Pasión Vikinga Capítulo I
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Capítulo I

York, Inglaterra. Dos meses después.

D e nuevo, ella estaba allí, como cada vez que cerraba los ojos.

Hakon la veía de espaldas a él; su cabello, tan rojo como el fuego, llameaba de igual manera, tan largo que rozaba el trasero redondeado y bien formado de esa muchacha.

Quiso acercarse y tocarla, pero le era imposible moverse, como si ni siquiera estuviera en esa habitación.

Trató de mirar a su alrededor, pero no podía distinguir nada aparte de la muchacha.

Deseó que se girara para poder contemplar su rostro.

Si este era igual de bello que su cuerpo, debía de ser el más hermoso del mundo.

Trató de hablar, pero su voz tampoco se escuchaba allí, en cambio…

—Hakon…

¿Alguien lo estaba llamando? Hakon trató de aguzar su oído para saber si era la muchacha pelirroja quien lo reclamaba, puesto que la voz que había oído también era femenina.

De nuevo lo escuchó y utilizó toda su fuerza de voluntad para poder acercarse a la muchacha, cuya figura era cada vez más difusa…

Entonces sintió el frío de la realidad golpeándolo, despertándolo de ese sueño que se repetía cada noche desde hacía varios meses. Pero no estaba del todo equivocado, a su lado, alguien lo estaba llamando.

—Hakon, ¡despierta! —Oyó un susurro a su lado.

Cansado, abrió uno de sus profundos ojos grises. Aún no había amanecido, seguramente hacía solo un par de horas que se había dormido en esa posada junto a sus amigos.

—¿Qué ocurre? —preguntó él, confuso.

Gala se llevó una mano a los labios, instándolo a guardar silencio. Después, se quedó quieta, escuchando durante un momento lo que sucedía fuera de la habitación. Finalmente, volvió a mirar a los ojos de Hakon.

—Están aquí, no comprendo cómo nos han encontrado. ¡Aprisa!

El estómago de Hakon se dio una vuelta completa y se levantó de la cama al segundo siguiente, agarrando con fuerza su espada, que se encontraba bajo su almohada.

Por suerte, ambos habían dormido vestidos; siempre debían estar preparados por si acaso ocurría algo así.

El hombre soltó una maldición entre dientes, furioso por no haber podido descansar desde hacía varios días por culpa de esos bastardos.

—Sabandijas… —siseó Hakon.

Desde la ventana de madera de la pequeña habitación, el hombre se asomó y observó a unos doce soldados vikingos que se arremolinaban en la puerta de la posada, buscándolo.

Apenas llevaban diez días en Inglaterra, después de la apresurada fuga de Noruega tras haber sido acusado de asesinato.

Sus cuatro amigos, tan cercanos como hermanos, habían decidido acompañarlo en su huida, aunque Hakon había tratado de evitarlo por todos los medios.

El jarl [2] había pedido su cabeza, y esos soldados estaban dispuestos a entregársela sin aún habérsela despegado del cuerpo.

A unos metros de ellos, escondido tras los abundantes árboles del bosquecillo que envolvía la posada, Hakon pudo ver durante un segundo la plateada flecha de su amigo Rurik antes de que este cogiera aire y la disparara certeramente hacia uno de los soldados del jarl .

—Hay que bajar, ¡ya! —ordenó Hakon. Abrió la puerta y se apresuró a descender al piso inferior.

Gala lo siguió, tan silenciosa y veloz como siempre. Cuando llegaron abajo, la pelea ya estaba en marcha: Trud, Rurik y Viggo se encontraban peleando con fiereza contra los soldados vikingos, que no se habían esperado que reaccionaran tan rápido a esas horas de la madrugada.

Hakon gritó mientras entrechocaba su enorme espada con la de un soldado grande y pelirrojo que no cesaba de insultarlo y amenazarlo.

—Traidor, vendrás con nosotros vivo o muerto.

Entrecerrando sus penetrantes ojos grises, Hakon gruñó y finalmente clavó su espada en el vientre del soldado enemigo.

—No seréis vosotros quienes se ocupen de cuerpo si muero —escupió Hakon en norn , la lengua de su padre y mucho antes la de su abuelo.

A su alrededor, sus amigos habían cargado contra los soldados, y Gala acababa de hacer que uno de los hombres cayera de rodillas.

Hakon observó durante unos momentos cómo su amiga atacaba con su particular elegancia, con el cabello rubio y trenzado al modo vikingo.

La piel de Gala era excepcionalmente blanca, y su rostro era hermoso, con ojos ambarinos y tan esbelta que parecía imposible que ella sola pudiera combatir con dos hombres a la vez sin hacer demasiado esfuerzo.

—Vienen más. —Rurik apareció a su lado de repente y miró a su amigo, advirtiéndole con voz seria—. Será mejor que nos vayamos antes de que aparezca también el maldito jarl para atarte a su caballo y llevarte de vuelta a casa.

Trud, una vikinga enorme con el cabello rubio y corto terminó de clavar su espada en el cuello del último hombre enemigo y se giró hacia ellos.

