Capítulo VI
B riana sentía la sensible piel de sus muslos ardiéndole con cada nuevo paso que daba el exhausto caballo sobre el que iba montada. Hakon no parecía dar ningún tipo de muestra de cansancio; su rostro seguía impasible desde que habían salido de York quién sabía cuántas horas antes.
El sol brillaba con intensidad, ese era uno de esos días absurdamente calurosos para tratarse del norte de Inglaterra.
El caballo resopló y Briana apretó las piernas en su montura sin decir nada.
Avanzaban por el camino pedregoso sin hablar, puesto que Hakon aún estaba furioso y lo transmitía con cada uno de sus bruscos movimientos.
No estaba enfadado con ninguno de sus amigos, sino consigo mismo y la mala fortuna que parecía perseguirlo desde hacía demasiado tiempo.
—Hakon —comenzó a hablar Rurik por primera vez—. Deberíamos parar, los animales necesitan descansar y no hay nadie persiguiéndonos ahora.
El caballo en el que iba Rurik estaba más descansado que el que tenía que soportar el peso de Hakon y Briana juntos. Estaba claro que el animal no aguantaría mucho más tiempo ese ritmo. Por su parte, el vikingo no hizo ningún tipo de seña que demostrara que había escuchado las palabras de su amigo.
—¡Hakon! —Fue la voz de Gala quien lo interrumpió esta vez.
Él continuó ignorándolos hasta que la mujer espoleó su caballo con fuerza para que este se adelantara al enorme corcel de Hakon, cortando su paso. El caballo se encabritó, asustado por la repentina interrupción, por lo que el vikingo no tuvo otra salida que detenerse de golpe.
—Debemos parar, hermano. —Rurik también llegó hasta ellos y se pasó una mano desesperada por su cabello rapado—.
¡Por las grutas oscuras del Náströnd! ¿Acaso no ves que llevamos demasiadas horas de viaje?
Ya nadie nos persigue, los caballos están exhaustos.
Tan solo mira a Viggo, ¡nuestro hermano merece un descanso!
Esto fue como un jarro de agua frío para Hakon, que regresó a la realidad de golpe.
Volvió la cabeza hasta el caballo cobrizo sobre el que Viggo trataba de aparentar una entereza física que no sentía.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que sus acciones estaban siendo estúpidas e imprudentes.
En su cabeza solo había podido pensar en llegar de una vez a Edimburgo para poder dejar a Briana a salvo de todos los peligros que la perseguían si permanecía con ellos, pero con eso estaba poniéndolos aún más en peligro.
Hakon se había sentido enloquecer al comprender que los soldados del jarl habían descubierto en él un punto débil: Briana.
Ver a esos hombres tratar de forzarla a irse con ellos para conseguir su rendición había sido muy doloroso.
Porque una parte de su mente sabía que se habría entregado una y mil veces con tal de que ella no sufriera daño alguno.
La muchacha que en esos momentos reposaba entre sus brazos, tratando de fingir que no estaba cansada de cabalgar, se estaba abriendo paso en sus pensamientos con una velocidad increíble.
Y Hakon no quería que eso siguiera avanzando.
Alzando sus ojos grises, entendió que debía parar de una vez.
Aún les quedaba bastante viaje por delante hasta llegar a Carlisle, donde se alojarían durante una o dos noches en la finca de un familiar de Rurik.
Una vez allí, marcharían rumbo a Edimburgo para dejar a Briana.
Y entonces no volvería a verla nunca más.
Ese pensamiento le provocó un retortijón en el estómago.
—Está bien —concedió con voz grave—, descansaremos.
En un claro cercano, alejado de cualquiera que pudiera observarlos, los seis se sentaron sobre la cálida hierba.
Una brisa suave soplaba, revolviendo con suavidad el cabello de Briana.
La joven no pudo evitar bostezar, se moría de sueño y tenía todo el cuerpo atenazado, pero no pensaba decírselo a nadie.
Ya se había sentido inútil durante esa batalla en la que ella no había podido participar.
Rurik caminó hasta ella y se sentó a su lado, tendiéndole una rebanada de pan negro con un enorme pedazo de queso sobre ella.
—¿Estás hambrienta? —preguntó él con una sonrisa.
—No puedo mentir y decir que no lo estoy.
Las tripas de Briana rugieron en ese momento con fuerza. Rurik no hizo ningún comentario, sino que, simplemente, colocó el pan sobre su mano. Después se relamió uno de sus dedos con verdadero deleite, gesto que, lejos de parecerle grosero, a Briana le arrancó una carcajada.
A cierta distancia de ellos, Hakon estaba atando los caballos a un enorme roble.
Tras lo desagradable que había resultado para todos durante todas esas horas, no encontraba la forma de acercarse a sus amigos de nuevo y aparentar normalidad.
Las imágenes de la batalla volvían a aparecer en su mente una y otra vez; habían vuelto a herir a sus amigos por su culpa y Hakon no creía poder soportar esa situación durante mucho más tiempo.
Quizás debería entregarse a los soldados del jarl o tan solo volver a Noruega y dejar que lo llevaran de nuevo a la prisión.
