Capítulo 11
Capítulo Once
Undécimo encuentro
— Este es el escafoides, el semilunar, el piramidal… —recorrió los huesos de la mano que él tenía libre—. La cintura escapular, la clavícula… —trazó su hombro—. El atlas, la primera vértebra cervical; el axis, la segunda vértebra cervical —deslizó la mano hacia la nuca.
— ¿Anna? ¿Qué haces?
Ella le dedicó una amplia sonrisa que le hizo dar un vuelco al corazón.
—Estoy practicando para poder convertirme en la mejor maldita médico del mundo.
G anaron el primer partido de la serie al mejor de siete contra los Arizona Wolves por un margen tan estrecho como el que les hizo perder el segundo.
En el último periodo, el defensa rival lanzó intencionadamente a León contra la valla, impactando con el hombro lesionado primero.
Se puso tan blanco como el papel y, por unos segundos, pareció que iba a desmayarse por el dolor; eso enfureció tanto a todo el equipo de los Hawks que perdieron por completo la concentración y se liaron a mamporros innecesarios con el disco y con sus oponentes.
Charkov acabó con un tajo en el labio y el entrenador Gray con la voz ronca, y el partido terminó con un cuatro a tres.
Sí, el hockey sobre hielo era un deporte físico; y sí, a cualquiera de ellos le habría encantado inmovilizar a León con una carga la semana pasada… demonios, incluso ayer mismo.
¡Pero estaba en su equipo, joder! Ellos podían meterse con él, pero, maldita sea, nadie más tenía permitido hacerlo.
De cualquier forma, el ambiente en el vestuario era tan alegre como un hormiguero bajo una lupa al sol del mediodía.
—Joder.
—Mierda.
—¡Mierda, joder!
—Puta mierda.
—¡El próximo que suelte un insulto, suelta diez dólares para el bote de las palabrotas! —ladró el entrenador, que entró en el vestuario justo detrás de ellos. Sin embargo, como estaba afónico, sonaba más bien como un fumador empedernido quejándose por haber perdido el mechero.
—¿Tenemos un bote de las palabrotas? —preguntó West, confundido.
—¿Entonces se permiten los insultos creativos ? —preguntó Payne con inocencia—. Tengo unos cuantos esperando para debutar.
Temple resopló.
—¿Ah, sí? ¿Cuáles?
—No es asunto tuyo, cara de pedo novato —reviró Payne con una sonrisa.
A Lucas le dio un tic en la boca mientras se quitaba el pesado casco, pero Gray parecía haber perdido el sentido del humor junto con la voz.
—¡Silencio! Aún no tenemos un bote de las palabrotas —aclaró—. Pero estoy a punto de poner uno. En mi casa hace maravillas.
—¿Les has prohibido decir palabrotas a tus hijas? —Fox parecía impresionado.
—No —contestó el entrenador con amargura, frotándose la nuca—, me las han prohibido a mí.
Ya se han comprado una maldita Nintendo Switch con el dinero.
Así que, si a mí no me dejan decir palabrotas, ¡a ustedes tampoco!
Y con ese último tercio tan miserable, perdieron el derecho a usar un lenguaje florido.
Algunos de los novatos se rieron, y Lucas los miró con lástima. Error de novato.
—¡Eh! —gritó Gray—. ¡Reírse conlleva una multa de diez dólares! Entiendo que a ninguno les haga gracia que a Álvarez lo esté atendiendo Temple y que pueda perderse el próximo partido, pero no pueden andar revoleando los sticks como si fueran los últimos neandertales.
—¿Es raro que no se refiera a Dax cuando dice Temple? —susurró Payne—. ¿O soy el único al que esa frase le ha resultado extraña?
Lucas apretó los dientes mientras se quitaba las espinilleras. No. A él también le resultaba… irritante la idea de que León estuviera siendo tratado por Anna.
—Yo creo que lo de revolear los sticks suena al guion de una porno suave de BDSM deportivo —reflexionó Dax.
—Amor y Hockey: Amor al primer stick —masculló Fox.
—¡Bien, escúchenme bien! —gritó Gray. Podría haber salido en el cine haciendo de gigante corpulento—.
En realidad, me habría gustado ganar los dos partidos de casa.
Va a ser más difícil ganar en el pabellón del otro equipo.
Pero solo necesitamos ganar tres partidos más para pasar a la segunda ronda y, por Dios, que lo haremos.
—Entrenador, lo de por Dios inspiraría más si fueras religioso —señaló Blake Ford.
—Y tú inspirarías más si hubieras estado hoy en el hielo, portero suplente —añadió Fox con amabilidad.
—Sí. Y, por cierto, creo en ponerles multas por comentarios estúpidos —añadió el entrenador con seriedad.
—¿Cómo es que aún no estás en la ruina, Dax? —preguntó Payne.
