Capítulo IV #3
En una mesa algo alejada se encontraban Rurik, Trud y Gala. Ante los ojos atónitos de Briana, Trud se levantó de su silla y caminó hacia la salida antes incluso de que ellos llegaran hasta allí.
—Iré a vigilar a Viggo —anunció sin detenerse.
Era muy obvio que esa mujer no la quería cerca, pero ¿qué podía hacer ella? Por supuesto, tan solo podía sentirse mal por ello.
—No es por ti. —Hakon pareció adivinar el rumbo de sus pensamientos y se acercó a su oído, susurrando a la vez que un millón de suaves pinchazos atravesaron el cuerpo de Briana—.
Trud es difícil al principio, pero eso no significa que no le gustes.
Está preocupada por Viggo, apenas ha dormido estos días.
Antes de que Briana pudiera responder a eso, una mujer morena se acercó con una jarra en la mano hacia ellos.
Era espectacular: con el cabello negro y unos brillantes y exóticos ojos de color caramelo.
Briana no pudo evitar recorrer su cuerpo con la mirada, era la voluptuosidad hecha carne…
En ese momento, esa especie de ninfa estaba posando su mano casualmente en el hombro de Hakon.
¡Y él no parecía percatarse de su provocativa mirada!
—Buenos días, Hakon.
Briana descubrió, molesta, que, efectivamente, para esa mujer ella ni siquiera existía. La tabernera seguía pestañeando de forma exagerada y sonriéndole al hombre.
—¿Cómo estás, Allia? —saludó él con voz amable, como si fueran amigos.
Briana apretó los dientes.
—¿Necesitas algo? —Allia señaló la jarra en su mano y, desde luego, en todo momento se dirigió a él en exclusiva.
Fue entonces cuando Hakon miró a Briana y la mujer se percató por primera vez de su presencia.
—Debes de estar muy hambrienta, ¿qué te gustaría comer?
La mirada de Allia viajó por todo el cuerpo de Briana y se detuvo en su brazo aún entrelazado con el de Hakon.
Briana se dio cuenta de esto y, de forma deliberada, se acercó un poco más al vikingo, alzando la barbilla.
Ni siquiera supo por qué lo hacía, pero sí tenía claro que las atenciones de esa mujer hacia él la molestaban.
Se sentía posesiva con Hakon, empezaba a relacionar a ese hombre como la única seguridad que podía tener en ese momento.
—No lo sé —respondió Briana sin mirar a Allia a los ojos—. Cualquier cosa estará bien.
—Te traeré estofado.
La tabernera se dio la vuelta y siguió atendiendo al resto de los clientes.
Briana por fin pudo respirar tranquila y se dirigió junto a Hakon a la mesa en la que se encontraba el resto del grupo.
Una parte de ella estaba furiosa, no soportaba el modo en el que esa mujer había mirado a Hakon…
Era obvio que se trataba de un guerrero joven, imponente y atractivo que no pasaba desapercibido.
Su espalda ancha auguraba un torso igualmente amplio, con brazos fuertes y firmes, bronceados por el sol y demasiadas batallas que se dibujaban en forma de pequeñas cicatrices en la piel del vikingo.
En cuanto se sentaron, Gala esbozó una sonrisa ladeada y se acercó a Briana.
—¿Has sacado las uñas? —le preguntó, susurrando.
La aludida abrió mucho lo ojos y cuando Gala le señaló a la tabernera con disimulo, ella sintió cómo comenzaba a enrojecer.
—No te preocupes por ella, a él ni siquiera se le pasaría por la cabeza.
Su tono de voz pretendía ser tranquilizador, pero ese no fue el efecto que las palabras de Gala tuvieron en Briana.
Tratando de pasar desapercibida, miró de nuevo hacia la voluptuosa tabernera sin saber qué querían decir las palabras de Gala.
¿Ese no era el tipo de mujer que le gustaba a Hakon?
Si ese era el caso, entonces no sabía cuál debía de ser su tipo.
Al poco rato, Allia apareció de nuevo en la mesa, llevaba un enorme plato de arcilla lleno de estofado de carne hasta los bordes.
