Pasión Desatada. Cuando el deseo no conoce límites Capítulo 6 El salón, las amigas y el cine
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Capítulo 6 El salón, las amigas y el cine

El salón del piso de Mónica olía a sexo.

Ella estaba a horcajadas sobre Frank en el sofá grande, completamente desnuda, con el pene de él enterrado hasta el fondo de su coño caliente y empapado.

Se movía despacio, subiendo y bajando, los pechos rebotando con cada embestida, los ojos azules entrecerrados de placer.

Frank, también desnudo, la agarraba de las caderas con fuerza, empujando hacia arriba para penetrarla más profundo, gimiendo bajo cada vez que ella se apretaba a su alrededor.

Las dos compañeras de piso de Mónica — Ana y Lena— entraron desde la cocina con platos de comida en las manos: pan, queso, algo de fruta y dos vasos de zumo.

Se sentaron en el sofá de enfrente como si nada, como si ver a su compañera montada sobre un tío americano mientras follaban fuera lo más normal del mundo.

Empezaron a comer tranquilamente, mirando de vez en cuando.

—Oye —dijo Ana entre bocado y bocado, señalándolos con el tenedor—, ¿queréis venir al cine con nosotras esta tarde? Hay una de esas películas de acción que os gustan y después otra más tranquila. ¿Os apuntáis?

Mónica no dejó de moverse. Tenía el pene de Frank completamente dentro, sintiendo cómo le llenaba, cómo le rozaba

exactamente el punto que la hacía temblar. Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos en el pecho de él, y respondió con voz entrecortada pero clara:

—Sí… claro que sí. Vamos.

Frank, con la cara roja de placer y esfuerzo, asintió mientras seguía empujando hacia arriba.

—Sí… vamos —logró decir, jadeando.

Las dos chicas siguieron comiendo. Lena mordió un trozo de pan y preguntó con total naturalidad:

—¿Qué película preferís primero? ¿La de acción o la más lenta? Y de comer después… ¿pizza o hamburguesas?

Mónica se movía con más ritmo ahora, el coño haciendo un sonido húmedo y obsceno cada vez que bajaba. Frank la penetraba profundo, los testículos golpeándole suavemente el culo.

—La de acción primero… —respondió Mónica, gimiendo un poco—. Y después pizza… sí.

Frank asintió otra vez, perdido en la sensación de estar dentro de ella.

—Pizza… está bien.

Ana y Lena seguían mirándolos mientras comían.

De vez en cuando reían bajito o comentaban algo sobre la película, pero no dejaban de observar cómo Mónica se levantaba casi hasta la punta del pene de Frank y luego se dejaba caer de nuevo, tragándoselo entero.

El salón se llenaba del sonido de piel contra piel, de gemidos contenidos y del roce de cubiertos contra platos.

Al rato, Lena inclinó la cabeza, curiosa:

—De verdad… ¿de dónde sacáis tanta energía? Lleváis así desde que llegamos. No paramos de oíros.

Frank, con el rostro tenso de placer, sacó despacio su pene del coño de Mónica. Salió brillante, empapado de los jugos de ella, duro como piedra, las venas marcadas, la cabeza hinchada y húmeda. Lo sostuvo con una mano y miró a las dos chicas mientras respondía, todavía jadeando:

—Siempre… siempre tengo estas erecciones con Mónica. No se me baja. Desde el primer día.

Ana y Lena se miraron entre ellas,

sonrieron y se levantaron. Se acercaron al sofá. Con total naturalidad, las dos extendieron la mano y tocaron el pene de Frank. Lo palparon, lo pesaron, sintieron lo duro y caliente que estaba, los dedos resbalando un poco por los fluidos de Mónica.

—Hostia… —murmuró Ana—. Está como una roca.

—Sí… impresionante —añadió Lena, dándole un leve apretón.

Mónica, que había estado mirando todo con una sonrisa lasciva, se bajó del sofá de inmediato y se puso de rodillas entre las piernas de Frank.

Sin decir nada, abrió la boca y se tragó el pene entero de un solo movimiento, hasta casi la base.

Empezó a chupar con ganas, la cabeza moviéndose arriba y abajo, la lengua girando, la saliva mezclándose con los jugos de su propio coño.

Ana y Lena se quedaron de pie a ambos lados, seguían comiendo un poco de fruta de los platos que habían traído, y miraban sin apartar la vista cómo Mónica le mamaba el rabo a Frank con dedicación absoluta.

Frank echó la cabeza hacia atrás, gimiendo más fuerte.

Se corrió en la boca de ella a los pocos minutos: chorros densos y calientes que Mónica tragó sin perder ni una gota, chupando y tragando hasta que él terminó de temblar.

Cuando se separó, un hilo de saliva y semen unía sus labios a la cabeza del pene todavía duro.

Frank no se quedó quieto. Empujó a Mónica suavemente hacia el sofá, le abrió las piernas de par en par y le metió dos dedos dentro del coño empapado.

Empezó a masturbarla con fuerza y ritmo, el pulgar rozándole el clítoris, los dedos curvados buscando el punto exacto.

Mónica se arqueó, gimió alto, y se corrió a los pocos minutos, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de él, mojándole la mano entera mientras Ana y Lena seguían mirando y terminando de comer.

Cuando por fin se calmaron un poco, los cuatro se levantaron.

Mónica y Frank se limpiaron a medias, se pusieron ropa rápida (él unos pantalones, ella un vestido sin ropa interior) y salieron del piso juntos con Ana y Lena.

Fueron al cine los cuatro, como si lo que acababa de pasar en el salón fuera solo otra tarde cualquiera.