Capítulo III #2
Caminó con presteza por la calle hasta entrar en la posada.
Era destartalada y no parecía muy limpia, pero enseguida la asaltó el olor a carne cocida y reparó en que llevaba todo el día sin comer, y ya casi atardecía.
Ni siquiera sabía cuánto dinero tenía, por lo que no tenía claro que gastarse esas monedas en alimentars fuera la mejor de las ideas en ese momento.
Decidió que primero encontraría al hombre que andaba buscando y después se preocuparía de otros menesteres.
No había nadie tras el mostrador de madera sucio y antiguo, así que optó por preguntar a un hombre moreno y alto que bebía solo, sentado ante una mesa roñosa. El ambiente era asfixiante y se respiraba un ligero tufo a cerveza rancia.
—Disculpad… ¿conocéis a Donald McAllen?
El hombre la observó de arriba abajo y ella sintió un extraño escalofrío. Su mirada era oscura y sonrió, mostrándole unos dientes verduzcos.
—Sí, pero ahora mismo no está aquí, sino llevando a un par de personas al norte. ¿Para qué lo buscáis?
Briana tragó saliva ante la impúdica mirada de ese desconocido y casi se arrepintió de haberle preguntado justamente a él.
—Quería… necesito ir a Edimburgo. —Su voz fue un hilo.
El hombre volvió a sonreír.
—Yo podría llevarte —le ofreció, levantándose de su silla—. Solo tendríamos que hablar del pago por hacerlo…
—Te-tengo dinero —tartamudeó Briana.
—No es dinero lo que yo cobro.
La risa oscura del desconocido se clavó en su cabeza mientras advertía que era aún más alto de lo que había pensado al principio y su barba era tan larga que casi rozaba su estómago. Briana se estremeció, miró alrededor buscando a alguien que pudiera ayudarla.
En la habitación tan solo había unas cinco personas más y nadie parecía haber reparado en ella, estaba sola.
Sus manos comenzaron a sudar mientras negaba con la cabeza y se apartaba un paso del extraño, que se abalanzó sobre ella.
Tan pronto como la sujetó del brazo bruscamente, Briana gritó.
Un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa se giraron al escuchar el sonido, pero volvieron la vista de nuevo al instante.
Nadie quería tener problemas en una posada con un hombre como ese.
Briana sintió cómo él le tapaba la boca para evitar que siguiera gritando.
Tan solo una persona se acercó justo cuando Briana pensaba que la iban a forzar, secuestrar y cualquier otra acción desagradable que e indeseada por ella.
—La señorita no parece muy a gusto contigo —dijo el nuevo personaje, con un marcado acento nórdico.
En el rostro de la joven se podía leer la desesperación y se sorprendió al comprobar que ese nuevo hombre era un vikingo. Era increíble que, por segunda vez en veinticuatro horas, fuera a ser rescatada por uno de ellos.
El desconocido aún seguía tapándole la boca con fuerza, evitando que ella pudiera hablar.
—Es mi mujer, no se está comportando como debería y merece un castigo.
Ella gruñó y, venciendo todo el asco que sentía en ese momento, consiguió abrir la boca y morder con toda su fuerza la mano del extraño.
Este la soltó de inmediato, ahogando un gruñido.
El sabor salado de la sangre le provocó una arcada a Briana, pero logró sobreponerse y tomó aire profundamente para liberar sus pulmones.
—Es mentira, ¡no lo conozco! —gritó ella.
El vikingo alzó los ojos, colocando su rostro a la altura del desconocido.
—Será mejor que te vayas, por el bien de todos.
—¿O si no qué, vikingo?
A Rurik le gustaban las peleas como a cualquiera de los suyos, y esa era la ocasión que llevaba días esperando para poder descargar su ira.
Con una sonrisa torcida, se abalanzó contra ese cobarde que se atrevía a forzar a una mujer y lo golpeó con fuerza en la mejilla.
El extraño trató de defenderse propinándole una patada e intentando tirarlo al suelo.
En ese momento, las personas que antes habían ignorado a Briana llegaron hasta allí y comenzaron a gritar y aclamar la pelea.
Antes de darse cuenta, se había formado un círculo alrededor de ellos.
Briana no se lo podía creer. Observaba a los dos hombres arreándose puñetazos por doquier, aunque el vikingo llevaba clara ventaja.
—¡Rurik! —gritó una voz femenina, animando a uno de los dos contrincantes. Briana creyó que se trataría de una admiradora del vikingo—. Adelante, ¡destrózalo!
La gente aplaudía y gritaba como si se encontraran en una fiesta, hasta que una voz profunda se escuchó, abriéndose paso entre el círculo de gente.
—Por Odín, ¿qué demonios haces?
Hakon empujó a todo el grupo hasta llegar al centro de la pelea.
¿Acaso su amigo no pensaba un segundo antes de actuar?
Debían pasar desapercibidos y, desde luego, armar una pelea en mitad de una posada no era la mejor idea para lograrlo.
Con los brazos separó a su amigo de su contrincante mientras trataba de mantener alejado al otro individuo, cuya mirada parecía desquiciada.
—Rurik, diablos. ¡Detente! —rugió.
