Capítulo IX #2
La mañana llegó, y un millón de rayos de sol se colaron por la pequeña ventana de la habitación, haciendo que Briana se despertara de repente.
Al instante, la luz se apagó, tapada por un enorme nubarrón propio del clima inglés.
Alzando la vista, Briana comprobó que ninguna de sus dos compañeras de habitación estaba allí; volvía a ser la última en levantarse y nadie había ido a despertarla.
Todos los demás tenían mayor consideración con ella, a causa de su juventud y aparente fragilidad, y también con Viggo, que aún seguía recuperándose.
El sonido de la puerta al abrirse la sacó de sus pensamientos y, al instante, Gala apareció con una pequeña bandeja de madera repleta de comida.
—Buenos días, Briana.
La escocesa contestó, restregándose los ojos con las manos.
—¿Y esto? —preguntó.
—Imagino que intento dejar de sentirme culpable después de cómo te traté el otro día.
Briana chasqueó la lengua, restándole importancia, y observó con avidez las finas rodajas de queso fresco y los huevos revueltos con gachas que su compañera le ofrecía.
—Eileen me ha preguntado si necesitas agua para tomar un baño. —Gala señaló la tina situada al otro lado de la habitación.
—No es mi intención importunar a nadie… —musitó Briana, algo avergonzada—. Pero sería realmente…
—No temas ser una molestia y mejor aprovéchate de esta hospitalidad, no volverás a ver una de estas hasta quién sabe cuándo.
Briana asintió con la cabeza y bajó la mirada.
Sabía lo que significaría llegar a la casa de su tía: se despediría de ellos y…
de Hakon. La sensación en su pecho fue casi dolorosa.
Tan solo tardarían un par de días más en separarse y eso supondría el fin de su aventura junto a ellos.
Tendría que enfrentarse a Bayne, reunirse de nuevo con Gared y Nya y decirle adiós a ese vikingo que le había robado el corazón sin siquiera pretenderlo.
—¿Crees que todo podría haber sido diferente con Hakon? —preguntó, con timidez—. Es decir, ¿piensas que él y yo podríamos haber estado juntos si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias?
—Oh, Briana… —Inmediatamente, Gala la abrazó con suavidad y la joven sintió que su corazón quedaba apretado por un inmenso puño de hierro. Las ganas de llorar eran casi irreprimibles.
—En cuanto me dejéis en Edimburgo, vosotros volveréis a vuestras vidas; huiréis a Francia o a los reinos del sur y yo… yo pasaré el resto de mi vida preguntándome si realmente conocí por accidente a un vikingo del que luego no quise separarme. Y os olvidaréis de mí y…
Antes de que pudiera seguir hablando, el nudo que tenía en la garganta se hizo tan fuerte que amenazó con hacerla llorar en cualquier momento, por lo que tuvo que quedarse en silencio, arropada por los finos brazos de Gala.
—Eso no será así, Briana. No vamos a olvidarnos de ti; cuando todo esto acabe, estoy convencida de que volveremos a encontrarnos.
¿De acuerdo? —La miró a los ojos—. Y si de veras quieres a Hakon, debes hacer algo.
Él está atado por sus propios miedos, así que debes ser tú quien lo haga despertar, no pierdas esta oportunidad.
—¿Cómo he de hacerlo? —preguntó Briana, clavando sus intensos ojos del color del mar en los de la vikinga.
—Arriésgate de verdad, haz algo que Hakon interprete como imposible de rechazar. Tan solo así lograrás que deje de engañarse a sí mismo.
Briana no sabía qué significaba eso exactamente. Para ella, los hombres eran grandes desconocidos, pero Hakon no era como los demás. Eso lo había comprobado ya. Mostrándole sus pequeños y alineados dientes blancos, Gala compuso una nueva sonrisa y volvió a caminar hacia la puerta.
—Subirán enseguida con el agua caliente, así que date prisa en comer. Luego te trenzaré el cabello, ¿de acuerdo?
Antes de darle tiempo a responder, Gala salió de nuevo de la habitación y bajó las escaleras de madera.
En la cocina encontró a Donar y su mujer, que se abrazaban cariñosamente aprovechando un momento de soledad.
No quiso interrumpirlos, pero la oyeron llegar y ella les informó de que Briana quería tomar un baño.
Apenas había abandonado la casita, caminando por el arenoso patio de la granja, cuando se topó de frente con Hakon, que llevaba un par de tablas de madera en sus fuertes brazos. Su rostro armonioso lucía algunas gotitas de sudor que perlaban su frente.
—¿Puedo ayudar en algo? —ofreció Gala.
Él caminó un par de pasos más y dejó la madera sobre un pequeño montón que estaba construyendo.
—Estamos terminando el tejado de la otra casa —anunció Hakon con voz grave—. Pero puedes preguntarle a Rurik; está cortando troncos junto al río. Quizás él sí necesite tu ayuda.
Gala asintió con la cabeza y se encaminó hacia la dirección que su amigo le había señalado, pero pareció recordar algo y se giró de pronto, disimulando una pequeña sonrisa leonina.
—Casi lo olvido, Hakon. Briana te está buscando.