Sabía que, tras haberse escapado en el pasado, esa vez lo matarían…
pero era más conveniente morir solo y no llevarse a sus amigos con él.
Y a Briana, que en apenas unos días se había convertido en parte de su grupo.
Hakon observó a la joven desde la distancia; estaba comiendo con auténtico apetito sentada en el suelo.
Frente a ella, Viggo ya se había quedado dormido en la mullida hierba, con Gala también acostada junto a él.
A medio metro de Briana, Trud permanecía en silencio mientras afilaba una flecha de madera para añadirla al carcaj de Gala.
El hombre se preguntó de nuevo si lo mejor sería dejarlos solos y liberarlos de la carga de sus errores de una vez por todas.
Pero entonces observó algo que lo dejó helado de nuevo: Briana sacaba un enorme cuchillo de su cinturón y se lo tendía a Trud, como si se lo estuviera devolviendo.
El vikingo apretó los dientes y se acercó a sus amigos. Recordaba perfectamente cómo Briana, en un absurdo e infantil atajo de valentía, había estado cerca de atacar a un soldado enemigo con ese cuchillo.
—¿Tú le has dado eso? —articuló con frialdad hacia Trud, señalando el arma.
Briana lo observó, dejando de comer y mirándolo con ojos brillantes. A esas alturas, ella ya debía de pensar que era un ogro disfrazado de ser humano o que, al fin y al cabo, era un verdadero vikingo salvaje.
Su amiga asintió con la cabeza sin amedrentarse ni un ápice.
—Me dijo que quería ayudar.
Esta respuesta amenazó con desbordar de nuevo su ira.
—¿Y a ti te pareció una buena idea, Trud? —espetó—. ¿Darle un cuchillo a una muchacha que apenas podría sujetarlo sin clavárselo a sí misma?
Briana frunció el ceño al escuchar eso. Ella sabía usar una daga muy bien, probablemente mejor que él mismo, por lo que no era una completa ignorante en el asunto.
Tan solo se había asustado al ver a ese vikingo acercarse de golpe hacia ella, lo suyo era la puntería, no clavar el metal en el primer hombre que se le cruzara.
—No soy ninguna estúp…
Hakon ni siquiera dejó que terminara de hablar, pues seguía señalando acusadoramente a Trud. La mujer vikinga se puso en pie, su cabello rubio y corto brillaba con el sol, cada vez más molesto. Ella clavó sus ojos oscuros en él.
—No es una princesita, Hakon. Si ella quiere ayudar en mitad de una batalla, es libre de intentarlo... y cuanto antes se acostumbre a hacerlo, mejor será para todos nosotros.
—¿Y cómo demonios va a ayudarnos? ¡Podrían haberla matado, Trud! Y todo por la estúpida ilusión de sentirse una guerrera durante unos segundos. ¡Diablos! —blasfemó con voz rasgada—. He jurado protegerla, ¿entiendes?
Trud entornó los ojos. Le parecía que estaba siendo dramático, Briana era una muchacha joven y sana, no era tan fácil de matar como Hakon trataba de hacerle creer. Si fuera así, la escocesa no estaría con ellos en ese momento.
—Ella puede defenderse. A su edad, yo ya había perdido la cuenta de cuántos hombres habían caído bajo mi espada…
—¡Tú eres una guerrera! Ella en cambio es…
Briana no pudo soportarlo más. Cada palabra que salía de los labios de Hakon la hería un poco más.
Se levantó de la hierba de un solo salto y se sacudió de las ropas las pequeñas migas del pan que Rurik le había dado.
Después, dio la espalda a los dos vikingos que aún discutían y caminó en la dirección contraria.
Tras ella, Viggo se despertó escuchando los gritos, pero no se levantó de tan cómodo lecho.
Gala y Rurik, que observaban la situación con cierta preocupación, se habían relajado al ver a Briana marcharse de la escena, ofendida.
Rurik no había podido controlar una pequeña carcajada que le valió una mirada asesina por parte de Hakon.
—Creo que insinuar que es una inútil no es el mejor método de conquista —se mofó el vikingo.
—¡Cierra la boca, violador de ganado!
Hakon ni siquiera se giró para observar la reacción de su amigo, pues salió corriendo detrás de Briana a través del claro. Frente a ellos había un pequeño riachuelo y ella se encontraba tratando de cruzarlo de forma torpe.
—Por Thor… —susurró él antes de acelerar su paso hasta llegar a ella—. ¿No vas a dejar de ponerte en peligro ni un solo segundo, muchacha?
Briana dejó escapar un quejido de exasperación.
Ya le había quedado claro que tan solo era un problema allí, ¿por qué no podía dejar que fraguara su rabia en paz?
Ignorando categóricamente la voz del norteño, saltó al otro lado del riachuelo sin rodar por el barro del suelo ni perder el equilibrio en ningún momento.
Se sintió orgullosa de eso, no habría querido volver a ser salvada por él de nuevo.
Hakon también atravesó el riachuelo de un solo salto tan natural como respirar. Briana frunció el ceño al verlo.
—¿Qué quieres, Lord Vikingo ?