Capítulo V
E l joven se encontraba recostado en la cama. En cuanto la puerta se abrió y sus amigos entraron a la habitación, Viggo trató de levantarse con dificultad, pero Gala se adelantó y corrió hacia él.
—Quédate quieto, ¡por Odín! No hay ninguna prisa.
Él obedeció, volviendo a relajarse sobre ese incómodo colchón. Tenía los ojos vidriosos y su cabello rubio estaba despeinado, aun así, era un muchacho atractivo.
—¿Qué ha sucedido?
Hakon se adelantó.
—Los hombres del jarl te hirieron, pero conseguimos escapar. Ahora estamos en Jórvík de nuevo, junto a Allia y su padre.
Alzando los ojos hacia sus amigos, Viggo reparó por primera vez en la presencia de Briana y su cuerpo se tensó.
—¿Quién es ella? —preguntó, desconfiado.
Gala se encontraba a su lado, arrodillada junto a la cama y observando a Viggo como si se tratara de su hijo herido, aunque no era mucho mayor que él.
Sentía un amor casi maternal hacia sus compañeros.
Todos los demás se miraron entre ellos, hasta que, al final, fue Hakon quien contestó con un tono de voz firme y tranquilo.
—No te preocupes; es una amiga. —Sus ojos estaban calmados, pero se intuía una inmensa alegría en su gesto ahora que su amigo había despertado por fin—. Vamos a acompañarla al norte, hasta su casa, para asegurarnos de que permanezca a salvo.
Trud rodó los ojos, pero no dijo nada al respecto. Viggo, por su parte, volvió a tratar de incorporarse, esta vez más lentamente. Cesó en su intento unos segundos después, apretando los dientes mientras se llevaba la mano al estómago.
—¡Quédate tumbado, hermano! —Rurik sonrió viendo los esfuerzos infructuosos de su amigo. También se encontraba aliviado al comprobar que estaba bien—. Nuestro viaje no comienza ahora mismo.
—Las batallas no se ganan desde una cama —rebatió Viggo, con el rostro enrojecido.
—No hay batalla aún —dictaminó Hakon—. Descansa, eso es lo único que debes hacer ahora.
—Pero yo ya puedo...
—No.
La voz de Hakon era tan poderosa que Briana sintió su piel erizarse cuando el vikingo dio el tema por zanjado y se giró, dirigiéndose a la puerta.
Con rapidez, ella lo siguió y salieron de la habitación.
El pasillo estaba oscuro y se oía ruido proveniente de otras habitaciones.
Hakon se detuvo junto a la dama, bajando la cabeza para mirarla a los ojos.
Ella notaba la garganta un poco seca, acentuándose por la presencia de él a tan solo unos centímetros de su piel.
Hakon desprendía un aire viril y poderoso que Briana sentía irresistible y, por cómo lo habían mirado la tabernera, el resto de las mujeres también debían de percibirlo.
—¿Estás bien?
La pregunta lo tomó desprevenido. Ella estaba frente a él, con sus enormes ojos azules y brillantes observándolo.
Parecía tan inocente que Hakon sentía unas irrefrenables ganas de tomarla entre sus brazos y protegerla de todos los peligros a los que fueran a enfrentarse durante los escasos días en lo que permanecieran juntos.
Briana no era como ninguna mujer que hubiera conocido antes.
Ellas siempre actuaban de forma inocente al principio, lo seducían con sus ojos tiernos, palabras sensuales y una piel suave...
pero antes o después, le mostraban su verdadera naturaleza.
Por el contrario, la muchacha que tenía en frente no parecía tener una doble cara, sino que Hakon estaba casi seguro de que la preocupación de Briana era sincera. Casi.
—Sí.
—Pareces intranquilo y... me gustaría saber si puedo hacer algo que te ayude. —Su suave voz le produjo un cosquilleo al vikingo y, de pronto, de forma egoísta, se alegró de haber encontrado a Briana en ese convento dos días antes—. No creo que pueda agradecer lo que estáis haciendo por mí.
Hakon sonrió, no sin cierta ironía.
—No hay nada que agradecer. Todo esto es peligroso, Briana. Y lo será aún más... pero al menos no tanto como si tú sola marcharas hacia el norte.
Esas palabras le hicieron gracia, y la risa musicalmente grave de ella resonó en las paredes.
—Confío en ti —dijo, convencida—. Aunque tú aún no lo hagas en mí.
Hakon sonrió de lado.
—Después de lo que te sucedió ayer... lo extraño es que tú confíes en ti misma.
Ella pareció indignada.
—¡Por supuesto que lo hago! Un mal día repleto de errores puede sucederle a cualquiera.
Para Hakon, un día así no podía existir.
Estaba en juego la vida de sus amigos, la suya propia...
y ahora también la de Briana. Su rostro se tornó serio cuando volvió a mirarla.
Sus ojos se perdieron en la ropa de la joven de nuevo.
Gala no debería haberle dejado un conjunto que se ajustara tanto a sus formas, aunque era verdad que el cuerpo de Briana era más voluptuoso que el de su amiga.
Mientras que Gala era más alta y esbelta, las caderas de Briana resaltaban en contraste con su rostro aniñado.
—Entonces seré yo quien cuide de ti... hasta que lleguemos a Edimburgo.