—Si el jarl osa ponernos las manos encima, veremos cómo se sube a su caballo después de que le haya cortado la…

Hakon admiró el valor de su amiga, pero Rurik tenía razón.

Lo único que hacía allí era ponerlos en peligro de una forma que apenas era capaz de soportar.

Ellos eran guerreros, pero nunca antes habían peleado contra su propio pueblo y sabía que no podrían hacerlo durante mucho más tiempo.

Cualquier día, los soldados serían demasiados para poder vencerlos, y era obvio que sus amigos serían acusados de traición, al igual que él, y se proclamaría que eran unos niðingr [3] por todo el norte.

—Nos vamos —confirmó, sin que Trud pudiera decir nada para convencerlo.

—Quizás podríamos llevarnos sus caballos. —Gala señaló los animales que habían transportado hasta allí a los soldados vikingos—. Están menos cansados que los nuestros y…

—¿Dónde está Viggo? —la interrumpió Rurik, que llevaba sin ver a su amigo desde el principio de la pelea.

La pregunta se vio contestada por un gruñido profundo a unos metros del grupo. Todos se acercaron de inmediato y alcanzaron a ver a Viggo, que se encontraba tendido en el suelo, con el rostro rojo a causa del esfuerzo por tratar de levantarse y el cuerpo de un soldado del jarl sobre sus piernas.

—Maldito bastardo…

—Odín… —exclamó Gala, se arrodilló ante su amigo y trató de apartar también el cuerpo del hombre enemigo. Rurik y Hakon terminaron de quitar el cadáver de allí con esfuerzo.

Viggo estaba consciente, pero su rostro joven se contorsionó al sentir una herida de su pecho sangrar abundantemente.

—Decidme que él está peor que yo —rogó Viggo.

Gala sonrió con tristeza y le lanzó una mirada al cadáver.

—Mucho peor —dijo, posando la mano en el pecho del muchacho.

Viggo era el más joven de la compañía, apenas tenía veinte años.

Su cabello rubio y su barba, todavía suave y poco pronunciada, estaban teñidos de sangre.

Volvió a intentar levantarse, pero Gala se lo impidió, palpando con disimulo la herida.

La mujer suspiró aliviada al comprobar que la hoja de la espada que lo había herido no parecía haber atravesado ningún órgano vital.

—Tenemos que llevarlo a algún sitio —propuso Rurik, después miró a la posada, donde varios huéspedes habían salido a la puerta y los observaban, pálidos de miedo—. Me parece que aquí ya no somos bien recibidos.

La gente susurraba «vikingos» como si fuera el peor de los insultos, y lo último que ellos querían era tener aún más problemas de los que ya tenían.

De repente, se escucharon caballos acercarse, parecían más de diez.

Hakon reaccionó rápido, ordenó a sus amigos que levantaran el cuerpo de Viggo y que se subieran a los caballos más cercanos que encontraran, sin importar su propietario.

—Nos veremos en la ciudad —informó—. Esos desgraciados tendrán que correr mucho sin quieren alcanzarme.

—Iré contigo —dijo Trud, quedando rezagada de Rurik y Gala, que ya estaban cargando a Viggo sobre un caballo blanco.

—No —se negó Hakon con gesto muy serio—. Hemos tenido suficientes problemas hoy. Si Viggo no sobrevive…

—Lo hará —dictaminó Gala, subiendo hasta el caballo y sujetando con fuerza el cuerpo de su amigo.

Hakon asintió con la cabeza y miró a sus amigos y consciente de que esa podría ser la última vez que los viera con vida, o viceversa. De todas formas, no tenía tiempo ni tampoco ánimo para despedidas.

—Os veré en el oso.

Sus amigos tardaron poco en desaparecer, mientras Hakon de dirigía a las caballerizas a paso tranquilo.

Necesitaba que los soldados del jarl al menos llegaran a verlo para que no siguieran a sus amigos, sino a él.

Allí encontró el caballo negro que habían robado hacía un par de días en un pequeño poblado.

Reconocía que el animal era grande, rápido y excepcionalmente fuerte; aunque parecía retraído y no se aproximaba a las personas de forma voluntaria.

Gala había bromeado diciendo que se parecía a él.

Se acercó al animal y lo acarició con gentileza para que se tranquilizara.

Después, le colocó una sencilla y ligera montura.

—Hoy voy a necesitar que me ayudes con algo, amigo—le susurró al noble animal.

Lo sacó del establo y lo montó de un solo salto. Tan pronto como el caballo comenzó a trotar, un grito lo puso en sobre aviso: los soldados lo habían visto, por lo que en ese momento irían a darle caza.

La noche húmeda dejó de ser fría en cuanto Hakon espoleó al caballo para ponerlo al galope y correr por el pedregoso camino contrario al que habían elegido sus amigos.

—¡Que no escape! —Oyó a su espalda.

Su cabello oscuro caía, rebelde, sobre su frente y cuello.

Hakon apretaba sus fuertes piernas contra el caballo para acelerar aún más su velocidad.

Sabía que el animal pronto se cansaría, puesto que no había reposado en toda la noche.

Hakon le había cogido cariño a ese corcel y creía que no habría podido encontrar a otro mejor que él.