Capítulo 4 Provocativa
Al día siguiente ella estaba desnuda otra vez, pero esta vez se movía
deliberadamente. Se tocaba los pechos mientras él dibujaba, pellizcando
suavemente los pezones hasta dejarlos duros y rosados. Se pasaba los dedos por el vientre, bajaba hasta el pubis y se abría un poco con dos dedos, mostrando la raja rosada, ya un poco húmeda. Se sentaba con las piernas abiertas de forma provocativa, mirándolo fijamente.
—Mírame bien —susurró—. Dibuja esto. Dibuja cómo me pongo.
Frank temblaba. El pene le latía con fuerza, ya completamente erecto. Ella se levantó, se acercó despacio y se puso de rodillas frente a él, entre sus piernas.
—Saca eso —ordenó con suavidad, pero con autoridad.
Con manos torpes y temblorosas, Frank se desabrochó el pantalón y bajó la
cremallera. Su pene virgen saltó, duro, moreno, grueso, con la cabeza brillante de líquido preseminal.
Mónica lo miró un segundo largo, como evaluándolo, y luego lo tomó entre los labios.
Caliente, húmedo, profundo. Empezó a chupar con ritmo lento, la lengua girando alrededor del glande, bajando hasta la base, chupando con fuerza al subir.
Frank jadeaba, las manos agarradas al sofá, sin saber qué hacer con ellas, los ojos cerrados y abiertos a intervalos.
Nunca había sentido nada igual. El calor de su boca, la presión, el sonido húmedo.
Ella no paró. Aceleró un poco, usó una mano para acariciar sus testículos, y siguió chupando hasta que él se corrió.
La primera vez. Un chorro denso y caliente que ella tragó sin dudar, chupando hasta el final, limpiándolo con la lengua mientras él se estremecía y soltaba gemidos ahogados.
Cuando terminó, se levantó, se limpió la comisura de los labios con el dedo y lo miró.
—Mañana otra vez —dijo—. Y después más. Mucho más. Ya no solo dibujas.