Capítulo II
A briendo mucho los ojos de repente, la chica se preparó para gritar, pero Hakon fue lo suficientemente rápido como para acercarse a ella y tapar su boca con su enorme mano mientras la agarraba, inmovilizándola. Ella pataleó durante unos segundos.
—Te voy a soltar —anunció él, susurrando en su oído—. Pero no quiero que grites o me pegues ni nada por estilo. —Sabía muy bien cómo reaccionaban las mujeres asustadas y enfadadas, y no le gustaba nada la idea de que su ingle fuera el blanco de golpes inesperados.
La muchacha asintió con la cabeza con lentitud y él la soltó. Para su sorpresa, en el bello rostro de la joven se formó una expresión ilusionada.
—¿Os envía Gared? —preguntó.
¿Quién demonios era Gared? Hakon negó con la cabeza, borrando de un plumazo la ilusión en la cara de la joven, que dio un paso atrás y agarró de nuevo la vela que había llevado antes en la mano, como si eso pudiera servirle de protección ante su presencia.
Ella pareció reparar en el marcado acento nórdico de ese hombre al hablar y, acercando la vela hasta poder iluminar su rostro y sus vestimentas, Briana palideció.
—Por Dios, un vikingo… —susurró.
Había oído mil historias sobre cómo los vikingos entraban a los monasterios y conventos y robaban todo cuanto encontraban, incendiando, saqueando y violando sin ningún tipo de remordimiento.
En el anguloso rostro de ese hombre se dibujó una sonrisa sardónica.
—Por Odín, una inglesa —se burló él.
Briana frunció el ceño, molesta. Sentía ganas de matar cuando alguien la llamaba inglesa. Quizás no tuviera el cabello rojo como el fuego y grandes y turgentes pechos, pero ella era una mujer de las tierras altas del norte de los pies a la cabeza.
—No soy inglesa, sino highlander —respondió, molesta. Aun así, no se atrevió a acercarse ni un solo paso más a ese hombre.
Hakon sonrió, divertido, mostrándole unos dientes blancos y fuertes que no tenían nada que ver con su idea de lo que sería un saqueador y un asesino. Por primera vez, Briana se percató de lo grande que era él… y de lo pequeña que era ella.
—Escoceses… no sois mala gente, pero tenéis poca fuerza y demasiado carácter. —Hakon omitió que sus antepasados paternos eran isleños celtas, por lo que siempre había guardado cierto cariño por esa cultura que le era muy familiar.
A Briana se le antojó una visión horrenda que hubiera un vikingo en su celda, en un convento inglés y, para colmo, también burlándose de su tierra natal.
—¿Poca fuerza? —alzó la voz—. Los vikingos sois unos salvajes asesinos y sanguinarios y, aun así, ¿os atrevéis a decir que nosotros tenemos poca fuerza?
Hakon volvió a reír.
—Y demasiado carácter —repitió, comprobando que, al menos esa parte, sí era cierta.
—¿Qué demonios hacéis en mi habitación, sabandija? —Ni siquiera ella misma se explicaba cómo había podido tardar tanto en realizar esa pregunta que, de hecho, era la más importante.
Los ojos de Briana brillaron con preocupación.
La joven trataba de ocultar el miedo que sentía ante ese hombre, aunque casi podía preveer que de un momento a otro él saltaría sobre ella y la violaría en su propia celda.
Era probable que todos sus amigos vikingos estuvieran ya haciendo de las suyas por el resto del convento.
—Para ser una monja, creo que no eres tan pacífica como deberías. Además, prefiero que no te dirijas a mí como si fuera el rey de Inglaterra.
Briana rechinó los dientes. ¿Además de forzarla iba a pretender ser gracioso?
—Yo no soy una monja… aún. Soy novicia.
Hakon enarcó una ceja sin saber qué quería decir ella con eso.
—Repito, ¿qué estáis haciendo aquí? ¿Qué queréis? —Briana pasó por alto intencionadamente el hecho de que le había pedido que le hablara de un modo menos formal.
¿Cómo explicarle a esa muchacha lo que hacía ahí realmente? Decidió no dar detalles, no pensaba brindarle la oportunidad de delatarlo y acabar en manos de la justicia.
—Necesitaba un lugar en el que pasar la noche…
Briana asintió con la cabeza, con el sarcasmo dibujado en el rostro.
—Sí, por supuesto. —Chasqueó la lengua. Comenzaba a estar confundida porque estaba claro que ese vikingo no quería ser descubierto allí—. Decidme la verdad u os juro que gritaré.
Malditas mujeres… ¿por qué eran tan manipuladoras? Hakon suspiró, exasperado, y comenzó a hablar con voz calmada y grave. Se sentía humillado al tener que rogarle así a alguien; mucho más a una mujer.
—Me persiguen. Entrar aquí ha sido mi única opción, pero me iré en cuanto amanezca. Tan solo… no me delates. Por favor.
Ese acento le provocaba extraños escalofríos a Briana, que lo observaba en silencio mientras las palabras salían de entre sus labios.
No podía ver bien el rostro del vikingo, pero calculó que no alcanzaría los treinta años.
Su mandíbula fuerte y angulosa estaba recubierta por una barba no muy larga, pero de un tono castaño oscuro, al igual que su pelo.
