Capítulo II #3
—No eres una suicida, pero, aun así, te has escapado con un vikingo al que ni siquiera conoces sin saber si cumpliré mi palabra de llevarte a Jórvík o decidiré raptarte y convertirte en una saqueadora sanguinaria.
Briana alzó la cabeza y un pequeño rayo de sol apareció en ese momento, iluminando su piel dorada y mostrando una nariz pequeña y cubierta de pecas. Sin duda, era una hembra escocesa tan bella que daban ganas de contemplarla durante horas.
—Supongo que me confío en ti, aunque tú no lo hagas en mí, Lord Vikingo . No siempre hay más opciones.
No había esperado esa respuesta, pero pareció satisfacerle en cierto modo.
—Puedes llamarme Hakon.
Ella arrugó su pequeña nariz, curiosa, al escuchar ese nombre.
—¿Como Hakon Svarti, el Negro ?
La leyenda de Hakon el Negro era contada a los niños del clan, la historia de un vikingo que había arrasado a ejércitos él solo, con la única ayuda de un escudo y una espada.
También se contaban cosas terribles, como que era fiel amigo de espíritus y criaturas nocturnas que le proporcionaban su poder.
Hakon se sorprendió de que ella conociera un nombre que le era muy familiar, pues él lo había heredado y lo llevaba con orgullo frente a sus hombres en cualquier batalla. O al menos así había sido antes.
—Exactamente como él.
—No me digas que eres tú.
El hombre negó con la cabeza, y Briana pensó que, a juzgar por su aspecto, ese podría haber sido el caso.
—Fue mi abuelo.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Tu… tu abuelo? —De pronto pareció excitada, tras años escuchando viejas historias del norte que se utilizaban más para atemorizar a los niños que para ser tomadas en serio—. Creí que era una leyenda, ¿es cierto que bebía la sangre de sus enemigos?
—Por supuesto que sí, ¡todos lo hacemos! —exclamó Hakon—. ¿Acaso no es una tradición también en tus amadas Tierras Altas?
Briana tardó unos segundos en entender que se trataba de una nueva broma y comenzó a sentir una extraña necesidad de estampar su mano contra la mejilla del vikingo para borrar esa estúpida sonrisa perfecta de sus labios.
—Solo era simple curiosidad. He oído muchas cosas sobre los vikingos, quería comprobar si eran ciertas ahora que estoy con uno.
—Nos espera un largo viaje. Podré contestar todas tus inquietudes en el camino.
Para completo alivio de Hakon, avistó que su caballo seguía atado con las riendas de un árbol.
El animal se encontraba tumbado apaciblemente sobre la hierba, pero se levantó de inmediato en cuanto escuchó que ellos se acercaban.
Debía de estar exhausto, puesto que no era fácil encontrar un caballo dormitando.
—No me has dicho tu nombre, escocesa.
—Me llamo Briana. —Prefería no decirle a qué clan pertenecía, no de momento.
—Es un nombre bonito, jamás lo había oído antes.
No supo si eso era un cumplido o si volvía a bromear de nuevo, pero que Hakon le hubiera dicho eso la hizo enrojecer de nuevo y bajar la cabeza.
Una vez junto al caballo, el vikingo hizo una señal.
—Las damas primero —le dijo—. ¿Necesitas que te ayude a subir?
—No, gracias. Puedo yo sola.
Briana llevaba montando a caballo desde que tenía memoria. Montar era de esas cosas que podía asegurar que sabía hacer perfectamente, al igual que lanzar dagas, por supuesto. Al contrario que escalar muros.
Hakon observó la curva de su trasero contorsionarse cuando Briana por fin se situó sobre el caballo con ambas piernas en uno de los costados de este.
Cuando Hakon tomó impulsó y trepó de un solo salto hasta colocarse tras ella, la joven perdió el equilibrio y estuvo cerca de caer del animal.
Enrojeció al escuchar la profunda risa de Hakon, que había se había percatado de su torpeza.
—Nunca monto a lo amazona —se excusó ella—. No me parece práctico.
Hakon rodeó con sus brazos a Briana al agarrar las riendas con firmeza. Comenzó a espolear el caballo, sintiendo el fastidioso petate de la escocesa bamboleándose detrás de él.
—¿Y es correcto que una señorita monte a caballo como los hombres en tu tierra?
