Capítulo 19
Capítulo Diecinueve
Decimonoveno encuentro
— ¡No te duermas, Lucas!
— No me estoy durmiendo.
— Pero pareces cansado.
— ¡Porque acabo de hacer ejercicio físico! Tú…
Pero Anna ya no lo oía. Hacía tiempo que se había quedado dormida.
L ucas no recordaba la última vez que se había despertado al lado de una mujer adulta, no de una niña pequeña que le tiraba del brazo para que se levantara a jugar al Sorry o a preparar el desayuno, sino al lado de una mujer que le rodeaba la cintura con el brazo, entrelazaba su pierna con la de él y presionaba los labios contra su cuello antes de respirar hondo y decir:
—Mmm.
Fue un sonido que se le hundió en las entrañas.
Nunca se había quedado en casa de Anna ni había pasado la mañana con ella. Pero joder, de haber sabido que lo recibiría así por la mañana, quizá se lo habría replanteado.
Mantuvo los ojos cerrados porque, en cuanto estuviera oficialmente despierto, tendría que apartarle el brazo y recordarle que no eran más que amigos.
Que solo podían serlo. Así que siguió respirando a un ritmo acompasado, atrayendo su aroma hacia lo más profundo de sus pulmones con cada bocanada, ignorando el hecho de que estaba empalmado, de que los labios de Anna se movían al bostezar por lo bajo y de que su brazo se apretaba más contra él.
Solía estar mucho en silencio. Disfrutaba de él. Y, sin embargo, nunca se había sentido tan en paz en toda su vida como en este momento.
«Es exactamente lo que quiero. Y más que suficiente».
Sí. Sabía a qué se refería.
—Lucas —susurró ella, y él notó la sonrisa en su voz—. Sé que estás despierto.
Mmm. Quizá su cuerpo le estaba hablando por él.
—¿Mmm? —murmuró.
—Te quedaste dormido.
—Mmm.
—Nunca lo habías hecho, siempre te marchabas antes.
—Tú estás en mi cama, no yo en la tuya —susurró. Le encantaba sentir su sonrisa contra la mandíbula, le encantaba que sonriera. Y sentía que lo hacía por él, a pesar de que ni siquiera la había besado la noche anterior.
—Lo sé. Y es muy cómoda —murmuró, moviéndose a su lado. Su mano se deslizó bajo su camiseta, con la que se durmió ayer, porque ni siquiera se cambió.
Debería apartarla. Intentar que la erección no fuera a más mientras ella le recorría los abdominales.
Pero, en aquel instante, no se le daba nada bien hacer lo que debía.
—¿Qué hora es?
—Poco más de las siete —susurró ella—. Aún tienes tiempo. Puedes volver a dormirte. El entrenador Gray no te espera hasta las nueve y media.
No tenía ganas de dormir.
Despacio, abrió los ojos. La habitación estaba en penumbra, o quizá solo parecía oscura porque tenía gran parte del pelo de Anna en la cara.
—¿Me despertaste pasadas las siete? ¿El día de un partido de eliminatorias? —Le apartó el pelo de la cara, rozándole la sien con las yemas de los dedos.
—Yo no te he despertado.
—Ah, ¿no? —Su suspiro y sus labios en su cuello habrían despertado a cualquiera. No le molestaba. Hacía siglos que no dormía tanto tiempo.
Bajó la vista y observó el rostro de Anna, a dos palmos del suyo. Ella seguía sonriendo.
—Bueno, quizá un poco. Pero como he dicho, aún puedes dormir. Yo puedo entretenerme sola.
Dios, las palabras eran inocentes, pero a sus oídos sonaron más que sucias. Cerró los ojos porque mirarla a los suyos solo le provocaba pensamientos pecaminosos.
—¿Alguna vez te despiertas y no tienes ninguna gana de jugar al hockey? —susurró Anna al cabo de un momento.
—¿Eso es todo lo de «puedo entretenerme sola»?
—Es solo una pregunta. No tienes por qué responder. Aunque sería una falta de educación no hacerlo.
Las comisuras de su boca se curvaron.
—Sí. A veces me despierto y no me apetece jugar al hockey.
—Entonces, ¿qué haces?
—Jugar al hockey de todas formas.
—Ah.
—¿Qué otra cosa se supone que debo hacer? ¿Pedirte que me sustituyas? Intercambiamos los puestos, y hoy te encargas tú de Charkov, que seguro que vuelve a montar una pelea.
Ella soltó una risita suave.
—Oh, no querrías eso. No sería una sustituta digna. Ni siquiera sé patinar.
Él parpadeó y abrió mucho los ojos.
—¿Qué? ¿No sabes… qué?
—Patinar sobre hielo. Nunca me he puesto sobre el hielo.
—¿ Qué? ¡Pero si te apellidas Temple!
Ella resopló.
—¿Y qué?
—¡Tus hermanos son jugadores de hockey profesionales y nunca te llevaron! —¡Esos tipos se podían ir directos al infierno!
—Querían hacerlo, pero… —Dudosa, ladeó la cabeza de un lado a otro mientras pasaba los dedos por el pecho de él, sin darse cuenta—.
¿Sabes cuántas de sus heridas he curado?
¿Con cuántos cortes, moretones y algún que otro desgarro volvían de los entrenamientos?
¡No tenía ningún interés en perder los dientes! Así que nunca fui.
—Eso es porque Jack y Dax patinan como idiotas.
Ella sonrió.
—¿Te refieres a Jack y Dax, los jugadores de hockey profesionales?
—Sí. Con ellos podrías hacerte daño, pero conmigo no.
