Capítulo IV
T ras decidir cuál sería su próximo destino, Rurik se acercó a Briana para presentarse adecuadamente ante ella, al fin. Su cabeza rapada le confería un aspecto misterioso, y su sonrisa leonina parecía estar hecha para seducir a cuanta mujer pasara frente a él
—Hemos oído hablar mucho de vos durante todo este día, mi señora. —El vikingo tomó la mano de Briana entre sus largos dedos y la besó, mirándola a los ojos intensamente. Frente a ellos, Hakon resopló con apatía—. Soy Rurik, hijo de Eskol.
Briana sonrió, Rurik le agradaba. Parecía un buen hombre y había algo en él que le daba confianza.
—Encantada de conoceros, Rurik. Dejemos los formalismos, por favor. No creo que sean necesarios teniendo en cuenta la situación en la que nos hemos conocido.
La mujer vikinga y grande de su lado caminó frente a ella y Briana creyó que también se presentaría, pero pasó de largo y salió de la habitación sin siquiera haberla mirado de nuevo.
—Ella es Trud. —Rurik la presentó él mismo—. Es un poco difícil al principio, pero te aseguro que será mejor con el paso del tiempo.
La otra mujer, más joven, se acercó también sonriendo afablemente.
Tenía los ojos de un color miel muy profundo, creando un buen conjunto con su pelo tan claro.
Briana pudo apreciar que poseía un cuerpo envidiable debajo de esas gruesas capas de ropa, y su rostro era muy atractivo.
Representaba el tipo de belleza que hacía que la gente quisiera mirarla durante horas para averiguar qué resultaba tan hipnótico en ella.
—Yo soy Gala. Me alegra conocerte y agradezco que salvaras a Hakon en ese convento… —Le lanzó una mirada al hombre y rio en voz baja, como si fuera una madre hablando de su hijo pequeño—. Me temo que solo sabe meterse en líos.
Hakon carraspeó, clavando su mirada en las dos mujeres que se reían en ese momento.
Se arrepintió de haberles contado a sus amigos cómo había conseguido sobrevivir toda la noche; no debería haber mencionado a Briana, pero lo había hecho porque no había esperado verla de nuevo jamás, aunque eso le resultara una tragedia.
Rurik intercambió una mirada significativa con Hakon y se dirigidió hacia Gala.
Sin necesidad de palabras, ambos decidieron que sería mejor dejar a Hakon y Briana solos.
Todos habían notado esa mañana que, mientras Hakon les contaba la historia de lo que había sucedido en el convento, una sonrisa había bailado en sus labios constantemente.
—Iremos a ver a Viggo para asegurarnos de que está bien.
Rurik se despidió de Briana y salió junto a Gala de la habitación. Briana reunió todo el valor del que fue capaz y se dio la vuelta, encarándose con Hakon y sus ojos plateados que la estudiaban de arriba abajo.
—Siento ser una molestia para vosotros… —comenzó ella.
Hakon alzó una mano, acallándola.
—No hay nada de lo que hablar en ese tema. He sido yo quien se ha ofrecido a acompañarte a Edimburgo y así lo haremos; jamás falto a mi palabra.
Briana asintió con la cabeza. Sentía un agradecimiento inmenso a ese casi extraño que tanto la estaba ayudando.
—Parece que el destino nos ha vuelto a unir —bromeó ella.
Hakon enarcó una ceja oscura.
—Quizás también haya tenido algo que ver tu talento para estar en el lugar y en el momento menos equivocado.
Una preciosa sonrisa se dibujó en los labios rosados de Briana. Después, ambos se quedaron unos segundos sin saber qué más decir; esa situación resultaba tan inverosímil que era difícil de comprender.
—Será mejor que vayamos a descansar. Ha sido un día duro para los dos.
—Hakon se dirigió a la puerta de la habitación, y Briana volvió a admirar el majestuoso porte de ese vikingo, alto y fuerte—.
Me temo que no hay una habitación para cada uno de nosotros, tendrás que compartir este cuarto con Gala.
Briana asintió con la cabeza, disimulando el alivio que acababa de sentir al saber que no dormiría junto a ninguno de los dos hombres ni junto a Trud.
En la austera habitación tan solo había una cama, pero era grande y supuso que no habría ningún tipo de problema. Ambas podían dormir tranquilamente allí y, con suerte, ella podría averiguar algo más sobre ese extraño grupo de vikingos.
De pronto, Hakon pareció un tanto avergonzado. Tan solo duró unos segundos, pero la situación se pudo leer en su rostro.
—Sé que no es una habitación muy lujosa… nosotros no queremos llamar la atención; nos alojamos en sitios muy modestos y frecuentamos lugares poco recomendables. Es la única forma de lograr enterarnos de todo lo que ocurre sin quedar expuestos a que nos encuentren, y aun así lo hacen.
Briana se mordió la lengua para no preguntarle qué era aquello que ocurría, puesto que sabía que entonces también ella tendría que narrarle a Hakon la historia de su vida y el origen de su desgracia.
No se encontraba preparada para algo así, no todavía.
Ella solo quería salir de York cuanto antes y encontrar a Gared.
—¿Lujosa? —Rio—. ¿Recuerdas mi celda en el convento?
