Capítulo 17
Capítulo Diecisiete
Decimoséptimo encuentro
—¿Qué haces cuando no te sientes bien, Lucas? —susurró ella, trazando círculos en su pecho desnudo. Se inmortalizaba en su piel con cada caricia, dejando su impronta bajo ella.
—Nada.
—¿No haces nada?
—Espero a que pase.
—¿Y qué haces cuando te impacientas?
Vaciló, acariciando su suave cabello que le hacía cosquillas en la barbilla.
—Ahora mismo estoy contigo, ¿no?
L ucas siguió a Anna al asador y echó un vistazo a su alrededor. Había cabezas de animales colgadas de las paredes, el olor a carne quemada llenaba el aire y una música country enlatada atronaba desde dos altavoces en las paredes paneladas de madera.
Encantador.
No sabía qué hacía allí, solo que no podía dejar a Anna sola. La había visto nerviosa antes, como cuando lo convocó a su cama para distraerse de sus preocupaciones por los exámenes, cuando descubrió su cajón de juguetes sexuales y cuando le preguntó si quería que fueran amigos.
Sin embargo, nunca se había quedado lo suficiente como para experimentar el efecto total del nerviosismo de Anna. Y se dio cuenta de que no le gustaba.
Lo cohibida que se volvía. La forma en que hundía la cabeza entre los hombros como si fuera más pequeña de lo habitual, y cómo le temblaban las yemas de los dedos. Era como si no estuviera cómoda en su propio cuerpo ni en su propia mente.
Mierda. Ya le caía mal la persona con la que se iba a reunir en aquel bar cutre y perdido de la mano de Dios, solo porque la hacían sentir así. En su opinión, una persona que hiciera sentir insegura a Anna Temple no debería existir. Y odiaba pensar que él mismo podría haber sido esa persona.
Se habría quedado en el coche si ella se lo hubiera pedido, pero cuando aparcó en el parking del restaurante, simplemente lo miró y soltó un suspiro larguísimo.
Él lo interpretó como una invitación.
Anna se detuvo justo frente a él, irguiendo la barbilla. Se frotó las manos y lo miró ansiosa por encima del hombro.
—Él… parece que aún no ha llegado —murmuró, consultando su reloj.
—¿Quién no ha llegado todavía?
No era una cita. ¡Ella no lo habría llevado a una cita! No tenía novio. Todo estaba… bien.
O sea, no es que le importara si… oh, joder. Le habría molestado si ese novio de mierda existiera de verdad. No habría hecho lo que hizo con Anna en la ducha si ella fuera una mujer comprometida.
La idea de que, a los pocos días de ver a otro, no solo lo hubiera besado a él, sino que se hubiera acostado con él y hubiera gemido su nombre… Lo molestaba. No debería, pero la idea de otras manos sobre su cuerpo…
«A mí me parece que, a primera vista, te has…»
No.
No, no.
Se frotó los hombros y dio un paso atrás para no inhalar el aroma de Anna. Lo estaba volviendo loco.
—¿Nos sentamos?
Anna asintió y se dirigió a una de las mesas vacías a su derecha, con la mirada volviéndose constantemente hacia la entrada. No había respondido a su pregunta. En general, apenas había hablado después de su pequeña discusión en el coche.
Lo cual, a su vez, lo ponía nervioso. No se había dado cuenta hasta hace media hora, pero Anna tenía la capacidad de hacerlo sentir cómodo con su parloteo, de hacer que se sintiera confiado en su presencia —de una forma extraña, pero reconfortante—, como si apenas pudiera hacer nada mal mientras no le prohibiera flirtear con jugadores de hockey o saltar a la cama con ellos.
Él no tenía problemas con el silencio. Incluso lo fomentaba.
León, por ejemplo, se beneficiaría enormemente de una dosis diaria de unas ocho horas de silencio.
Anna, sin embargo, lo odiaba. Tenía que llenar cada segundo de calma con palabras o sonidos para que no se estirara hasta el infinito y se volviera desagradable.
Lo sabía desde su primera noche, cuando ella eligió al jugador de hockey totalmente equivocado.
Así que el hecho de que no dijera nada ahora…
—Háblame, Anna —murmuró, dejándose caer junto a ella en el banco de la mesa de la esquina que ella había elegido, la cual ofrecía la mejor vista de la puerta.
—¿Qué? —Con los ojos brillantes, se volvió hacia él. Una y otra vez, se colocaba los rizos detrás de las orejas, que volvían a saltar hacia delante con rebeldía.
—Quiero que me hables —susurró. Podría ser la primera vez que pronunciaba esas palabras—. Cuéntame qué pasa.
Ella tragó saliva y se mordió el interior de la mejilla.
—Nada de hablar. Ese era el trato.
—Sí. Habla. Por favor. —Porque no podía soportar su silencio—. Nuestro trato terminó hace mucho.
Suspiró y levantó la vista cuando una camarera se acercó a su mesa. Ni siquiera la miró, se limitó a clavar la vista en Lucas.
—¿Qué te sirvo?
Él le devolvió la mirada, molesto. No estaba solo, ¿por qué la camarera solo lo miraba a él?
Las mejillas de la chica se tiñeron de un rojo intenso y rápidamente dirigió su mirada a Anna.