Él se sobresaltó al escuchar el nombre de la escocesa, pero endureció el rostro al instante siguiente cuando volvió a dirigirse a ella.
—¿Para qué?
—Quería decirte algo importante, pero no recuerdo qué era. —La voz de Gala sonó inocente—. Está en nuestra habitación.
Hakon asintió.
—De acuerdo, iré a ver qué ocurre cuando termine con esto.
Satisfecha, Gala caminó varios metros, alejándose un poco de la granja de Donar, hasta llegar a la orilla del río.
Allí lo vio: no llevaba camisa y el sudor recorría sus imponentes músculos que se contraían y relajaban mientras cortaba gruesos troncos de madera con una vieja hacha y los dejaba caer descuidadamente sobre el suelo.
Un ligero sudor se aposentó en las palmas de las manos de la vikinga, que tragó grueso.
Él alzó la mirada, sintiéndose observado, y detuvo el hacha justo a unos centímetros de golpear con fuerza la madera. Después, dejó la herramienta resbalar por sus manos hasta que esta cayó al suelo.
—Hola —dijo Gala, tratando de fingir normalidad.
—¿Llevas mucho tiempo ahí?
—No… no mucho —respondió—. Hakon me dijo que quizás necesitaras ayuda en algo.
Rurik suspiró y miró a su alrededor, dejando que sus ojos se perdieran en la abundante vegetación de un tono verdoso muy oscuro. Estaban rodeados de altos árboles y la corriente del pequeño río cristalino se escuchaba con fuerza junto a ellos.
—Ahora mismo no. Trud me estuvo ayudando a cargar madera antes, pero en este momento es suficiente con una sola persona.
—Ah… —murmuró Gala, algo desilusionada.
Se disponía a darse la vuelta para volver a la granja cuando Rurik comenzó a caminar hacia ella. Gala se concentró en mantener la vista en su rostro, sin bajar hasta ese lugar en el que una suave mata de vello coronaba la brillante piel de su pecho.
—¿Quieres ver algo?
Gala lo miró, dubitativa, pero asintió con la cabeza.
No tenía la más mínima idea de lo que significaba eso, pero siguió a Rurik hacia el interior del pequeño bosque que se hallaba ante ellos, a tan solo unos metros.
El vikingo se internó tras un enorme roble y después, salió sujetando algo entre sus brazos.
No era muy grande, pero Gala se quedó muy sorprendida.
Ante sus ojos apareció una pequeña cuna de madera clara, suave y pulida. Aún le faltaban algunas de sus piezas, pero era tan preciosa que a Gala le provocó una especie de pinchazo en el pecho.
—Es para el niño de Lillian —susurró, más para sí misma que para él.
Rurik sonrió, algo tímido, y se rascó la nuca con nerviosismo, algo muy poco común en él.
—Espero que les sirva de algo y al menos puedan recordar a su primo Rurik.
Gala le devolvió la sonrisa y su mirada no pudo evitar recorrer el fuerte cuerpo de Rurik con el pecho al descubierto. Por primera vez, ella no apartó la vista, sino que lo estudió durante unos segundos más hasta volver a sus ojos claros.
—Los envidio mucho, ¿sabes?
—También yo lo hago.
Ella se alejó de él unos pasos, contemplando el fluir del agua en el río. El cielo estaba nublado, pero la temperatura era agradable.
—Mi madre solía decirme que yo había sido bendecida por los dioses con el don de hacer la guerra, no con el de crear vida.
—Suspiró—. Nunca me había parado a pensar en lo doloroso que sería eso en el futuro.
—Igualmente dolorosa estaba resultando esa conversación al tenerla con él.
Pero sentía que necesitaba hablarle. Desde la noche anterior, al sincerarse con Briana, no había podido pensar en otra cosa.
—Te entiendo...
—¿Te gustaría tener hijos?
Solo el formular la pregunta ya le ponía el corazón en vilo, temiendo su respuesta.
—¿A qué hombre no le gustaría? Pero no sería la mejor decisión por mi parte. Un mundo de batallas y ausencias no es lo que yo querría para tener críos. Me gustaría poder retirarme como Donar, vivir tranquilamente junto a la mujer a la que amo... Pero no hay nada más imposible.
Gala sintió un intenso escalofrío recorriendo su columna vertebral y creyó que sus piernas temblaban sobre el suelo.
Al instante siguiente, cuando su mirada se cruzó con la de Rurik de una forma demasiado intensa, sus labios se entreabrieron para dejar escapar un ligero suspiro que amenazaba con provocar una tormenta en su interior.
—Deberíamos intentar rehacer nuestra vida, apartarnos y olvidarnos de... —dijo, pero sin creer de verdad en sus propias palabras.
La sonrisa sarcástica de Rurik se clavó en su pecho.
—No es tan fácil, Gala. Me niego a creer que tú piensas que sí lo es.
—Su voz se enfrió un poco—. Después de todo lo que hemos vivido juntos, todo este tiempo que ha transcurrido...
No me importa lo que se supone que debemos ser, ¡no me importa nada!
Si los dioses quieren venganza por mi afrenta, aceptaré gustoso que me juzguen, pero ni siquiera ellos podrían hacerme olvidar que te amo. Y los desafiaría una y otra vez.
—No digas eso, podrías enfur...