Capítulo VI #2
Hakon resopló al escuchar sus palabras, pero se acercó hasta quedar frente a ella. No sabía cómo hablarle, su cabeza estaba desbordada de cosas de las que preocuparse, pero ella seguía presente en sus pensamientos.
—No he querido ofenderte antes.
—Gracias por tu consideración, pero, siento comunicarte que has errado en tu intención. No me conoces lo suficiente como para afirmar que soy incapaz de defenderme. No me conoces en absoluto.
Al parecer, esa muchacha no iba a ponérselo fácil.
—Briana, comprende que me haya preocupado tanto.
Para ti, tan solo estamos escoltándote hasta tu hogar.
Una vez allí, estos días habrán sido solo una aventura…
pero para mí es muy diferente. —Señaló a sus amigos, a varios metros de ellos—.
Los estoy protegiendo lo mejor que puedo y no importa cuánto lo intente; nunca es suficiente. Ninguno de mis esfuerzos lo es.
Estas palabras comenzaron a calar en Briana, que por primera vez miró a Hakon a los ojos.
Veía en ellos una vulnerabilidad que no había comprendido hasta ese entonces.
El silencio se volvió denso; sentía la boca seca al descubrir la cercanía del vikingo.
Estaban solos, en mitad de un pequeño paraíso natural y con el sol rozando y calentando sus pieles.
También Hakon se percató de la intensidad del momento cuando una pequeña brisa de aire se levantó, alborotando el cabello de Briana y llevando hasta él su dulce aroma femenino.
—No deberías comportarte con ellos del modo en que lo has hecho desde que salimos de York.
—Ella rompió el silencio, sintiendo que una cantidad arrolladora de sucesos podían ocurrir si seguían en silencio, tan solo mirándose—.
Ellos te adoran, Hakon. No merecen tu indiferencia, ni tampoco yo lo hago.
Las últimas palabras las dijo sin mirarlo a la cara. Sabía que se estaba sonrojando al hablarle con tanta claridad, pero Hakon debía cambiar su actitud o todos morirían de hambre y cansancio.
—¿Indiferencia? —preguntó Hakon, seguro de que esa no era la palabra correcta para definir su comportamiento.
En absoluto podía considerársele indiferente con una mujer que provocaba que la sangre de todo su cuerpo ardiera con tan solo mirarla.
Con lentitud, acortó los últimos centímetros que los separaban y se permitió alzar el brazo y acariciar la mejilla a Briana—.
No tienes la menor idea de lo que significa la indiferencia, muchacha.
Sus palabras le provocaron un intenso escalofrío, pero no apartó la vista de él ni un solo segundo.
Su corazón latía con fuerza mientras contemplaba los perfectos labios de Hakon abrirse lentamente y humedecerse de forma casi imperceptible con su lengua.
La respiración de Briana se agitó, sentía las piernas temblorosas aún con su mano posada en la mejilla, y un oscuro deseo casi la obligaba a sentir los labios de Hakon contra los suyos.
La sensación de esa boca besándola debía ser muy comparable a lograr tocar el cielo.
Un trémulo calor se extendía por el vientre de ella mientras imaginaba cómo sería besarlo y, aunque Briana nunca había estado más cerca de un hombre de lo estrictamente necesario, sintió la auténtica necesidad de romper la poca distancia que los separaba.
Desde luego, Hakon no lo esperaba, pero la muchacha escocesa se alzó sobre los dedos de los pies y pegó sus labios a los de él.
El vikingo abrió mucho los ojos, sorprendido, y solo dejó que esa dulce humedad acariciara su boca durante un instante.
Después la apartó de él, asiéndola por los hombros con firmeza.
Era tan inocente que no parecía entender la tormenta que podía desatar ese gesto en el corazón de un hombre.
Odín. ¿Qué demonios hacía? Su mente pensó que había sido un sueño, ¿de verdad esa joven acababa de besarlo?
Tan solo él sabía de verdad hasta qué punto ella podía endurecerlo con tan solo una de sus miradas; pero había tenido claro desde el principio que Briana era un fruto prohibido.
Y él no iba a caer en tan inmensa tentación.
—Ten por seguro que me comportaré correctamente a partir de ahora —murmuró con voz grave al tiempo que apretaba la mandíbula.
Esta vez, Briana enrojeció de verdad. Como de costumbre, se había dejado llevar por sus impulsos y él la había rechazado.
La vergüenza parecía sólida en su mente y casi dio gracias a que Hakon pasara por su lado y cruzara de nuevo el riachuelo para llegar al otro lado, junto a sus amigos.
Briana quiso gritar; había sido tan estúpida al creer que un hombre como él podría desearla.
La imagen de Allia, la tabernera, acudió a su pensamiento.
Toda pechos y voluptuosidad, con esos ojos rasgados que parecían saber con exactitud qué hacer para enloquecer a un hombre como Hakon.
Entonces, se miró a sí misma y casi tuvo que contener las lágrimas: llevaba la ropa de Gala, prendas de lana propias de una guerrera nórdica que ella no era.
