Capítulo VIII
B riana bajó a la cocina con timidez. Todos los demás se encontraban ejercitándose en el patio desde hacía un buen rato, a excepción de Viggo, que dormía como un bebé en uno de los dormitorios que Donar les había cedido en su casa.
—Hola —saludó a las tres mujeres que encontró en la sala—. ¿Puedo ayudaros en algo?
—Claro. —Eileen sonrió—. Estamos preparando la cena. ¿Podrías pelar las habas y los nabos?
Briana asintió, contenta por tener algo que hacer.
Aunque jamás había lidiado con verduras ni su preparación en toda su vida y, de hecho, solo había entrado a las cocinas de Durnoch Castle cuando, de niña, se colaba para robar algunos dulces.
De igual manera se mostró más que dispuesta a realizar una buena tarea y se sentó en un taburete bajo.
Junto a ella se encontraba otra muchacha de su edad. Tenía el cabello del mismo tono rojo que su madre y lucía un vientre tremendamente abultado; estaba embarazada. La joven captó su mirada mientras la observaba y sonrió con calidez.
—Soy Lillian —se presentó.
—Yo soy… Briana. —Se contuvo a la hora de decir su apellido—. ¿Cuánto tiempo falta para que nazca?
Lillian se acarició el vientre en un gesto protector, de esa peculiar forma en que tan solo las madres sabían hacerlo.
—Tres semanas… quizás menos. —Volvió a sonreír—. No puedo esperar a tenerlo aquí conmigo.
Briana se enterneció con la escena y pensó que ella también querría ser madre algún día.
En su mente se imaginó con un bebé en brazos, con el cabello casi blanco y los ojos grises, como la más pura plata…
Enseguida se percató de lo que estaba pensando: un hijo de Hakon.
Un hijo con Hakon. La intensidad de ese pensamiento la dejó confusa unos segundos.
—Será una niña —dictaminó Eileen.
Esas palabras sacaron a Briana de su ensoñación tan repentinamente que sintió la afilada hoja del cuchillo con el que estaba cortando las verduras clavándose en su fina piel. Al instante siguiente un hilo de sangre se expandió por su dedo, dejando dos gruesos goterones de un color rojo intenso.
—Perdón —se disculpó mientras Lillian le alcanzaba un paño blanco—. Estaba… ¿Qué has dicho, Eileen?
La mujer llegó hasta donde ella estaba y, arrodillándose, tomó su dedo sin antes pedirle permiso. Lo examinó un segundo y después volvió a ponerse en pie para comenzar a rebuscar algo en los antiguos cajones que estaban en un pequeño armario oscuro a la izquierda de la habitación.
—Mi madre piensa que mi hijo será una niña… pero yo no lo creo —le respondió Lillian—. Tengo el presentimiento de que será un muchacho.
Briana se giró hacia Eileen. No creía que ella se equivocara en eso, tan solo había que mirarla para saber que esa mujer lo veía todo.
Ya había conocido personas con un don semejante hacía tiempo; a las ferias de Dornoch acudían brujas, adivinas y toda clase de personas con todos los talentos imaginables.
La nana de Briana siempre las había mirado con los labios fruncidos, pasando rápidamente junto a ellas y escupiendo en el suelo mientras apretaba con fuerza la mano de Briana entre sus huesudos dedos, como protegiéndola.
Su familia era cristiana desde hacía mucho tiempo, y esa clase de personas no se tomaban en serio en su casa, pero Briana sabía que la mujer que tenía en frente en esos momentos no era una simple granjera.
—Será niña, estoy segura.
Eileen volvió a aproximarse a la joven con un pequeño botecito de cristal en la mano.
Con cuidado, lo abrió e introdujo un dedo en él, sacándolo impregnado de una sustancia viscosa e incolora.
Briana frunció los labios al verlo, pero no opuso resistencia a que la mujer recubriera su dedo herido con ese ungüento. Un alivio inmediato la embargó.
—¿Tú qué prefieres que sea? —le preguntó a Lillian.
La muchacha sonrió, y su rostro se iluminó, ilusionado.
—No me importa mucho, creo… tan solo espero que nazca sano y que John y yo podamos criarlo bien.
Su madre la miró; el orgullo se reflejaba en ella.
—Todo saldrá bien, Lillian. Aunque siempre te empeñes en ser pesimista y llevarme la contraria, no tienes nada que temer respecto a la niña.
Lillian resopló al oír esto último, aunque después rio de forma jubilosa. Estaba más que ilusionada con el nacimiento de su primer hijo y esperaba que fuera el primero de muchos. Mientras Eileen volvía a dejar su remedio en el pequeño armarito, Lillian se dirigió a Briana, interesada.
—Y bueno, Briana… disculpa la curiosidad, ¿puedo saber cómo has acabado siendo parte de un grupo de vikingos?
—Bueno… es una larga historia.
Lillian se carcajeó.
—Parece una de esas leyendas de héroes viviendo aventuras en otra tierra, en las que el caballero se enamora de una bella dama extranjera y ambos huyen juntos.
Esta vez fue el turno de Briana para reír, no le hacía falta escuchar a Lillian hablar mucho más, quedaba totalmente claro que era una completa romántica.
