Pasión Vikinga Capítulo VII
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Capítulo VII

C uando Briana se separó de Hakon, aún notaba un intenso rubor que adornaba sus mejillas.

Después de todo el día junto a él, aún no había conseguido vencer el sentimiento de humillación que había experimentado cuando él había rechazado su beso.

Algo en su mente le repetía una y otra vez que Hakon no solo no la veía como una mujer, sino que la trataba como a una niña... o como una responsabilidad forzosa.

Abrió la puerta de esa pequeña habitación, suspirando.

Quería hablar con Gala y preguntarle su opinión sobre lo sucedido...

pero se quedó paralizada al descubrirla sentada sobre una de las dos pequeñas camas.

Tenía la cabeza gacha, enterrada entre las manos, y sus hombros se convulsionaban en un triste llanto.

El sonido de la puerta cerrándose sobresaltó a la vikinga, que clavó sus ojos enrojecidos en Briana y trató de eliminar cualquier rastro de lágrimas de sus mejillas.

Aun así, Briana ya la había visto. De inmediato se arrodilló frente a ella con gesto de gravedad.

—¿Sucede algo, Gala? —preguntó con voz suave.

—No, no. —Se levantó de la cama, tratando de desembarazarse de Briana—. No es nada. Pensé que no regresarías aún…

Estaba nerviosa. Lo último que habría querido en ese momento era que alguien la viera cuando estaba en uno de esos estados de debilidad que, raramente, se permitía a sí misma.

Llevaba varios días lejos de su casa, incluso de su tierra.

Toda su familia se estaría preguntando su paradero, y, sobre todo, si aún seguían vivos.

Pero para Gala, lo peor de todo era, sin duda, tener que estar tan cerca de Rurik y a la vez tan lejos. Amarlo era su maldición particular.

—Mañana debemos seguir el camino y estoy muy cansada. Después de tantas horas sobre el caballo, me siento como si no tuviera las piernas unidas a mi cuerpo.

Gala fingió una sonrisa y caminó por la habitación sin girarse de nuevo hacia Briana. Sabía que sus ojos estaban húmedos aún. Miró por la ventana en completo silencio, rezando porque la muchacha no volviera a hablarle sobre lo que acababa de ver, pero no fue así.

—Sé que posiblemente te enfadarás si te lo pregunto, pero… —Briana hizo una pausa, contemplando la grácil espalda de Gala—. ¿Es por Rurik?

La mujer sintió su columna vertebral tensándose y un extraño frío se extendió por sus extremidades. Tomó aire y se giró hacia Briana. Ella supo que, en efecto, la pregunta le había molestado.

—¿El qué? ¿Eue me hayas visto llorando? ¿Por qué habría de ser por Rurik? —trató de controlar el tono de su voz al final, puesto que comenzó a quebrarse cuando pronunció su nombre—. La gente llora todo el tiempo, incluso los vikingos lo hacemos, aunque no lo creas.

—Sabes que no quería decir eso. —La voz de Briana seguía tranquila, inalterable—. Tan solo he notado que vosotros dos… no sé, simplemente siento algo extraño al veros juntos. No os comportáis del mismo modo con el resto de la gente; soy buena percibiendo este tipo de cosas.

Gala apretó los dientes con fuerza.

—No sé qué demonios está pasando por tu cabeza, Briana —murmuró—, pero olvídalo porque no es así. Ya te dije que somos hermanos.

—¡Pero no lo sois de verdad!

—Tú no lo entenderías. —Gala soltó un gruñido exasperado—.

No sabes nada de nosotros, no comprendes nuestra relación porque tú no lo has vivido durante toda tu vida, no tienes idea de cómo es ni de la importancia que nuestros lazos tienen para nosotros.

Ni siquiera... ni siquiera podrías entenderlo.

Se arrepintió de la frialdad de sus palabras, pero Gala perdía el control cuando se trataba de Rurik.

No poder estar con él era la mayor desilusión de su vida entera; nunca algo le había dolido tanto y estaba convencida de que jamás algo lo haría de nuevo.

Gala sentía que, día a día, su corazón se rompía un poco más.

Frente a ella, Briana bajó la cabeza con desánimo. Sabía que Gala estaba furiosa y había hablado sin pensar, por lo que no quería discutir con ella en ningún caso.

—Sé que no soy una de los vuestros —musitó—. Pero tampoco pretendo aparentarlo.

Hubo un nuevo momento de silencio que terminó de desquiciar a Gala. De pronto necesitaba aire fresco con una urgencia increíble. Agarró el pomo de la puerta con violencia y se dispuso a salir de esa habitación y no volver en toda la noche, pero Briana volvió a hablar antes de que lo hiciera.