—Así que —continuó el entrenador elevando la voz—, nosotros…
La puerta se abrió y Lucy entró con paso tranquilo. La pelirroja jefa de relaciones públicas estaba tan poco impresionada por los jugadores de hockey medio desnudos como Lucas por su juego en el último tercio.
—Hola —dijo—, ¿qué demonios ha sido eso esta noche? Y, ¿puedo abrir el vestuario a la prensa?
—¡No! —espetó el entrenador.
—Gray, Leslie insiste en que al menos alguien haga una declaración —refutó ella con impaciencia.
El entrenador palideció un poco más. A Leslie no la apodaban La Dragona por nada. Cuando se enfadaba, solo necesitaba una chispa para escupir fuego de verdad.
—¡Está bien, Fox!
Fox gruñó.
— Sé el capitán del equipo , decían —masculló malhumorado—. Será divertido , decían.
Lucas sonrió. Sí, se alegraba de no tener ese cargo. ¿Por qué León todavía no volvía? ¿Qué le estaba haciendo Anna? ¿Y dónde exactamente tenía que tocarle para hacerlo?
—¿Qué tipo de declaración se supone que tiene que hacer? —preguntó Dax—. ¿Que hemos jugado como un saco de arroz mojado en el último tercio?
—Habla por ti —masculló Payne—. Yo he sido un paquete de avena fino. Áspero y con fibra.
—Me da totalmente igual. Sé breve, Fox. Al menos Moreau ha recuperado la concentración. Los últimos discos han sido imparables. No te olvides de mencionar eso.
—Ah, sí, su recién recuperada concentración —murmuró Fox—. Me pregunto a qué se deberá.
Él arqueó una ceja.
—¿Hay algo que quieras decir, Fox?
—No, ¿y tú? —susurró—. ¿Que te acostaste con Temple en las últimas cuarenta y ocho horas?
—Solo en los sueños de Dax. Y quizá en esa porno suave de BDSM de la que hablaba.
Fox resopló y se levantó.
—Sabes, me dijiste que solo eran amigos. ¿Lo sabe ella?
Lucas también se puso en pie, porque no soportaba la forma en que su mejor amigo lo estaba mirando por encima del hombro en ese momento.
—¿Por qué te importa? —siseó.
—No quiero que acabe corriendo a quejarse con sus hermanos porque esté enfadada contigo.
Rio a secas. La idea era ridícula.
—Realmente no la conoces en absoluto, ¿verdad?
—¿Y tú sí? —inquirió con incredulidad—. Pensaba que…
—Fox, sea lo que sea lo que tengan que discutir, la prensa es lo primero —interrumpió Gray—. Y, Moreau, cojea.
—No, no cojeo —respondió automáticamente, dando la vuelta.
—¡Sí! Ve a ver a Temple y que te mire la rodilla cuando termine con León.
—Entrenador, yo...
—Sin discusiones. Ve.
Por suerte, el entrenador aún no había instaurado el bote de las palabrotas.
Lucas solo había visto a Anna por un breve momento y de pasada desde el domingo. Él había mantenido las distancias y ella también. Estaba bastante seguro de que habían acordado sin decir nada que lo mejor era una relación puramente platónica.
El problema era que Lucas siempre estaba acordando cosas tácitamente.
La mayoría de la gente, sin embargo, necesitaba palabras para ese tipo de cosas, y temía que Anna fuera una de ellas.
Aun así, seguía pensando que sería más fácil si se veían lo menos posible.
Después de todo, ya habían visto adónde llevaba el tiempo a solas.
Eso era lo que le diría. Que serían amables el uno con el otro, pero mantendrían una distancia educada. A las mujeres les gusta la sinceridad, ¿no? No les importa lo que digas, siempre que seas sincero. ¿Correcto?
Suspirando, se frotó la cara y se detuvo frente a la puerta de la sala de examen… que estaba entreabierta.
—¡Ay! ¡Joder! —la voz de León sonó desde dentro—. Debería haber sabido que a ti te gusta duro y a lo bruto.
—Cállate, León, apenas te he tocado.
—Bueno, tienes permiso, ¿sabes?
Lucas casi pudo oír el arqueo de cejas en el tono de voz de León, y su mandíbula se tensó.
Anna suspiró.
—León, de verdad, tú…
—¡Ay! Eso está frío.
—Es hielo, León. Está frío.
—Aun así.
—Siento que te duela —dijo Anna, con la voz mucho más suave.
—No es para tanto.
—León —aclaró ella con seriedad—, claro que lo es. Tienes el hombro contusionado y el movimiento del brazo limitado. No sé si podré darte el alta para el próximo partido…
—¡Lo harás! ¡Estoy en forma! —ladró él.
¿Cómo demonios le hablaba así? Lucas tenía la mano en el pomo de la puerta cuando oyó a Anna reír.
—Todos piensan que pueden impresionarme o asustarme con sus gritos. Yo decido quién está en condiciones de jugar y quién no. Así que deja de armar tanto escándalo y escucha lo que tengo que decir.