La dama escocesa, tan valiente y decidida, comprendió que en realidad era una niña, tanto para Hakon como para todos los demás.
Consiguió tragar sus lágrimas, sola en ese apartado lugar del bosque, y se prometió a sí misma no volver a actuar tan ridículamente como lo había hecho hasta ese momento.
Ella no debía olvidar que su principal objetivo era volver a encontrarse con Gared y asegurarse de que su hermano no había sufrido ningún daño.
Lo demás se solucionaría, de un modo u otro.
⊹
La noche había caído cuando llegaron a esa pequeña posada en una orilla del camino hacia Carlisle. Ya no quedaba mucho tiempo de viaje y nadie parecía seguirlos ni andar remotamente cerca, pero todos sabían que los soldados del jarl no podían estar muy lejos.
Hakon había vuelto a la normalidad con sus amigos, aunque no con Briana después del inesperado beso que ella le había dado.
Desde luego, no era algo que pudiera ignorarse de forma deliberada y, para Hakon, no había sido fácil en absoluto viajar casi todo el día teniéndola entre sus brazos.
Estaba seguro de que para ella tampoco había resultado sencillo.
La posada a la que llegaron, aunque alejada, estaba tan llena de gente que algunos hombres habían tenido que aceptar dormir en el pajar y en ese momento se emborrachaban frente al mostrador de la taberna.
Briana se había dado cuenta, después de pasar unos días con ellos, de que los vikingos no eran bien recibidos en ninguna parte y sufrían las miradas desconfiadas de todas las personas que caminaban por su lado.
Tenían una fama de saqueadores, violadores y bárbaros tan extendida que incluso había escuchado tocar las campanas en la iglesia de un pueblucho cuando habían pasado junto a él sin siquiera bajarse de los caballos.
Por eso Hakon se empeñaba tanto en pasar desapercibido, puesto que era casi imposible no resultar sospechoso.
—Mañana por fin podremos descansar tranquilos —dijo Rurik, bebiendo un trago del asqueroso vino que servían en la posada—. Mi primo se alegrará de vernos.
—Me conformo con que a ese idiota de Donar no se le haya olvidado cómo hacer un buen skyr [6] .
Briana miró a Trud con curiosidad.
—¿Qué es eso?
—Es algo parecido a vuestro queso fresco, pero mucho mejor… espero que tengas oportunidad de probarlo. ¡En este lugar nadie nos ha brindado aún una sola comida decente!
Eso parecía extraño, puesto que hacía pocos minutos que habían terminado de cenar un delicioso cerdo asado. Trud daba la impresión de tener hambre constante y se negaba por completo a comer más de esa bazofia inglesa de la estrictamente necesaria.
A medida que los minutos fueron pasando, la enorme sala bullía aún más de gente y la oscuridad se veía iluminada por centenares de velas.
En algún momento de la noche, alguien se sentó junto a la humeante chimenea y comenzó a tañer un laúd junto a dos jóvenes que soplaban flautas de madera.
En solo un par de minutos ya se había formado un auténtico baile en esa posada; los borrachos danzaban al son de la música, agarrados a los brazos de algunas mujeres que parecían más que dispuestas a continuar con esa fiesta.
Esto animó a Rurik de inmediato, que se levantó de la silla y tendió su mano a Trud. Esta la rechazó con un gruñido grave y una mirada que parecía querer asesinar al vikingo. Él recibió el mensaje y se dio la vuelta.
—Mi dulce Briana —dijo al llegar a su lado, agachándose frente a ella—. ¿Me harías el honor de compartir conmigo este baile?
Antes siquiera de que hubiera podido negarse, Rurik ya la había agarrado con fuerza del brazo para arrastrarla al lugar en el que todos los demás danzaban a la vez en una coreografía que Briana no conocía.
—No sé bailar esta coreografía… —Tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima de todos esos gritos.
En su casa no hacían ese tipo de bailes, sino que las fiestas consistían en realizar juegos o, tan solo, en disfrutar de la compañía de sus seres queridos.
Desde que era una niña, en el castillo se habían organizado esos cèilidhs [7] .
Briana extrañaba horriblemente esos tiempos; cuando su padre aún vivía y ella tan solo era una hija más de Elmann Urquhart.
Rurik soltó una carcajada al escucharla.
—¡Tampoco yo!
Ambos comenzaron a dar vueltas, tratando de moverse al ritmo de la melodía que los músicos tocaban.
Aunque no estaba resultando fácil, sí era divertido.
Desde sus asientos, todos observaban la escena de cómo Briana y Rurik estallaban en carcajadas con cada giro erróneo que daban en esa extraña danza, logrando entorpecer al resto de parejas que los rodeaban y que los miraban con evidente fastidia.
—Al final no ha resultado mala idea ofrecerle nuestra ayuda a Briana, ¿verdad? —dijo Gala, que quería observar la reacción de Hakon. Aun así, no obtuvo respuesta.