Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Capítulo Dieciocho

Decimoctavo encuentro

— Creo que el cacao es la mejor bebida. Claro, el café tiene cafeína, pero seamos sinceros: ninguna bebida a la que tengas que acostumbrarte puede ser la mejor. El vino me da dolor de cabeza. El gin-tonic es, supongo, el segundo después del cacao. Pero… sí. El cacao. Perdona, ¿cuál era tu pregunta?

Lucas enarcó las cejas.

—¿Quieres un poco de agua?

A nna no había creído que su estado de ánimo pudiera mejorar ese día, pero ver a Lucas fracasar jugando al billar la hizo reír más de una vez, sobre todo porque soltaba tantos insultos que Melody se habría tapado los oídos espantada.

Le ganó dos veces antes de que él la invitara a cenar diciendo: «Eres libre de pagarte lo tuyo, ¿pero sabes cuánto gané el año pasado? », y los llevara de vuelta al hotel.

No hablaron de su padre, ni de lo estúpida que se sentía por haber tenido la esperanza de que él hubiera cambiado. Quería alegrarse de que, al parecer, tuviera un trabajo, pero el mensaje sonaba a excusa, como si de repente le hubiera dado miedo verla.

No hablaron de eso porque no había nada que Lucas pudiera decir para arreglarlo. Él parecía saberlo, así que no dijo gran cosa; sin embargo, la reconfortó con su presencia, haciéndole saber que no estaba sola. Y a veces eso era todo lo que uno necesitaba.

Sus habitaciones estaban en la misma planta, que milagrosamente estaba desierta cuando regresaron poco antes de las nueve.

Tanto Jack como Dax le habían enviado mensajes preguntándole dónde estaba.

Podía pasarse por sus habitaciones siempre que fuera antes de las nueve, para que nadie se saltara el toque de queda del entrenador.

A Lucas, por lo visto, no le importaba la norma.

—Bueno, pues… —murmuró cuando llegaron a la puerta de Lucas—. Gracias de nuevo. Por todo.

Él no le hizo caso. Miró a su alrededor, echando un vistazo precavido a derecha e izquierda antes de abrir la puerta, cerró los dedos sobre los de ella con suavidad y, al momento siguiente, tiró de su mano hacia el interior de su habitación.

Perpleja, tropezó en el recibidor y dejó que la empujara hacia dentro sujetándola por los hombros.

Su habitación era igual que la suya: muebles de madera de abedul pálida, un cuadro voluminoso de un cactus sobre la cama de matrimonio y una encimera con una cafetera encima.

Por supuesto, su mirada se detuvo en la cama.

Suspiró y miró con ansiedad por encima del hombro.

—Lucas, no me apetece… bueno, ya sabes —dijo—. Yo…

—¿Bueno, ya sabes? —Él la miró, irritado, como si la idea ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza—. No vamos a acostarnos, Anna. Somos amigos , ¿recuerdas? Los amigos no tienen sexo.

Asombrada, abrió la boca.

—Bien, entonces ¿qué estoy haciendo aquí?

Él frunció el entrecejo y se quitó los zapatos.

—¿En el mundo? Soy jugador de hockey, no filósofo. ¿Yo qué voy a saber?

Ella resopló divertida.

—En tu habitación.

Él suspiró y se frotó la barbilla.

—He pensado que quizá no querrías estar sola —respondió en voz baja.

A ella le dio un vuelco el corazón.

—No, no quiero estar sola —susurró.

—Bien. —Asintió, rascándose la nuca—. Por eso estás aquí.

—Pero… ¿no prohibió el entrenador que llevaran a nadie a sus habitaciones esta noche? —preguntó nerviosa—. Se lo dijo a todo el mundo, así que los delataríamos si se saltaran sus reglas.

Lucas apenas sonrió, haciendo que los músculos de la parte inferior del abdomen de ella se agitaran.

—¿Vas a delatarme, Anna?

Las comisuras de sus labios temblaron.

—Hm, si me sobornas, puede que mantenga la boca cerrada.

Él asintió como si la petición fuera más que justa.

—No tengo helado, pero la cafetera hace chocolate caliente.

—Con eso me basta —contestó con seguridad—. El chocolate caliente es la mejor bebida.

—Lo sé, Anna —murmuró divertido, dándole la espalda para trastear con la máquina.

