Capítulo V #4
Aunque los escuchaba conversar, Briana no entendía una sola palabra de lo que estaban diciendo; no hablaban su idioma.
Mientras hacía un esfuerzo por lograr captar alguna palabra clave de la conversación, un grito sordo la sorprendió y cortó sus propios intentos por soltarse de las manos de esos hombres.
—¡Adelante! —Escuchó la voz de Gala alzarse por encima de los gritos.
Y justo después, una flecha impactó en el cuello de uno de los soldados que trataban de arrastrar a Briana.
Un líquido cálido y pegajoso llegó hasta las manos de la muchacha, que sintió cómo el agarre de los vikingos enemigos se aflojaba de repente.
Cuando alzó la vista, supo que todo estaría bien a partir de entonces.
Hakon había aparecido frente a ella, con la respiración agitada, su espada en la mano y una gélida mirada en los ojos.
Sus rasgos angulosos quedaban ocultos por algunas motas de sangre oscura y, a juzgar por uno de sus cortes en los brazos, no toda era de los enemigos.
Hakon miró a Briana tan solo un instante, pero sus ojos le transmitieron toda la tranquilidad del mundo.
El soldado la soltó, como si se tratara de un saco de grano, y desenfundó su espada sin apartar los ojos de él.
Los aceros chocaron, y ambos levantaron las armas, cansados por la batalla.
Briana observó que los movimientos de Hakon eran tan precisos y exactos como los de un bailarín; era un luchador muy superior a su contrincante.
Apenas tardó un instante en desembarazarse de la molesta presión que ese vikingo ejercía y, con un par de movimientos, le clavó su espada en el vientre.
Briana gimió de la impresión y frunció el ceño con horror.
Sabía que sucedería, algunos hombres más habían muerto ya a su alrededor esa noche, pero, aun así, no había esperado que el soldado profiriera un sonido tan grotesco a la vez que la sangre caía en el suelo casi a chorros.
Se sintió palidecer al presenciar la muerte tan de cerca.
Hakon ni se inmutó al desenterrar la espada de la carne, así como cuando se acercó a Briana y la agarró bruscamente del brazo.
—Corre. —Fue su única palabra.
A su alrededor, Rurik había conseguido levantar a Viggo del suelo y marchaban con rapidez hasta la parte trasera de la taberna, donde ya se escuchaban los relinchos de los caballos.
Trud los había seguido y Gala corría sin dejar de observar a los soldados del jarl que se habían retirado de la batalla solo de momento.
Gala los apuntaba con sus flechas y ellos no se atrevían a acercarse después de todo lo que había ocurrido; eran pocos y la mayoría estaban heridos.
Tan solo los altos mandos hablaban; siseaban rápidas órdenes sobre informar al jarl de que Hakon había escapado de nuevo y la cantidad de soldados que él y sus amigos se habían llevado por delante.
—Nos vamos ya —murmuró Hakon con voz grave cuando él y los demás por fin llegaron a los caballos—. Solo nos detendremos cuando los caballos necesiten comer o descansar. ¿De acuerdo?
—¿Y cuando nosotros lo necesitemos? —preguntó Rurik.
Hakon ignoró la pregunta de su amigo y apretó la mandíbula.
Estaba enfadado, muy enfadado. Había faltado muy poco para que ocurriera una desgracia; de nuevo los habían atacado y debían dar gracias a Odín por haber logrado salvarse.
Hakon preparó la montura todo lo rápido que pudo, ese caballo negro le parecía un animal formidable, pero era consciente de que tendría que cambiarlo por otro en ese mismo día si querían llegar a Carlisle lo más pronto posible.
No tardaron mucho en montar los caballos y salir de allí, separándose durante unos minutos para que nadie los viera abandonar la ciudad juntos.
Gala había sido previsora y llevaba muchas de sus cosas ya entre las alforjas del caballo, al igual que algunos alimentos.
Por su parte, Rurik y Hakon mantenían que ellos ya llevaban encima todo cuanto necesitaban.
Las calles estaban vacías, y el frío dolía en las manos de Briana mientras se aferraba a las riendas del caballo, sintiendo el fuerte cuerpo de Hakon pegado a su espalda y aliviando un poco esa intensa gelidez del ambiente.
Aun así, él no le hablaba. Tan solo parecía preocupado por salir de allí de una vez y no podía culparlo por eso; había estado a punto de ser capturado.
En la oscura noche, mientras los vikingos escapaban en silencio con Briana entre ellos, unos soldados los observaban relamiéndose los labios. Llevaban ropas oscuras y se ocultaban cuidadosamente de no ser vistos por nadie.
—Los hemos encontrado —dijo uno.
—Lo mejor será seguirlos. A ver a dónde nos llevan…
El último, el soldado más importante de los tres y quien más disfrutaba de haber dado con ese grupito de fugitivos, no pudo más que frotarse las manos mientras espoleaba lentamente a su caballo.
—¿Cómo diablos habrá acabado entre esos apestosos vikingos una dama como Briana Urquhart?
Tenía claro que encontraría una respuesta a eso; por supuesto que lo haría.