Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo Dieciséis

Decimosexto encuentro

— Tienes un montón de helado en la nevera.

— Define «un montón».

— Tres botes.

— Eso es el mínimo. Lo necesito por si me siento deprimida —replicó indignada—. Además, ¿por qué estás fisgoneando en mi congelador?

Él esbozó media sonrisa.

— Cubitos de hielo. Cierra los ojos.

A nna se quedó mirando su reflejo en la puerta del ascensor del hotel y respiró hondo. No sabía qué se solía poner uno para conocer a su padre cuando no lo había visto en casi ocho años. ¿Quizás una camiseta con un dedo medio levantado?

Eso podría enviar un mensaje distinto al que quería transmitir. Quería que su padre supiera que deseaba superar su trauma infantil.

Lo que le diría a él era probablemente mucho más importante, de todos modos.

Pero tampoco sabía qué decirle de entrada. Todo lo que había planeado hacer era escucharlo, porque todo el mundo merecía una oportunidad para explicarse, ¿no?

Se tiró nerviosa de las mangas de la camisa.

Dax tendría una opinión distinta. Afirmaría que ya le habían dado cientos de oportunidades y que él las había desperdiciado todas.

Anna, sin embargo, era una adulta. Tenía el trabajo de sus sueños y un grupo de amigos, y salía más a menudo que antes.

Y, aun así, todavía se sentía inquieta. Seguía sintiendo que se contenía, y no sabía por qué.

Tenía la leve y secreta esperanza de que una conversación con su padre pudiera proporcionarle una explicación, que pudiera ayudarla a mirar hacia adelante.

Dio un salto de impresión cuando se abrieron las puertas del ascensor.

Lucas estaba allí de pie. Como un maldito árbol.

La miró en silencio, con el rostro inexpresivo.

Su cuerpo, sin embargo, estaba tan tenso que ella podría haberlo colocado como una flecha en un arco y haberlo lanzado.

De forma apenas perceptible, apretaba la mandíbula, y era evidente que tenía los puños cerrados en los bolsillos.

Como siempre, solo tenía control sobre su voz, no sobre su lenguaje corporal.

Salió, mirándolo con las cejas arqueadas.

—Vaya, alguien está enfadado —comentó alegre, pasando por su lado y cruzando el vestíbulo. No tenía tiempo para el Lucas enfadado. Que se las viera con la persona que hubiera provocado su ira.

Entonces tuvo la sensación de que ella era esa afortunada persona, porque él empezó a seguirla.

Frunciendo el entrecejo, le echó una mirada sin detenerse.

—¿Puedo ayudarte en algo?

Le crujió la mandíbula.

Anna suspiró.

—Sabes, reprimir toda esa rabia no puede ser bueno para tu tensión arterial —señaló, saliendo por la puerta corredera y dirigiéndose hacia el aparcamiento—. Así que, ¿qué pasó?

—¿Qué demonios, Anna? —gruñó él de forma apenas audible.

—No tengo ni idea de qué demonios está pasando.

Aunque esta conversación contigo empieza a parecer que se dirige a un mal final —contestó, imperturbable, mientras sacaba las llaves del bolso.

No había hecho nada para merecer su enfado—.

¿Podrías hacer algunos sonidos menos exasperados y usar palabras en su lugar?

Sé que no te gustan mucho, pero a veces son bastante útiles.

—¿Tienes novio ? —escupió.

Ella lo miró, irritada.

—¿Qué? Tendrás que ser más específico.

—¿Tienes un novio que conociste en Tinder? —accedió él.

Ella articuló un silencioso «oh». Maldita sea.

—Vaya, Penny de verdad es mala guardando secretos.

Lucas ignoró sus palabras.

—¿Qué demonios, Anna? —repitió con frialdad. Parecía increíblemente enfadado, pero no elevó la voz. Nunca lo hacía. Esa era una de las cosas que más le gustaban de él.

—No es nada, Lucas —respondió con fastidio, mirando el reloj de su teléfono. Llegaba tarde—. ¿Podemos hablar de esto en otro momento?

—¡No! ¿Qué está pasando? Acordamos que no habría más dramas, ¿y ahora tengo que darle una paliza a un tercer tipo? ¿No solo a tus hermanos, sino también a un novio?

