Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Jack sacudió la cabeza con firmeza.

—Tú tenías la responsabilidad de mantenernos unidos, Anna.

Nos protegiste asegurándote de que hubiera algo importante para nosotros por lo que valiera la pena comportarse.

Nos protegiste apareciendo siempre cuando nuestros padres se peleaban y cuando nos peleábamos nosotros.

Todos queríamos ser mejores por ti. Siempre fue tu estándar contigo misma el ser buena para nosotros.

Y nosotros también queríamos estar a la altura de eso.

—Estamos tan jodidos, Anna —susurró Dax, frotándose la cara—. Solo queríamos… hacerte las cosas más fáciles. Dejar de cargarte con toda esa responsabilidad que, sin querer, te echamos encima durante todos estos años.

Anna los miró con fijeza, con una sensación de opresión, pero a la vez dulce llenándole el pecho. No podía creer que pudiera ser así de fácil.

—Todo lo que he querido siempre es formar parte de sus vidas, idiotas.

Antes eran un frente que me protegía de las discusiones de nuestros padres.

¿Por qué creen que empecé aquí? Para ser aceptada por fin en su estúpido club y tomar las decisiones de una vez.

¡ Quiero la responsabilidad! No quiero paz y tranquilidad.

Quiero el estrés que tienen ustedes. ¡Quiero que vengan a mí con sus problemas!

Para así… para así sentir que pertenezco.

—Vaya, Anna. Tú eres la capitana de nuestro club —objetó Jack, avergonzado, y rápidamente rodeó sus hombros con el brazo, atrayéndola hacia él.

—Sí —asintió Dax, perplejo, y la abrazó por el otro lado—. Yo acudí a ti con mis problemas durante diez años. Nadie más sabía nada.

—Y podemos esforzarnos más. Para no… protegerte solo porque eres lo más valioso de nuestras vidas. Deberíamos haberte preguntado qué querías mucho antes.

Ella resopló, pero las comisuras de sus labios se curvaron.

—Me gusta el drama que hay aquí con los Hawks. Sé que querían mantenerme al margen, pero… me siento viva dándome cabezazos con algún idiota del hockey todos los días y recordándole a León que sea humano. Es divertido. Me recuerda… a los buenos tiempos con ustedes.

—Madre mía —gruñó Jack—. Estás tan mal como nosotros, ¿verdad?

Ella se rio.

—Sí. Pero de la mejor manera.

—Dios, bueno. —Dax suspiró—. Pues quédate.

Sinceramente… me gusta tenerte cerca todo el tiempo.

¡Pero no porque pueda vigilarte! —se apresuró a decir cuando ella lo miró con el ceño fruncido—.

Sino porque eres divertida. Y… lo… siento.

Por lo del sábado. No debí gritarte. Moreau dijo que me estaba portando como un idiota y supongo que tiene razón.

Su corazón se encogió. ¿Lucas dijo eso?

—Solo estaba enfadado porque no me habías contado lo de papá y porque… tuviste que ir a verlo sola porque sabías cómo reaccionaría y, no me lo dijiste.

—No estaba sola. Lucas estaba allí —dijo en voz baja.

—¿Lo estaba, de verdad? —contestó Dax con brusquedad.

—Dax… —dijo Jack en tono de advertencia.

—¿Qué? Es evidente que no quiere estar con ella… ¡y eso lo convierte en un idiota!

—Es más complicado que eso —murmuró con un suspiro—. No estoy enfadada con él. No ha hecho nada malo. Así que… ustedes tampoco deberían estar enfadados con él. —Los miró a ambos con seriedad.

—Pides mucho —debatió Dax—. Pero ¡bien! Puede conservar los dientes. De todas formas… —Entornó los ojos—. Pienso ir contigo.

—¿Qué?

—La próxima vez que veas a papá, iré contigo.

Perpleja, parpadeó al mirarlo.

—Pero si lo odias.

—Sí. Pero te amo a ti. Y algunas de las cosas que acabas de decir…

—Gimió por lo bajo y se frotó la frente—.

Tenías razón. Nunca te pregunté qué querías.

Y cuando lo supe, lo ignoré. Como cuando quisiste reconciliarte con Jack.

No fue justo por mi parte. Así que, si quieres perdonar a papá, me parece bien.

Pero sé lo jodidamente duro que debe de ser para ti verle y hablar con él.

No quiero que tengas que hacerlo sola o que… el estúpido Lucas Moreau vaya de héroe.

Ella reprimió una sonrisa. No era eso lo que había pasado exactamente. Pero la idea parecía molestar mucho a Dax… y se lo merecía un poco. Así que guardó silencio.

—Entonces, ¿está todo… bien de nuevo? ¿Entre todos nosotros? —preguntó Jack con cautela. Anna casi podía sentir su incertidumbre irradiando contra su piel.

Su hermano mayor siempre tenía miedo de que las personas a las que amaba volvieran a abandonarle. Pero aquello era un disparate.

—No te preocupes, nunca te librarás de nosotros, Jack —dijo en tono de disculpa—. Dax te incordiará siempre y yo me pasaré la vida contando anécdotas vergonzosas de tu juventud a tus compañeros de equipo.

Jack sonrió.

—Eso puedo soportarlo.

Ella se echó a reír mientras Dax preguntaba:

—¿Que yo incordio? ¿Cuándo?

La carcajada de Jack fue incluso más fuerte que la de Anna cuando la puerta se abrió de nuevo.

—¿Qué es tan divertido? —preguntó Matthew Payne, asomando la cabeza.

