Pasión Desatada. Cuando el deseo no conoce límites
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Capítulo 1 La primera sesión
Frank llegó a la puerta del piso de Mónica con la carpeta de dibujo apretada contra el pecho y el corazón latiéndole como un tambor desbocado.
Era americano, de cuerpo normal, piel morena, pelo corto y ojos marrones.
Muy tímido. Virgen hasta la médula. Nunca había estado a solas con una mujer así, y mucho menos con una rusa alta y segura de sí misma.
Mónica abrió. Rusa, alta, morena de pelo corto, ojos azules intensos que parecían atravesarlo. Llevaba un vestido simple, negro, que le llegaba a media pierna y marcaba apenas la curva de sus caderas.
—Pasa —dijo con acento suave y profundo —. Siéntate donde quieras. Hoy solo ropa. Nada raro.
Frank entró, sintiendo cómo el olor a perfume ligero de ella invadía el pequeño salón.
Se sentó frente a ella en una silla baja, abrió el bloc con manos que le temblaban un poco y sacó el lápiz.
Ella posaba de pie cerca de la ventana, una mano en la cadera, el peso del cuerpo desplazado hacia una pierna, mirándolo con calma absoluta.
Él se concentraba en las líneas del cuello, el contorno de los hombros, la forma de los brazos, la suave caída del pecho bajo la tela, la curva de las piernas.
Cada vez que levantaba la vista y se encontraba con esos ojos azules, sentía un calor subirle por el cuello y el pecho.
Tragaba saliva. No decía nada. Solo dibujaba, trazando y borrando, intentando capturar la elegancia natural de ella.
El silencio se llenaba solo del roce del lápiz sobre el papel y de la respiración de ambos.
Mónica cambiaba de pose cada tanto, girando ligeramente el torso, levantando un brazo, y Frank sentía cómo el corazón se le aceleraba cada vez que la tela se tensaba sobre su cuerpo.
Al final de la hora, ella se acercó despacio a mirar el papel.
Se inclinó un poco, lo bastante cerca como para que él percibiera el calor de su piel.
—Tienes buen ojo —murmuró—. Captas la tensión. Vuelve mañana. Misma hora.
Frank salió casi sin respirar, con la carpeta apretada y una erección incipiente que intentaba disimular bajando la cabeza. En el ascensor se tocó el pecho, aún sin creerse lo que acababa de vivir.