Capítulo VIII #2
—Lo que ocurre es que Trud sigue enamorada de mi primo Donar, después de casi veinte años. —Se burló Rurik, dirigiéndose a Briana—. Desde que él vino a vivir aquí, no ha querido volver a ver a un inglés nunca más.
Trud lo miró, furiosa.
—¡Eso no es verdad, embustero! —se defendió—. Jamás en mi vida me interesaría por nadie de tu familia; todos tenéis cara de cabra y una babosa entre las piernas.
Aunque trató de evitarlo, Briana sintió que su boca se abría por la sorpresa de escuchar eso y Hakon tuvo que taparse los labios antes de que alguien reparara en que estaba desesperado por soltar una carcajada.
—Créeme que no es precisamente una babosa lo que yo tengo entre…
—Rurik, ¡haz el favor de cerrar la boca de una vez! —exclamó Gala horrorizada por el cariz que estaba tomando la conversación—. Estás siendo muy grosero delante de Briana.
Trud bufó y se rehusó a seguir hablando; tan solo se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección a la casa de Donar, murmurando insultos por lo bajo hacia todo el mundo.
—¿Ves lo que has conseguido? —inquirió Gala—. No puedes hablar a la ligera sobre algo que puede hacerle daño.
Acto seguido, también ella corrió para alcanzar a su amiga y Rurik se encogió de hombros, caminado también tras ellas. Briana y Hakon se quedaron solos al cabo de unos momentos y él procedió a envainar su espada, colocándosela dentro del cinturón de cuero. Briana carraspeó su garganta.
—¿Por qué no puedo intentarlo?
Él alzó la vista.
—¿Cómo?
—La espada. —Briana se acercó a él y la señaló con un dedo—. También me gustaría aprender a usarla.
Él sonrió entre dientes.
—Ni siquiera Gala puede con esta espada. No podrías utilizarla, eres demasiado…
—¿Inútil?
Eso dejó sorprendido a Hakon, que abrió mucho sus ojos grises y los clavó en ella.
—Iba a decir delgada; esto pesa demasiado. —Ella enrojeció al escucharlo y apartó la mirada—. ¿Por qué has creído que iba a decir «inútil», Briana?
La muchacha se mordió el labio y dejó que una generosa capa de su cabello ocultara su rostro ante los ojos de Hakon.
Se sentía avergonzada frente a él, cada minuto que pasaba a su lado notaba cómo algo en su pecho se expandía y las ganas de abrazarlo y besarlo eran demasiado fuertes…
pero ya sabía que no debía proceder de ese modo tan impulsivo; lo había aprendido de la peor de las maneras.
—Responde —exigió—. ¿A qué ha venido eso?
Los ojos de Briana brillaron, humedecidos ligeramente cuando por fin se atrevió a mirarlo y a expresarle sus sentimientos. La discusión con Gala la noche anterior solo había conseguido maximizar sus dudas respecto a qué hacía ella ahí, tenía claro que era una obra de caridad para esos vikingos.
—Constantemente siento que no debería haber venido con vosotros, que soy un estorbo en vuestra huida y quizás os esté poniendo en peligro a cada paso que avanzamos hacia el norte.
El rostro de Hakon se ensombreció. Sabía que era posible que no se sintiera cómoda rodeada de vikingos, pero no que se arrepintiera de estar con ellos.
Los cielos sabían que él se moría por sacar a relucir lo que ella provocaba en él, pero no era tan sencillo.
El corazón de Hakon se había convertido en piedra poco a poco y ahora que Briana había aparecido, esa dura roca se resquebrajaba un poquito más, día a día.
—Si lo que quieres decir es que te aceptamos en nuestra campaña por compasión, eso no es cierto.
—Su rostro se suavizó poco a poco y suspiró, sin saber cómo hacerse entender—.
Estás aquí, con nosotros, porque tú me ayudaste en ese convento cuando no tenías por qué hacerlo.
De todas las celdas, algo dentro de mí me obligó a entrar en la tuya… y gracias a eso sigo vivo hoy.
Briana enrojeció, tímidamente. No tenía claro si él estaba diciendo eso tan solo para animarla y que no se pusiera a llorar frente a él.
—No hice nada por ti, solo no gritar.
Una trémula y dulce sonrisa surgió en los labios de Hakon, atrapando la mirada de Briana en esa boca que una vez había tenido ocasión de besar.
La sensación al acordarse de eso seguía siendo humillante.
Hakon alzó su mano y la posó en su cuello, acariciándola con suavidad.
Ella cerró los ojos un instante, distrayéndose de todos sus otros pensamientos y siendo solo consciente de esa sensual presión en su piel.
—«No gritar» me parece más que suficiente, teniendo en cuenta que estabas encerrada en una pequeña sala junto a un vikingo. Demostraste valentía, ¡te atreviste a insultarme sin ningún tipo de pudor!
Las palabras de ánimo calaban hondo en el pecho de Briana, que volvió a observar a ese fascinante hombre capaz de hablarle con palabras tan suaves como la presencia de sus dedos rozando su piel.
—Te metiste en mi cama… —susurró ella—. ¿Qué esperabas que hiciera?
Él volvió a sonreír de un modo encantador y entonces, para total desgracia de Briana, se alejó de ella unos centímetros.
