Pasión Desatada. Cuando el deseo no conoce límites Capítulo 7 El cine, el restaurante y el salón
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Capítulo 7 El cine, el restaurante y el salón

En la sala de cine la oscuridad era casi total.

Mónica se sentó en un extremo de la fila y, con una sonrisa tranquila, indicó a Ana y Lena que se colocaran a ambos lados de Frank.

Ella se acomodó, cruzó las piernas y fijó la mirada en la pantalla como si nada más existiera.

La película empezó. Luces, explosiones, diálogos… y debajo de todo eso, el roce de manos.

Ana y Lena no tardaron. Cada una apoyó una mano en el muslo de Frank y, con total naturalidad, bajaron hasta la cremallera.

La abrieron, sacaron su pene ya semiduro y empezaron a masturbarlo en silencio.

Una mano subía mientras la otra bajaba, los dedos resbalando por el glande, apretando con ritmo lento y constante.

Frank respiraba entrecortado, mirando de reojo a Mónica, que seguía viendo la película sin pestañear, completamente calmada.

Al rato las dos se inclinaron al mismo tiempo.

Ana tomó la cabeza del pene entre los labios y Lena lamió el tronco y los testículos.

Se turnaban, se daban espacio, a veces las dos lenguas se encontraban sobre la misma zona caliente y dura.

Frank se mordía el labio para no gemir. Al fondo de la sala, un par de espectadores se habían dado cuenta.

No se movieron. Solo miraban, en silencio, cómo las dos chicas chupaban el rabo de Frank a la vez, la cabeza de él echada hacia atrás, las manos agarrando los reposabrazos.

Mónica no apartó la vista de la pantalla ni un segundo. Ni cuando Frank se corrió en la boca de Ana y Lena se encargó de limpiar lo que sobraba. Ni cuando las dos se incorporaron y se limpiaron los labios como si acabaran de comer palomitas. La película siguió. Ellas también.

Al salir del cine Frank invitó a las cuatro a cenar.

Eligieron un restaurante cercano, tranquilo.

Pidieron pizza, ensaladas, cerveza y vino.

Conversaron de la película, de si la escena de acción había estado bien rodada, de si la protagonista merecía más minutos en pantalla.

Nadie mencionó lo que había pasado en la oscuridad.

Frank pagó la cuenta sin problemas y los cuatro volvieron andando al piso de Mónica.

En cuanto cerraron la puerta del salón, Ana y Lena se desnudaron por completo. Se tumbaron en el sofá grande, una frente a la otra, y empezaron a masturbarse

mutuamente: dedos dentro de coños ya húmedos, pulgares rozando clítoris, labios que se besaban de vez en cuando. Mónica se quitó el vestido de un solo movimiento, empujó a Frank hacia el otro sofá y se montó sobre él. El pene de él entró de un golpe, profundo, y ella empezó a

cabalgarlo con fuerza mientras miraba a sus compañeras.

Frank no podía decidir dónde mirar. El coño de Mónica subiéndole y bajándole, apretándolo, o las dos chicas desnudas que se tocaban frente a él: dedos brillantes de jugos, gemidos bajos, pechos que se rozaban.

Cada vez que Ana se corría un poco, Lena aceleraba.

Cada vez que Lena abría más las piernas, Ana le metía tres dedos.

Cuando Frank sintió que estaba a punto de corrérsele, Mónica se bajó de inmediato.

Las cuatro se arrodillaron alrededor de él.

Las tres bocas —Mónica, Ana y Lena— se turnaron y se juntaron sobre su pene.

Lenguas, labios, saliva. Frank se corrió en las tres bocas a la vez: chorros densos que ellas compartían, tragaban y se pasaban de una a otra, limpiándolo hasta la última gota.

Todavía duro, Frank se levantó un poco. Se colocó frente a Ana, le abrió las piernas y le rozó la punta del pene contra la entrada de su coño, mirándola fijamente a los ojos.

Entró solo la cabeza, apenas un par de centímetros, y la mantuvo ahí mientras ella se estremecía y se corría de nuevo solo con esa presión.

Luego hizo lo mismo con Lena: la punta dentro, los ojos fijos, y ella también se vino temblando, el coño intentando tragar más.

Mientras tanto Mónica se había sentado en el borde del sofá. Agarró las dos manos de Ana y Lena y las guió hasta su propio coño. Las obligó a meterle los dedos a la vez —cuatro, cinco dedos entre las dos—, y ella misma movía esas manos,

apretándolas, dirigiéndolas, más profundo, más rápido. Se masturbó usando las manos de sus compañeras hasta el final, gimiendo alto, el cuerpo arqueado, hasta que se corrió con fuerza, mojándoles los dedos y las muñecas.

Cuando por fin se calmaron, los cuatro se quedaron allí, sudados, respirando agitado, el salón otra vez impregnado del olor a sexo. Nadie dijo nada durante un rato. Solo se miraron.