Pasión Vikinga Capítulo III
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Capítulo III

A nte la mirada de Hakon, Briana se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia un callejón de la ciudad.

Se preguntó si ella sabía a dónde demonios tenía que ir.

La idea de que esa fuera la primera y única vez que la viera fue desagradable, le preocupaba lo que pudiera pasarle en esa gran ciudad.

Al fin y al cabo, tenía una deuda con esa mujer; nadie lo había descubierto en el convento gracias a ella.

Caminó junto a su caballo por las estrechas calles de piedra y Hakon supo que había llegado al barrio indicado en cuanto comenzó a observar la basura amontonándose en el suelo y a los borrachos arrastrándose por las esquinas cuando apenas era mediodía.

En esa lúgubre zona de la ciudad no había mercado, sino que las tabernas parecían tan oscuras como la noche y la vigilancia brillaba por su ausencia. Era el lugar perfecto.

Alcanzó a ver la taberna del oso al otro lado de la calle y condujo al caballo hasta un pequeño establo situado junto al edificio de madera.

A pocos metros encontró a una prostituta pelirroja con ojos oscuros y los labios pintados de un tono rojo demasiado intenso y algo emborronado.

La joven sintió la mirada de Hakon y se acercó a él, agarrando su capa carmesí entre los huesudos dedos y mostrándole su cuerpo casi desnudo.

Él fijó la vista unos segundos en sus enormes senos, pero la apartó inmediatamente con ligera incomodidad.

No era el tipo de hombre que frecuentaba ese tipo de compañías.

—¿Quieres montar a una escocesa, vikingo? —susurró la prostituta con una voz que pretendía ser sugerente, pero que no cumplió su cometido.

A Hakon solo le hacía falta ver su escasa dentadura para saber que esa mujer tenía todas las enfermedades venéreas de Jórvík y que debía de propagarlas por todos los hombres de la ciudad.

Sintió pena por ella y durante un instante se preguntó qué tipo de caminos la habían llevado a encontrarse allí esa mañana.

¿Qué tipo de necesidades habría tenido que sufrir?

Decidió, de algún modo, responder a su pregunta con cierto humor.

—Sí, pero prefiero que no seas tú.

No se paró a pensar de nuevo en la desafortunada vida de esa mujer y entró a la taberna suspirando. La diferencia sería abismal entre retozar con una prostituta unos minutos y haber dormido junto a la belleza hecha carne durante la noche anterior.

El interior de la taberna era deprimente: oscuro, húmedo y hediondo.

Sentados frente a varias mesas había algunos borrachos que parecían haber pasado la noche allí mismo.

Un par de lo que, con toda seguridad eran vikingos, discutían a unos metros de él en una lengua que le resultaba vagamente familiar y, tras la barra de piedra, la tabernera vertía el contenido de un barril oscuro dentro de una enorme jarra de cerveza.

Era una joven morena y curvilínea con una bonita sonrisa permanente en su rostro bronceado.

Sus ojos se iluminaron cuando lo vio acercarse.

—¡Has vuelto! —dijo con alegría, aunque en voz baja. Trataba de que nadie se le prestara demasiada atención a Hakon, pues esto podría resultar un problema para él.

—Hola, Allia.

Desde que habían llegado a Inglaterra, el padre de Allia había sido de gran ayuda para ellos a la hora de encontrar lugares en los que poder quedarse y huir de los hombres del jarl .

El tabernero era un gran amigo del tío de Hakon, por lo que no había dudado en acudir a él al percatarsede que no solo lo perseguían en Noruega, sino que sus enemigos lo seguirían a cualquier lugar al que él se trasladara.

—Estaba muy preocupada por ti, los demás me dijeron que trataste de despistarlos cuando Viggo resultó herido. Gala ha estado pendiente de los callejones durante toda la noche, intentando averiguar si estabas bien.

Hakon se colocó frente a ella y asintió con la cabeza. No tenía ganas de narrarle a Allia lo que le había ocurrido ni cómo había llegado hasta allí, solo quería volver a ver a sus compañeros y pasar un solo día tranquilo, sin preocuparse de persecuciones y peleas improvisadas.

—¿Sabes cómo está Viggo?

—Ha despertado esta mañana durante un momento, pero no parecía lúcido.

Volvió a quedar inconsciente en la cama de inmediato.

Han encontrado una posada muy discreta a tan solo dos cuadras de aquí.

—Su voz era tranquilizadora—. No te preocupes, apuesto a que en dos o tres días estará bebiendo cerveza y buscando cualquier excusa para mostrar sus cuchillos, como siempre.

—Ojalá los dioses te escuchen.

Allia lo miró y sonrió, tratando de contagiarle un poco de su buen humor. Hakon estaba apagado, como si hubiera vuelto a la realidad de repente, y de hecho, así había sido. Ella posó su mano en el antebrazo del hombre, que no alzó la vista de la madera del suelo con el tacto de la joven.

—Te prepararé algo de comer, ¿de acuerdo?