El hechizo al que estaba siendo sometida se rompió y volvió a ser consciente de la fría noche a su alrededor.
Se sorprendió cuando Hakon comenzó a hurgar entre los numerosos bolsillos de sus pantalones de cuero y extrajo de uno de ellos una pequeña daga.
Briana la observó: era plateada, muy parecida a la que su padre le había regalado de niña y que había perdido en Dornoch la noche en la que Bayne había encerrado a Gared.
—¿Vas armado hasta los dientes, Hakon?
—Nunca sabes quién puede ser un enemigo —respondió él, después la tomó de la cintura—. Quizás una espada no sea la mejor opción para ti, pero las dagas son mucho más aptas para alguien de tu tamaño.
—¿Debería tomármelo como un halago?
Hakon sonrió como respuesta y la condujo por los árboles, adentrándose un poco en el bosque. Los robles se alzaban hacia el cielo con troncos grisáceos y altas ramas que se contoneaban grácilmente.
—Las dagas pueden ser muy útiles a la hora de luchar a distancia… —explicó Hakon—. Puedes vencer a un hombre varias veces más grande que tú si sabes a dónde dirigir el tiro.
—¿Ah, sí? —preguntó Briana con fingida inexperiencia.
Jamás había lanzado una daga a otra persona, pero su puntería era perfecta a la hora de competir contra sus hermanos.
El pulso de Briana era tan firme que podía clavar un cuchillo en una manzana sobre la cabeza de Nya a varios metros de distancia, aunque su amiga no hubiera querido volver a estar presente en ninguno de sus experimentos después de que lo probaran en una ocasión.
—Es sencillo. Necesitas concentrarte en dónde quieres clavar la daga y realizar un buen juego de muñecas. Así. —Hakon apuntó a un árbol situado justo frente a ellos, y, un segundo después, la afilada hoja brillaba bajo la luz de la luna, incrustada en el enorme tronco del roble.
Para Briana era adorable ese orgullo masculino que se reflejaba en los ojos de Hakon.
Su corazón se expandió un poquito más al observar su sonrisa y pudo asegurar que, en ese instante, habría viajado junto a él a cualquier parte del mundo con tal de mantenerlo a salvo de los soldados que lo perseguían.
—¿Quieres probarlo tú? —le ofreció él al tiempo que se aproximaba al árbol y arrancaba con fuerza la hoja metálica que había clavado—. No te preocupes si no lo consigues al principio, además, de noche es mucho más complicado.
Ella se encogió de hombros y extendió el brazo para recibir la pequeña daga.
Era preciosa y la hoja tenía grabadas algunas de esas runas que también se encontraban presentes en la piel de Hakon y, por lo que había visto en las noches en las que habían dormido juntas, también en la de Gala.
Ella nunca antes había oído de personas que grabaran símbolos en su piel, aparte de las heridas sufridas en la batalla.
—Creo que me las apañaré.
—Me gusta cómo sujetas la daga. —Él sonrió y se acercó a ella, colocándose a su espalda y sujetando su brazo para mantenerlo firme. Ella sintió que temblaba con su tacto, pero trató de permanecer tranquila y respirar con normalidad—. Concéntrate.
No era posible hacerlo con ese hombre sujetándola y susurrándole cosas al oído, simplemente no era capaz.
Su aroma se colaba por cada poro de su piel mientras deseaba poder permanecer una eternidad sintiendo el calor de su cuerpo que le provocaba un millón de escalofríos.
Lo miró un instante y, con una tímida sonrisa, volvió a centrar su atención en la daga de brillante acero.
Briana la lanzó con certeza y esta quedó hundida justo en el centro del tronco del árbol.
Hakon se quedó sin palabras un momento, sorprendido, y al acercarse al árbol apreció que Briana había enclavado el acero justo sobre la marca que él había dejado un minuto antes. La miró, sin dar crédito a lo que había sucedido.
—¿Me has engañado todo este tiempo?
—Me temo que solo los últimos minutos, Lord Vikingo . —Briana sonrió.
—¿Y puedo saber en qué más cosas me has mentido? —bromeó Hakon, aunque quizás con una nota de seriedad en su voz.
—En realidad… no soy una mujer.
Hakon llegó hasta ella de nuevo, con la daga en la mano.
—Creo que eso es lo único que no podría ser mentira —respondió mirando una última vez la brillante hoja del arma, después la enfundó en su pequeña vaina de cuero y extendió el brazo, ofreciéndosela a Briana—. Es tuya. Está hecha del mejor acero franco y… veo que sabes utilizarla casi mejor que yo.
—¿Cómo que casi?
—De acuerdo, tan bien como yo —concedió él.
Briana la tomó entre sus dedos y la sacó de la vaina; acarició la pulida hoja con cuidado de no cortarse la piel. Grabadas en el metal había más marcas nórdicas. Briana alzó los ojos de nuevo hacia él.
—¿Tampoco estas runas están hechas para ser leídas por los hombres? —preguntó.
—Son runas sagradas; estas significan protección en la batalla. Tanto para el cuerpo como para el alma.
Briana asintió con su rubia cabellera ondulando suavemente. Después, se guardó el arma en el cinturón, teniendo cuidado de que no resultara incómoda para ella al caminar.