Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 14
57%

Capítulo 14

Capítulo Catorce

Decimocuarto encuentro

— ¿Por qué siempre hueles a miel? ¿Qué clase de desodorante usas?

— Ya estás hablando de nuevo.

— Y no pararé hasta que me digas dónde puedo conseguir ese aroma, yo…

Entonces él la silenció con insistencia.

L ucas afirmaría que se le daba bien olvidar, apartar las cosas y simplemente no pensar más en ellas. Anna Temple sería una de esas cosas.

—Lu, ¿cuándo vendrá Anna a visitarnos de nuevo?

Los platos del desayuno de esa mañana estaban sobre la mesa.

—No lo sé, Mel —dijo con calma, pasándole el pan para que lo pusiera en la tostadora mientras él daba la vuelta al huevo frito—. Que te cuidara fue algo puntual.

—Oh. —Melody frunció su pequeña frente y encendió la tostadora antes de preguntar—: ¿Por qué?

—Porque está ocupada.

—¿Porque es médico?

—Exacto.

—Oh, no sé —replicó Fox desde la mesa de la cocina, entrelazando las manos tras la nuca—. Podrías preguntarle si quiere volver. Estoy seguro de que encontrarás la forma de hablar con ella, aunque eso no sea precisamente tu fuerte, ¿verdad?

Lucas apretó los labios y le lanzó una mirada de advertencia por encima del hombro.

Debería haber sabido que era una idea estúpida invitar a su mejor amigo a desayunar.

Pero Melody había dicho que quería ver al tío Austin otra vez antes de irse a Phoenix durante cinco días, ¿y cómo iba a negarse a eso?

Uno no le decía a una niña de cinco años que el tío Austin estaba actualmente enfadado con él por haberse enrollado con la tía Anna en las duchas comunes a pesar de haber declarado que solo eran amigos.

¡Mierda, no se lo diría a Melody ni aunque tuviera veinte años, o cuarenta, para el caso!

—Sí, por favor, pregúntale, ¿sí? —Melody lo miró esperanzada—.

Quería enseñarme cómo poner un yeso e iba a traer una sierra para quitarla.

¡Dijo que, si a ti te parecía bien, incluso podría usarla yo!

—Sus ojos se iluminaron, al igual que la tostadora—.

Anna dice que en realidad solo sierran el yeso, no los brazos ni las piernas, pero tendré que verlo por mí misma.

Las comisuras de sus labios amagaron una sonrisa. Sí, cómo no, tenía una niña que soñaba con serrar extremidades.

—Hablaré con ella —dijo dubitativo mientras la tostadora escupía el pan—. Pero deberías concentrarte más en comer. Tus abuelos vendrán pronto a buscarte.

Melody soltó un suspiro y dejó la tostada caliente en su plato.

—Está bien.

—¿Cómo va el jardín de infancia, Mel? —quiso saber Fox.

—Mmm —caviló ella frunciendo el ceño—. Los otros niños han dicho que soy huérfana. ¿Qué significa eso?

Fox se incorporó de inmediato y cruzó una mirada con Lucas, a quien se le encogió el corazón.

—¿Quién dijo eso? —preguntó Lucas.

—Pues los otros niños. ¿Qué es ser huérfana, Lu?

Él suspiró con pesadez.

—Una persona huérfana es alguien que ha perdido a sus padres.

—Oh —contestó, pareciendo pensativa durante unos segundos. Luego añadió—: Bueno, entonces no soy huérfana. Te tengo a ti.

Él sonrió y asintió.

—Exacto.

—Sip —confirmó Fox, haciendo amago de levantarse.

—¿Qué haces? —quiso saber Melody de inmediato.

—Voy a hacer café —dijo él, desconcertado.

—No, no. Tú eres el invitado. Quédate sentado. Yo… —Se dio unos golpecitos en la barbilla antes de susurrarle a Lucas—: Lu, ¿puedes prepararle café al tío Austin? Yo no sé cómo hacerlo.

Él sonrió.

—Sin problema. Puedo enseñarte.

Ella sacudió la cabeza con energía.

—Aún no soy lo bastante mayor para eso. Y tengo que concentrarme en comer porque los abuelos vendrán pronto.

Agarró su plato del aparador, rodeó la mesa y se sentó junto a Fox.

—Mel, sería de buena educación ofrecerle la primera tostada a nuestro invitado, ¿sabes? —le recordó Lucas.

—Ah —contestó, mirando a Fox con los ojos muy abiertos—. Hum. ¿Quieres un poco? —Sacó el labio inferior a la vez que le tendía el plato.

Fox sonrió de oreja a oreja.

—No, no. Estoy esperando un huevo.

Ella hundió los hombros con alivio.

—Menos mal, porque yo no quiero huevo.

Desde luego que no. En ese momento —y así había sido durante casi nueve meses— su comida favorita era la miel.

