Capítulo IX #4
—¿Qué haces? —preguntó él con voz extremadamente grave a causa de la excitación que estaba sintiendo. Aun así, permaneció serio.
—¿No estoy resultando clara?
Hakon chasqueó la lengua, exasperado.
—Hablo muy en serio, Briana. ¿Por qué estás haciendo esto?
Por suerte, dejó que sus muñecas volvieran a estar libres de nuevo. Esta vez, Briana no retomó sus caricias, sino que lo miró con intensidad.
—Hakon… tú has sido mi salvador. Si no hubieras aparecido, ahora mismo sería una monja encerrada en un convento y… si no nos hubiéramos encontrado de nuevo, quizás ahora estaría muerta.
Él apartó la mirada, incómodo.
—No quiero que me pagues en agradecimiento… —respondió—. Mucho menos de este modo.
Ese hombre tan inteligente y sagaz para algunas cosas parecía un auténtico necio en ese momento.
—No lo entiendes, Hakon. —Briana negó con la cabeza—.
No es tan solo agradecimiento. Desde que te conocí, todo ha sido diferente.
Me haces sentir algo que nunca antes había conocido y reconozco que estoy asustada porque sé que, cuando lleguemos a Edimburgo y me dejéis allí, no volveré a sentir nada igual por nadie jamás. Y necesito más de esto.
Intentando hacerle comprender lo que trataba de decirle, Briana cogió su poderosa mano entre sus finos dedos y la condujo hasta su pecho, posándola sobre su corazón, que latía desbocado.
La joven cerró los ojos y soltó sus manos, dejando que la de Hakon quedara sobre su piel durante unos segundos más.
Aún con los ojos cerrados, Briana notó la otra mano de Hakon llegando a su nuca y paseándose por su rostro con suavidad.
Lo estaba consiguiendo, comenzaba a responder.
Con la misma sensual lentitud, él acercó su rostro al suyo, rozando su suave mejilla con los labios y conduciéndolos a su oído.
—No deberíamos hacerlo —susurró.
Su voz grave, combinada con ese acento nórdico que conseguía volver loca a Briana, hizo que un intenso calor bajara lentamente por el bajo vientre de la joven como una llama descontrolada.
Apagando esas palabras de los labios de Hakon, Briana volvió a intentar tocarlo, y esta vez él no se apartó, sino que la estrechó con fuerza entre sus brazos y, por primera vez, dejó que sus labios besaran los de ella.
La cálida sensación que sintió en cuanto lo hizo convirtió ese roce en adictivo.
Hakon notó que Briana no tenía mucha experiencia a la hora de besar, así que, sonriendo contra sus labios, la separó unos centímetros de él.
Al mirarla, observó que ella tenía los ojos cerrados y su boca se fruncía en un puchero encantador.
—Quieta… —le pidió con voz suave.
Después, comenzó a besarla de nuevo, asegurándose de que ella entendía cómo hacerlo esta vez.
Los besos de Briana le hacían perder el control poco a poco, atrayéndola aún más a él, pegándola a su cuerpo con tanta violencia que podía sentir cada uno de los pequeños movimientos que ella hacía.
Se sorprendió cuando Briana gimió audiblemente a causa de la presión que él estaba haciendo al apretar sus caderas contra las de la joven.
Hakon comenzaba a sentir que toda esa pasión terrenal lo cegaba y temía no ser capaz de parar antes de cometer una locura.
Por su parte, Briana tan solo podía sentir el candente cuerpo de Hakon pegado al suyo mientras su corazón latía de forma desmesurada.
Cuando ella movió sus manos por los botones de la camisa, tratando de quitársela, Hakon esbozó una sonrisa torcida.
Le parecía tan inocente que no habría creído jamás que Briana estaría ahí, tratando de desnudarlo y solo cubierta con un ligero camisón empapado que, lejos de esconder su cuerpo, lo hacía más provocativo.
Estaba convencido de que esa tenaz escocesa no sabía que estaba jugando con fuego y que, a cada instante que transcurría, tenía más posibilidades de salir quemada.
Decidido a seguirle la corriente durante un rato más, Hakon desabrochó él mismo los botones de su camisa de batista y se quedó vestido tan solo con sus pantalones oscuros de cuero y unas botas de piel.
Maravillada, Briana por fin pudo tocar el pecho del hombre, palpando cada centímetro de su dura piel.
Hakon la agarró con firmeza de la nuca y la besó profundamente, queriendo arrancar cada uno de los suspiros del interior de Briana.
Sin dudar, también condujo sus manos por el cuerpo de la joven hasta llegar a sus muslos, donde levantó la larga camisa lentamente.
Mientras acariciaba las suaves curvas de Briana, supo que no sería fácil detenerse; llevaba meses sin estar con una mujer, tanto tiempo que sentía que podría explotar tan solo besando a Briana.
—Levanta los brazos —le pidió.
Ella obedeció, y Hakon procedió a quitarle de nuevo esa camisa que tanto le molestaba en ese momento.
Tenerla desnuda frente a él hizo que su virilidad se endureciera hasta un punto casi doloroso.