Un silencio se instauró entre ellos durante unos segundos. Briana lo rompió al final, recordando la razón por la que había salido de la habitación de Viggo tras Hakon.
—¿Sería posible para mí enviar una carta?
El vikingo entrecerró los ojos, su cabello oscuro cayó sobre sus hombros.
—¿Para tu tía?
Briana apretó los labios, y su mandíbula redondeada se tensó.
—Es para mi hermano. Aunque no sé si será posible que la reciba.
Hakon la miró, llevándose un dedo a la barbilla con aire pensativo.
—¿Seguimos en régimen de no preguntas ?
La verdad era que ella ya sabía demasiado sobre su situación. Briana ya casi estaba metida por completo en el grupo.
—Imagino que no... la privacidad ha quedado relegada a un segundo plano.
—¿Dónde está tu hermano?
—Recluido en mi tierra... o al menos allí estaba la última vez que conseguí tener noticias de él. Pero todo puede haber cambiado de un día para otro.
Hakon asintió con la cabeza.
—De acuerdo, escribe la carta y le diremos a alguien de confianza dónde tiene que llevarla exactamente. Haré todo lo posible para que llegue a las manos de tu hermano.
Briana sintió sus ojos humedecerse de emoción al escuchar esas palabras que tanto la alentaban. Aunque antes hubiera desconfiado de todo el mundo, ahora estaba segura de que el vikingo cumpliría su palabra. Estaba depositándose por completo en las manos de Hakon.
—Muchísimas gracias —susurró, ahogada por la emoción—. Si no fuera por ti, yo no...
Sin pensarlo dos veces, Briana se acercó y abrazó a Hakon, al igual que el día anterior.
Se apretó contra su duro pecho y al instante aspiró el olor masculino y fresco que emanaba su cuerpo.
Una estúpida idea en su mente le dijo que debía oler igual que aquellas tierras frías y salvajes de más al norte .
Esta vez, él no quiso pensar, no quiso apartarse.
Cerró los ojos y sintió esas pequeñas manos recorriendo su espalda como si ella no supiera qué hacer, pero a la vez no quisiera apartarse de él.
El tirón que sufrió en la ingle fue casi doloroso al percibir el calor que desprendía el cuerpo de la escocesa.
Llevaba demasiados meses sin probar a una mujer, no había tenido tiempo para eso últimamente.
Antes de cometer una locura, una puerta se abrió al final del pasillo y dos muchachas salieron de ella, riéndose de forma provocativa.
Ellos dos rompieron el abrazo, y Briana se quedó con la boca abierta al comprobar que una de esas jóvenes llevaba un pecho al aire mientras que la otra trataba de bajar sus faldas blancas para cubrir dos largas piernas y desnudas.
Ambas tenían el maquillaje de los labios corrido, y, unos segundos después, un hombre mayor las siguió, caminando con rapidez por el pasillo mientras se abrochaba los pantalones.
Una de las chicas, la rubia, escrutó concienzudamente el cuerpo de Hakon al pasar por su lado.
Esas tres personas desprendían un olor desagradable, una mezcla entre alcohol y algo que Briana no pudo distinguir, pero que Hakon conocía a la perfección: sexo en una posada de mala muerte.
Se planteó taparle los ojos a Briana; desde luego que seguía pensando en ella como si fuera apenas una niña, pero se quedó muy sorprendido cuando la prostituta rubia llegó con su mirada a la joven y descubrió que Briana echaba chispas por los ojos.
—Disculpa —masculló la prostituta, aún riéndose—. No sabía que tenía dueña.
Briana enrojeció hasta las orejas, pero no bajó la barbilla hasta que los tres individuos desaparecieron por las escaleras, dejándolos solos de nuevo. Cuando Briana reunió el valor para volver a mirar a Hakon, se encontró con una expresión divertida en su rostro. Esto la hizo avergonzarse aún más.
Por suerte, Gala apareció en ese momento, y Briana tuvo la oportunidad de alejarse de Hakon. Él pensó que, de veras, ella era una auténtica caja de sorpresas.
⊹
Gala entró en la habitación y cerró la puerta tras ella. La noche era fría y desde la sucia calle se escuchaba el sonido de varios gatos persiguiendo a ratas entre la basura.
—No deberías asomarte mucho a la ventana —le aconsejó Gala a Briana—. Pareces demasiado norteña como para no resultar sospechosa, y aunque en la ciudad hay muchos de los nuestros, a nosotros nos buscan por todas partes.
La joven se apresuró a cerrar la doble puertecilla de madera y apartarse de ella tan pronto como escuchó esto. No tenía claro de quién huían, pero después de ver lo que le habían hecho a Viggo, prefería no correr ningún riesgo.
Esa misma tarde, apenas una hora después de hablar con Hakon, le había entregado una pequeña carta destinada a Nya, en la que se dirigía a Gared y preguntaba por su estado.
Desde luego, había escrito la carta fingiendo encontrarse aún en el convento, no quería que esta cayera en malas manos y la descubrieran, pero, aun así, le había pedido a Hakon con toda confianza que enviaran la respuesta a la misiva a la casa de su tía, en Edimburgo.
—¿Qué aspecto tienen las personas que os persiguen? —preguntó Briana con curiosidad.
—Se parecen a nosotros, imagino.