Sus ojos eran tan claros que parecían de plata fundida.
Briana nunca antes había conocido a nadie con unos ojos tan claros y penetrantes.
—Está bien, no lo haré —concedió ella—. Pero solo con una condición.
—Habla.
Hakon habría esperado escuchar cualquier cosa, menos lo que oyó de labios de Briana.
—Cuando os vayáis… me llevaréis con vos.
Esto lo dejó casi sin habla. La confusión se reflejó en sus ojos al mirarla. Desde luego que no entendía por qué ella querría ir con él cuando era un completo desconocido con no muy buena fama entre su gente.
—¿Conmigo?
—Sí. —Briana asintió con la cabeza, haciendo que su cabello revoloteara graciosamente alrededor de su cara—. Necesito salir de aquí, así que… por favor, no hagáis preguntas. Tan solo ayudadme.
Hakon se quedó pensando en las consecuencias que eso traería para él, pero al final asintió. Estaba claro que esa era la mejor opción que tenía.
—Te llevaré hasta Jórvík [4] . Una vez allí, nos separaremos.
No pensaba quedarse con ella más tiempo del necesario; demasiada gente estaba ya en peligro por su culpa.
—¿Para qué iba a querer yo permanecer con vos más allá de York?
Hubo algo en el tono de la muchacha que le hizo cierta gracia, gustosamente le habría enseñado un par de cosas que la harían querer quedarse con él mucho tiempo…
Apartó esos pensamientos de su mente de inmediato; por culpa de esa estúpida impulsividad estaba entonces en esa situación.
Se preguntó cómo se encontraría Viggo en esos momentos, pero por el tono convencido con el que Gala le había dicho que su amigo sobreviviría, sabía que sería cierto.
—Partiremos al alba —anunció él—. Nadie entra a esta celda durante la noche, ¿verdad?
Briana negó con la cabeza. Ante sus ojos confusos, el vikingo se deshizo de su espada envainada y la escondió debajo de la almohada. Después se dejó caer pesadamente sobre su pequeño camastro.
—¿Qué hacéis?
—Descansar, querida novicia .
Briana enrojeció ante la desfachatez de ese hombre.
—Esa es mi cama, quizás no os hayáis percatado. Ahí descansan las damas, los vikingos duermen en el suelo.
Hakon abrió sus ojos grises de nuevo, mirándola.
—No recuerdo haber llegado a ese trato en ningún momento. Pero reconozco que aquí hay sitio para ambos.
Esta vez, el sonrojo dejó de ser tan solo furioso. ¿Cómo iba a meterse en la cama con un vikingo? Eso era una locura, ella era una mujer respetable… o al menos lo había sido antes de que su hermano la echara a patadas del clan.
—¿Estáis seguro de querer hacer dormir en el suelo a la persona que ha decidido no delataros delante de todo el convento?
Hakon chasqueó la lengua.
—¿Y tú estás segura de querer hacer enfadar a la persona que te va a sacar de este rancio agujero?
Los dos se necesitaban, él era la única forma que tenía de poder salir de ahí y comprobar cómo se encontraba Gared.
Desde que había llegado al convento, había conseguido cartearse en tres ocasiones con Nya, su mejor amiga y su dama de compañía.
Nya había permanecido en Dornoch Castle, a pesar de su insistencia en partir con ella hacia el convento y entrar como novicia junto a Briana.
Esa era una petición que Briana había rechazado desde el inicio, pues no podía hacerle eso a la mujer de la que su hermano Gared estaba enamorado.
A pesar del dolor y la soledad, correr con ese amargo destino en soledad era la mejor opción.
En sus cartas, Nya le había contado que Gared seguía encerrado, pero en el castillo se habían dado un par de revoluciones para intentar sacarlo del calabozo y era cuestión de tiempo que Bayne fuera derrocado y ella pudiera volver a casa.
El problema era que ella estaba en un convento.
Había logrado posponer durante casi dos meses la toma de los votos que la convertirían en una monja para siempre: al principio, había fingido estar enferma; luego, embarazada; más tarde, declaró amnesia y no saber cómo había llegado hasta allí, pero el momento había llegado, ninguna mentira o truco parecía funcionar ya y, para su desgracia, debía tomar los votos al día siguiente...
O al menos así había sido hasta la llegada del vikingo.
No podía ser casualidad que justo hubiera aparecido ese día…
Briana estaba tan desesperada que habría tratado de huir con el vikingo incluso si este hubiera sido un ladrón y un delincuente. Si es que no lo era en realidad.
—De acuerdo —musitó, gruñendo por lo bajo.
Con un gesto le indicó que se apartara y le dejara espacio en la cama. Con el ceño fruncido, se acostó en el colchón, tratando de quedar pegada a la fría pared tanto como le fue posible. Eso era de locos.
—Ni se os ocurra tocarme o juro por todos los mártires que mis gritos se escucharán incluso en vuestra tierra, sin importar que tenga que quedarme en este sitio toda mi vida.
Hakon se sorprendió al escuchar el fuerte genio de la joven. Era francamente impresionante que pudiera hablarle de ese modo a él, cuyo nombre hacía temblar incluso a los hombres más valientes de Noruega.
—Espero que tú tampoco trates de forzarme mientras duermo —susurró, sonriendo.