—Aquí nadie se pelea con nadie. Dios, ustedes los jugadores de hockey de verdad son demasiado violentos. —Chasqueó la lengua—. No hay ningún novio.

—¿Entonces por qué Penny le dijo a Jack que lo había?

—Bueno, porque yo se lo dije a ella.

— ¿Qué?

Suspiró hondo.

—Lucas, tengo una reunión importante a la que no quiero llegar tarde.

—No me importa. ¿Qué demonios…?

—¡Está bien! Sube. —Abrió la puerta del copiloto de golpe. Cuando él se limitó a mirarla en silencio, añadió—: Yo quiero conducir, tú quieres hablar… ¡Dios, nunca pensé que diría esto, pero Lucas Moreau quiere hablar!, así que te llevaré y te lo explicaré.

Sin esperar respuesta, rodeó el coche y se sentó en el asiento del conductor. No iba a bailar al son que él tocara. Si quería hablar, por una vez tendría que seguir sus instrucciones.

Lucas se quedó donde estaba un segundo, pero finalmente, con un suspiro, también subió. Mientras tanto, Anna había programado el navegador y se abrochaba el cinturón.

—Así que, lo del novio… —comenzó él.

Ella arrancó el motor.

—Tú eres el novio, Lucas. Madre mía.

—¿Qué?

—Esa es tu nueva palabra favorita, ¿verdad?

Con frases cortas y concisas, le explicó lo que había pasado aquella tarde en el happy hour. Por qué Penny pensaba que tenía novio. Con cada palabra que salía de su boca, las cejas de Lucas se fruncían cada vez más.

—Hablaste con ellas de mí —concluyó cinco minutos después.

—Sí. ¿Está prohibido? Quería saber si se puede o se debe ser amigo de un examante.

—¿Y a qué conclusión llegaste?

—A que, en nuestro caso, está perfectamente bien —contestó con dudas—. Porque no sentimos nada el uno por el otro y solo es una cuestión de química física entre los dos.

Lucas permaneció en silencio. Ella deseaba mirarlo, pero tenía que concentrarse en la carretera.

Después de otro minuto de frustrante silencio, preguntó:

—¿Eso es todo? ¿Debería dejarte en el próximo cruce? Podrías tomar un Uber de vuelta. O caminar. No estamos tan lejos.

Durante unos minutos más, Lucas jugó al juego del silencio que todos intentaban enseñarle a León antes de murmurar:

—¿A dónde vas?

Puso los ojos en blanco. Por supuesto, decidía hablar en ese momento en lugar de asentir y dejarla en paz.

—No es asunto tuyo.

—¿Cita de Tinder?

—¿Por qué demonios todo el mundo está tan interesado con mi vida en Tinder?

—Somos amigos. Los amigos preguntan qué hace el otro.

—Sí, y los amigos aceptan si la otra persona no quiere hablar de ello.

—¿Ah, sí? Porque esa no ha sido mi experiencia.

Ella soltó una risa a su pesar.

—No. La mía tampoco.

—¿Entonces?

—Nada de citas de Tinder.

—Bien. —¿Bien?—. ¿Entonces qué? —Ella apretó los labios y, esta vez, fue la que permaneció en silencio—. ¿Anna?

¡Oh, qué maldito charlatán estaba siendo!

—¿Sabes qué es absolutamente ridículo? —preguntó en voz alta—.

Lo que me parece más atractivo de ti es tu voz.

Siempre es tan tranquila. Y apenas la usas.

Pero cada vez que nos hemos visto, siempre he esperado que te lanzaras a un monólogo repentino solo para poder escucharte.

¡Tu discurso en tu salón fue un sueño! Pero, ahora mismo, solo espero que agarres una bronquitis para que tengas que dejarme en paz.

Habría jurado que lo vio sonreír por el rabillo del ojo. Luego, murmuró:

—A mí me gusta que hables porque así yo no tengo que hacerlo. Ahora mira con lo que tengo que lidiar: una charlatana que se niega a hablar.

—No soy una charlatana.

—Es cierto. Hablas por los codos. Y ellos ni siquiera se dan abasto con todo lo que dices.

