.

—Va a caer una buena tormenta —murmuró Donar, resoplando—, así que espero que al atardecer de mañana hayáis llegado a vuestro destino.

Rurik terminó de apretar también la silla en su montura, se acercó a su primo y abrió los brazos. Trató de sonreír cuanto pudo en el momento en el que Donar le devolvió el cálido abrazo.

—Me gustaría prometerte que nos veremos pronto, pero nada es predecible en este reino, primo.

Donar asintió con la cabeza, comprendiendo perfectamente que las palabras de Rurik tenían demasiada verdad en ellas.

—Muchas gracias por todo. —Esta vez fue Hakon quien se despidió de Donar y de John—. Habéis hecho demasiado por nosotros. Tan solo resta pedirles a los dioses que se apiaden de nosotros durante el final del camino.

Eileen se adelantó y aprovechó para también abrazar con cariño a Hakon. A pesar de ser pequeña, comparada con el enorme vikingo, se las arregló para aproximarse a su oído para poder susurrarle unas últimas palabras.

—No tengas miedo de esos sueños tuyos, Hakon —le aconsejó, haciendo que él abriera mucho los ojos con evidente sorpresa—. Esa mujer seguirá contigo hasta el fin de tus días, tan leal como tú seas con ella.

Antes de que Hakon pudiera reaccionar, ella se apartó y sonrió, fingiendo no haber dicho nada.

Él tardó unos segundos en volver a girarse hacia sus amigos, que también se despedían de esa amable familia que los había acogido desinteresadamente.

¿Cómo podía saber Eileen de sus pesadillas nocturnas? Él nunca se lo había dicho a nadie…