—¿Desean algo de beber? Si no, aquí tienen las cartas. —Colocó un menú plastificado frente a ellos, y Lucas se sorprendió al descubrir una pequeña sonrisa tirando de las comisuras de los labios de Anna.
—Una Coca-Cola para mí y una Fanta para él —pidió ella, y en cuanto la camarera desapareció, negó con la cabeza mirándolo—. No puedes ir asustando así a camareras inocentes, Lucas.
Él frunció el entrecejo.
—Solo me hablaba a mí a pesar de que tú estás sentada justo delante. Me ha irritado.
Anna se rio, el sonido fue como un rayo de sol colándose por las polvorientas ventanas.
—Bueno, eso es porque eres muy atractivo —le informó… antes de volver a mirar hacia la puerta.
Un hormigueo le recorrió la nuca. Suponía que ella no lo consideraba feo, pero aun así no estaba nada mal oír que pensaba que era atractivo.
—¿Y la gente atractiva tiene más sed, o qué? —preguntó con brusquedad. Su argumento no tenía sentido para él.
Anna resopló.
—No, pero les da más hambre a las camareras.
—Ya, pues a mí eso no me interesa lo más mínimo.
—Por supuesto que no.
—Estás cambiando de tema, Anna.
Ella apartó la mirada de la entrada y la fijó en él.
—Está bien —murmuró, agarrando su trenza y dejándola caer—. Quedé de encontrarme con mi padre.
Él arqueó las cejas con sorpresa.
—¿Tienes padre?
Había dado por hecho que estaba muerto.
Para su sorpresa, ella se rio.
—Es una respuesta muy acertada. Sí, tengo. Es el padre de Dax y el mío. El señor Temple. Era un imbécil. Te hablé de él el otro día. Problemas con la bebida. Problemas con el juego. Problemas de ira. Todo el repertorio.
Joder.
—Sí, sí, lo sé. —Agitó la mano como si leyera sus pensamientos—. No nos pegaba, bueno, excepto a Jack, una vez. Hizo un trabajo de mierda. Dax lo odia tanto como odia los minutos de penalización.
—¿Y tú? —preguntó Lucas en voz baja.
Sorprendida, Anna lo miró.
—¿Qué pasa conmigo?
—Tienes la costumbre de mencionar siempre a tus hermanos y sus actitudes hacia tu familia o entre ellos, mientras que minimizas tus propias opiniones.
—Oh. —Frunció el ceño—. Sí, puede ser. La mayoría de las veces, la gente solo pregunta por mis hermanos.
—A mí me dan igual tus hermanos —declaró a secas, apoyando los antebrazos en la mesa e inclinándose hacia delante, frente a ella—. Ya oigo sus nombres demasiado a menudo. ¿Qué piensas tú de tu padre?
Sonrió con tensión.
—No lo he visto desde el funeral de mi madre. Seguí el ejemplo de Dax y no he mantenido el contacto. No es que él se haya molestado en intentarlo tampoco. Puede que Dax le dijera que lo mataría si volvía a llamarme. Sería muy propio de él hacer algo así.
—Sin embargo, no debería haber sido su maldita decisión, ¿verdad? —Su voz era aún más sombría que antes porque empezaba a irritarle la frecuencia con la que Dax se entrometía en la vida de su hermana.
—No —afirmó con simpleza—. Pero, en aquel momento, me alegré de poder dejarlo atrás. El caso es que…
—No lo dejaste atrás.
Cansada, sonrió.
—¿Alguna vez dejas atrás tu infancia, Lucas? —preguntó en un tono exageradamente trágico—. ¿No somos todos víctimas de nuestro niño interior?
—Ahora mismo parece que eres víctima de un podcast de psicología, Anna.
Su sonrisa se ensanchó.
—Bueno, en cierto modo es verdad. Se puso en contacto conmigo hace un año, envió un correo diciendo que le gustaría verme…
—Suspiró—. Dax no lo entendería, pero quiero perdonar a nuestro padre.
No sé si podré. Pero deseo hacerlo de todo corazón, para que esta herida que dejaron las personas en las que debería haber podido confiar, sane por fin.
Para dejar de esperar que a algo bueno le siga algo terrible: que a una cena familiar agradable le sigan platos rotos, a la calma, la tormenta.
A los mejores años con Jack y Dax, años llenos de ira y amargura.
Sabes que me hice médico porque se me daba bien remendarlos, pero también porque quería ayudar a la gente.
Cuando no había podido ayudarme a mí misma o…
o a nosotros, en todos esos años. Porque era demasiado joven, demasiado débil y estaba demasiado indefensa.
Y ahora sé que soy una adulta, fuerte y competente.
Pero cada vez que Dax y Jack intentan protegerme, solo me recuerdan quién era entonces: esa niña indefensa que solo podía ver cómo se desmoronaba su familia.
Que no pudo convencer a su madre de que dejara a su padre, y no pudo convencer a su padre de que dejara en paz a Jack.
Que no pudo convencer a sus hermanos para que la dejaran unirse a ellos en su lucha.
—Sus ojos se iluminaron y, aclarándose la garganta, apartó la mirada.
Lucas deseó que no hiciera eso, que lo mirara. Quizá su mirada pudiera darle fuerzas. Por Dios, ella lo había hecho por él muy a menudo.
Sin embargo, ella respiró profundo.