Capítulo 12 #2
Anna sintió que Lucas se tensaba. Se deslizó unos centímetros por su cuerpo duro hasta que apretó el agarre sobre ella.
Pero quedó sentada más abajo. Sobre sus caderas.
Ella jadeó y le clavó las uñas en los hombros.
Se dijo a sí misma que tenía que hacerlo para sujetarse…
pero era mentira. Era el calor el que se apoderaba de su cuerpo y se concentraba con urgencia entre sus piernas. Porque Lucas…
—Lárgate de aquí, Álvarez —espetó él con dureza.
—Sí, sí, madre mía.
Unos segundos después, León cerró la puerta de un portazo.
Anna se quedó mirándolo a los ojos. No se movió, aunque quería hacerlo. Todo en su cuerpo anhelaba balancearse sobre él, tomar lo que el cuerpo de Lucas le ofrecía.
En su lugar, esperó a que la soltara y la dejara en el suelo. Pero él no se movió.
—¿Ves? —inquirió en voz baja, alargando la mano por detrás de él y cerrando la ducha para que un nuevo silencio los rodeara—. Sé comunicarme.
—¿Ah, sí? —susurró sin aliento—. ¿Así que eso no era… solo palabrería?
Se le endureció la mandíbula, pero no apartó la mirada.
—¿De verdad crees que habría vuelto cada semana si no me hubiese gustado tu parloteo, Anna?
Se le revolvió el estómago con ardor.
—¿Qué?
—Podría haber encontrado fácilmente a otra mujer más silenciosa. Pero me… me gustaba que me hablaras. —Se lamió los labios—. Aunque fuera a todas horas.
—Eso no es verdad. Yo nunca…
—Me estabas contando los huesos mientras estábamos en lo nuestro.
—Necesitaba practicar. Además, apenas habíamos empezado.
Una risa seca brotó de su garganta.
—¿Apenas empezábamos? Tenía dos dedos dentro de ti.
Ella se sonrojó y se encogió de hombros.
—Casi. Apenas. Y… —Tragó saliva. Su mirada se deslizó por su rostro hasta sus labios—. Nunca me dijiste que te gustaba que parloteara.
—Eso habría sido parloteo por mi parte.
Asombrada, soltó una carcajada. No quería hacerlo, pero no pudo evitarlo.
—¿O sea que prefieres que hablen los demás a hablar tú?
—No tengo mucho que decir.
—Eso no es cierto. —Volvió a tragar saliva y le pasó las manos por el pelo mojado—. Tu cuerpo habla todo el tiempo. No para nunca.
—Solo te habla a ti —susurró, hundiendo más los dedos en su carne, manteniéndola en su sitio.
—Lo conozco bien.
—¿Sí? ¿Y qué te está diciendo ahora mismo?
—Que me desea —musitó, cambiando el peso y jadeando—. Estás duro y preparado para mí.
—Eso es lo que pasa cuando una mujer se sienta sobre mi polla —respondió con voz sombría.
Ella tragó saliva mientras le sostenía la mirada. Sus ojos grises estaban más oscuros de lo habitual, surcados por sombras vacilantes que enviaban pequeños destellos de deseo por todo su cuerpo.
Tenía la espalda fría, pero el resto de ella…
Envolvió sus piernas con más fuerza alrededor de él, clavando los talones en su trasero y dejando que su erección se deslizara hasta la posición exacta. Justo donde la necesitaba.
Un pequeño gemido se le escapó cuando Lucas susurró:
—Mierda —y cerró los ojos—. Anna. —Su respiración se volvió pesada mientras palpitaba entre sus piernas.
—Te deseo, Lucas —susurró, hincando las uñas en sus hombros. No pudo evitar decirlo—. Tanto que me asusta. Me disolveré si no me tomas ahora mismo.
Vio cómo sus palabras hacían que el último rastro de control de Lucas saltara por los aires. Se convirtió en cenizas ante sus ojos.
—Esta es la última vez —ordenó con brusquedad y le besó la mejilla y el cuello—. ¡Una última vez!
Ella asintió y gimió mientras las manos de él la presionaban con más fuerza contra su miembro.
—Entonces será mejor que te asegures de que sea buena.
—Tienes que callarte —respondió con rudeza, apretándola contra la puerta que tenía detrás y capturando su boca.
Y Anna olvidó dónde estaba. Solo lo sentía a él.
Lo oía. Lo veía. Saboreaba, degustaba y deseaba su sabor.
Lo necesitaba. Su beso fue profundo. Su lengua empujaba contra la de ella con el mismo ritmo con el que frotaba su dura erección contra ella a través de las bragas. Era delicioso, pero no suficiente.
Deslizó la mano entre sus cuerpos y pasó el dedo índice por su erección mientras él seguía follándola a través de la tela.
Y si era posible, sus besos se volvieron más ávidos y sus movimientos más frenéticos.
Le hincó los dientes en el labio inferior, pero el dolor se convirtió inmediatamente en placer cuando lamió el mismo lugar.
Deslizó una mano bajo su polo, apartando el sujetador con brusquedad y rodeando su pecho con la palma.
Le acarició el pezón con el pulgar y el índice hasta que Anna no fue más que un cúmulo de sensaciones y deseo.
—Lucas, ¿de verdad te has estado acostando con otras mujeres además de mí? —jadeó—. Hemos tenido sexo sin condón antes porque tomo la píldora, pero…
—Solo has estado tú, Anna. Siempre hemos sido solo tú y yo. Desde hace un año.
Él se deslizó hacia su otro pecho, y el gemido de ella ahogó cualquier otra respuesta. Todo entre ellos era ardiente, urgente y rudo. No había lugar para la paciencia ni la cautela.
—Lucas, por favor…
—Lo sé.
Metió la mano bajo su falda, deslizó dos dedos por la cinturilla de sus bragas… y las rasgó de un solo movimiento.
Anna no tuvo tiempo de jadear por la sorpresa, porque Lucas ya estaba hundiendo su gran polla en ella, llenándola hasta el último centímetro.
Un sollozo escapó de sus labios mientras él se movía en su interior, usando la pared como anclaje para embestirla desde abajo una y otra vez. Lucas puso una mano detrás de su cabeza para evitar que se golpeara contra la puerta mientras aceleraba sus movimientos.
Nadie en su vida la había llenado de forma tan completa como él. La besaba profundo, restregando su lengua contra la de ella. Le apretaba los pezones con fuerza, enviando nuevos destellos de deseo a través de su centro.
—Dios, cuánto he echado de menos esto —jadeó. Lo besó con la boca abierta, moviendo las caderas para recibirlo mientras él se enterraba en ella hasta la base.