Él lo sabía, ¿pero se lo había dicho ella alguna vez? No lo recordaba.

—¿Siempre te has saltado las normas con tanta temeridad, Lucas?

—Nunca. Odio saltármelas. Suele traer problemas.

Debería habérselo imaginado. Y, sin embargo, allí estaba ella sentada en su cama.

—Yo tampoco me había saltado las normas antes. Tenía demasiado miedo de que el instituto llamara a mis padres y tuvieran que ir a una reunión. —Se quitó los zapatos y se deslizó más arriba en el colchón.

—Ah, ¿así que te acostaste conmigo para compensar tu juventud inocente?

—Sabes que yo podría acusarte de lo mismo —replicó, riendo.

—No, me acosté contigo porque no pude resistirme a ti, no porque fueras algo prohibido —afirmó con naturalidad—. Y me sigue resultando difícil. Por eso no quería ser tu amigo.

Mientras un escalofrío recorría la espalda de Anna, ella se puso una almohada en el regazo y la apretó contra su estómago, que había empezado a revolverse.

—¿Qué cambió?

—Nada.

Anna se mordió el labio. Tenía razón. A ella todavía le resultaba difícil resistirse a él. Hoy todavía más. Lo que la asustaba era que no estaba hablando de sexo en absoluto.

Se quedaron en silencio un rato. Anna se tapó las rodillas con la manta y se quedó mirando la espalda de Lucas. Podría haberse quedado horas haciendo solo eso mientras colgaba su chaqueta y trasteaba con la máquina. Vaya, a él se le daba bien apretar botones… Dios, era ridícula.

—Lucas, gracias.

—Ya lo has dicho.

Sí, pero sentía que hoy no podía decirlo lo suficiente.

—Aun así, yo…

—No tienes que darme las gracias —la interrumpió—. Hace que cosas que deberían darse por sentadas parezcan especiales.

Pero era especial. Él la hacía sentir que todo estaba bien, a pesar de que hacía unas horas tenía ganas de llorar. Además, nunca antes la había invitado a su casa ni a su habitación. ¿No se daba cuenta de eso?

Sin embargo, no lo dijo en voz alta. Se recostó contra el cabecero y lo observó colocar una taza bajo la cafetera. Por la forma en que su espalda se tensaba y se relajaba, su cuerpo le estaba hablando de nuevo.

—¿Por qué estás nervioso? —preguntó, sorprendida. Habían pasado las últimas cinco horas juntos y él no había estado nervioso ni un minuto. Habían dejado claro que no se iban a acostar, y simplemente estuvieron en silencio con relativa comodidad. No había nada que lo inquietara.

Anna esperaba que él la contradijera, que afirmara que se equivocaba, pero por centésima vez ese día, la sorprendió.

—No sé si lo estoy haciendo bien —declaró con dureza.

—¿El chocolate caliente? Estoy bastante segura de que lo único que tienes que hacer es pulsar un botón.

Él negó con la cabeza.

—Consolarte.

Atónita, abrió la boca. Seguía de espaldas a ella, por lo que podía verlo acariciarse inquieto la parte posterior del cuello.

—¿A qué te refieres? —preguntó con suavidad.

Él se giró, se cruzó de brazos y se apoyó contra la encimera, con la mirada fija en su rostro como si fuera un libro difícil de entender.

—Anna, no se me da bien expresar lo que quiero decir con claridad —murmuró, frotándose la frente—.

Lo que pienso, lo que… siento. Y este día de mierda…

no puedo mejorarlo con mis palabras. Lo sé.

Porque las palabras no hacen lo que yo quiero.

No puedo darte consejos ni crear una manta con palabras para envolverte los hombros…

o lo que sea que haga la gente en estas situaciones.

Solo puedo… estar ahí. ¿Entiendes? —Frunció el entrecejo—.

Y no estoy seguro de si eso es lo que quieres o necesitas. De si es… suficiente.

Una calidez le recorrió el pecho, filtrándose en cada uno de sus huesos.

Hizo que le ardieran los ojos y le hormigueara la piel.

¿Cómo podía ser tan inteligente, entender tanto sin que ella dijera una palabra y, sin embargo, no darse cuenta de que no importaba lo que hacía, sino su deseo de hacer algo?

