Pasión Vikinga Capítulo VII #2
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Capítulo VII #2

Gala tomó aire y pasó su mano por su brillante cabello rubio, trenzado en su nuca y cayendo sobre su espalda como espigas de trigo.

Abrió la puerta del pajar, tratando de ser todo lo silenciosa que pudo.

Frente a ella había varios hombres durmiendo a pierna suelta, pero, por suerte, Rurik se encontraba junto a la puerta.

El joven también descansaba, estaba abrigado, pero su brazo desnudo agarraba la empuñadura de una pequeña espada bajo una improvisada almohada de pajas y tela.

Sobre ella descansaba su cabeza; el cabello comenzaba a crecerle de nuevo poco a poco, abundante y suave, del color de la tierra fresca.

Gala pensó que debería afeitarle de nuevo el pelo uno de esos días.

El rostro de Rurik estaba relajado: sus ojos cerrados, enmarcados por unas pestañas oscuras y espesas, su mandíbula marcada y angulosa, su nariz pequeña y respingada…

sus labios se abrieron un segundo al tiempo que un suspiro salía de ellos.

La barba era áspera y resaltaba los rasgos del hombre de un modo sensual.

Gala lo observó durante unos segundos y después se dispuso a hacer algo que sabía que no debería provocar: iba a despertarlo; quería observar la expresión de Rurik cuando la viera. Quería que la mirara y sonriera, que ambos se retiraran al bosque y pasaran las horas, solos y juntos.

Se detuvo antes de estirar el brazo para hacerlo.

¿Estaba segura de querer eso? Sería, claramente, una ofensa contra algo que los dioses habían unido.

Tyr [8] les había dado el privilegio de considerarse hermanos de alma, ellos eran guerreros y así habría de ser hasta el día de su muerte.

Ese era el juramento. La mujer tragó grueso; sus actos hacia Rurik podrían desencadenar el rechazo de los dioses y no sería solo ella quien sufriría por eso.

Se mordió el labio, volviendo a sentirse rota.

No quería causar ningún problema a Hakon y los otros. Por supuesto, mucho menos a Rurik.

—Lo siento —le susurró, agachándose en silencio para quedar cerca de su rostro—. Nunca podré ser lo que tú anhelas.

Sabía que, si le acariciaba la piel, se despertaría, por lo que se dedicó a contemplarlo dormir unos segundos más antes de levantarse y salir con rapidez del pajar.

La idea de que ella nunca despertaría con Rurik a su lado, desnuda y tras una noche de pasión se hizo insoportable, pero no existía una opción para eso.

No sería ella quien provocara una venganza divina, puesto que Gala siempre había cumplido con su deber. Durante toda su vida.

Y esa no sería la excepción.

⊹

Desde que habían salido de York, no habían encontrado rastro alguno de los soldados del jarl. Al parecer, esos vikingos no querían exponerse a un nuevo rapapolvo por su parte y preferían mantenerse al margen durante un tiempo. Rurik los había comparado con animales carroñeros.

El atardecer comenzaba a caer en su camino hacia Carlisle, aunque no quedaba mucho tiempo de viaje. El cielo rosado y brillante presentaba pequeñas y espumadas nubes que anunciaban que ese buen tiempo no duraría mucho más, en especial en cuanto llegaran al norte, a Edimburgo.

Avanzaban sin prisa, pero sin pausa. Rurik y Viggo charlaban animadamente sobre la noche anterior y Viggo parecía mucho más recuperado. Briana no dejaba de maravillarse al comprobar la rápida y casi milagrosa recuperación del joven, puesto que esta también influía con fuerza en el ánimo de Hakon.

Sentado sobre el caballo tras Briana, Hakon cabalgaba con aire pensativo; de nuevo había vuelto a tener ese sueño, siempre era el mismo: una muchacha con el cabello rojo como el fuego le daba la espalda, y él tan solo podía contemplarla mientras ella lo llamaba por su nombre.

Ese sueño lo asustaba, pues no lograba entenderlo.

Por su parte, Gala también estaba distraída.

Su caballo iba varios metros por detrás de los demás y no le había dirigido la palabra a Briana en toda la mañana.

Se sentía culpable y avergonzada por sus palabras del día anterior; la joven tan solo le había dicho la verdad y eso no le daba ningún derecho a hablarle del modo en que lo había hecho.

—Creo que hemos llegado —anunció Rurik. Con el dedo señaló hacia una granja que se encontraba a apenas media milla de donde ellos estaban. Algunas cabezas de ganado adornaban las tierras hasta llegar a ese lugar.

—El viejo Donar parece estar apañándoselas bien en estas tierras inglesas —se mofó Trud.

La granja consistía en una casa no muy grande, aunque con dos pisos y construida en piedra clara y madera.

