Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

Capítulo Doce

Duodécimo encuentro

— Me encanta cómo hueles.

— ¿Qué?

— Bueno, los hombres siempre huelen a algo fuerte o a almizcle. Pero tú hueles dulce. Como algo que sabes que no te conviene, pero de lo que aun así quieres más.

— ¿No te convengo?

— Siempre quiero más, Lucas, céntrate en eso.

—¿ Q ue dijo qué ? —Anna intentó mantener la voz calmada y baja, pero en lo que a pasar desapercibida se refería, tenía el mismo éxito que un pavo real… ¡o que León!

—No es para tanto, Anna —respondió el doctor Reed con calma, guardando papeles en su escritorio.

—Pero… —Apretó los dientes, aferrando con las manos el dobladillo de su polo—. ¿Ha dicho específicamente que no quiere que yo lo trate?

La sangre se le subió a la cabeza, bailando ante sus ojos en forma de puntos rojos.

—No te lo tomes como algo personal —la calmó el doctor Reed, encogiéndose de hombros como si no fuera nada—. Algunos jugadores se vuelven supersticiosos durante las eliminatorias. No quieren cambiar sus rutinas. Algunos creen que las mujeres traen mala suerte.

¡Oh, si se cruzaba con Lucas, ya podía contar con que le traería mala suerte!

¿En qué demonios estaba pensando? ¿Acaso sabía lo mal que la estaba dejando ante su jefe?

«No te lo tomes como algo personal».

¡Ya era tarde para eso! Maldita sea, le había dicho a Fox que quería que fueran amigos y… joder, ¿hoy ponía en duda su competencia como médico?

—Limítate a estar contenta —su jefe interrumpió sus pensamientos—. Has terminado por hoy. Ya es tarde. Puedes irte a casa.

—Ah, sí, genial —contestó con tensión, dándole la espalda y saliendo de su despacho a zancadas.

Pero en lugar de dirigirse a la izquierda, hacia la salida del aparcamiento privado, giró a la derecha, hacia los vestuarios de los jugadores.

Porque el doctor Reed se equivocaba. ¡Aún no había terminado por hoy!

La mayoría de los jugadores de hockey ya se habrían ido. Lucas, sin embargo, había recibido tratamiento tarde, así que seguiría allí.

Peor para él.

Esta vez no llamó a la puerta, pero Lucas tampoco estaba en el vestuario, que se encontraba completamente vacío.

No estaba sentado frente a su casillero, el número uno.

Oyó el agua salpicar en las duchas comunes contiguas…

y en ese momento, le importaba un bledo cuántos Hawks desnudos tendría que ver para gritarle al portero; empujó la puerta con el puño.

Sus pasos resonaron sobre los azulejos mientras recorría la estancia con la mirada, con la cálida humedad calando en su falda y su blusa.

Había un par de docenas de duchas, incluyendo dos cabinas cuyas puertas debían de estar de adorno porque estaban abiertas de par en par, ofreciéndole a Anna una vista excelente de Lucas.

Él estaba de cara a la pared, con el agua cayendo en gruesos chorros sobre sus anchos hombros, por su espalda musculosa y sobre su fantástico trasero, al que Anna había mirado tantas veces que podría haberlo moldeado en arcilla.

Conocía el cuerpo de Lucas por dentro y por fuera.

Sabía qué músculos bailaban cuando levantaba los brazos para pasarse las manos por el pelo, como estaba haciendo ahora.

Conocía cada lunar. Cada depresión, cada relieve, cada maldita y fibrosa perfección.

Y, aun así, no podía apartar la mirada. Se le secó la boca al verlo pasarse las manos por su propio cuerpo, con la espuma y el agua chorreando por su piel suave por todas partes…

El calor se acumuló en su bajo vientre y desvió la mirada hacia arriba con brusquedad. ¡No estaba ahí para quedarse embobada mirándolo!

—¿Qué demonios pasa contigo? —espetó, y su voz airada rebotó dos veces contra el techo y las paredes.

Lucas se sobresaltó y se giró hacia ella. Se le agrandaron los ojos al verla y, con la boca abierta por la incredulidad, salió de debajo del chorro de agua. El pelo oscuro se le pegaba a la frente y al cuello como manchas de tinta.

—Joder, Anna. ¡No puedes estar aquí!

Ella resopló con fuerza.

—¿Quién lo dice?

—¡Estoy en pelotas, joder!

—¡Ya me di cuenta! Y me importa un rábano —mintió, apretando los labios y cruzándose de brazos.

Se obligó a concentrar la mirada en su rostro, no hacia abajo por su delicioso y mojado torso y…

— ¿En qué demonios estabas pensando? —interrumpió sus propios pensamientos con vehemencia, acercándose a él hasta que el agua que goteaba de su cuerpo al suelo le rozó las piernas desnudas—. ¿Que no quieres que te trate yo?

El tipo tuvo la gracia de suspirar.

—Anna…

—¡No! Aún no he terminado. —Furiosa, le clavó el dedo índice en el pecho—. ¡Soy una médico, maldita sea! ¿Te enteras?

—Nunca he dicho lo contrario —gruñó él, apartándole el dedo del cuerpo de un tirón.

—¡Pues a ojos de mi jefe es exactamente lo que estás diciendo!

—exclamó con rabia—. ¡Cómo te atreves a no dejar que te trate!

—Intentó señalarle el pecho con la mano libre, pero los reflejos del cabrón eran demasiado rápidos.

Dio un paso atrás y le atrapó también la otra mano.