Por fin podía contemplar su piel blanca, con unos pechos de un tamaño perfecto y encantadoramente redondeados.
También sus muslos parecían suaves y apetitosos, ascendiendo con una simetría ideal hasta llegar a ese triángulo de vellos dorados que Hakon se detuvo a mirar durante unos segundos.
Supo que tomarla sería más dulce que cualquier otra sensación que hubiera experimentado en su vida; Briana lograba encenderlo con tan solo una mirada y una dulce sonrisa.
Acarició, enternecido, sus mejillas sonrojadas y la obligó a mirarlo con la misma intensidad con la que él lo hacía.
Acto seguido, volvió a besarla y el contacto directo con su piel hizo que Briana emitiera unos gemidos que él ahogó con su boca sobre la de él.
Tan solo dando un par de pasos hacia atrás, Hakon la alzó en sus brazos y la depositó sobre la cama, boca arriba.
Briana sentía que su cabeza daba vueltas y un calor inmenso recorría todo su cuerpo. Más aún cuando contempló que Hakon comenzaba a deshacerse de sus pantalones para quedar cubierto tan solo con unas calzas blancas que resaltaban los llamativos músculos de su abdomen.
Hakon la observó durante unos segundos más, gloriosa en su desnudez, y después se tumbó sobre la cama, acercando a Briana a su cuerpo y volviendo a besarla.
Con un ligero movimiento, le abrió las piernas y se colocó entre ellas.
Briana volvió a mostrarse algo avergonzada, apartando la vista de la del vikingo, pero sin ser capaz de separarse de él.
—¿Estás bien? —le preguntó Hakon, mirándola seriamente.
—Sí, sí. Es solo que…
No terminó de hablar, pero Hakon entendió a la perfección lo que le sucedía.
En ningún momento le había preguntado nada sobre otros hombres con los que hubiera estado, pero, de todas formas, Hakon había imaginado desde el principio que Briana era una de esas damas que jamás había sido tocada por nadie.
Y eso le producía un extraño placer, como por fin compartieran algo que era solo de los dos.
—¿Nunca has hecho nada parecido a esto?
Ella negó con la cabeza, enrojeciendo aún más.
—No sé qué hacer —respondió con timidez—. Ni cómo va a ser cuando tú…
Hakon rio, con una nota de amargura en la voz, como ya estaba acostumbrado a hacer. Ella pensaba que la iba a tomar, por eso estaba tan preocupada.
—No vamos a hacer nada, si es lo que estás pensando, Briana. —Suspiró al ver la confusión reflejada en el rostro de ella—. Es decir, no vamos a hacer eso .
Esta vez, ella se sintió aún más avergonzada y perdida. ¿Por qué estaba desnuda sobre la cama entonces?
—¿Qué quieres decir? —logró articular.
Hakon se aproximó de nuevo a su oído y comenzó a mordisquear el suave lóbulo de la oreja de la joven, extasiándose con el aroma cálido y dulce que despedía su cabello, aún húmedo.
—Hay muchas maneras de hacerte disfrutar —susurró—. Muchas. Así que tan solo relájate, déjame ocuparme de ti.
Esas palabras parecían la promesa más oscura y atractiva que jamás había escuchado.
Hakon volvió a besar su sensible lóbulo, bajó por su cuello y jugó con sus labios y sus dientes.
Tuvo la tentación de marcarla, pero desechó la idea al instante al pensar qué dirían los demás si vieran una mancha oscura en el cuello de la dama.
Su boca llegó a su clavícula y la recorrió con la punta de la lengua.
Antes de acariciarlo con los labios, comenzó a masajear uno de sus pechos con la palma de su mano.
Briana gimió y abrió un poco más las piernas, sin percatarse de su propia reacción.
Paseó sus dedos por la ancha espalda de Hakon cuando este, por fin, tomó uno de sus pezones entre sus labios y lo devoró sin descanso.
La joven tenía los ojos cerrados, y los gemidos que profería tan solo alimentaban la voraz hambre de Hakon, que abandonó sus pechos un momento después y bajó por el abdomen de la joven, siguiendo el camino hasta su ombligo y repartiendo lentos besos por todo su vientre.
Justo al llegar al inicio de ese jardín inexplorado, levantó la mirada y observó cada pequeña reacción de Briana.
Ella tenía los ojos entreabiertos y se mordía el labio inferior con fuerza.
—Mírame, Briana —le ordenó—. Quiero que veas esto. Abre más las piernas y no las cierres, ¿de acuerdo?
Ella hizo lo que él le decía, aunque algo insegura. Cuando notó sus dedos acariciarla se tensó, tan solo para relajarse de golpe segundos después, como si fuera un arco que acabara de disparar una flecha.
—Quieta… —susurró Hakon al ver que ella se revolvía bajo su cuerpo.
Con suavidad, siguió tocándola sabiamente entre sus pliegues. Hakon sabía muy bien cómo volver loca de placer a una mujer y pensaba mostrarle a Briana ese mundo hasta entonces desconocido para ella.