Capítulo 24
Capítulo Veinticuatro
Vigésimo cuarto encuentro
— Parece… el final, ¿verdad? —murmuró Anna, señalando la ventana con la cabeza.
Lucas siguió su mirada hacia las nubes oscuras que teñían el cielo de negro.
—Los finales y los principios suelen ser lo mismo. Así que, quizá sea un principio —respondió con calma.
L ucas se marchó.
Ya no estaba de humor para celebraciones. No quería ver a nadie más que a Melody.
Jamás en su vida había odiado tanto que otra persona tuviera razón. Jamás había odiado tanto que él estuviera equivocado. Quería que Anna mintiera. Quería oír que podían seguir como antes. ¿Para… siempre? Sí, siempre parecía un tiempo razonable. Siempre quizá fuera casi suficiente.
«Superaré el hecho de que no me ames».
Odiaba a Anna por aquellas palabras, por ponerlas en su boca.
Pero no tanto como la honestidad que había tras ese «Te amo.
Lo sabes. Yo lo sé». Porque le creía. Su cuerpo le hablaba a ella.
Y, a su vez, el rostro de ella le hablaba a él.
No lo había sabido. Solo había imaginado lo que sería ser amado por una mujer como Anna.
Pero en su mente, no había sido tan jodidamente trágico y no le había dolido tanto. Fox lo llamó. Temple lo llamó. West también. Joder, hasta León.
Los ignoró a todos. Ignoró a Hazel, que lo felicitó por su victoria y le contó lo que ella y Melody habían hecho esa tarde. Se limitó a darle las gracias y decirle que estaba cansado. Subió a ver a Melody… que estaba dormida.
Dormía profundamente, abrazando el águila de peluche contra su pecho.
Desde hacía unas semanas le resultaba más fácil conciliar el sueño.
Sin él. Eso era bueno. Pero, al mismo tiempo, deseó que siguiera despierta, que rodeara su cuello con sus delgados brazos y le recordara por qué estaba bien haber dejado marchar a Anna.
Por qué tenía que ser así. Por qué no tenía otra opción.
Melody valía la pena. Lo valía todo.
Pero eso no significaba que no sintiera como si alguien le hubiera reemplazado el corazón por un globo lleno de clavos.
—Oye, he pensado… que hablaría contigo a solas un minuto antes de entrar. —Lucy se retiró el pelo de la frente con nerviosismo y consultó su reloj—. Ya sabes… de asesora de Relaciones Públicas a jugador. De novia de Dax a… ti .
Nadie había pronunciado nunca esa palabra con tanto aire de reproche, pero Lucas no tenía ni el temple ni la energía para decírselo a Lucy.
No tenía ganas de hablar con ella en absoluto.
Había dejado a Melody en la guardería solo para volver una hora después y ser recibido por ese manojo de nervios pelirrojo llamado Lucy.
Estaba soltando un jadeo tras otro como si estuviera corriendo un maratón o lidiando con una situación de relaciones públicas desgarradora.
Joder, es que sí era una situación de relaciones públicas desgarradora.
Lucas levantó una ceja y se cruzó de brazos en silencio. Era una de esas situaciones que ninguna cantidad de palabras podía mejorar, así que lo dejó pasar.
—Está bien, escucha. Seré sincera: me sorprendió bastante cuando Dax entró hecho una furia y me informó de que eras el novio secreto de Anna.
—Hinchó las mejillas—. De todos los jugadores, de ti es de quien menos sé porque eres increíblemente reservado.
Pero de verdad siempre pensé que tú… —Frunció el ceño y ladeó la cabeza—, eras casi el hombre más leal que el mundo podía ofrecer.
—Perplejo, abrió la boca—. Sí, tal vez sea cierto —continuó ella—.
Es lo que me dijo Fox. Que odias el drama.
Que no querías molestar a nadie. Que… simplemente pasó.
Ya. Tal vez había pasado, aunque eso sonaba demasiado simplista para todos los sentimientos que se agitaban en su pecho, cada uno compitiendo por ganar el oro en una pelea de lucha libre.
—Lo que me lleva a creer que tú… ¿amas a Anna?
¿Que arriesgaste todo este revuelo porque ella te importa de verdad?
—Su mirada se suavizó—. Si ese es el caso, desde luego no habría ningún problema si quisieran estar juntos.
No hay reglas estrictas respecto a las relaciones entre los médicos del equipo y los jugadores, y puedo hablar con Dax y Jack.
También podríamos mantenerlo en secreto durante los playoffs para que…
—Ya no es un problema —la interrumpió con brusquedad. La conversación era irrelevante, y no quería oírla. No le servía de nada lo que la gente pensara, ni siquiera lo que él sentía.
«Superaré el hecho de que no me ames».
La mandíbula le crujió.
—Oh. —Los ojos de Lucy se abrieron con sorpresa mientras Lucas entrecerraba los suyos.
Había dado por hecho que Anna se lo había contado.
A sus hermanos, a sus amigos…—. Ya veo. —Ella lo miró—.
¿Por qué? —Permaneció en silencio porque no era asunto suyo—.
Ah —concluyó por sí misma—. Eso lo explica, al menos.
—¿Explica qué?
—Bueno, tienes un aspecto agotado.
—Gracias —respondió a secas.
No había dormido, pero se había mirado al espejo. Sabía qué cara tenía.
Lucy sonrió en son de disculpa y exhaló por centésima vez.
—Así que, sobre…
—No voy a pelearme con Dax.
