Capítulo 24 #2
Lucy y Dax, sin embargo, se limitaron a mirarlo con fijeza. Lucy estaba conmocionada, y Dax…
—¿Qué? —Estaba confundido. Ofendido. Dolido. Sí, quizá esa era la palabra—. Pero no es así. No nos debe nada. Es brillante. Todo lo que ha conseguido es gracias a ella misma.
—Eso ya lo sé —espetó Lucas—. No hace falta que me lo digas.
Dax palideció y lo miró como si hubiera visto un fantasma.
—¿Ella te dijo eso? —murmuró—. Mierda. —Entornó los ojos—. ¿Cómo es que sigo siendo yo el idiota? —Miró a Lucy buscando ayuda—. ¡Pensé que me habías curado!
Lucy se rio.
—Soy tu novia, Dax, no hago milagros.
—Joder —susurró, dedicándole a Lucas una última mirada antes de desaparecer por la puerta, pasando de largo los casilleros.
Lucy le vio marchar y suspiró.
—Maravilloso. Pues ya solo quedamos cuatro. Esperen aquí, ¿sí? Les avisaré de que estamos listos. —Dicho esto, salió disparada en la dirección opuesta.
Fox se limitó a negar con la cabeza y León lo miró boquiabierto.
—Tienen razón. Eres un misterio.
Lucas resopló cuando la puerta por la que acababa de desaparecer Lucy volvió a abrirse. Pensó que la asesora de Relaciones Públicas había regresado, pero en su lugar, Melody entró en el guardarropa.
—Los escuché. Estaban gritando mucho —dijo con una sonrisa, abrazando las piernas de Fox y luego las de Lucas antes de susurrar con seriedad—: Hoy es el mejor día de mi vida. Porque los dos están aquí. ¡Y yo los conozco, pero nadie más lo hace, y son superfamosos y ricos!
Lucas se rio y le acarició la cabeza.
—Todo eso es correcto.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿Anna también viene? —Ladeó la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Dijo que es tu compañera. Y tú dijiste que traerías a compañeros contigo.
—No —masculló, ignorando el dolor en el pecho mientras se agachaba junto a ella.
—Oh. —Adelantó su labio inferior con decepción—. Pero quiero darle el dibujo. —Le puso un papel delante de la cara para que pudiera examinarlo.
Se parecía un poco al dibujo que le había hecho a él hacía unos meses; solo que esta vez mostraba cuatro figuras de palitos deformes con el pelo oscuro. Tres estaban de pie sobre una superficie azul claro, y la cuarta estaba de nuevo sobre una nube azul con ojos.
—¿La nube es tu mamá? —preguntó con suavidad.
Melody asintió.
—Sí. Y ese eres tú. —Señaló al muñeco más grande de todos…
el que no parecía gruñón. Estaba sonriendo—.
Esa soy yo y esa es Anna —dijo, señalando las figuras restantes—.
Estamos patinando sobre hielo y divirtiéndonos.
Y esa es la sierra de Anna. —Señaló una mancha gris en el borde del dibujo en la que él no se había fijado.
Él se quedó mirando fijamente a la figurita que se suponía que era Anna.
Los ojos se le escocieron como si alguien le hubiera pasado la sierra de ella por ellos.
Mierda. Melody se había acostumbrado a ella en pocas semanas. La echaba de menos cuando no estaba. Otra persona más que se había ido de su vida.
Y nadie sabía mejor que él cómo se sentía. Se apretó los ojos con la mano y respiró hondo, tratando de serenarse. No quería derramar ni una lágrima delante de la niña que se había convertido en su vida entera en cuestión de un año. Que no era la única que se había acostumbrado a Anna.
Él se había acostumbrado a su risa cuando él daba una respuesta monosilábica. A su rostro serio pero feliz cuando hablaba de su trabajo, que amaba más que a nada. A su suspiro en su oído. A la calma que irradiaba cuando él no lograba encontrarla.
Y la había dejado marchar. Tenía que dejarla marchar.
¿Qué demonios se suponía que debía hacer?
La garganta se le cerró. Sentía el pecho como una masa de órganos sueltos, chocando entre sí sin control como si estuviera sentado sin cinturón en una maldita montaña rusa.
—Joder —susurró.
—¡Lu! —Melody abrió mucho los ojos—. No puedes decir eso. —Miró a su alrededor, asustada y frenética, como si temiera que él fuera a dejarla mal delante de su profesora.
—Lo siento, Mel, yo…
«…estoy hecho un desastre».
