Capítulo 2 A medias
Al día siguiente ella abrió la puerta en ropa interior negra: sujetador de encaje fino y bragas que apenas cubrían lo esencial. Nada más. La luz de la tarde entraba por la ventana y dibujaba sombras suaves sobre su piel clara.
—Hoy a medias —dijo, como si fuera lo más normal del mundo—. Siéntate. Y respira, por favor.
Frank se acomodó otra vez, las manos le temblaban más que el día anterior.
Empezó a dibujar. La tela del sujetador marcaba el contorno de sus pechos, los pezones se adivinaban ligeramente endurecidos por el aire.
Las bragas se le hundían un poco entre las nalgas cuando se giraba de perfil, y la línea de su espalda bajaba hasta el inicio de esa curva perfecta.
Él dibujaba la curva de la cintura, el hueso de la cadera, el comienzo de los muslos, la suave depresión del ombligo.
Cada trazo le costaba. Notaba cómo se le endurecía el pene dentro del pantalón, caliente y pesado, y se cruzaba de piernas, avergonzado, intentando que ella no lo notara.
Mónica lo miró de reojo varias veces. Se movía con deliberada lentitud: se pasaba una mano por el cabello corto, se estiraba, se sentaba un momento con las piernas cruzadas y luego se levantaba otra vez. El encaje rozaba su piel y hacía un leve sonido.
—Relájate, Frank —dijo al cabo de un rato, con voz baja—. Solo estoy posando. Tú dibuja. No tienes que mirarme a los ojos todo el tiempo… aunque me gusta cuando lo haces.
Cuando terminó la sesión, ella se acercó otra vez. Esta vez se inclinó más, y él pudo ver claramente el valle entre sus pechos, la piel suave y el borde del sujetador. El aroma de ella era más intenso.
—Mañana sin nada —dijo, mirándolo directamente a los ojos marrones—. Si aguantas. Y si no, igual. Ya veremos.
Frank salió con las piernas flojas y la mente llena de imágenes que no lograba apartar.