Pasión Vikinga Capítulo IX #3
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Capítulo IX #3

—¿Enfurecerlos? —preguntó él, su tono de voz era violento—. ¿Crees que me importa a estas alturas? Lo peor que podrían hacerme sería forzarme a estar separado de ti, y ahora mismo ya lo estamos. Fingimos día a día, Gala, y estoy cansado de todo esto. Dime, ¿acaso no tengo razón?

El enorme nudo en la garganta de Gala amenazaba con estallar de un momento a otro.

La mujer no pudo contener un sollozo de frustración y, antes de que dos gruesos lagrimones resbalaran por sus mejillas, el fuerte cuerpo de Rurik se chocó con el suyo, abrazándola con fuerza.

Asiéndose a su cuerpo con desesperación.

—Rurik, bésame —le suplicó—. Por favor.

Él sintió que esas palabras despertaban algo en él, una sensación tan primaria e instintiva que no podía más que obedecer.

Condujo su mano derecha por la espalda de Gala, ascendiendo hasta llegar a su cuello, donde la sujetó con fuerza, haciendo que su cabeza quedara levantada y sus dulces labios estuvieran a su completa disposición.

Antes de nada, la miró. Clavó sus ojos en los suyos, sin dejar que ella se alejara ni un solo centímetro de su pecho desnudo y de sus cálidos músculos.

Gala temblaba como una hoja, aunque no dudó un segundo en aferrarse a la piel de Rurik cuando este unió sus labios con los suyos.

Podría haber sido un beso suave, un reencuentro pausado, pero en realidad fue tan posesivo y ardiente que Gala tuvo que alejarse unos centímetros para poder respirar, agitada.

Rurik soltó una maldición entre dientes y cargó el ligero cuerpo de Gala entre sus brazos y la apoyó contra un grueso tronco de árbol.

Sus lenguas se encontraron, devorándose con pasión.

Gala sentía la presión que las caderas de Rurik hacían contra las suyas, transmitiéndole todo lo que quería hacerle en ese momento.

También ella sintió un tirón en el vientre, suspirando cuando los labios de Rurik se posaron en su cuello y comenzaron a pasearse por su piel.

Gala dejó su cabeza caer hacia atrás, con la respiración agitada y fue entonces cuando sus ojos captaron una figura acercándose.

Antes de que pudiera hacer nada para apartar a Rurik, distinguió a Trud y su rubio cabello llegando hasta ellos.

En el mismo instante en el que su amiga levantó la mirada y los vio, Gala supo que esa era su perdición.

—Rurik —dijo horrorizada, apartándolo con sus manos con toda la fuerza de la que fue capaz.

Él tardó unos segundos en comprender que algo iba mal y, al darse la vuelta, su rostro se endureció al encontrar ahí a Trud.

La mujer tan solo había querido seguir ayudando a Rurik con la madera y, al ver que él no estaba junto al río, había supuesto que se encontraría terminando la cunita que había decidido regalar a la hija de Donar.

Trud estaba quieta, con la incredulidad reflejada en los ojos.

Tardó unos segundos en poder volver a respirar y comprender lo que significaba eso que estaba viendo.

Y llegar a esa conclusión le produjo un intenso escalofrío.

Sin moverse de ese lugar durante los siguientes segundos, Trud levantó la mirada hacia el cielo y podría haber jurado que este se oscurecía poco a poco, como si los dioses hubieran contemplado toda esa escena también.

Sin mediar ninguna palabra, Trud se dio la vuelta y se alejó de allí con rapidez.

No quería pensar en lo que había visto; si los dioses decidían tomar represalias por lo que ellos habían hecho, estaban en todo su derecho.

Habían roto su juramento, los habían condenado a todos.

En ese pequeño claro, con el cielo ennegreciéndose sobre sus cabezas, Gala y Rurik aún seguían helados.

⊹

Nada podía compararse a la sensación de poder introducir su cuerpo en agua caliente por fin.

Briana sintió que sus músculos se destensaban poco a poco y suspiró de placer al mojar también su cabello, que se oscureció, convirtiéndose al color del oro viejo.

En el convento no había podido disfrutar de ningún baño decente, pues las religiosas se conformaban con volcarse un barril de agua fría sobre el cuerpo de vez en cuando o, a veces, ni siquiera eso.

Por primera vez desde que había comenzado a vivir esa aventura vikinga, Briana estudió su propio cuerpo con interés, encontrando raspaduras, hematomas en sus piernas y brazos y algunas heridas que ya estaban cicatrizando sin siquiera saber que las tenía.

Con cuidado, pasó una pastilla de jabón de grasa puro, que Eileen le había dado, por todo su cuerpo y trató de masajear su cuello lo mejor que pudo, quería eliminar toda la tensión que llevaba demasiado tiempo acumulando.

Tan entretenida estaba en su tarea que no se percató de que alguien subía las escaleras.

Hakon se detuvo frente a la puerta, dispuesto a entrar directamente, pero después se le ocurrió la posibilidad de que Briana se hubiera vuelto a dormir y no quiso despertarla.

Carraspeando por lo bajo, tocó la puerta un par de veces, sin recibir respuesta.