Un gruñido vino como respuesta.
—No es justo. Siempre me llevo el tirón de orejas. ¡Y de la boca de Dax y Matt sale la misma cantidad de idioteces!
—Sí —concordó Anna con tono pausado, mostrando su simpatía—. Debe de ser difícil tener que aguantar tanto. Solo por ser el más joven. Pero si te sirve de consuelo, yo también habría gritado.
—No soy el más joven. Hay algunos jugadores menores que yo.
—Sí, pero aún no están tan avanzados como tú. Todavía necesitan unos años para ser aceptados en el círculo superior, en la élite. Pero me imagino que es agotador que los demás no te tomen en serio. Aunque te respeten, a veces debe parecer que no es así.
Un silencio perplejo fue la única respuesta. Y Lucas entendía a León. Él también estaba mirando a la puerta con la boca abierta.
León acababa de gritarle y ella respondió con una amabilidad increíblemente generosa que el bastardo no se merecía.
—¿De verdad crees que me respetan? —masculló él al cabo de un minuto.
—¿Hola? Hoy se han roto la cara por ti porque estaban furiosos de que Thompson te hiciera daño de verdad.
—Hm —caviló él—. Supongo que sí. ¿Y tú? ¿Tú también me respetas? ¿Lo suficiente como para poner tu mano en otro sitio?
Bueno, era suficiente. Lucas apretó los dientes y dio un paso adelante. Vio por la rendija de la puerta que el delantero centro estaba en una camilla de examen con Anna inclinada sobre él, con la mano en su hombro… y algo caliente y horrible empezó a revolverse en su estómago.
Estaban cerca. Demasiado cerca. ¡Y León ya podía ir retirando lo que acababa de decir!
Con la mano aún en el pomo, oyó a Anna hablar de nuevo, recordándole que ella se las apañaba muy bien sola.
—Sabes, León, habré hablado contigo como una docena de veces —comentó ella con un sonoro suspiro—. Cada una de esas veces, coqueteas conmigo… igual que haces con cualquier otra mujer en este mundo. ¿De verdad te interesa siquiera alguna de ellas ?
León abrió la boca confundido.
—¡Claro que sí!
—No a un nivel sexual, sino emocional —añadió Anna con naturalidad.
El jugador frunció el ceño.
—No te entiendo.
La médico se rio.
—Claro que no. Permíteme que te lo plantee así: ¿qué buscas en una mujer?
—No lo sé. Alta y guapa.
—Oooh, eso no suena superficial en absoluto —dijo ella, llevándose la mano al pecho.
—Bueno, no lo sé —respondió León a la defensiva. ¿El idiota se estaba sonrojando?—. No he pensado en ello. Las mujeres suelen encontrarme a mí.
—Ah, claro. El terrible destino de los jugadores de hockey.
Pero sabes una cosa, nunca descubrirás lo que realmente necesitas o quieres si no te lo tomas en serio y te limitas a coquetear con cada mujer que conoces.
¿Pero quizá eso es lo que quieres? ¿Solo divertirte?
Respeto eso totalmente. Yo siento lo mismo.
—¿Solo quieres divertirte? —preguntó él con incredulidad.
—Sí.
—Pero… entonces, ¿por qué no te acuestas conmigo?
Ella se rio.
—Soy selectiva.
A Lucas le dio un tic en la comisura de la boca. ¿Lo era?
—Ya veo. Entonces, ¿qué tipo te gusta? —preguntó León con brusquedad—. ¿Qué es lo que buscas?
Anna ladeó la cabeza pensativa.
—No lo sé. Para ser sincera, ni siquiera sé si alguna vez querré algo serio. Pero… —vaciló, hablando más bajo—, un hombre que sepa comunicarse bien sería genial. No tengo… a ninguno así en mi vida, para nada.
El cuello de Lucas se puso rígido.
—Madre mía —jadeó León con un suspiro trágico—, me temo que, después de todo, no estamos destinados a estar juntos.
Ella soltó una carcajada sincera y sonora… y Lucas la odió.
Quería que fuera su hombro el que ella estuviera tocando. Que fuera sobre él sobre quien ella estuviera inclinada. Que fuera de sus chistes de quien se estuviera riendo.
Joder.
Entornó los ojos. Esto no iba a salir bien. Si dejaba que lo manipulara, con sus manos sobre su cuerpo… Mierda, no. Ese sería el principio del fin de su control.
Ella se había corrido contra su boca el domingo, pero él había tenido que usar las manos dos veces en la ducha para sacársela de la cabeza, solo para despertarse a la mañana siguiente con una erección porque había soñado que Fox no los interrumpía. Que terminaban lo que habían empezado en el sofá.
No.
Giró sobre sus talones y se dirigió al despacho del médico jefe. Tendría que conseguir que alguien más lo atendiera.