—Dax quería saber cuándo es un incordio —comentó Anna con una sonrisa.

Matt resopló.

—¿Es una pregunta con trampa? Porque no hay nunca un momento específico.

Dax puso los ojos en blanco.

—¿Qué quieres, Matt?

—El entrenador quiere a todo el mundo en la Sala de Reuniones B en dos horas.

—¿Por qué? —Jack frunció el ceño.

—No tengo ni idea.

Anna suspiró con cansancio.

—Bueno, pues espero que les vaya bien…

—De eso nada. —La mirada de Matt se dirigió a ella—. Todo el que tenga contacto directo con el equipo. Directiva, equipo médico, fisioterapeutas, incluso la mascota. Todos.

—¿Qué?

Dos horas más tarde, esa misma pregunta parecía rondar por la cabeza de todos mientras se apretujaban en la Sala de Conferencias B, que, aunque grande, resultaba angosta para casi cincuenta personas. Sobre todo cuando se suponía que debían sentarse en un círculo de sillas.

—Madre mía, menuda mierda. —Esto vino de Blake Ford, el segundo portero del equipo, todavía muy joven, de quien Lucas siempre decía que podría llegar a ser brillante si dejara de ser un niñato arrogante.

Melody había estado delante, de lo contrario las palabras habrían sido más fuertes.

Al mismo tiempo, Lucas se alegraba de que el joven as no estuviera listo todavía porque, de lo contrario, le quitaría el puesto.

Por desgracia, Ford no habló lo suficientemente bajo.

—Ford, nada de estupideces —ladró el entrenador Gray, sentado frente al círculo de sillas—. ¡Somos un maldito equipo y no se han comportado como tal en los últimos dos días! En su lugar, no ha habido más que gritos en el vestuario.

—Y ahora en la Sala de Reuniones B —masculló Anna, aunque hundió la cabeza entre los hombros. Al fin y al cabo, ella había sido la causa de todos los gritos.

Jack soltó una risita suave, pero por suerte el entrenador no lo oyó.

Gray miró a su alrededor frunciendo el ceño y luego preguntó en voz alta:

—¿Dónde están Álvarez, Moreau y Fox?

—Todavía en la guardería —dijo Dax—. Ellos…

—Ya estamos aquí —lo interrumpió una voz grave desde el umbral, y un escalofrío recorrió la espalda de Anna.

No levantó la vista. No quería enfrentarse a él.

El solo hecho de oír su voz le revolvía el estómago de una forma terrible, e imaginó que podía sentir su mirada sobre ella y respirar su fragancia.

Se miró las manos y notó por el rabillo del ojo cómo él, León, Fox y Lucy se sentaban en cuatro asientos vacíos justo enfrente de ella.

Genial.

Tragó saliva con dificultad y agradeció poder concentrarse en el entrenador.

—A ver, muchachos —dijo este con brusquedad—, me han dicho que el cincuenta por ciento de mis jugadores se han estado comportando como neandertales. Y todo por culpa de unos cuantos secretos.

Anna se tensó, y ahora no pudo evitar mirar a Lucas… y se estremeció cuando su mirada se cruzó con la de él. La estaba observando fijamente. Ni siquiera prestaba atención al entrenador, solo la miraba a ella.

El nudo de su garganta se hizo el doble de grande y se apresuró a apartar la mirada.

—¡Esto no está bien, chicos! Estamos en medio de las eliminatorias. Nuestra dinámica y nuestra conexión mutua es lo que nos diferencia de otros equipos y lo que nos hará ganar la maldita Stanley Cup. ¡No pasaremos de la segunda ronda si no se llevan bien y confían los unos en los otros!

—Perdone. —Un hombre de traje, sentado excesivamente recto en su silla, que casi con toda seguridad era Gareth Clark, el segundo propietario de los Hawks junto con Penny Clark, inclinó la cabeza pensativo—.

No entiendo por qué tenemos que estar aquí.

—Señaló a su hermana y a Thomas Lyle, el director general de los Hawks.

—¡Me alegra que se haya ofrecido voluntario, Clark! Puede empezar usted —determinó el entrenador con firmeza.

—¿Empezar con qué? —preguntó Clark, irritado.

—¡Contándonos un secreto! ¡No está bien que pasemos todos los días juntos, confiándonos nuestras vidas, pero no nuestros secretos! Ya he tenido suficiente. Vamos a sacar a la luz todo lo que hemos estado ocultando de una vez por todas. ¡Así que, vamos, Clark! Gánate nuestra confianza.

Él arqueó una ceja con frialdad.

—No tengo secretos.

Penny se carcajeó y le dio una palmadita a su hermano en el hombro.

—Qué mentiroso tan ridículo. Pero está bien, Gare.

Te salvaré yo y empezaré porque creo que es una idea fantástica.

Chicos, le dije al chef del equipo que soy alérgica a las coles de Bruselas para que las quitaran del menú.

Pero es mentira. Es que las odio muchísimo.

¡Siento si le he fastidiado la cena a alguien!

Levantó la mano en señal de disculpa.

Algunos se rieron, pero Charkov la miró con aire sombrío. Evidentemente, era un fan de las coles de Bruselas.

—Estupendo —dijo el entrenador—. El siguiente, por favor. ¿Matt?

Matt hizo una mueca y miró a Dax.

—Fui yo quien te rayó el coche. Estaba hablando por teléfono con Maddie y no prestaba atención.

—¡Lo sabía! —respondió Dax, entornando los ojos.

—¿Pero lo perdonarás y podremos seguir adelante? —instó el entrenador.