Fue entonces cuando su amigo lo miró por fin, borrando la expresión divertida de su rostro. En ese momento Rurik comprendió lo que había hecho y se sintió un estúpido. Fue él mismo quien se apartó del otro hombre, al que ya le había roto el labio y la nariz.
—Intentaba forzar a esa muchacha —con un gesto, señaló a Briana.
Ella los observaba con los ojos muy abiertos, sorprendida de que Hakon hubiera vuelto a aparecer en su camino.
Era una gran casualidad… o un gran plan del destino, no lo sabía.
Sintió la mirada de Hakon transformarse al verla y su corazón latió de una manera desproporcionadamente rápida al mirarlo también. Ahí estaba él, de nuevo.
—Briana… —susurró el vikingo.
—¿Esta es la chica? —preguntó Rurik, observándola con sus ojos verdes abiertos como platos.
Acto seguido, el rostro de Hakon se giró amenazadoramente hacia el hombre que había tratado de dañar a la muchacha y sintió sus dientes crujir con fuerza al observar a ese malnacido.
—Lárgate si no quieres que sigamos rompiéndote una a una todas las partes de tu cuerpo —lo amenazó.
Rurik y Hakon le enviaron sendas miradas de advertencia, y él supo que lo más inteligente era, sin duda, marcharse de allí lo más rápido posible.
Briana pudo respirar tranquila en cuanto él abandonó la habitación y centró toda su atención en Hakon, al que había vuelto a encontrar.
Fue tal su emoción que se acercó a él y lo abrazó con torpeza, puesto que él era bastante más alto que ella y no alcanzaba a envolverlo bien entre sus brazos.
Hakon se sintió extraño y, dejándose llevar por lo menos un momento, enterró sus manos en el cabello de ella, aspirando su aroma floral y sintiendo su calor. Después, la apartó, pues no quería prolongar ese contacto más tiempo del necesario.
—Creía que estarías a salvo.
—Yo también lo creía… —De pronto, estaba avergonzada. Hakon acababa de ver cómo ella no podía valerse por sí misma.
Una mujer rubia con ropa gruesa en tonos granates apareció, colándose entre ellos. Gala carraspeó, señalándoles a sus amigos, sutilmente, que toda la gente a su alrededor seguía observándolos.
—Será mejor que hablemos en privado.
Hakon y Rurik asintieron, bajando la cabeza y dirigiéndose a las escaleras de la humilde posada para así subir hasta el segundo piso. Briana se quedó estática, sin saber qué hacer, pero Hakon le indicó con un leve gesto que lo siguiera.
—Será mejor que no hagamos ningún ruido que pueda molestar a Viggo ahora —opinó Gala.
Los dos hombres asintieron con la cabeza, avanzando por el oscuro pasillo de ese piso.
La mujer rubia abrió una de las puertas, y todos entraron a una habitación pequeña y confortable, tan solo amueblada con una cama y una mesita de noche.
A su espalda entró también una nueva mujer a la habitación, esta era mucho más grande y fuerte que la otra vikinga, que era delgada y hermosa.
Briana estudió en silencio a los cuatro personajes, fijándose en sus ropas oscuras de piel y en las enormes espadas enfundadas que todos llevaban, a excepción de la mujer bella.
—¿Quién es…? —Trud se quedó mirando a Briana con la confusión reflejada en el rostro.
Hakon abrió la boca para responder, pero Rurik se le adelantó:
—Es Briana. La hemos encontrado abajo, ¿no es increíble?
Trud enarcó una ceja mientras observaba a la muchacha de arriba abajo.
Briana tragó saliva, no parecía una mujer muy amigable y no entendía ni una sola palabra de lo que ellos estaban diciendo.
Briana era capaz de hablar con fluidez inglés, gaélico y cúmbrico, pero no reconocía por completo la lengua de esos hombres.
Se sorprendió cuando la mujer pronunció sus siguientes palabras en inglés.
—¿Esta es la monja?
—No soy… —dijo Briana, sintiendo un momento después que nadie había esperado que hablara—. Monja. —Esta palabra fue tan solo un susurro.
—¿Cómo has llegado aquí? —fue Gala quien preguntó.
—Estaba buscando a alguien que me llevara a la casa de mi tía —narró ella—. Pero me temo que me topé con ese… hombre. He tenido mucha suerte de encontraros.
Hakon apretó la mandíbula. Tan solo hacía unas horas que la había dejado y ya habían estado a punto de raptarla delante de sus propias narices. Sintió ganas de tomar a Briana entre sus brazos y sacudirla hasta que ella aprendiera a no acercarse a ningún extraño… a no ser que fuera a él mismo.
—Podrías haberme pedido a mí que te llevara —dijo Hakon fríamente—. Has corrido un riesgo innecesario… yo te habría ayudado.
La muchacha enrojeció, mirando al suelo. Le daba cierto temor admitir que le había mentido, más bien ocultado la verdad, horas antes.
—Me temo que… no habría servido de mucho. —Siguió sin mirar a ninguna de las cuatro personas que se hallaban frente a ella—. Mi tía vive en Edimburgo. Pretendía encontrar a alguien que me llevara, y contaba con el dinero que me diste antes.
Trud alzó los ojos y miró a Hakon acusadoramente.
—¿Le has dado dinero?