El tejado de paja le daba un aire casi reconfortante y, a cada lado de la vivienda, se alzaban dos pequeñas construcciones que, probablemente, servían para guarnecer al ganado y las provisiones para el invierno.

En cuanto se aproximaron, todos alcanzaron a ver que la granja parecía llena de vida: un par de niños corrían de un lado a otro, una muchacha lavaba la ropa en un pequeño pilón frente a la casa y dos hombres realizaban la construcción de otra pequeña edificación.

Los dos individuos vestían ropas sencillas, como cualquier otro granjero inglés.

Rurik soltó una enorme carcajada jubilosa al verlos y aceleró su caballo, que relinchó, molesto por ese arrebato.

Con el sonido de los cascos, que indicaban que alguien se estaba acercando, los hombres detuvieron su labor de construir una nueva casita para añadir a su propiedad y se quedaron atónitos al ver a esa pandilla de vikingos que se acercaba a su casa.

Donar tardó unos segundos en reconocer a su primo Rurik y poco más en advertir la presencia de Trud tras él.

—Por los confines de Asgard… —De inmediato caminó hacia ellos, sintiendo que le embargaba la emoción—. ¿Estoy soñando o de veras sois vosotros?

Rurik se bajó del caballo al llegar junto a Donar y lo abrazó con fuerza. Todas las demás personas que estaban trabajando en la granja dejaron sus quehaceres y se acercaron también hacia los forasteros.

—Así es, primo. Venimos de paso, no podíamos dejar de visitarte.

Donar examinó a todos los demás; entre ellos estaba también Gala, la joven de la que Rurik siempre había estado enamorado pero con la que, aun así, había hecho el juramento de fraternidad.

Donar se había temido en ese momento que su primo estuviera cometiendo el peor error de su vida.

No pudo evitar sonreír con socarronería al mirar a Trud, la cual le lanzó una mirada tan afilada como su espada y, finalmente, Donar se quedó estático al observar a otro de los componentes de esa compañía…

—Hakon… —susurró, estupefacto—. ¿Cómo…?

Todos bajaron de sus caballos en ese momento; había dos de los integrantes del grupo que Donar no conocía: un joven alto, fuerte como un árbol, y una muchacha rubia y hermosa que viajaba junto a Hakon.

—Pensé que estabas en prisión; ¡de hecho, ya te imaginaba muerto! —exclamó Donar acercándose a Hakon, al que llevaba años sin ver.

Un intenso escalofrío recorrió la columna de Hakon y, de inmediato, miró hacia Briana para observar su expresión ante las palabras de Donar. Fue entonces cuando, aliviado, comprendió que el hombre había hablado en noruego, por lo que ella no podía haber entendido nada.

—Tendremos esta conversación después —le dijo. Su tono revelaba que ese no era el momento idóneo para hablar de eso.

Donar lo comprendió, asintiendo con la cabeza y de nuevo volvió a sonreír. En sus mejillas se dibujaron unas arrugas poco profundas, pero marcadas. No era un hombre mayor, apenas había sobrepasado la cuarentena, pero su cabello clareaba y su espalda no se alzaba tan recta como antaño.

—Estoy tan emocionado de veros aquí… venid, os mostraré a toda la familia. —Después se dirigió al hombre de su lado—. John, por favor, avisa a Eileen de que tenemos visita. Cielos, ¡aún no puedo creerlo!

Donar les indicó los establos para que dejaran a los caballos descansando.

Dormir en la casa del vikingo parecía un completo lujo después de tantos días vagando por las peores posadas de Inglaterra.

Briana se sentía avergonzada y caminaba detrás del grupo, sentía que ella no tenía nada que ver con esas personas y que ni siquiera entendía lo que Donar, el primo de Rurik, estaba diciendo.

Mientras cruzaban el patio exterior de la casa, le lanzó una mirada a Gala, que seguía sin dirigirle la palabra.

Recordó las palabras que le había dedicado la noche anterior, le había echado en cara que ella no era parte del grupo y en ese momento lo sentía más que nunca.

Todos parecían emocionados, hablando y riendo mientras Donar los conducía a su casa con la más grande de sus sonrisas.

De repente, Hakon se retiró con disimulo de la conversación que estaban teniendo y se dio la vuelta para llegar hasta ella.

También él le había hablado muy poco ese día.

—Hola —la saludó.

Escuchar la profunda voz de Hakon, de nuevo en su idioma, erizó la piel de la joven.

Lo observó, tratando de no ser muy evidente, y reparó en sus ojos rojos y su aspecto cansado.

Habían dormido muy poco esa noche y llevaban demasiadas horas cabalgando; de hecho, Briana llevaba desde el día anterior con las piernas acalambradas.

—Hola.

—Al parecer podremos dormir una noche sobre un colchón decente y sin tener que preocuparnos. —Su tono de voz fue jocoso por primera vez en días.

—Creo que extrañaré tener chinches en mi almohada —bromeó Briana.