El agua tibia le caía por sus estúpidos y anchos hombros, rebotando en todas direcciones y empapando la ropa de ella, pero apenas lo sintió.

—Basta —ordenó, con una calma y una voz grave exasperantes, manteniendo la mirada fija en la suya.

—¿Basta de qué? ¿De gritarte o de intentar pegarte un puñetazo?

—¡De ambas cosas!

—¡No! —graznó, lanzándole una mirada fulminante.

Parecía tan malditamente tranquilo a pesar de ser él quien estaba desnudo.

A pesar de que le estuvieran gritando. Y ella lo odiaba—.

¡No me voy de aquí hasta que reciba una puta disculpa y una promesa!

¡Mañana por la mañana irás a ver a Reed y le dirás que has cambiado de opinión!

—No lo haré —contestó impasible, con su voz baja apenas audible sobre el ruido del agua al caer.

—¡Maldita sea, Lucas, lo harás! —espetó.

—No. No es nada personal…

—¡Claro que es personal! —A estas alturas puede que estuviera gritando—. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Soy lo bastante buena para que me bajes los pantalones, pero no para mirarte la puta rodilla?

—Anna —gruñó él en tono amenazador—, este no es el puto lugar para…

—Me importa un carajo —le espetó, retorciendo las manos en su agarre—. Quiero una explicación, Lucas. ¿Por qué no puedo tratarte? ¿Por qué tienes que dejarme por los suelos ante mi jefe? ¡Dijiste que éramos amigos! ¡Los amigos no hacen eso!

—Yo… —Hizo una pausa. Frunció el entrecejo. Y entonces su expresión se ensombreció—. Yo nunca te dije que fuéramos amigos —expresó tajante—. Joder, ¿nos espiaste a Fox y a mí?

Vaya.

—Fue sin querer, ¿de acuerdo? —respondió acalorada.

Él soltó una seca carcajada.

—Ahora escúchame bien, Anna —susurró, inclinándose hacia ella de modo que las gotas de su pelo mojado cayeron sobre la mejilla de ella.

El calor del vapor de la ducha la rodeó, igual que el propio calor de Lucas.

Su aroma a miel la embriagó—. Cuando me tratas, me tocas…

y ambos sabemos lo que pasa cuando lo haces.

—Su mirada se oscureció, trayendo consigo un calor que desencadenó un hormigueo en lo más profundo del estómago de Anna—.

Y eso tiene que parar. Fox tiene razón. Tú no quieres, pero eres un drama andante esperando para tragarme entero.

¡Y yo no soy lo que buscas, maldita sea!

Porque, ¿qué dijiste? —Entornó los ojos—.

¿Quieres a un hombre que sepa comunicarse bien?

Ella abrió los ojos de par en par. Ella nunca había… ¡Oh, era un bastardo! Abrió la boca incrédula.

—¿Y ahora me recriminas a mí que estuviera escuchando a escondidas?

—Fue sin querer, ¿de acuerdo? —respondió, imperturbable—. Eso lo compensa todo, ¿no?

Anna resopló.

—No me creo ni una palabra. ¡Qué sarta de chorradas! Seguro que te puedes controlar. De todas formas, ¡el único sitio donde probablemente te tocaría sería la rodilla, Lucas!

No respondió, solo la miró, con las pupilas dilatándose a cada momento. Su mirada recorrió el pelo ahora húmedo de ella, bajó por su cuello hasta su polo, que se le pegaba al torso… hasta sus pezones, visibles bajo la prenda, que seguían endureciéndose bajo su mirada.

Su respiración se aceleró cuando los dedos grandes y ásperos de él se aflojaron alrededor de sus muñecas y los subió por sus brazos, dejando rastros húmedos…

—¿Oye, Moreau? ¿Dónde te has metido? —dijo una voz grave y molesta, seguida de unos pasos.

Lucas se quedó helado.

—Joder. —La metió de un tirón en la cabina y cerró la puerta antes de que su mirada recorriera el cuerpo de ella y…

—Tus pies. Puede verte los pies —gruñó.

Al momento siguiente, le clavó los dedos con fuerza en las caderas y la levantó en vilo como si no fuera más que un disco que estuviera recogiendo del hielo.

Pero su cuerpo estaba mojado y el agua corría sobre ella, haciendo que casi se escurriera hacia abajo. Frenética, se recogió la falda para poder enrollar las piernas alrededor de su cintura para aliviarle el peso, y le rodeó el cuello con los brazos. La voz habló de nuevo.

—Moreau, ¿eres tú?

—¿Qué quieres, Álvarez? —respondió él, molesto.

León lanzó un suspiro dramático.

—Qué borde. Se supone que tengo que recordarte que te tomes tus estúpidas pastillas.

Las manos de Lucas se desplazaron a las nalgas de Anna. Sus uñas rozaron el dobladillo de su falda, presionando su piel desnuda. Un suave jadeo escapó de Anna y Lucas la miró con severidad.

—Bueno —contestó.

Su voz sonaba condenadamente áspera. Su pecho, duro. Su olor, demasiado dulce. Sus dedos estaban demasiado cerca de…

—De verdad que tienes que tomártelas —avisó León en voz alta—. Si no, el doctor Reed mandará a Anna para que te las dé de comer a la fuerza.

Lucas levantó una ceja y miró la cara de Anna.

Ella asintió y levantó la barbilla porque eso era lo que haría.

—Ajá.

—Bueno, yo las dejaría aquí si fuera tú —continuó León—. Una visita a domicilio de Anna no suena nada mal.