La tripa de Briana volvió a rugir, pero intentó comer despacio y que no pareciera que llevaba años sin tener un plato de comida entre las manos.
Frente a ella, Rurik extendió un mapa algo desgastado sobre la mesa mientras señalaba los lugares por los que pasarían durante su viaje.
Trataba de hablar en voz baja y utilizando palabras poco reveladoras.
Como ya le había dicho antes Hakon, no podían fiarse de cualquiera, por lo que era mejor que nadie se enterara de sus conversaciones.
—Tardaremos unos tres o cuatro días si no nos salimos del camino.
—Será mejor no correr riesgos innecesarios —opinó Gala—. Especialmente teniendo en cuenta el estado de Viggo.
Hakon frunció el ceño y bajó la cabeza, como si de repente se hubiera entristecido con el comentario de su amiga.
Briana sintió el impulso de acariciar su brazo para reconfortarlo, pero se detuvo en mitad del movimiento.
Con toda probabilidad, no era lo más correcto que podía hacer, por mucho que lo deseara.
—Todo irá bien, hermano. —Rurik sonrió con confianza—. Pronto volveremos a casa.
En la mirada que Rurik le dirigió al otro hombre se adivinaba una ternura y un cariño que solo podía hallarse tras muchos años y batallas juntos.
—No seas melancólico —bromeó Gala—. Cualquiera diría que no estás disfrutando de Inglaterra, sus verdes prados y sus bellas mujeres.
Rurik bebió un largo trago de su cerveza espumosa y ahogó una carcajada.
—Los prados están llenos de mierda de vaca —contrapuso—. Y todas las bellas mujeres de esta tierra parecen caminar con un palo de escoba metido por la retaguardia.
Tosiendo mientras reía, Briana aceptó un trago de la jarra que Rurik le ofrecía y no pudo evitar sentir asco al notar el amargo líquido bajar por su garganta.
Su hermoso rostro se contrajo en una mueca de desagrado.
A su lado, Hakon miró a su amigo con un gesto reprobatorio, pero no hizo ningún comentario al respecto.
—Dios mío, ¡es repugnante!
—¿Qué esperabais, milady ? —Rurik parecía divertido, a la vez que volvía a beber de su vaso.
—Dulce. —Es lo único que dijo Briana, aún con el horrible sabor en la boca. Rurik volvió a reírse a la vez que su rostro adquiría una expresión perversa.
—Las cosas buenas en la vida no son precisamente dulces.
Gala lo golpeó, exclamando su nombre con enfado, pero el vikingo permaneció riéndose bajo el ceño fruncido de Hakon.
Briana los observaba en silencio; con toda seguridad ellos creían que era más inocente de lo que era.
Había crecido en un enorme castillo, repleto de criados (y sus respectivos líos amorosos) y con dos hermanos mayores que nunca habían tenido la mente limpia y pura.
Algunas noches, entre susurros, Nya le había contado detalles de las cosas que hacía con Gared, y ambas, sonrojadas por las risas y los secretos que compartían, imaginaban cómo sería su vida cuando Briana se casara y experimentara la pasión verdadera.
Pero entonces había sucedido; Bayne la había enviado a un convento, condenándola a una vida repleta de plegarias y religiosidad involuntaria, privándola de los que habían sido sus más ocultos deseos desde que era una niña.
Y en el convento, Briana había conocido a varias muchachas más que también habían sido abandonadas allí por sus familias, poniéndole fin a sus sueños e ilusiones.
—Depende de lo que uno considere verdaderamente bueno…
Briana pronunció esas palabras con una dulce sonrisa en los labios y, sin darse cuenta, dirigió su mirada a Hakon.
Descubrió que él la estaba mirando también y sus ojos grises y rasgados parecían querer preguntarle el significado de lo que acababa de decir.
Durante los siguientes segundos, Briana y Hakon se observaron con tanta intensidad que el resto de la gente desapareció de esa vulgar taberna.
Hasta que alguien rompió el magnetismo del momento entrando al lugar agitadamente: se trataba de Trud.
Briana se preguntó de qué modo había llegado tan rápido hasta donde se encontraban, pero el rumbo de sus pensamientos cambió cuando la mujer habló.
—Viggo ha despertado.