En vez de reír también, Hakon solo la miró a los ojos un momento. Parecía estar pensando en algo, pero no se decidía a decirlo. Finalmente, el vikingo carraspeó la garganta y habló con gravedad.
—No es difícil saber a qué estás acostumbrada, Briana.
Te encontré desesperada en un convento inglés y a punto de convertirte en monja…
pero en realidad eres escocesa, una dama noble.
Puedo verlo en cada uno de tus movimientos, en tu forma de hablar, en…
en el modo en el que te aferrabas a ese petate con tus pertenencias.
Solo una dama haría algo así. —Su voz se tornó un susurro—.
Puedo verlo incluso en la forma en la que te diriges a mí, en cómo me miras.
Estas palabras provocaron una incomodidad pesada en el estómago de Briana, que no apartó la vista del vikingo en ningún momento. No quiso negar sus palabras, pero tampoco confirmarlas.
—No sé cómo has llegado hasta aquí, muchacha, pero sé que estás en problemas. En serios problemas. No logro pensar en ninguna razón por la que una muchacha de tu clase pudiera encontrarse hoy aquí, vagando sola en una ciudad extranjera.
La joven se decidió a no bajar la cabeza ante sus palabras. Ella era Briana Urquhart, orgullosa y tenaz incluso lejos de su casa y expulsada de su familia. No sería la dama en apuros de ese vikingo y no hablaría de más.
—Yo podría decir lo mismo de ti, Hakon, tú y tus amigos estáis en problemas. Estás igual de atrapado que yo.
En el apuesto rostro del hombre apareció la más amarga de las sonrisas. Briana observó a Hakon en la puerta de la habitación, con los labios apretados y los ojos tristes e intensos entrecerrados angustiosamente.
—Lo que antes fueron simples problemas, ahora se han convertido en una condena, Briana.
Y antes de que ella pudiera contestar, confusa, a esas palabras, Hakon decidió que ya había hablado más de la cuenta y salió de la habitación. No quiso volver a mirar a esa muchacha a la que no tenía muy claro si podría proteger realmente, a pesar de haberse comprometido a hacerlo.
⊹
Desde la pequeña ventana de la posada podía verse la oscura calle iluminada tan solo por las luces que se intuían fuera de las tabernas y los locales de mala reputación.
Briana veía sombras pasar por el suelo empedrado y por todas partes se escuchaban risas y conversaciones indecentes.
Desde luego, ella no estaba acostumbrada a ese ambiente.
—Deberías acostarte. Imagino que estás cansada.
Briana se giró y observó a Gala, que acababa de entrar a la pequeña habitación y cerraba la puerta tras ella. La joven volvió a mirar el único camastro de la habitación y la vikinga pareció leer sus pensamientos, puesto que le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Espero que el colchón no tenga chinches —comentó—. Siento que tengamos que compartir la cama, pero no estamos en la corte del Rey de Inglaterra, precisamente.
Suspirando, Briana se alejó de la ventana mientras se apartaba el largo cabello rubio de la cara.
—Cualquier lecho está bien, he dormido en lugares mucho peores que este.
Briana se sentó sobre la cama, bajo la atenta mirada de la vikinga, que permanecía de pie observándola.
—¿De verdad no vas a preguntarme nada?
—¿Nada sobre qué?
Gala dejó que un suspiro escapara con fuerza de sus labios, incrédula.
—¿No vas a preguntarme por qué estamos aquí, quienes somos y qué hacemos?
La joven entrecerró los ojos. Por supuesto que se moría de curiosidad, pero no sabía si era correcto preguntar cuando ella misma prefería que nadie conociera su historia.
—Todos tenemos nuestros propios secretos, imagino.
Gala rio con suavidad.
—Tú ahora formas parte del nuestro. —Señaló con su dedo a la pared que daba al resto de habitaciones—. Allí hay otro del grupo, está herido.
—¿Qué le ha ocurrido?
—Resultó perjudicado mientras peleaba contra aquellos que nos persiguen. Sobrevivirá, pero no podemos salir de Jórvík aún, y Hakon se siente responsable de lo que le ha ocurrido.
Briana tragó saliva, mirando atentamente a la mujer.
—¿Y lo es?
—En cierto modo. Pero no como tú crees.
Una vez había comenzado, si hubiera sido por ella, Briana se habría pasado toda la noche preguntándole cosas, pero Gala decidió que había sido suficiente por esa noche y avanzó hasta su pequeño bulto de ropa, situado junto a la chimenea apagada.
De ahí sacó algunas prendas de ropa sencillas y de gruesa lana.
—Necesitarás algo para ponerte mañana. —Se las ofreció a Briana—. No puedes ir con nosotros dando la impresión de que hemos secuestrado a una monja; eso atraería la atención de todo el mundo aún más hacia nosotros.
La túnica gris que le tendió era de abrirgo, combinada con unas calzas negras y una gruesa piel de zorro. Briana se sintió satisfecha, a la vez que tonta por haber dejado que le robaran su propia ropa. Si no fuera por esos vikingos, en esos momentos podría estar muerta.
—Gracias.
Apartó la ropa en un rincón de la habitación y después procedió a intentar quitarse su largo hábito oscuro, pero Gala negó con la cabeza.