Ella se rio.
—No, claro que no. Se portará bien. Habrá niños presentes. Eso… —Frunció el ceño—. Eso espero que lo contenga. Pero has dicho que tu sobrina asiste a este parvulario.
«Sobrina». Era la verdad. Era la palabra adecuada para describir a Melody. Pero en ese momento, la odiaba.
Él se limitó a asentir y se frotó el pecho, donde había comenzado un dolor sordo y palpitante.
—¿Te importaría si hiciéramos algunas fotos tuyas con ella…?
—Me importaría —espetó en tono tajante—. Ella no saldrá en ninguna fotografía. —Sus palabras fueron quizá un poco demasiado frías y amenazadoras porque Lucy dio un paso atrás sorprendida, pero no le importó.
—De acuerdo. Ven conmigo entonces. Los demás ya están dentro.
Con «dentro» se refería al guardarropa de los niños que, en su opinión, siempre había parecido el interior de una casa de muñecas.
Todos los bancos eran tan bajos que apenas parecían elevarse por encima de sus tobillos, y animales de colores marcaban el perchero de cada niño.
El de Melody era el águila. Había intercambiado un paquete de crayones de cera con uno de los otros niños para conseguirlo.
Se había sentido tan jodidamente orgullosa cuando se lo contó: «¡No me importaban los crayones! Así que gané».
—Vaya, hola, idiota —le saludó Dax con indiferencia, con las manos en los bolsillos y una mirada tan dura como lo sería el puño de Lucas si aterrizara sobre ella, si no borraba esa expresión de su rostro.
Lucy gruñó.
—¡Dax! ¿Qué te dije?
—Me contuve. Iba a decir «hijo de puta» —respondió su novio con frialdad.
Genial.
Lucas lo ignoró porque cualquier cosa que quisiera decirle a Dax podría terminar en una pelea. Esquivó la mirada de Fox, que era… de preocupación —¿pero qué carajos?— y se posó en León, que solo parecía furioso.
—¡Te odio un poquito, lo sabes, ¿no?! —exclamó con incredulidad—. No es justo. Tú te follas a Anna, ¿pero yo no? ¿Qué tienes tú de diferente? —Puso la mano en el hombro de Lucas y lo miró a la cara como si pudiera encontrar allí la respuesta a su pregunta.
—¿León? —gruñó con frialdad.
—¿Sí?
—Quita la mano de mi hombro antes de que te la rompa.
—Vaya, hombre, hoy todos están hechos unos imbéciles, ¿eh? —espetó molesto, pero lo soltó.
—León, déjalo —espetó Fox con voz sombría.
—¿Qué? No es justo que se la esté tirando…
—A nadie le está permitido tirársela —gruñó Dax—. Y menos que a nadie a ti.
—Dax… —la voz de Lucy era algo más que una advertencia.
—¡No! ¡Es una puta traición, Lucy! Todo el mundo lo sabe. Moreau y yo llevamos cinco putos años juntos sobre el hielo. ¡Es mi puto amigo y ha seducido a mi hermana a mis espaldas!
Lucas resopló.
—¿Vives en el siglo dieciocho, Temple? —susurró. Su voz era peligrosamente suave.
La expresión de su compañero se ensombreció mientras daba un paso adelante.
—Más vale que te calles, Moreau. La única razón por la que no te he tumbado todavía es porque te necesitamos consciente si queremos ganar la Copa.
—No tienes motivos para tumbarme —respondió con calma. Al fin y al cabo, él y Anna eran hermanos, y sospechaba que a Dax le molestaría pegarle tanto como le molestaría a ella.
—¿Que no los tengo? —Dax apretó los dientes—. ¡Anna desapareció ayer sin avisar! Ignora mis llamadas. No quiere hablar conmigo. No abre su puta puerta. ¡Y te echo la puta culpa a ti! —dijo con voz amenazadoramente baja—. Anna y yo nunca discutimos. No de verdad. Antes de que ustedes dos…
—Espera un momento, Dax —lo detuvo con brusquedad.
Cuanto más hablaba con él, más se enfadaba—.
¡Deja de atribuir el comportamiento y los deseos de Anna a cualquier persona que no sea ella misma!
Porque lo que estás diciendo es una idiotez.
—Sus pies chocaron con los de él mientras lo miraba con furia—.
Anna estaba agotada y sobrepasada por el trabajo como para discutir contigo.
Tenía demasiadas ganas de complacerte. Cree que te debe el tolerar tu puto comportamiento intrusivo.
¿Por qué vas a estar enfadado conmigo cuando parezco ser la única maldita persona que se preocupa por lo que ella quiere?
No por lo que te conviene a ti. Tú eres el que debería estar pidiéndole perdón a ella. Yo no hice nada malo.
Los ojos de Dax se abrieron con incredulidad.
—Qué demonios…
—No he terminado todavía —lo volvió a cortar—.
Se mudó a Los Ángeles por ti. Nunca tuvo tanto contacto con Jack como quería por tu culpa.
Guardó diez mil secretos por ti. Y se sintió increíblemente culpable por tener contacto con su padre por tu culpa.
Y siendo sinceros, Temple, ¡no se merece sentirse mal porque tú no seas capaz de preguntarle qué es lo que quiere!
Solo porque ella siente que te debe todo lo que ha logrado a ti y a Jack.
—Vaya —susurró León—. No sabía que Moreau conocía tantas palabras.
—Te sorprenderías —respondió Fox.