No necesitaba palabras de ánimo. Con alguien que la escuchara cuando quería hablar y que se saltara las normas por ella para no tener que estar sola era más que suficiente.

—Es exactamente lo que quiero —susurró, sonriendo—. Y más que suficiente. Se te da bien consolarme.

La tensión en los hombros de él apenas se relajó y bajó la mirada. En un abrir y cerrar de ojos, Anna tuvo la sensación de que era… tímido. De que quizá no tuviera la seguridad en sí mismo que todo jugador de hockey proyectaba.

Luego asintió con rigidez, se volvió hacia la cafetera y dijo:

—Bien. —El momento había terminado.

Se quedaron en silencio de nuevo, pero el silencio no era ni la mitad de malo con Lucas allí. Su silencio no significaba que no hubiera nada que decir: significaba que no hacía falta decir nada.

—Quiero llamar a Melody, ¿te parece bien? —murmuró mientras dejaba el cacao en la mesita de noche—. Ya debería estar dormida, pero no lo estará.

Sí, recordaba a Melody luchando contra el sueño antes de que Lucas regresara.

—Claro. Dale saludos de mi parte, ¿de acuerdo?

Él asintió, sacó el móvil del bolsillo y frunció el ceño por un breve momento. Su mirada se desvió hacia el pasillo.

—Ah, perdón. —El calor le subió a las mejillas y se incorporó más—. ¿Quieres que me vaya un momento? ¿Quieres estar solo?

Él se limitó a negar con la cabeza y se sentó a su lado en la cama, lo bastante lejos para que sus hombros no se tocaran, pero lo suficiente cerca para que pudiera sentir el calor de su cuerpo y respirar su aroma a miel.

Anna se recostó de nuevo en la almohada y cerró los ojos. Era agradable estar sentada aquí y no estar sola. Saber que Lucas no tenía expectativas sobre ella. Que podía quedarse o irse y no haría nada malo.

—Hola, mamá —dijo él con su voz tranquila, aunque sonaba más apagada de lo habitual—.

¿Cómo van las cosas? —Anna oyó que una voz le contestaba, pero no pudo distinguir las palabras—.

Mamá, no tiene por qué comer espinacas si come otras verduras que no sean verdes en su lugar…

No, no creo que sea por mi mala educación.

Su voz sonaba tensa e, intuitivamente, Anna alargó la mano hacia él.

Entrelazó sus dedos con la mano libre de él y la apretó con suavidad.

Hubo un sonido de roce y podría jurar que Lucas la estaba mirando.

Pero mantuvo los ojos cerrados y acarició el dorso de su mano con el pulgar… hasta que él le devolvió el apretón.

—¿Puedo hablar con ella, por favor? Gracias.

Anna reconoció el momento exacto en que su madre le pasó el teléfono a Melody porque Lucas se relajó al instante. Se deslizó por el cabecero de la cama de modo que su hombro rozó el de ella, y un pequeño suspiro de alivio escapó de sus labios.

Anna sonrió. Puede que Melody no fuera su hija biológica, ¡pero Dios mío, era todo un padrazo!

—Hola —comenzó él con voz dulce—. ¿Estás bien?

Luego no habló durante un rato porque estaba escuchando. Melody debía de tener mucho que contar, lo que de vez en cuando le arrancaba una risa suave y luego otro suspiro. Seguía sosteniendo su mano y, como el contacto no le bastaba, porque quería más cercanía, apoyó la cabeza en su hombro.

Él podría haberla apartado si no quería eso, pero no se movió. Simplemente dejó que ocurriera antes de susurrar:

—No sé si puedo contarte un cuento, Mel. Ya es tarde y…

Hubo más ruidos. La estaba mirando, ¿verdad?

Ella asintió y susurró:

—Venga, cuéntale uno.

Porque un cuento sonaba bien.

—Bueno, está bien —dijo Lucas en voz baja—. ¿De qué tiene que ir?

Un sofá volador y helado. Mariposas y un lanzador de cuchillos.

Anna no oyó nada más porque su voz era tan profunda, tan serena y tan increíblemente cálida que la envolvió como una manta suave.

O tal vez Lucas de verdad le estaba subiendo la manta por los hombros, no lo sabía con seguridad.

Solo sabía que lo último que pensó fue que amaba su voz.

Pero puede que ya no fuera lo que más le gustaba de él.