Al final, decidió entrar para asegurarse de que todo iba bien; quizás ella no estuviera allí.

Abrió la puerta y caminó un paso dentro de la estancia. Lo que vio lo dejó boquiabierto: al otro lado de la habitación, de espaldas a él, Briana se encontraba dentro de una tina. Se escuchaba el sonido de pequeños chapoteos, a la vez que ella se masajeaba el cuerpo, emitiendo ligeros suspiros.

El ruido de la puerta cerrándose la sobresaltó y Briana se giró. Su primer pensamiento fue que Gala había regresado ya a la habitación. En el momento en el que vio a Hakon parado en mitad del cuarto, su corazón se detuvo.

—¡Dios mío! —exclamó, tratando de taparse—. Pensé que eras Gala.

Desde donde estaba Hakon no podía ver casi nada del cuerpo de la escocesa, tan solo sus hombros, su cuello blanco y su cabeza.

—Ella… me ha dicho que me estabas buscando.

Hakon no se acercó más, bastante tenía con la turbación de saber que ella estaba completamente desnuda y mojada a pocos metros de él.

—¿Yo? —preguntó ella, confusa, pero de repente, la idea de lo que Gala intentaba hacer llegó a su cabeza como un relámpago y supo que no podía rechazar esa oportunidad que ella le estaba brindando—. Es verdad, acabo de recordarlo.

—¿Qué sucede?

Las palabras de Gala resonaban en la cabeza de Briana como si se las estuviera gritando en ese mismo momento.

«Arriésgate». Cerró los ojos con la intención de centrarse en sus pensamientos y la la joven tomó una decisión.

Sabía que, si eso no daba resultado, no podría volver a mirar a Hakon a la cara jamás, aunque, de todas formas, ¿qué importaba eso si dos días más tarde no volvería a verlo?

—¿Podrías alcanzarme la camisa que está sobre la cama, por favor? —preguntó.

Hakon tragó saliva y se acercó al colchón donde reposaba una camisa de Gala, algo desgastada, pero limpia.

Tratando de no mirar por debajo del pecoso rostro de la joven, el vikingo extendió el brazo y le ofreció la prenda.

Cuando ella la tomó, Hakon se dio la vuelta y se forzó a no contemplar cómo la joven salía de la tina y se vestía.

Ella supo que él no la miraba, pero podía escuchar su respiración pesada a pocos metros de su cuerpo.

Con lentitud, Briana se puso en pie y sintió decenas de gotitas de agua resbalar por su cuerpo con un sonido ahogado.

Esto provocó que Hakon tuviera que apretar la mandíbula al tiempo que sentía que la excitación crecía en su cuerpo, bajando hasta alimentar la urgencia de su entrepierna, cada vez mayor.

Briana puso un pie fuera de la tina con cuidado y salió de ella.

Había algo fascinante en el intenso erotismo de la situación, al saberse completamente desnuda y sola en esa habitación con Hakon.

Tantas veces había imaginado una escena así en esos días, pero ni siquiera sabía cómo podría acabar.

Se imaginaba a sí misma besando a Hakon mientras él le correspondía las caricias, soñaba con poder recorrer su fuerte cuerpo con sus manos y sentir ese anhelado placer del que todos hablaban pero que para ella era todo un misterio.

Sintió sus manos temblar ante lo que estaba a punto de hacer y, tan ilusionada como excitada, Briana pasó la fina tela de la camisa por su cabeza, haciéndola descender por todo su cuerpo hasta llegar a sus muslos. Al instante, la humedad hizo que la prenda se adhiriera a ella como una segunda piel.

—Ya puedes mirar —anunció.

Si de algo estaba seguro Hakon era de que, definitivamente, prefería no haberse dado la vuelta.

Ante su mirada encontró la imagen más excitante que había visto en toda su vida: Briana estaba parada frente a él, con esa camisa de lino que intentaba disimular alguna de sus voluptuosas curvas.

No hubo ningún modo de evitar que sus ojos cayeran por sus pechos, cuyos pezones rosados y duros no se ocultaban ni siquiera un poco a través de la tela húmeda.

Aún podía observar gotas de agua resbalando por su cintura, desembocando en sus marcadas caderas y confluyendo en ese triángulo ligeramente más oscuro entre sus piernas que podría hipnotizar a Hakon.

Él se dio cuenta de que su boca estaba seca y no le hizo falta mirar para asegurarse de que también en su pantalón se adivinaba un bulto cada vez más grande.

Toda esa situación lo había cogido tan desprevenido que Hakon no supo cómo reaccionar cuando Briana tomó aire, abriendo sus sensuales labios llenos y se acercó a él un poco más.

Antes de que pudiera darse cuenta, ella acariciaba su pecho a través de su camisa oscura.

Cuando ella vio que él reaccionaba dejando escapar un gruñido casi animal, se sintió un poco más segura e hizo que sus caricias fueran más insistentes y reveladoras.

Fue entonces cuando él se movió y agarró las muñecas de la chica entre una de sus manos con firmeza ante sus seductores avances. Briana soltó un quejido desilusionado al sentirse prisionera.