Pasión Vikinga Capítulo I #2
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Capítulo I #2

Durante los minutos de la huida, los ruidos y gritos de los soldados se oían cada vez menos, pero Hakon sabía que aún quedaban jinetes persiguiéndolo, incluso su caballo podía notarlo.

Suspiró al pensar que era increíble que aún continuaran mandando hombres hasta Inglaterra para darle caza, ¿a dónde debía ir para poder evitarlos?

Aún no había querido asumirlo, pero sospechaba que no podría volver a acercarse a su querida Noruega.

Ahora él era un hombre sin patria, y eso resultaba realmente triste para alguien como Hakon.

—¡Ahí está!

Oyó un relincho a su espalda, aceleró aún más su caballo y se desvió del camino, introduciéndose por entre unos oscuros árboles.

La oscuridad era casi completa ahí y podía escuchar el crujir de las ramas mientras su caballo avanzaba con lentitud por el pequeño bosque, resoplando.

Había más ruidos a su espalda, pero no sabía exactamente a qué distancia se hallaban y tampoco quería averiguarlo.

Hakon, hijo mayor y heredero de una de las familias más poderosas y respetadas de toda Noruega, estaba huyendo como un cobarde y poniendo en peligro las vidas de sus amigos… por culpa de una mujer. Era increíble.

El aire olía a hojas muertas y la respiración agitada de su caballo se clavaba en su cabeza provocándole un extraño zumbido en los oídos.

Entonces lo vio; frente a él, unas luces que parecían ser fruto de su imaginación…

pero no era así; estaban ahí de verdad. Apretó las riendas del caballo para que este se detuviera e inspeccionó el edificio al que había llegado.

La luna lo iluminaba tenuemente, y Hakon apreció las luces en una parte de esa gran construcción de piedra oscura.

Algo parecido a música llegó a sus oídos, como si dentro de ese lugar hubiera gente cantando…

Y entonces lo comprendió: ¡un monasterio!

Las monjas y los frailes solían despertarse de madrugada para oficiar misas cristianas, a las que él no veía el más mínimo sentido.

Sabía que los dos jinetes que lo habían seguido tan de cerca no tardarían en dar con él, así que, sin pensar, se acercó a ese lugar al intuir que podría entrar sin mucho esfuerzo y quizás esconderse allí hasta que pasara todo el revuelo.

El convento contaba con una pequeña muralla franqueable y, además, quien quiera que estuviera dentro se encontraría en la iglesia.

Asimismo, según sabía, los religiosos no tenían ningún conocimiento sobre las nociones más básicas de la defensa y no eran diestros con las armas.

Casi se rio al pensar en que los soldados creerían que habría desaparecido, y él podría dormir bien oculto entre esos muros.

—Lo siento, pero tú te tienes que quedar aquí —le susurró al caballo tras desmontarlo.

Con movimientos precisos, ató al animal a un árbol, rezando porque no hiciera ruido y aguantara allí hasta el amanecer…

al menos las aproximadamente tres horas que quedaban para entonces.

Después, llegó hasta el muro del monasterio y lo tanteó, asegurándose de que no estaba demasiado cerca de la iglesia como para poder ser visto por algún fraile despierto a esas horas.

Lo saltó sin ninguna dificultad, sorprendiéndose de lo grande que era ese lugar una vez dentro.

Algunas antorchas iluminaban lo justo como para poder identificar dónde se encontraba la iglesia, el granero y el edificio principal del convento.

¿De verdad eran tan confiados los religiosos como para no pensar que un vikingo como él podía colarse entre sus muros por la noche?

Su gente era conocida por ese tipo de tretas.

Caminó hacia un lugar oscuro entre el muro que defendía pobremente ese lugar y lo que parecían ser las celdas de los religiosos.

Entrar sería demasiado arriesgado y el granero era la mejor opción, pero estaba justo al lado de la iglesia, por cuya puerta entraban algunas monjas, tapadas con sus capas de los pies a la cabeza.

Hakon pensó una vez más en lo extraños que le parecían los cristianos.

De repente, se vio obligado a pegarse al muro, aprovechando la oscuridad, cuando dos monjas pasaron a escasos metros de él.

—Su hermano está furioso, pero ella siempre encuentra una excusa distinta para posponerlo aún más —decía una monja anciana y pequeña—. ¡Ni siquiera viene a las misas!

A su lado caminaba otra, que parecía apenas una quinceañera.

—Opino que no debería estar aquí si no quiere. El convento es un lugar de paz…

Hakon consiguió que ninguna de ellas lo viera y aprovechó que las monjas le daban la espalda para caminar hasta la puerta que ellas habían dejado abierta. Dentro reinaba la oscuridad y no parecía haber nadie, quizás inmiscuirse en ese lugar era demasiado arriesgado…

Haciendo caso a su arrojo vikingo, Hakon entró por el lúgubre pasillo de piedra, observando que las paredes no tenían ningún tipo de adorno. Al avanzar confirmó que ese era, sin duda, el lugar en el que vivían las monjas, un lugar que nunca había imaginado visitar.

Las oscuras puertas de las celdas estaban cerradas a cal y canto, encontrándose ordenadas a la izquierda del pasillo.

Se imaginó la cara de las mujeres si alguna de ellas lo hallara vagando por las habitaciones; sabía que las religiosas cristianas se comprometían a llevar una vida de castidad completa, lo que le producía cierta curiosidad: ¿por qué alguien se privaría de uno de los placeres humanos más intensos?

Y, si el asunto se originaba precisamente en la religión, ¿qué clase de dios le exigía a su gente realizar una hazaña casi imposible como era mantenerse casto?

Se detuvo ante una de las puertas que, para su sorpresa, estaba abierta.

¿Sería esa la celda de una monja olvidadiza?

Con lentitud, echó un vistazo al interior, comprobando que la sala estaba vacía y en penumbra.

Observó la pequeña e incómoda cama de paja situada junto a una cómoda casi insignificante y una mesita en la que reposaba un libro.

La decoración era tan deprimente como lúgubre.

Esa visión le recordó a la casa de su familia durante su infancia, antes de que su madre y él se trasladaran al hogar de su tío, un importante caudillo del jarl.

Su vida había cambiado por completo al dejar atrás su vieja casa, pequeña y humilde.

Se dio la vuelta, dispuesto a abandonar ese lugar, pero entonces se percató de que alguien acababa de entrar en esa celda.

La figura cerró la puerta a su espalda. Hakon se encontraba pegado a la pared, por lo que la joven monja no se había percatado aún de su presencia allí.

La muchacha llevaba una vela entre sus dedos que iluminaba sus ojos grandes y claros.

Su cuerpo estaba envuelto en una túnica negra monástica y escondía las formas de su figura.

Sus zapatos resonaban en el frío y duro suelo de piedra.

La joven procedió a quitarse la cofia que cubría todo su cabello, maldiciendo en voz baja al sentir un tirón en el cuero cabelludo.

¿Era posible que una sierva del dios cristiano acabara de maldecir?

Hakon pudo comprobar que aquella no era una monja normal al observar su brillante y espesa melena larga caer sobre ese horrible atuendo que vestía.

La muchacha echó su cabeza hacia atrás, introdujo sus dedos entre los mechones de suave cabello y lo revolvió con un suspiro de alivio que escapó de sus labios carnosos y rosados.

¿Los ingleses encerraban en conventos a mujeres como aquella? Debían de estar completamente locos en ese país para hacer algo así.

Y al tiempo que ese pensamiento acudió a su mente, ella lo vio.