Se mordió el labio para no sonreír, pero decidió no decir nada más, para poner a prueba su teoría del charlatán.

Durante unos segundos que parecieron eternos, un silencio relajado inundó el interior del coche de alquiler, y a Anna casi ya no le sorprendió que fuera Lucas quien, de forma poco habitual en él, lo rompiera de nuevo.

—¿Por qué te resultan atractivas las voces tranquilas?

—No todas. La tuya sí —murmuró distraída, deteniéndose en un semáforo.

Cada vez que él hablaba, sentía como si le acunara el rostro entre las manos y evitara que se chocara contra un muro.

Nunca se sobresaltaba cuando él empezaba a hablar de repente porque su tono siempre era suave, incluso cuando estaba enfadado—.

Supongo que no me gusta cuando la gente grita.

Pero tú nunca usas tu voz como un arma. Aunque sería excelente para eso.

Siempre entras en una discusión… completamente desarmado.

Sin intención de herir o de escandalizar.

—Puede que no tenga la intención, pero aun así hago daño a la gente. Y no siempre estoy tranquilo. Te grité.

—No. Levantaste la voz. Pero créeme, no estabas gritando. Sé cuándo alguien está gritando.

—Es de esperar de la hermana de Dax.

Ella volvió a reírse.

—Él no es el peor.

—¿Quién es el peor?

Con vacilación, acarició el suave cuero del volante. ¿No había querido ser más sincera? ¿Y con quién podía ser más sincera que con su único secreto? Si no se tenía en cuenta su objetivo actual.

—Mis padres eran los peores. Ni siquiera puedo recordar cómo sonaba la voz de mi padre a un volumen normal. Siempre estaba enfadado. Enfadado con mi madre, con Jack, con Dax.

—¿Contigo?

—Quizás. No lo sé. Si era así, Jack y Dax me protegieron de él antes incluso de que me diera cuenta.

Ya sabes, cuando la gente alcanza cierto volumen, que es solo un rugido y no puedes distinguir ni una sola palabra a través del muro.

Simplemente oyes ese ruido constante que vibra en tus oídos mucho después de que hayan dejado de discutir.

Y ningún reproductor de MP3 del mundo, por muy generosamente que Dax me prestara el suyo, podía ahogarlo.

—Suspiró hondo—. A veces me pregunto si me estaban haciendo un favor al intentar protegerme de cualquier confrontación.

»Si supiera mejor qué aspecto tiene una relación disfuncional, tal vez no tendría tanto miedo de acabar en una.

Y de no darme cuenta hasta que sea demasiado tarde.

—Golpeó el volante con inquietud, sintiendo que se le oprimía el pecho—.

Quiero decir, mis padres debían creer que su matrimonio funcionaba, ¿si no por qué se quedaron juntos hasta el final?

A pesar de que ambos eran infelices, al igual que sus hijos.

—Se aclaró la garganta, alegrándose de tener un motivo para no mirarlo.

Sentía su mirada intensa sobre el rostro y no quería saber si reflejaba lástima—. Bueno, para resumir: me gusta tu voz.

—Hm —pronunció él antes de murmurar al cabo de un rato—: No sé si Tinder es la elección correcta si lo que buscas es una relación funcional. La aplicación no es precisamente para encontrar el amor.

—Eso no es cierto. Conozco a cientos de parejas que se conocieron ahí. Y no necesito el amor verdadero. Con alguien que no me provoque pánico sería suficiente.

—Anna, no usarías Tinder para encontrar el amor, sino como una distracción necesaria.

Sus dedos se apretaron alrededor del volante.

—¿Cómo lo sabes?

—Me viste en aquel entonces y pensaste: «Necesito a este hombre». Eso no dice mucho de tu buen juicio.

Sonrió de oreja a oreja. Ella no lo veía así.

—Te lo dije, no sé si quiero algo serio.

—¿Por qué no?

Apretó los labios, insegura de responder… pero las palabras salieron de su boca.

—Las relaciones se rompen de dos maneras, Lucas.

Como la arcilla, endureciéndose lenta y dolorosamente al aire para luego desmoronarse, o como un hueso, de forma inesperada, dolorosa y con consecuencias terribles.

