Capítulo 17 #2
—Es tan vil, ¿sabes? Que las cosas malas que nos pasan se queden con nosotros mucho más tiempo que las buenas.
Que las malas experiencias dejen huellas más grandes en nuestros corazones que las buenas y los momentos más insignificantes puedan tener consecuencias gigantescas, mientras que los largos tramos de nuestra vida no dejan casi ninguna impresión.
La felicidad a corto plazo puede dejar daños a largo plazo.
Los daños a corto plazo pueden arruinar la felicidad a largo plazo. Es… no es justo.
Bajó la mirada, consultando nerviosa su reloj mientras Lucas la observaba.
Sintió un tirón agridulce en el pecho. Era como si una guitarra hubiera reemplazado su corazón y Anna estuviera pulsando todas las cuerdas a la vez con sus palabras, dejando notas desafinadas de las que no podía apartarse.
Esas notas discordantes la estaban haciendo infeliz, y eso era difícil de soportar.
Así que le puso las manos en la cara y le levantó la barbilla con los dedos para que ella le mirara. Y entonces se inclinó y la besó.
Que ella lo besara siempre le había ayudado cuando estaba cansado y la vida se le hacía cuesta arriba.
Y no sabía de qué otra forma demostrarle que lo sentía.
Pasara lo que pasara, sus palabras nunca estarían a la altura de un simple beso.
Porque ella tenía razón: no era justo. Pero la felicidad a corto plazo no era del todo mala.
La felicidad a corto plazo podía crear recuerdos para la eternidad.
Y la felicidad no tenía por qué ser duradera para significar algo.
Pero no podía decir eso. No quería invalidar sus sentimientos diciéndole que se equivocaba en algo.
No podía cambiar su pasado con palabras, ni hacerlo desaparecer con una caricia. Todo lo que podía hacer era hacerle sentir que, aunque el mundo fuera injusto, también tenía sus lados buenos. Y besar era, sin duda, uno de ellos.
Así que lo hizo de nuevo. Aprovechó que los labios de Anna se entreabrieron por la sorpresa.
Le acarició las mejillas con el pulgar, hundió las manos en su cabello y la besó hasta que sintió que sus hombros se relajaban.
Hasta que notó que ella sonreía contra sus labios.
Hasta que las cuerdas de la guitarra de su corazón volvieron a tocar una melodía.
Y los ojos de Anna no parecieron tan tristes cuando él se apartó.
—¿Qué fue eso? —susurró.
—Un beso.
—Ah. Menos mal que lo has dicho, casi no lo reconozco.
Él esbozó una media sonrisa mientras sus manos caían de su rostro.
—Entonces debo de haber hecho algo mal.
—No se ha sentido mal. —No, nunca se sentía mal con ella—. Pero… pensé que se suponía que éramos amigos, Lucas.
—Ese ha sido un beso de amigos.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Su mirada bajó un momento hacia su pecho—. No estás desnuda, ¿verdad?
Ella se rio, aunque sus ojos aún brillaban con un ardor serio.
—Ah, o sea que eso es lo que separa los besos de amigos de los besos normales.
Él asintió con seriedad.
Anna sonrió… Y Lucas no sentía a menudo que hubiera hecho algo bien, pero ahora mismo, esto, esto no se sentía mal.
Ella seguía mirándolo cuando su móvil vibró. Lo sacó del bolsillo, lo puso sobre la mesa y abrió un correo electrónico que aparentemente acababa de recibir. Lucas no tenía intención de leerlo, pero Anna tampoco lo ocultó.
Lo siento, Anna. Mi jefe me obliga a quedarme hasta tarde y no puedo perder este trabajo.
Eso era todo. El mensaje completo.
Una decepción ardiente se extendió como un reguero de pólvora por el rostro de Anna, hirviente e inconfundible, y un sentimiento de rabia empezó a formarse en el estómago de Lucas.
¿Su padre se daba cuenta ahora de que llegaba tarde? ¿Por qué no le preguntaba a su hija si seguiría en la ciudad mañana? ¿Si podía esperarle? Sonaba a excusa, como si se hubiera echado atrás en el último momento. Y a juzgar por la expresión de Anna, ella también sabía que lo era.
—Vámonos. No va a venir —dijo con la voz pastosa, y empezó a levantarse.
Lucas la agarró de la mano y volvió a sentarla.
—No.
Ella enarcó las cejas con sorpresa.
—¿Qué?
—No vamos a dejar que tu padre nos arruine el día. Hemos conducido hasta aquí, así que ya que estamos podríamos comer algo, o jugar al billar o algo así.
Perpleja, abrió la boca.
—Pero si acabas de comer.
—Sí, pero tú no. ¿No tienes hambre?
—Podría comer algo, pero…
—Bien —expresó él con firmeza, poniendo una mano sobre su pierna para impedir que volviera a levantarse. —Anna, tu padre es un completo idiota. Te va a decepcionar. Pero, maldita sea, no va a arruinarte el día. No tiene derecho a hacerlo y yo no pienso darle ese poder, así que tú tampoco deberías.