—Bueno, tú tampoco es que patines mucho, Lucas —objetó con seriedad, aunque sus ojos brillaron de diversión—. La mayor parte del tiempo estás ahí parado y, de vez en cuando, te pones de rodillas o haces el espagat.
Él entrecerró los ojos y presionó su mano sobre la de ella para que no pudiera deslizar los dedos sobre su piel. Lo distraían.
—¿Tú sabes hacer el espagat sobre el hielo, Anna?
Ella dejó ver una sonrisa amplia y ladeó la cabeza.
—No. Pero puedo salvar vidas.
—Probablemente la tuya no. Porque si sigues provocándome, podría perder el control y ganarme ese estúpido apodo de Descuartizador después de todo.
Eso solo hizo que ella se riera… y él sintió los tonos suaves y ligeros recorriendo todo su cuerpo. Sintió su corazón latiendo bajo las manos de ella.
—Dax y Jack deberían haberte llevado a rastras —murmuró—. Tuvieras miedo o no.
—Mmm. Creo que pensaban que mi miedo estaba justificado. Tal vez creían que patinar sobre hielo no sería bueno para mí y mis piernas descoordinadas.
Quiso contradecirla, pero sus palabras despertaron un recuerdo.
«Hueles dulce. Como algo que sabes que no te conviene, pero de lo que aun así quieres más».
Debía de haber pasado casi medio año desde que Anna dijo aquello, pero aún lo tenía grabado en la mente.
—¿Anna? Una vez dijiste que yo no te convenía. ¿A qué te referías con eso? —Era más fácil hacer preguntas serias en la penumbra, pero difícil esperar la respuesta.
—¿Te acuerdas? —preguntó vacilante, sacando lentamente la mano de debajo de su camiseta y alejándose un poco de él para poder mirarlo.
Él echó de menos su contacto.
Odiaba echarla de menos.
—Al parecer.
—Vaya.
—Tú también te acordabas.
—Sí. Porque… —Sus mejillas se tiñeron de rosa—. Bueno, porque después, me hiciste correrme dos veces con la boca. Fue una noche memorable.
Él levantó una comisura de los labios.
—Dijiste que querías más. Me tomé tu petición en serio.
Ella se rio.
—Sí. Y mucho.
—Entonces, ¿qué querías decir con que no te convenía?
Tragó saliva.
—Quería decir… que habías puesto mi listón sexual demasiado alto.
Oh.
—No voy a pedir perdón por eso —contestó a secas.
Ella soltó una carcajada.
—Eso imaginaba. Pero no era solo eso. Supongo que me asustó el hecho de no tener suficiente.
Que ocuparas tanto mis pensamientos que me sentía…
tan yo en tu presencia. Porque podía hacer lo que quisiera contigo.
Sin sentirme incómoda ni avergonzada. Sin miedo a ser juzgada.
Era tan… libre contigo. Y la sensación era fantástica.
Pero sabía que tendría que acabar en algún momento, y que probablemente me pasaría el resto de mi vida buscando a un hombre que pudiera hacerme sentir lo mismo.
Así que, sí… —Tragó saliva—. Supongo que no me convenías.
—¿Y ahora? —preguntó en un murmullo, con voz ronca pero suave. Las emociones que las palabras de ella habían desatado en él eran atronadoras. Sabía a qué se refería. Su cuerpo y su mente lo sabían. Lo sentía en su maldita alma.
Libertad. Y el miedo a que se acabara, aunque no se había dado cuenta de ello hasta que terminó.
—¿Qué tal ahora… qué? —susurró en respuesta, con la mirada deslizándose hacia los labios de él y demorándose allí, poniendo a prueba su autocontrol.
—¿Ahora soy bueno para ti?
—Creo que sí —contestó igual de bajo—. Al menos, ayer fuiste un buen… un buen amigo.
—Ya veo.
—Sí, y creo que… —tragó saliva, volviendo a alzar la mirada, con las pupilas dilatadas—. Creo que nos va bastante bien así, ¿no te parece? Como amigos.
—Sí. Totalmente —murmuró y la besó.
No tenía sentido no hacerlo. Si se contenía ahora, perdería el control la próxima vez que sonriera. Si se negaba a ceder a sus impulsos esta mañana, volverían para atormentarlo en unos días en un momento más inoportuno; como en las malditas duchas del equipo.
Estaba indefenso. Seguía sin poder resistirse a ella.
Y, joder, ya ni siquiera quería hacerlo.
Cuando ella rodeó su cadera con la pierna, le tomó la cara entre las manos y le devolvió el beso, fue como si alguien hubiera enderezado un cuadro que llevaba semanas torcido.
El deseo recorrió su cuerpo en oleadas de calor, y supo que Anna era la única que podría saciarlo jamás.
Era la única que le daba lo que necesitaba, lo que quería, solo con existir.
Hundiendo las manos en su pelo y haciéndolo rodar sobre su espalda.
Sentándose sobre su polla e inclinando instintivamente las caderas contra las suyas hasta que estuvo tan duro que casi le dolía.
Los movimientos de Anna eran urgentes y sus ojos brillaban con el mismo ardor que él sentía en todo el cuerpo.
Sin embargo, su tacto era infinitamente suave.
Sus dedos, explorando sus abdominales, eran delicados, como si estuvieran acariciando no solo su piel, sino también su interior.
Era como si estuviera reconociendo todo lo que él nunca le había mostrado a nadie más, y todo lo que se había guardado para sí mismo toda su vida.
Y entonces sonrió, y supo que había perdido.
Que le daría de buena gana todo lo que quisiera de él.
Y, justo en ese momento, lo que ella quería era quitarle la camiseta, a juzgar por el movimiento insistente de sus manos.