En mi experiencia, eso es lo único que perdura: las consecuencias.

—Respiró hondo, todavía mirando a la carretera—.

Y, hasta ahora, esas consecuencias nunca han valido la pena.

—Los huesos rotos se pueden arreglar. Eso lo sabes mejor que nadie.

—Sí, pero el hueso nunca volverá a ser el mismo. Permanecerá agrietado para siempre. Mucho más fácil de destruir que en su estado original.

—¿Y si la relación no se rompe en absoluto?

—Nadie puede saberlo ni garantizarlo, ¿verdad?

—No.

—Exacto —susurró—. Y hablas mucho para ser un hombre que no se esfuerza por encontrar nada serio por sí mismo.

—Mi vida es demasiado complicada para nada serio. Tengo a Melody.

Ella negó con la cabeza.

—Quieres decir que tienes una excusa. Hay un montón de gente con hijos que empieza relaciones serias. Quiero decir, ¿has estado alguna vez en una relación seria?

No era la primera vez que se hacía esa pregunta, pero sí la primera vez que la pronunciaba en voz alta. Era curioso cómo algunas preguntas sonaban más inocuas cuando solo eran amigos que cuando se estaban acostando.

De hecho, aún más extraño fue que Lucas respondiera sin dudarlo.

—He tenido novias, pero nunca nada serio.

—¿Por qué no?

—No tengo ni idea.

—Venga ya, alguna idea tendrás.

Suspiró.

—Creo que… al final perdían la paciencia conmigo.

Porque no me comunicaba. Porque no compartía mi vida ni mis sentimientos con ellas.

Estoy bastante seguro de que pensaban que tenía alguna historia trágica que contar que les estaba ocultando.

Que solo tenían que esperar a que me descongelara lo suficiente como para confiar en ellas y entonces todo cambiaría.

Y siempre que les decía que no era el protagonista de una comedia romántica, perdían el interés.

Ella soltó una carcajada.

—Espera, ¿no lo eres? ¿No tienes un oscuro secreto que te dé ese aura sombría y retraída?

—Mis padres son puro drama, mi hermana murió…, pero no es por eso por lo que no hablo mucho.

—¿Entonces por qué?

—Porque la gente olvida que las palabras suelen causar más problemas de los que resuelven.

—Ah. ¿Menos charla, menos drama? ¿Ese es tu lema?

—Más o menos.

Sonriendo, le lanzó una mirada de reojo. Su rostro era increíblemente intenso y serio.

—El silencio puede conjurar tanto drama como el exceso de palabras, Lucas. Si te quedas callado, significa que no participas en el drama y dejas que otros se encarguen de él.

Él enarcó las cejas.

—¿Y qué hay de malo en eso?

—Nada. Pero no compartir nunca nada suena… solitario. Cuando te guardas tus sentimientos, es como conducir por una calle de sentido único interminable. Nunca puedes volver atrás porque no escuchas otras perspectivas. Si no confías en nadie, nadie confiará en ti. Así que, sí, es solitario.

—¿Por qué crees que la perspectiva de que alguien confíe en mí tiene el más mínimo atractivo para mí?

Ella sonrió.

—Quieres saber a dónde me dirijo, ¿verdad?

No respondió, pero no importaba. Quizá creyera que no estaba compartiendo sus emociones, pero Anna seguía sintiendo que algunas le llegaban.

—La cuestión es que, a veces, compartir tus sentimientos es un alivio —señaló con satisfacción.

—¿Ah, sí? ¿Adónde vas, Anna?

Vaya, eso había sido cruel.

—He dicho a veces , ¿de acuerdo?

Él soltó una risita suave.

—Aja.

Suspiró, pero la sonrisa permaneció en su rostro.

—¿Debería dejarte bajar ya, Lucas?

—Voy contigo.

Sorprendida, giró la cabeza.

—No sabes a dónde voy.

—Pareces nerviosa.

—Estoy nerviosa.

—Voy contigo.

—Pero…

Él arqueó una ceja.

—Eres físicamente incapaz de echarme de este coche, Anna.

Ella resopló.

—¡No puedes entrar, Lucas!

—Bien.

—Lo digo en serio.

—Seguro.

—Bien.

—Sí.