No sabía de dónde podría haber sacado una historia como esa, puesto que ni Hakon era un caballero ni estaba enamorado de ella. Todo era mucho más complicado que eso.
—Es… —no sabía cómo explicarlo—, digamos que yo estaba en peligro y ellos me salvaron; y ahora quieren mantenerme segura hasta que me reencuentre con mi familia.
Eileen alzó una ceja, curiosa.
—¿Tan solo es eso? —preguntó, interesada—. Creo que eres mucho más importante para ellos que una simple protegida. Pareces ciertamente parte de su familia.
—No creo que ellos lo vean así.
Se sentía a gusto con ese grupo de vikingos, de una forma indescriptible, pero Gala tenía razón con lo que le había dicho el día anterior.
Su mundo era distinto; una dama como ella jamás se habría encontrado sentada junto dos granjeras mientras vivía en Dornoch.
Las dos mujeres seguían interesadas, pero se percataron de la incomodidad de Briana y decidieron dejarla tranquila.
—La cena está casi preparada —le dijo Eileen—. Será mejor que vayas a avisar a todos para que vengan, ¿te parece?
—¿Y las verduras? —preguntó Briana.
—Yo lo hago, tranquila —respondió Lillian con una sonrisa—. No te ofendas, pero salta a la vista que esta no es tu mayor habilidad.
Esas palabras avergonzaron un poco a Briana, pero se levantó sin decir nada más.
Nunca en la vida se había sentido inútil en ningún sentido, hasta que había conocido a Hakon…
y ahora lo sentía a cada instante. En Dornoch Castle, Briana era la mujer del castillo; se ocupaba de mantener el lugar en perfectas condiciones, controlando que todos los criados hicieran sus obligaciones, que las provisiones fueran suficientes, que las cuentas cuadraran y estuvieran claras y que todo funcionara como debía hacerlo.
Era un trabajo duro, aunque de forma distinta.
Briana se despidió de las mujeres con un movimiento de cabeza y salió de la cocina, atravesó un pequeño pasillo y llegó a la puerta de madera clara que daba a la calle.
En cuanto la abrió, sus ojos se quedaron clavados en la enorme luna casi llena que brillaba en el cielo.
Briana sintió que esa luna podía iluminar cada rincón de la granja en esa noche en la que el viento corría tímidamente entre los pliegues de su ropa.
A un lado de la casa, encontró a Donar y a John colocando poco a poco un tejado de paja en la pequeña casita que ya casi habían logrado construir.
Con pocas palabras, les informó que la cena estaría lista en unos minutos y ellos asintieron, agradeciéndole el aviso.
A varios metros, llegando a un espeso y frondoso bosque, escuchaba el sonido del acero entrechocando, por lo que se acercó sin dudar a la oscuridad de esos cientos de árboles.
Cerca de allí divisó a sus compañeros de viaje entrenándose, peleando unos con otros.
Se detuvo antes de interrumpirlos, observando, como ya había visto, que Hakon se movía como un felino, de un lado a otro y atacaba con fiereza contenida a Rurik.
—¿Eso es todo lo que puedes hacer? —trató de provocarlo su amigo.
—Al menos es lo que puedo hacer sin que mueras tratando de defenderte —respondió Hakon.
Rurik soltó una carcajada y entrechocó su espada una vez más contra la del guerrero, profiriendo un grito que también se tornó en una carcajada.
—Estás loco —le dedicó Trud, que luchaba a su lado contra Gala.
La mujer hizo un brusco movimiento que dejó a la esbelta Gala tumbada en el suelo, con la respiración agitada y el frío acero del cuchillo de Trud rozando su garganta.
Para sorpresa de Briana, Gala no tardó en rodar por la hierba y levantarse de nuevo, alzando una pequeña daga sobre su cabeza.
Fue entonces cuando reparó en que alguien los estaba observando desde hacía tiempo y se quedó parada.
Rurik fue el siguiente en ver a Briana y, cuando Hakon también se giró hacia ella, pensó que su corazón se había detenido…
tan solo para seguir latiendo con más fuerza al instante siguiente.
—Perdonad… no quería molestar.
Rurik se mostró afable, como siempre.
—¡No digas bobadas, niña! —Le quitó importancia a la interrupción—. ¿Quieres aprender a usar una espada, Briana?
Ella abrió la boca para responder, pero Hakon lo hizo por ella antes de que su voz abandonara sus labios.
—¡Claro que no!
—¿Por qué no? —inquirió ella, acercándose.
—Eso, ¿por qué no? —quiso saber Rurik.
Tan solo bastó una mirada airada de Hakon para que su amigo abandonara toda intención de convertir a Briana en una experta guerrera y envainara su espada.
Rápidamente, recogió también su ballesta del suelo, dando por finalizado el entrenamiento.
Hakon no hizo ningún movimiento que dejara claro que iba a abandonar su posición.
—La cena estará lista en unos minutos, he venido a decíroslo —recordó Briana de pronto.
Gala esbozó una gran sonrisa; se moría de hambre. Por el contrario, Trud frunció el ceño.
—No las tengo todas conmigo a la hora de comer la comida de esa bruja…
—Oh, vamos, no es una bruja —opinó Gala—. Parece una buena mujer.