—Por si quieres saberlo… Rurik no ha estado con ninguna mujer esta noche, creo que tan solo estaba… ya sabes, siendo Rurik. Pero te garantizo que se ha ido a dormir ya. Solo.

Gala asintió con la cabeza. Era como si le hubieran quitado un enorme peso de encima.

Se sentía morir cada vez que imaginaba a Rurik poseyendo el cuerpo de alguna mujer; sus esculturales músculos tensándose y relajándose al ritmo de sus gemidos mezclándose con los de otra…

los celos aparecían y se clavaban en su pecho como estacas.

Pero no podía evitarlo; él no la iba a esperar toda la eternidad, algún día tendría una familia e hijos… y no sería con ella.

—Rurik puede hacer lo que le venga en gana.

Cerró la puerta con fuerza tras ella y salió de allí tan rápido como pudo.

En cuanto accedió a la escalera exterior de la parte trasera de esa posada, Gala sintió que su enfado hacia Briana se iba desvaneciendo como el vapor de agua.

Era consciente de que solo le había dicho la verdad, pero era una verdad que ella nunca se atrevería a admitir ante nadie.

Hacía un tiempo, algo más de un año, se había dejado llevar por esa realidad tan aplastante.

Tan solo unos minutos. Por la noche, en una de las fiestas del poblado en el que estaban pasando una temporada, Gala había bebido hidromiel entre bailes y risas, al igual que Rurik.

Antes de que se diera cuenta, ambos habían acabado tras una de las enormes casas de madera del pueblo y, consumidos por un deseo que llevaba años fraguándose en su interior, se habían besado hasta perder el sentido.

Gala no lo había evitado de ningún modo, de hecho, ese era el recuerdo más importante que guardaba en la memoria: las expertas manos de Rurik acariciándola en sitios donde no debería, sus labios dejando una estela de fuego allá en donde pasaban, las palabras más dulces y sinceras que ninguno había dicho jamás, susurradas al oído entre gemidos y roces…

Pero tan solo había sido eso. Besos y nada más, jamás se habría podido perdonar algo más con él.

Era horrible que, de entre todos los hombres del mundo, hubiera tenido que enamorarse precisamente de uno de los tres que le estaban prohibidos.

Sintiendo una enorme amargura en la boca, Gala bajó las escaleras de la posada y llegó a una ruidosa sala repleta de gente.

A unos metros, distinguió el alto y fuerte cuerpo de Viggo, que parecía muy entretenido con una muchacha.

Aun así, su amigo la saludó con un movimiento de cabeza, y ella respondió.

Salió a la calle, asiendo con fuerza un cuchillo que guardaba en su cinturón.

Algunos hombres le hablaron, diciéndole palabras soeces, pero Gala decidió ignorarlas, no sin cierta dificultad, ya que necesitaba desahogarse de algún modo y golpear rufianes siempre era un buen método para ello.

Durante varios minutos tan solo se limitó a dar vueltas alrededor de la posada y los establos, tratando de evitar a Hakon, que estaba haciendo guardia también en la calle.

No le fue complicado, puesto que su amigo parecía tan distraído y pensativo que podría haber pasado frente a su cara y él ni siquiera habría advertido su presencia.

En su interior casi saltaba de alegría al pensar que Rurik no estaba con ninguna mujer en ese momento.

Los celos eran el peor de sus compañeros, pero no le servía de nada que él estuviera solo esa noche.

Gruñendo, Gala pateó una piedra en el suelo y se dirigió con decisión hacia el pajar para hablar con el hombre al que amaba…

pero se detuvo tras dar diez pasos. Después comenzó a dar vueltas de nuevo.

El frío no era intenso, pero a lo lejos se adivinaba tormenta y sabía que no podría estar indecisa durante mucho más tiempo. Debería hacer algo, pronto.

Su mente viajó de nuevo al momento más feliz de su vida, los besos que había compartido con Rurik hacía tanto tiempo y la calidez que estos le habían traído, momentáneamente, a su corazón anhelante.

Sin querer, sus dedos trazaron el camino hacia sus labios, reviviendo la intensa caricia de la boca de Rurik devorando la suya, y esa sensación casi le provocó de nuevo un intenso llanto.

Antes de que algo así volviera a suceder, Gala volvió a decidirse y, andando con paso firme, llegó hasta el pajar en el que varios hombres dormían.

Pegó la oreja a la pared de madera; ningún sonido provenía de dentro, aparte de los intensos ronquidos de algunos pobres desgraciados.

Tan solo las posadas más desarrapadas permitían que sus establos y pajares fueran utilizados como dormitorio común por varios viajeros.