Sin que Hakon tuviera tiempo de contestar, Allia ya se había dado la vuelta para ir a buscar una ración de comida que hubiera sobrado de la noche anterior.

En ese momento, la puerta de la taberna del oso se abrió y Hakon por fin sintió un poco de alegría al contemplar a Trud, que se acercó corriendo hacia él y lo estrechó entre sus brazos.

Pese a ser una mujer, era algo más alta que él y con un torso casi del mismo tamaño que el suyo, con el cabello claro y muy corto; no parecía más femenina que el propio Hakon, algo que había sido motivo de burlas durante su adolescencia, pero que ahora ella agradecía.

Trud era la mayor de la compañía, aunque fuerte y resistente como un roble.

—Comenzaba a preocuparme, hermano —susurró Trud.

Hakon negó con la cabeza mientras volvía a abrazar a la mujer.

No eran hermanos de sangre, sino de alma, al igual que también lo era de Rurik, Gala y Viggo.

Era un vínculo tan sagrado que, si alguien se atrevía a romperlo, debería pagar ese crimen con la muerte.

Esa era la razón por la que ellos lo habían acompañado en su huida a pesar de que Hakon les hubiera pedido a sus amigos que lo dejaran correr a él solo con su suerte.

Nunca se abandonaba a un hermano, fueran cuales fueran las consecuencias.

—¿Qué ha sido de ti durante la noche? —preguntó Trud, indagadora. Ambos se sentaron en una mesa aislada del resto de la gente para poder hablar con tranquilidad.

—Han ocurrido varias cosas, desde luego es una larga historia.

Trud desabrochó su pesada capa con cuello de cabritillo y la apoyó sobre un taburete, justo a su lado.

—Tenemos tiempo de sobra.

⊹

Las primeras horas resultaron duras: Briana trataba de acercarse a la gente por la calle para preguntarles cómo podía llegar a Edimburgo, pero la mayoría la confundían con alguna vendedora al ver su petate de ropa y la ignoraban.

Al cabo de un rato, eso dejó de ser un problema, justo cuando dos pillos adolescentes le robaron su equipaje y salieron corriendo a gran velocidad por la calle.

Briana supo que llevar esas prendas consigo había sido la mayor estupidez del mundo, pero al menos se tranquilizó al pensar que aún conservaba el dinero que Hakon le había dado.

¿Dónde estaría él en ese momento? Durante el viaje a caballo lo había notado nervioso, miraba hacia atrás cada poco tiempo y ella sabía que esperaba ver a aquellas personas que lo perseguían.

Se preguntó qué habría hecho para ser un prófugo, aunque no se le ocurría ninguna razón concreta.

Tan solo lo había conocido durante unas horas, pero ella sabía reconocer cuando un hombre era bueno…

o al menos eso creía. No era ninguna experta en el género masculino, eso estaba claro.

Después de caminar durante un largo rato, se detuvo frente a un puesto ambulante de artículos fabricados en cuero por el que había pasado ya tres veces antes.

Estaba dando vueltas como si fuera una niña perdida…

y, de hecho, esa definición no se alejaba mucho de la realidad.

Desanimada, Briana caminó hacia el puesto que tantas veces había visto ya y se detuvo frente al curtidor.

—Disculpadme… —comenzó—. Busco alguna forma de llegar a Edimburgo, ¿podríais ayudarme?

El hombre era calvo y sus ojos azules destacaban profundamente con el sucio de su cara.

—La mejor forma es yendo hacia el norte —respondió de forma brusca sin siquiera haberle prestado atención.

Ella chasqueó la lengua.

—¿Conocéis a algún escocés que pueda llevarme allí?

El hombre la miró, molesto.

—¿Te parezco un servicio de diligencias, mocosa?

Briana abrió mucho los ojos, ofendida. ¡Maldito fuera ese maleducado!

Mordiéndose la lengua y con una mueca de enfado en el rostro, introdujo los dedos en uno de sus bolsillos y sacó una brillante moneda del saquito que Hakon le había dado.

Después, la plantó delante de la cara del vendedor, cuyos ojos se encendieron de inmediato.

—Disculpadme, señora. ¿A dónde queréis ir?

Briana sonrió entre dientes.

—A Edimburgo. ¿Conocéis a alguien que pueda llevarme allí o a algún lugar cercano?

—Por supuesto, por supuesto. —Señaló con uno de sus dedos negruzcos hacia una calle pequeña, casi vacía—.

Allí encontraréis la posada del sur. En una de las mesas de juego puedo asegurar que estará Donald McAllen, un borracho pelirrojo que estará encantado de llevaros a Escocia o incluso a Oriente si le dais un par de esas —se refería a la moneda.

Ella asintió, satisfecha, y dejó la pieza plateada en la palma de la mano del hombre, asegurándose de no rozar su grasienta piel con los dedos.

Si lo que decía era verdad, lograría estar en Edimburgo en menos de tres días y, por fin, podría ocuparse en encontrar a Gared.

Se sentía tan preocupada por él que apenas lograba dormir por las noches pensando en el destino de su hermano.