Capítulo II #2
—Confiad en mí, Lord Vikingo . Mantendré las distancias.
—Confiar en una mujer, ¿yo? —Hakon rio, recordando cómo precisamente había comenzado toda esa odisea—. Nunca más.
⊹
La puerta de esa pequeña habitación en la posada se abrió y Gala observó cómo Rurik entraba y cerraba la puerta con cuidado a su espalda.
—¿Cómo está? —preguntó Rurik con gesto preocupado.
Gala suspiró, se levantó del pequeño taburete de madera y observó el cuerpo sudoroso de Viggo tendido sobre la cama. Habían tenido mucha suerte al encontrar una posada tan cercana a la anterior, si no lo hubieran hecho, quizás el muchacho no seguiría con vida en esos momentos.
—Mejor —informó—. Le he aplicado una cataplasma en la herida y ahora se encuentra dormido, pero la fiebre está comenzando a subirle. Va a ser una noche muy dura.
Rurik se pasó la mano por su cabeza afeitada mientras suspiraba y se acercó con lentitud a Gala.
Ella tenía el rostro compungido por la preocupación, por lo que sintió la inmensa necesidad de abrazarla.
Sin pensar demasiado, acortó la distancia que lo terminaba de separar de Gala y la estrechó entre sus brazos, ella no se negó al contacto, sino que apoyó su cabeza en el hombro del vikingo.
—¿Crees que han capturado a Hakon? —preguntó ella a media voz.
—Claro que no, es un bastardo muy hábil —la tranquilizó—. Mañana mismo nos reencontraremos en Jórvík y seguiremos evitando a esos malditos soldados hasta poder largarnos de aquí.
Gala tomó aire y se separó de Rurik, sabiendo que no era bueno para ninguno de los dos mantener contacto físico. El solo hecho de tener que separarse de él dolía.
—No podemos irnos de aquí, al menos no hasta que Viggo se haya recuperado. Llegaremos mañana a Jórvík para reunirnos con Hakon, pero es imposible que hagamos un viaje largo aún.
Rurik no supo disimular demasiado bien el doloroso pinchazo en el pecho cuando Gala se había apartado de su cuerpo.
—Gala… —susurró. Su mano se movió sola, ahuecándose para acariciar la suave y pálida piel de la joven. Ella se revolvió, incómoda—. No, no me rechaces otra vez, por favor.
—Déjalo, Rurik. Esto es muy difícil; todo lo está siendo.
Pese a sus intentos, Gala dio un paso hacia atrás, dejándole a Rurik la sensación del tacto de su rostro entre los dedos. Nada le habría gustado más en ese momento que besarlo, pero eso solo había sucedido una vez antes… y no podía volver a ocurrir.
—No podemos luchar contra esto eternamente —advirtió él.
Gala endureció el gesto, al igual que había hecho con su corazón desde que conocía a Rurik.
Al principio, ni siquiera le había agradado como persona; le parecía irrespetuoso, maleducado y salvaje (incluso para tratarse de un vikingo), poco después, había llegado la atracción física, sentirse arder tan solo por rozar su piel un segundo y, poco a poco, los sentimientos se habían intensificado de tal modo que ambos habían sabido que todo eso debía acabar por el bien de todos los demás y del suyo propio.
—Voy a relevar a Trud en la vigilancia, ¿te quedas aquí? —Gala se aclaró la voz, fingiendo normalidad.
Rurik asintió, aún con la cabeza gacha, y escuchó el portazo cuando ella abandonó la habitación.
Se sentía completamente exhausto, pero sabía que, con toda seguridad, no podría dormir hasta esa noche.
Con pasos lentos, Rurik se acercó a la cama en la que Viggo respiraba con dificultad pero sin haber perdido el color de sus mejillas.
—Mejora rápido, hermano —susurró—. Un guerrero es solo vacío sin una batalla en la que luchar.
⊹
Estaba a punto de amanecer cuando dos sombras escaparon a través de los muros del monasterio. Hakon observó el enorme petate en el que Briana había metido toda su ropa. Desde luego, no era práctico viajar con tan pesado equipaje.
—¿Todo esto es necesario, muchacha?
—Lo es, vikingo —respondió ella con suficiencia. En ese momento se percató de que ni siquiera sabía el nombre de ese hombre con el que había dormido durante un par de horas.
A la luz del amanecer, Briana podía estudiar los armoniosos rasgos del rostro de ese hombre y debía reconocer que era arrebatador.
Durante años había oído historias sobre vikingos salvajes, pero también había escuchado leyendas de romances apasionados entre esa extraña gente.
Nunca habría imaginado que uno de ellos pudiera ser tan atractivo; tanto su rostro como su cuerpo alto, fuerte y bien formado hacían que se sonrojara y sintiera un extraño calor en la piel cuando sus ojos se cruzaban.
Mirando en todas las direcciones, ambos comprobaron que no había nadie que fuera a detenerlos, por lo que se dispusieron a saltar el muro.
Briana vestía la misma túnica negra de la noche anterior y se había cubierto el cabello con un pañuelo, de nuevo.
Quería pasar desapercibida y no quería correr el riesgo de que alguien pudiera reconocerla en la lejanía.
—Vamos, será mejor que subas tú primero.
Ella frunció los labios.