—Bueno, Moreau, salgamos un minuto —murmuró Fox con suavidad, apretándole el hombro—. Porque con esa cara, no solo asustarás a los niños, sino a mí también.
Él tragó saliva y sacudió la cabeza.
—Yo…
—Melody —llamó Fox, ignorándolo—, este es León. Le encantan los dibujos. ¿Puedes explicarle qué colores has usado y por qué? Lu y yo tenemos que hablar de una cosa.
—Me encantaría —respondió la chiquilla con entusiasmo, tirando de la manga de León, que la miró abrumado—. Primero, ¿cuál es tu color favorito?
Moreau no oyó la respuesta de Álvarez porque Fox ya lo estaba empujando por la puerta hacia el patio delantero.
—Joder —susurró de nuevo. Tenía que recomponerse. No sabía por qué le resultaba tan difícil. Nunca antes había tenido problemas con eso. Él…
—¿Qué demonios pasó, Moreau? —preguntó Fox con urgencia.
—Anna y yo lo hemos dejado —respondió con frialdad, pasándose ambas manos por el pelo.
—Eso me lo imaginaba, lo que no entiendo es… ¿por qué? Te di mi visto bueno.
—¿Tú… qué? —Miró a su mejor amigo, irritado.
—Bueno, dije «bien» cuando cediste, ¿verdad? Sinceramente me alegré por ti, amigo. Era obvio que sentían algo el uno por el otro y que no era solo sexo. No te habrán asustado en serio Temple y West, ¿verdad?
Lucas soltó una carcajada vacía. Como si fuera eso.
—No se trata de eso.
Fox enarcó las cejas.
—¿Entonces de qué se trata? Y si empiezas con esa mierda de que no tenían ese tipo de relación , te pego un puñetazo. Porque, joder, cuando me dijiste por qué te habías acostado con ella, por un momento pensé: «vaya, así que esto es el amor a primera vista».
Los músculos de la mandíbula de Lucas trabajaban incesantemente mientras bajaba la vista hacia las malas hierbas que crecían entre sus pies.
«Amor a primera vista».
¿Era eso? No lo sabía. Y no tenía interés en ponerle un nombre, en definirlo con una frase o incluso con una sola palabra, porque lo que sentía era demasiado grande para eso.
—No… no somos el uno para el otro. Es demasiado drama —masculló.
Fox parecía a punto de darle una bofetada.
—¿Pero qué te pasa, Moreau? No puedes ser tan estúpido.
Ella es especial y lo sabes. —Obviamente, sí, lo sabía—.
No hablas con nadie de tus sentimientos.
¿Eres consciente de ello? Con nadie. Ni conmigo.
Ni con Hazel. Joder, nos conocemos desde hace diez años, Lucas, y todavía se me hace raro llamarte Lucas.
Frunciendo el ceño, se restregó las manos por la cara.
—Lo sé. No soy… abierto ni nada de eso. No soy como Anna. Ni como el tipo que ella busca.
—No estoy diciendo eso, Moreau —replicó Fox con tono duro—.
¡Digo que ella es lo que jodidamente necesitas!
¡Hablaste con ella! Con Anna, compartiste algo más que…
¡oh, Dios!, me odio por decir esto, pero compartiste más que tu cuerpo con ella.
Le diste algo más que migajas, que es lo que recibimos los demás.
Lucas apretó los labios.
—No se trata de mí.
Fox resopló.
—¿Y por qué no va a tratarse de ti por una vez?
Tus padres y tu hermana estaban metidos en sus propias movidas.
Tú no hablas, no llamas la atención y eres reservado.
Pero eso no significa que no merezcas encontrar a alguien que te haga sentir que puedes abrirte.
¡Acepta de una vez que ella te ama! ¡Porque, joder, lo hace! Todos lo vimos ayer.
Inspiró profundo y exhaló.
—Lo sé —dijo con irritación.
—¿Entonces cuál es tu problema?
—Melody, ella…
—Oh, venga ya. No la uses como excusa. No pasa nada porque algo más que Melody y el hockey te haga feliz, Moreau. No pasa nada por querer más.
—¡Lo sé! —estalló—. Pero si Anna y yo estamos juntos y la prensa se entera, ¡que es lo que pasará, joder!, se enterarán de lo de Melody. De repente se interesarán por mí, todo se complicará y ella recibirá demasiada atención.
—Sí. Tal vez —respondió Fox con calma.
—¡Qué bien que los dos entendamos que no es posible! —gruñó.
—Eh, sigo sin captarlo.
Atónito, se quedó mirando a su amigo.
—Melody...