Capítulo V #3
Hakon atacó a uno de los hombres que luchaba contra Rurik, con el fin de ayudar a su amigo.
Llevaba una armadura parduzca y su larguísima barba se perdía en su pecho, confundiéndose en el negro de su ropa.
El soldado cayó al suelo, inconsciente, y Rurik se pasó la mano por su rostro ensangrentado.
Un profundo corte en su mejilla parecía ser su única herida después de la batalla con ese hombre.
Había estado muy cerca de no correr buena fortuna.
—¡Hijo de un perro y una rata! —profirió Rurik. Hakon tardó unos segundos en darse cuenta de que lo estaba insultando a él y no al hombre que había querido matarlo segundos antes—. ¡Era mío, Hakon! Te has entrometido justo cuando estaba a punto de darle el último golpe.
Hakon esbozó una sonrisa burlona.
—Si no fuera por mí...
—¡Haced algo, inútiles! —Oyeron la voz de Gala que ágilmente había escalado hasta la ventana de un primer piso y apuntaba a los soldados enemigos con su arco, disparándolos con una puntería envidiable.
Trud también apareció; tan pronto como había escuchado el acero chirriando desagradablemente, había sabido que debía bajar las escalera de inmediato y que volvían a tener problemas.
El mayor inconveniente era, sin duda, que Viggo también bajaba las escaleras tras ella, cojeando y con su hacha de guerra en alto.
—Ni se te ocurra salir, idiota.
—¡Aparta de mi camino!
Briana contemplaba todo esto anonadada y entendiendo solo la mitad de los gritos que flotaban en el aire. La confusión en la calle era tal que nadie se había percatado de su presencia... hasta ese momento.
Sintió la mano de Trud agarrándola violentamente antes de escuchar el inmenso grito que le dirigió.
—¿Qué demonios haces ahí parada?
—Yo... yo quiero ayudar —consiguió articular Briana.
Trud no parecía dar crédito a lo que estaba escuchando, pero en vez de obligarla a entrar a la taberna a la fuerza, lo que hizo dejó a Briana descolocada. Trud sacó un cuchillo brillante y afilado de su cinturón y se lo tendió por la empuñadura.
—Si te atrapan, estás perdida, así que espero que sepas usarlo.
Briana asintió con la cabeza, y, un instante después, Trud se lanzó a combatir a la media docena de soldados del jarl que seguían atosigando a sus amigos.
Briana estaba asustada, pero se sentía preparada para atacar a alguno de esos hombres...
al menos si estaba de espaldas. Podría lanzar ese pesado cuchillo como si fuera una daga, o al menos intentarlo.
Trató de caminar un paso hacia delante para abalanzarse sobre uno de ellos, pero, de repente, un vikingo maloliente cayó a sus pies con sangre brotándole del vientre.
Briana ahogó un grito y dio un paso atrás.
Frente a ella, uno de los soldados la miró y sonrió con sus dientes puntiagudos y amarillentos.
Apenas había caminado hacia ella unos metros cuando un acero se clavó en su espalda y, respirando agitadamente, Hakon miró a Briana con toda la dureza de que fue capaz.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le gritó.
—Estoy... estoy ayudando.
—Entra a la posada inmediatamente, Briana.
—Jamás le había hablado de ese modo tan frío; el rostro de Briana se apagó en ese mismo instante y Hakon se sintió como si la hubiera golpeado.
Su tono de voz se suavizó un poco, pero, aun así, la miró con seriedad—.
Mantente a salvo, por favor. Es lo único importante.
Briana sabía que si a ella le ocurría algo, Hakon no dudaría en cargar en su espalda con toda la culpa. Ella quería vivir aventuras, pero no morir en el intento al hacerlo.
Era un hombre atormentado, pero también había podido conocer su faceta más humana.
Había sufrido sus bromas, lo había contemplado reírse como el joven que también era y esa sonrisa le había iluminado el rostro en infinidad de ocasiones...
ese rostro que en ese momento la observaba, compungido y con salpicaduras de sangre sobre la piel.
De repente, un hombre se lanzó sobre Hakon, empuñando un hacha en su mano. ¡Un hacha!
—¡Cuidado! —gritó Briana, advirtiéndole.
A donde quiera que miraba, vikingos atacaban a sus amigos, comandados por dos enormes moles con poderosas armaduras. Los soldados enviados por el jarl caían bajo las acometidas de Hakon y sus compañeros; aun así, seguían viniendo más y más.
Al otro lado de la pequeña batalla, uno de los comandantes observaba la escena, maldiciendo por lo bajo a los inútiles de sus hombres que se dejaban vencer tan fácilmente por apenas cinco mocosos, uno de ellos herido.
Sus ojos repararon en Hakon, que mientras golpeaba y clavaba su espada por doquier, también dirigía su mirada a cada momento hacia la puerta de la posada, como asegurándose de que algo permaneciera a salvo allí.
O alguien. Fue entonces cuando vio a una pequeña muchacha rubia contemplando la batalla mientras se llevaba las manos a la cara con horror cada vez que alguno de sus amigos corría peligro.
El comandante Timotsen compuso una sonrisa torcida mientras un millón de ideas comenzaron a formarse en su mente. Ese bastardo de Hakon dejaría de huir por fin.
—Tú —llamó fríamente a uno de sus soldados—. Tráeme a la muchacha de la puerta.
El soldado aguzó la vista y miró a Briana, desconcertado. ¿De dónde había salido esa mujer?
—¿Quién es ella?
Timotsen no dejó de sonreír en ningún momento, aunque ni siquiera miraba al joven con el que estaba hablando.
—Alguien importante, seguro.
Siguiendo las órdenes de su superior, el vikingo, que apenas rondaba los veinte años, miró a uno de sus compañeros y le hizo una señal con el brazo para indicarle que se acercara a esa joven rubia que no parecía saber cómo defenderse.
Briana estaba tan distraída comprobando que ninguno de sus compañeros sufriera ningún daño, que no reparó en los dos enormes vikingos que se aproximaban a ella con todo el sigilo que su gran tamaño y ruidosos ropajes les permitían.
Cuando uno de ellos llegó hasta ella, Briana ni siquiera vio venir esa enorme mano aferrándose a su cabello y arrastrándola a la fuerza hacia la otra dirección.
Un millón de punzadas en su cabeza arrancaron un grito de entre sus labios e, inmediatamente, una mano mugrienta le tapó la boca.
El sonido quedó amortiguado, pero Viggo se percató de lo que ocurría.
El joven estaba descansado por enésima vez desde que había logrado salir de la posada, aunque había descubierto, con gran desilusión, que apenas podía golpear a un hombre con su espada sin sentir un dolor lacerante por todo el pecho que le cortaba la respiración y lo hacía marearse.
En el mismo momento en el que los soldados enemigos agarraron a Briana, Viggo apretó los dientes y se aproximó a ellos con un grito profundo.
Uno de los soldados lo empujó, haciendo que cayera en el suelo junto a su enorme hacha.
El joven trató de levantarse, gimiendo, pero no lo consiguió tras muchos intentos.
Briana pataleaba y se revolvía, resistiéndose a un profundo miedo que atenazaba todos los músculos de su cuerpo.
Entonces, todo sucedió muy rápido:
—Tenemos que atraerlo a nosotros para capturarlo.
—Ese bastardo no tardará mucho en reparar en la ausencia de la chica.