Lucas observó cómo metía el cuchillo en el tarro y untaba aquel pringue pegajoso sobre el pan y sobre sus propios dedos.

Era bueno que Melody estuviera allí en la cocina con ellos.

Nadie podía estar enfadado en su presencia, sobre todo Fox.

Tenía debilidad por los niños. Siempre los había deseado.

Su exmujer no, pero no se lo había dicho en los cinco años que estuvieron juntos.

Aquella había sido, a fin de cuentas, la razón de su divorcio…

y de su insana desconfianza hacia la gente, en especial hacia las mujeres con las que salía. No es que saliera con nadie. Jamás.

Lucas pasó los huevos a dos platos, puso uno junto con su taza de café frente a Fox y el otro frente a Melody, que ya lo miraba expectante.

—Está bastante pegajoso, Lu —dijo con inocencia antes de levantar las manos cubiertas de miel.

—Hm —respondió, sentándose e inclinándose hacia ella—. Será mejor que te limpies las manos con algo.

La sonrisa de la pequeña se ensanchó, y a él se le alegró el corazón. Le hacía tan malditamente feliz verla contenta.

—Sí —trinó la chiquilla, extendiendo sus pequeñas manos y restregando la miel por la cara y la barba de Lucas.

—Vaya, otra vez eso —jadeó Fox con un suspiro dramático, pero Lucas se limitó a sonreír.

Era una tradición. No sabía cómo había llegado a serlo, pero desde hacía meses, terminaba cubierto de miel al menos una vez por semana.

Al principio, Melody no paraba de llorar después de que Laney muriera. Lucas no había sabido qué hacer para calmarla porque no había nada que pudiera mejorar las cosas.

Pero una mañana, mientras desayunaba, se preparó un sándwich de miel y acabó con la mitad en los dedos.

Él intentó limpiarla, pero en el proceso, se le manchó un poco la frente.

Y Melody se rio. Por primera vez en semanas.

Y si tener miel en la cara la hacía feliz…

entonces se bañaría en esa sustancia por el resto de su vida.

—Estás muy guapo —comentó satisfecha cuando terminó su obra de arte con miel.

—Yo también me siento guapo. O como una abeja —comentó con sequedad, lo que le valió otra risita—. Pero ya sabes lo que toca…

—Tengo que lavarme las manos —asintió con una sonrisa.

—Con jabón.

—De acuerdo. —Se escurrió de la silla y salió de la cocina hacia el baño, donde le habían puesto un taburete para que llegara mejor al lavabo. Lucas también se levantó.

Se quitó la miel de la cara y el cuello con un paño húmedo, sabiendo que olería a ello durante horas. Pero nadie lo había notado nunca… nadie excepto Anna.

—Viejo, eres un buen padre, Moreau —dijo Fox—. Aunque un mal amigo ahora mismo.

Lucas se puso tenso. «Un buen padre». Esas eran las palabras a las que se aferraba, pero no a las que Fox esperaba respuesta.

—¿Porque me acosté con Anna o por qué? —preguntó en voz baja, dándose la vuelta.

—Porque me prometiste que eso no volvería a pasar —respondió su amigo con firmeza—. Madre mía. Pasas unos diez años con alguien, empiezan juntos como novatos, los traspasan a los mismos equipos una y otra vez, pasas más tiempo con él que con nadie… ¡y luego te miente en la cara!

Lucas resopló.

—Eres más dramático que Mel.

—No lo soy. ¿Sabes en qué estúpida situación me estás poniendo? Jack y Dax también son mis amigos. También son mis compañeros de equipo. No me gusta mentirles.

—Ella entró en la ducha, ¿de acuerdo?

—¿Y te obligó a tirártela?

Bueno, lo había mirado y le había hablado, y luego sonrió, así que… ¡sí! Prácticamente lo obligó a hacerlo.

Fox suspiró y se frotó la cara.

—Para ser sincero, no lo entiendo. No encajan en nada. Son polos opuestos.

—Lo sé.

—¿Entonces cómo pasó todo esto?

—Ella se acercó a mí, no al revés.

Fox resopló divertido.

—Oh, créeme, eso era obvio. Tú no hablas con la gente.

Eso implicaría hablar y gente, y no eres fan de ninguna de las dos cosas.

Pero ella te habló, quizá te coqueteó, no lo sé.

¿Por qué demonios le seguiste el juego? ¿Por qué no le dijiste que no eras el jugador de hockey adecuado para ella?

No lo pillo. Va en contra de todo lo que sé de ti.

No eres espontáneo ni impulsivo. No te lías con mujeres al azar sin pensarlo.

Además, te gusta la gente tranquila que no causa dramas.

Que no le gustan las cosas complicadas más que a ti.

Anna no es nada de eso, así que ¿por qué te acostaste con ella?