—Ya lo he hecho, Lucas —contestó con cansancio.
—Siento que les doy a mis padres el poder todos los días de hacerme vivir mi vida en un segundo plano.
Para no empezar mi vida de verdad. ¡Y mi madre está muerta y mi padre no está aquí!
—Suspiró y se frotó la cara. —Sabes, Jack y Dax tenían el hockey, pero yo…
era mejor vivir en los libros que en nuestra casa.
Siempre preferí imaginar un futuro grandioso que existir en el presente.
El aire a nuestro alrededor siempre estaba tan viciado y lleno de agresión y culpa.
Así que he estado trabajando todos los días para que un día las cosas fueran diferentes y mejores.
Pero sigo estancada, ¿verdad? ¿Y si eso fuera solo una fantasía?
¿Y si por fin empiezo ese gran futuro que llevo años imaginando…
y es una decepción total? ¿Otra vez solo felicidad a corto plazo? Como siempre.
Lucas apretó los labios y negó con la cabeza con rigidez.
—Bien, ya es suficiente —dijo tajante.
Anna levantó la vista, sorprendida.
—¿Perdona?
—Ya basta de autocompasión por hoy. Es suficiente —repitió con voz pétrea, porque alguien tenía que decírselo—.
Tienes que dejar de decirte a ti misma que estás esperando para empezar tu vida de verdad.
No existe una vida correcta o incorrecta.
Solo existe la vida . Y tú la llevas viviendo veintisiete años.
—Pero…
—¡No! —respondió con dureza. —Solo porque te reprimas, porque hayas renunciado a las fiestas y a las relaciones serias, no significa que no estés viviendo una vida de verdad .
Y que conste que el término vida de verdad me parece una soberana mierda.
¿Quién eres tú para decidir cuándo una vida es real y cuándo no?
Con la boca abierta, se le quedó mirando.
—Pero he puesto mi vida en pausa, yo…
—No puedes poner la vida en pausa. No es un puto vídeo de YouTube.
Has respirado. Has aprendido. Has ayudado a gente e incluso has conocido a personas nuevas y te has peleado con tus hermanos.
Les has ayudado a reconciliarse. Te has acostado conmigo y también has alimentado el entusiasmo de una niña por ser médico.
¿No es eso la vida? ¿No es valioso? La vida no va de trabajos ideales, matrimonios y fiestas.
La vida no es una carrera. La vida no dicta qué está bien y qué está mal.
Nosotros decidimos eso. Así que déjate de tonterías y juega una partida de billar conmigo antes de comer.
Anna le miró, boquiabierta.
—¿Qué? —preguntó él de forma brusca. ¡Todo lo que había dicho era la verdad!—. Pensaba que te gustaban mis monólogos. Ahora levántate y diviértete conmigo.
Las comisuras de sus labios amenazaron con una sonrisa. Fue un movimiento apenas perceptible, pero él lo vio.
—Yo… no sabía que te gustaba jugar al billar.
—No me gusta. Pero no conozco otra forma de distraerte de tu miseria.
Se rio. Tenía un tono de sorpresa, como si ella misma no entendiera cómo era capaz de reír en esta situación.
—Bueno —accedió finalmente, despacio, mientras se levantaba—. ¿Eres bueno al billar?
—Pésimo. Muy, muy malo.
Volvió a reírse.
—Mientras jugamos, ¿puedes contarme algunos detalles privados de tu vida?
Ahora fue él quien se sorprendió.
—Espera, ¿qué?
—Bueno, siento que hoy ha surgido un desequilibrio enorme entre nosotros. Ahora sabes una cantidad ridícula de cosas sobre mí, pero yo sigo sin conocerte a ti.
¿Cómo demonios podía seguir pensando eso?
¡Ya había soltado dos monólogos! Solo lo había hecho antes con Melody cuando se trataba de su higiene dental.
Lucas se levantó, se acercó a ella y le rodeó los hombros con los brazos.
—Me conoces, Anna. Sabes más de mí que Fox o Hazel. Y esos dos creen que lo saben todo.
Ella se mordió el labio.
—No lo sé todo.
—Nadie lo sabe nunca todo, pero tú sabes más que suficiente. Demasiado. En realidad, es demasiado.
Empezó a pasar por su lado hacia las mesas de billar, pero ella lo retuvo por la mano.
—¿Lucas?
Él enarcó una ceja.
—Me alegro de que estés aquí. De verdad. Ha sido una decisión inteligente no dejarte en el coche. Gracias.
—Ya —dijo él, mirando hacia otro lado—. Ahora, menos charla y más juego.
Sentía el corazón extrañamente dolorido y tenía la boca seca. No recordaba haber hablado tanto en una sola noche.
Y no le molestaba en absoluto.