—¿No sería más lógico que vos pasarais y después me ayudarais a mí a bajar por el otro lado?
El muro medía unos dos metros, nada complicado para un hombre como Hakon, pero algo casi insalvable para una mujer pequeña y vistiendo esa ropa, como era la novicia.
—Te lo repito, muchacha, deja de hablarme de ese modo tan formal. Me revuelve el estómago tanto refinamiento innecesario —susurró Hakon, después, señaló hacia el muro—. Es demasiado alto para que tú sola puedas subir, yo te alzaré para que llegues al otro lado.
Briana resopló, reconociendo que el vikingo tenía razón. Después, agarró su enorme petate con ambas manos y se quedó mirando a Hakon.
—¿Podríais… podrías ayudarme con esto?
Él sonrió ampliamente, agarró el petate y lo lanzó a través del muro con violencia, sin detenerse a escuchar su opinión ni un segundo. Briana ahogó un grito, airada.
—No me refería ese tipo de ayuda, ¡esa es mi ropa!
—No esperes sobrevivir si tienes que cargar con un bulto más grande que tú. —Señaló su espada, la cual colgaba de su cinturón de piel—. Este es todo el equipaje que yo necesito.
La joven se mordió la lengua para evitar soltarle una nueva provocación. Debería dejar las discusiones para cuando hubieran salido de allí.
—¿Cómo vais a subirme al muro…?
Antes de que le diera tiempo a terminar de formular esa pregunta, Hakon se acercó y la cargó entre sus brazos de forma ruda.
Ella dejó escapar un exabrupto, sorprendida.
Hakon sintió como el cuerpo de la muchacha era curvilíneo y suave por debajo de su severo vestido, aun así, no era demasiado delgada.
Su túnica no le había dejado entrever nada de su figura, y, durante la noche, ella se había mantenido tan alejada de él como ese camastro le había permitido.
Bien era cierto que Hakon había estado tan cansado que se había dormido enseguida, sin querer recordar lo bella que era esa muchacha que se encontraba a su lado.
Jamás había dormido con una mujer así sin haberla tomado.
En realidad, nunca había dormido con una mujer sin haberla hecho suya.
Ninguna mujer había compartido su lecho sin querer también una parte de él...
A excepción de Gala y de Trud, por supuesto.
Briana sintió los fuertes dedos de Hakon clavándose en su cintura y bajando con suavidad hacia sus caderas al alzarla sobre su cabeza.
Ella trató de encaramarse a la parte superior del muro sin precipitarse al suelo.
En ese momento, las manos de Hakon acariciaron su trasero y sus muslos a través de ese grueso vestido.
Esto le transmitió mil escalofríos por todo su cuerpo, sin saber si ese gesto era voluntario, pero no se atrevió a hablar de tan concentrada que estaba en no caer.
—Tendrás que dejar de agarrarte al muro si quieres llegar al otro lado, muchacha —le dijo Hakon, apartando sus manos del bien formado cuerpo de la joven.
Ella gimió.
—¿Cómo habría de soltarme? ¡Voy a caer!
—Siempre y cuando caigas en el lado correcto, eso no es un problema…
Ese humor vikingo tan exasperante le desagradaba por completo. Tomando aire, Briana consiguió incorporarse sobre el muro y saltó hacia el otro lado, raspándose las manos con la piedra en el proceso.
—¿Estás viva? —preguntó Hakon desde otro lado—. Pensé que los escoceses erais fieros y valientes, o al menos eso es lo que decís de vosotros mismos.
Briana se levantó del suelo torpemente, alcanzando a ver dónde había caído su ropa unos momentos antes. Se mordió el labio al escuchar las palabras de Hakon.
—Lamento no tener la misma experiencia que vos saltando muros, entrando en conventos y cometiendo ilegalidades.
Al instante, Hakon saltó con habilidad, cayendo en pie justo a su lado. En su rostro se dibujaba una sonrisa divertida que casi parecía permanente desde que la había encontrado, aunque antes no hubiera sido así.
—Aprisa —la instó, comenzando a caminar—. ¿Cuánto tiempo tardarán en percatarse de tu ausencia?
Ella miró hacia el cielo. El desayuno sería en, aproximadamente, una hora y media.
Después de la misa de la mañana, por supuesto.
Hubo un cambio en ella, pareció resignada y relajada a la vez.
Justo en ese momento, su tono de voz se tornó menos formal y pareció tomar la decisión de dirigirse a él de forma más amigable, menos seria.
—Lo suficiente, no te preocupes por eso. Nadie saldrá a buscarme, vikingo, estoy convencida de eso.
Ambos se movieron con rapidez hasta llegar al pequeño bosquecito en el que Hakon había dejado el caballo hacía unas horas.
El vikingo observó que ella caminaba más lentamente al tener que cargar con el petate de ropa, así que maldijo por lo bajo antes de arrancárselo de entre las manos y cargarlo a su espalda.
—¿Por qué no has escapado antes?
—¿Sola? —preguntó ella, entrecerrando sus hermosos ojos que, ahora veía, eran azules—. Ni siquiera sé dónde estoy, no soy ninguna suicida. Antes que morir comida por las bestias o asesinada por maleantes, preferiría quedarme en el convento y convertirme en monja.