Lucas apretó los dientes y se apoyó en la encimera con los brazos cruzados. La respuesta a esa pregunta era tan sencilla como insatisfactoria. Todavía le costaba entenderlo incluso a él mismo.

—Porque quise —murmuró.

Fox abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

Exhaló con pesadez.

—Quise. La deseé. —Cerró los ojos unos segundos antes de decir en voz baja—: Laney había muerto hacía apenas unas semanas.

Tenía a Melody, que no paraba de llorar.

Quería hacerlo bien por ella. Quería hacerlo todo bien y no podía.

Nada me salía bien. ¡Porque su madre acababa de morir!

Pero tenía esta nueva responsabilidad… y me estaba asfixiando.

Tenía una niña, mis padres intentaban convencerme de que ellos deberían tener la custodia, y había perdido a mi hermana.

Era demasiado, Fox, ¿lo entiendes? Entonces Anna llegó a aquel maldito bar y me miró.

Y sonrió. —Se frotó la cara—. Joder, después de sus primeras dos palabras, olvidé por qué me sentía tan mal.

Hablé con ella e… hice un chiste. ¡Ni siquiera soy de los que hacen chistes, y lo sabes!

Y cuando me besó, lo olvidé todo. —Tragó saliva—.

Con ella, pude respirar por primera vez en meses.

La necesitaba para respirar. Necesitaba esas pocas horas fáciles con ella durante la semana, cuando podía ser otra persona.

—Cerró los puños—. Así que, sí. Fue una estupidez.

Pero… no me arrepiento. Supongo que solo gracias a ella no me volví loco.

Fox se le quedó mirando y bajó las manos lentamente. Parecía atónito, casi perplejo.

Sí, vaya, no solía hablar tanto, ¡Lucas lo sabía!

—¿Moreau? —preguntó después de unos segundos su mejor amigo, casi con suavidad.

Lucas enarcó las cejas con fastidio.

—¿Qué?

—A mí me parece que, a primera vista, te has… —Se interrumpió, y a Lucas le dio un vuelco el estómago de repente.

—¿Que me he qué? —preguntó tenso. ¡Porque fuera lo que fuese lo que Fox iba a decir, se equivocaba!

Este abrió la boca…

—¡Necesito una toalla, Lu! —gritó Melody con frustración.

Él dio un respingo y se apresuró a ir al pasillo. Tal vez no quería oír lo que Fox tenía que decir. No, de hecho, estaba casi seguro de que no quería.

—¿Qué pasa? —preguntó, encontrando a Melody subida en su taburete, inclinada sobre el lavabo.

—No hay toalla —se quejó, señalando el gancho donde solía colgar una.

Él asintió, buscó en el armario de su derecha una nueva y la colgó.

—Gracias. —Ella empezó a bajar del taburete, pero él la sujetó por los hombros con suavidad y firmeza al mismo tiempo.

—Enséñame las manos, por favor.

La chiquilla puso sus deditos sobre los de él. Seguían pegajosos, como las dos últimas veces.

—Aún no están limpias, Mel —murmuró con ternura—. ¿Usaste jabón?

—Sí —aseguró su sobrina con seriedad.

—Melody…

Ella suspiró.

—Se tarda mucho con el jabón. Tengo hambre.

—Lávatelas otra vez con jabón, por favor. Tus abuelos vienen en media hora, así que tenemos que darnos un poco de prisa. Y cómete un tomate, ¿de acuerdo? Te lo pondré en el plato.

—De acuerdo —arrastró las palabras, pero no abrió el grifo.

—¿Estás bien, Mel?

Ella se mordió el labio inferior.

—¿Lu?

—¿Hm?

—Cinco días es muuuuucho tiempo.

—Lo sé.

—Y vas a volar, ¿verdad? Los aviones se estrellan.

—Volar es muy seguro, Mel —susurró, agachándose frente a ella para estar a la altura de sus ojos—. Y lo siento, pero las eliminatorias solo duran unas semanas más, y después de eso, estaré aquí todo el verano.

Ella tragó saliva y asintió.

—Prefiero que me acuestes tú. A la abuela no le gusta mucho leer en voz alta.

—Me encantará leerte por teléfono las noches que no tenga partido.

Asintió.

—Yo misma puedo leer un poquito.

—Eso es verdad.

—¿Me echarás de menos?

—Muchísimo —respondió con seriedad, mirándola a los ojos—. Y volveré sano y salvo. Lo prometo.

—Está bien —susurró ella, rodeándole el cuello con los brazos y aferrándose a él. El miedo de que no volviera era grande. Lo sabía. Así que apretó aún más sus brazos alrededor de ella.

—Llamaré todos los días, Melody.

—¿Dos veces?

—Dos veces.

—Bueno. —Asintió—. ¡Espero que ganen rápido para que puedas volver a casa!