Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—Es tu maldita hija, Lucas —susurró con urgencia—.

No es tu sobrina. No es una niña cualquiera.

Es tu hija. Y ella quiere que todo el mundo lo sepa.

Odia que los niños digan que no tiene padres.

Claro, la prensa es un asco. Unos cuantos niños le tocarán las narices y su vida se volverá más complicada.

Pero se pasa el día hablando de Anna. ¿Crees que de verdad sería más feliz si siguiera siendo un secreto?

No volvería a ver a Anna y tú vas a ser un desgraciado.

La desesperación afloró en Lucas y entornó los ojos.

—¡No lo sé, Fox! ¡No tengo ni puta idea!

—¡Pues pregúntale!

—¿Qué? —Parpadeó, irritado.

—Nunca le has preguntado a Melody qué es lo que quiere, Moreau.

—Melody no sabe lo que significa para mí hacer pública su existencia —gruñó.

—Tal vez no. Pero igual que Dax y Jack deberían haberle preguntado a Anna lo que ella quería, tú deberías preguntarle a Mel.

—¡Tiene cinco años!

—Y siempre sabe lo que quiere. Explícale lo que significa. Cuéntale qué va a pasar. Deja que ella decida.

Sin decir ni una palabra más, Fox volvió a abrir la puerta de entrada de la guardería, y cuando Lucas no se movió, se volvió hacia él con impaciencia.

—¿Vienes o qué?

—¿Se supone que tengo que preguntárselo… ahora mismo?

—¿Cuándo si no? —Fox sacudió la cabeza con compasión, como si Lucas estuviera especialmente lento ese día. Era apropiado, porque así era como se sentía. Muy lento.

Siguió a Fox de vuelta al interior de la guardería con un zumbido llenándole la cabeza que no era capaz de identificar ni de apagar.

—¡…y por eso los unicornios son una mierda! —concluyó León con naturalidad justo cuando la puerta se cerraba tras ellos. ¡Dios mío!, ¿pero qué demonios?

Melody abrió mucho los ojos.

—No se permite decir mierda.

—Lo siento. Por eso los unicornios son una porquería total.

Ella sacó el labio inferior.

—Pero a mí me gustan los unicornios.

—Bueno, en eso te equivocas —explicó el jugador con paciencia.

Fox soltó una risita.

—Vamos, León. Aunque esta conversación parece importante, es hora de entrar. Moreau tiene que hablar de algo con Melody.

Antes de que el pívot pudiera protestar, Fox tiró de él hacia la puerta por la que Lucy aún no había regresado.

—¿Quién es Melody? —preguntó Álvarez, todavía confundido, y entonces se marcharon.

Mel se sentó bajo su símbolo de animal en el banco del vestuario y suspiró.

—¡León sabe muuuuy poco de arte! —afirmó con seriedad—. ¡Ni siquiera reconoció mi nube! ¡Y creyó que mi sierra era un unicornio!

—Bueno, es que no ve muy bien —murmuró Lucas con una sonrisa, y se sentó a su lado—. Oye, Mel… Te cae bien Anna, ¿verdad?

—¡La quiero! —contestó con entusiasmo.

Su sonrisa se ensanchó.

—¿Te gustaría que ella… viniera mucho por casa?

A Melody se le iluminaron los ojos.

—¿Entonces es tu novia después de todo?

Cielos.

—Todavía no, no —murmuró.

—¿Pero te gustaría que lo fuera?

—Yo… —Tragó saliva—. Sí, me gustaría.

—Entonces pídeselo.

Casi se echa a reír. A sus ojos, todo era tan sencillo.

—Mel, el caso es que, si ella fuera mi novia, mucha gente se interesaría de repente por nosotros. Y por ti. Habría reporteros. Nuestra vida sería… más difícil de lo habitual durante un tiempo.

—Bueno —contestó pestañeando, con el ceño fruncido—. ¿Estarías fuera más a menudo?

—No.

Exhaló con alivio.

—¿Qué sería más difícil entonces?

—Puede que algunos niños fueran malos contigo.

—Ah. Pero… —Tragó saliva antes de susurrar como si revelara un secreto—, algunos ya son malos.

Él apretó los dientes.

—Lo sé. Pero a lo mejor se volverían… todavía más malos. Y la gente intentaría hacerte fotos…

—A mí me gustan las fotos.

—Sí, pero... podrías asustarte a veces.

Ella lo miró y él supo que no entendía de qué le estaba hablando. Estaba a punto de explicárselo de otra manera cuando ella dijo:

—No tengo por qué tener miedo.

Él enarcó las cejas con sorpresa.

—¿No?

—No. —Sacó el labio inferior—. Porque… mami dijo que nunca tengo que tener miedo. Aunque ella no esté. Porque te tengo a ti.

Los ojos empezaron a escocerle y se le encogió el pecho.

—¿Ella dijo eso?

—Sí. Dijo que tú cuidarías de mí.

—Lo haré —susurró con seriedad—. Siempre.

—Entonces no tengo miedo —contestó con ligereza, dando un salto y tirando de su mano—. ¿Puedes entrar ya? Quiero presumir de ti delante de todos.

Lucas se le quedó mirando mientras dejaba que lo arrastrara hacia la sala del grupo. Para ella era tan fácil, ¿verdad? Confiaba en que él haría lo correcto. En que cuidaría de ella.

Cruzaron la puerta y veinte niños levantaron la vista.

—Este es Lu —anunció Mel con orgullo—. Es rico y jugador de hockey, y es mi familia.

Un niño moreno se levantó de su silla y puso los ojos en blanco.

—¡Mentirosa! No tienes familia. Ni mamá ni papá.

A Lucas se le cerró la garganta al ver que a Melody le brillaban los ojos. Y cuando ella se volvió hacia él y lo miró a la cara, buscando ayuda, sintió que su mirada le atravesaba su maldita alma.

Ella no sabía en lo que se estaba metiendo, pero sabía lo que este preciso momento significaba para ella.

—Por supuesto que tiene papá —anunció en voz baja, hincando las rodillas junto a ella y rodeándola con sus brazos—. Ese soy yo.