—En mi tierra, ese no es el modo de montar de los hombres, sino el de todo el mundo.
Hakon quedó satisfecho con esa respuesta y comenzaron a tomar velocidad.
York no estaba lejos, lo que sin duda aliviaría mucho al caballo después de haber descansado tan poco tiempo durante la noche y tener que cargar con dos personas en ese momento.
Pese a la fresca mañana, Hakon sentía el cuerpo tibio de Briana entre sus brazos y aspiró con fuerza, sin siquiera percatarse de ello, el olor que desprendía la joven.
Sintió la excitación llegando a él, asentándose entre sus piernas, a la vez que sus cuerpos se rozaban con el vaivén de la marcha.
Fue entonces cuando una brisa particularmente fuerte tiró del pañuelo que cubría por completo el cabello de Briana.
—Oh, no… —se lamentó ella girando la cabeza y observando cómo su pañuelo negro escapaba con el viento.
Hakon se quedó sin aliento y por un instante se olvidó del resto de su realidad: solo podía observar la pecosa nariz de Briana arrugarse en una graciosa mueca de desagrado mientras mil mechones de un cabello rubio platinado la envolvían por completo, creando un halo de luz brillante y suave a su alrededor.
Su boca dejó escapar un suspiro, conduciendo la mirada del vikingo a esos rosados labios que parecían hechos para prometer toda clase de perversidades.
Era la primera vez que podía observarla a la luz del día y lo que sintió fue una extraña devoción por una muchacha a la que había conocido hacía tres horas y cuya personalidad le había hecho olvidar que…
Hakon recordó a Viggo de pronto. Y a Gala, Rurik y Trud. Ni siquiera sabía cómo estarían en ese momento, y él, mientras tanto, estaba sintiendo su boca secarse ante la idea de saborear los labios de una extraña. Era un inconsciente; siempre lo había sido.
El vikingo pasó el resto del viaje en silencio, con la mandíbula apretada y la culpa acosándolo.
En ocasiones le parecía escuchar el sonido de caballos acercándose por su espalda, entonces sentía un intenso temor al pensar en que no podría ser capaz de proteger a Briana en caso de que los soldados del jarl lo capturaran.
Sería otra víctima más de sus errores. Por suerte, el viaje fue tranquilo y Hakon evitó pasar por los caminos de carretas que llevaban a York.
Briana comenzó a ponerse nerviosa en cuanto atravesaron las murallas de piedra de la ciudad, sabiendo que eso significaría quedarse sola allí.
Las casas de piedra y de madera eran altas y se amontonaban entre ellas.
Briana contempló a los niños correteando por las calles, persiguiendo a gatos callejeros que lograban escaparse de sus manos a duras penas.
Pasaron por delante de una panadería de la que salía un agradable olor a pan recién horneado, mientras que, a unos metros, una pescadería exhibía su maloliente pescado en salazón.
La marabunta humana gritaba y reía sin siquiera detenerse al contemplar el enorme caballo de Hakon que trataba de abrirse paso entre la gente.
—Será mejor que vayamos a pie.
Briana asintió con la cabeza mientras Hakon bajaba del caballo y no se quejó de ningún modo cuando él la ayudó a llegar al suelo, cargándola entre sus fuertes brazos.
Cuando la soltó, Briana apreció unas extrañas inscripciones en la piel de los antebrazos de Hakon.
Él notó que ella se había quedado mirándolo, probablemente nunca antes había visto a alguien marcado de ese modo, con tinta negra.
—Son runas —aclaró, despejando la curiosidad de la joven—. Sirven para protegernos y ayudarnos en la batalla.
—¿Qué significan?
Sin pensarlo demasiado, extendió su pequeña mano y contorneó las formas, rozando la piel áspera de Hakon. Él se estremeció y apartó sus brazos de ella bruscamente. Agarró las riendas del caballo para disimular su momentáneo desconcierto.
—No están hechas para ser leídas por los hombres —se excusó.
La respuesta no fue ruda, pero a la joven le habría gustado saber qué querían decir esas runas y si ese algo era tan importante como para llevarlo grabado en la piel. Caminaron entre la multitud con lentitud, puesto que el vestido de Briana no le permitía moverse más rápido.
—Será mejor que te cambies de ropa tan pronto como te sea posible —aconsejó Hakon.