Capítulo 10
Capítulo Diez
Décimo encuentro
— Oh, Dios. No pares. Si te atreves a parar… yo… yo… yo…
Él soltó una risita suave en su oído.
— ¿Cómo puedes hablar mientras te corres?
L os labios hambrientos de Lucas estaban sobre los suyos antes de que pudiera recuperar el aliento, sus manos en su cabello y su rodilla presionada contra la de ella.
Le había besado mil veces y se había acostado con él una docena más, pero este beso se sentía diferente.
Más crudo. Suave a pesar de que su boca presionaba con fuerza la suya.
Más cálido. Porque no solo calentaba su cuerpo.
Porque no habían tenido una conversación tan larga como la de esta noche. Ni una tan significativa.
Lucas deslizó su mano grande y rugosa por el cuello de ella, recorriendo los contornos de su cuerpo, sintiendo cada palmo de piel expuesta como si quisiera reafirmarse a sí mismo que todo seguía igual que como lo recordaba. Como solía ser.
Pero no se sentía como antes. Había algo más.
Deslizó una mano bajo su camiseta, subió los dedos extendidos por su vientre y frotó sus pezones endurecidos a través de la tela de su sujetador, prendiendo fuego a su interior en segundos.
Un gemido escapó de ella mientras él empujaba su lengua contra la suya al ritmo que frotaba su pulgar sobre su pecho. Sabía lo que le gustaba. Sabía lo que necesitaba. ¿Cómo podía alguien conocer su cuerpo tan condenadamente bien pero no saber que era una cocinera nefasta?
Sus manos vagaron por la camisa de él y tiraron de los botones antes de encontrar la piel desnuda y tensa sobre sus pectorales y abdominales definidos.
Se arrodilló de modo que se alzaba sobre él en el sofá.
Para poder controlar el beso. Para que Lucas tuviera que adaptarse a su ritmo, y no ella al suyo.
Para poder profundizar el beso mientras deslizaba sus manos bajo su camisa, saboreando la sensación de sus músculos ondulando bajo su tacto, tensándose y relajándose.
Sus labios eran urgentes pero pausados. Quería saborearlo. Así habría sido como lo habría saboreado entonces si hubiera sabido que sería su última vez. Ella tenía la sartén por el mango, así que podía hacer lo que quisiera…
Dios.
Lucas se movió entre sus piernas. No llevaba medias; el mayo de California era cálido, y se estremeció cuando él acarició la sensibilidad de la cara interna de sus muslos.
Le separó los muslos para que sus rodillas se deslizaran más hacia afuera en el cojín antes de frotarlas con sus nudillos a través de la fina y ya húmeda tela. El contacto hizo que sus caderas dieran sacudidas incontrolables, y quiso más de inmediato.
—Mierda —susurró mientras Lucas captaba de nuevo su jadeo con los labios. Sintió que el cabrón sonreía. Sabía lo que ella estaba haciendo y no pensaba cederle el control, recuperándolo con cada uno de sus toques.
La besó con la boca abierta, se deslizó dentro de sus bragas y rodeó lentamente su centro con la presión justa, en el lugar exacto, antes de hundir dos dedos en ella a la vez.
Anna gimió. Dios, lo había echado de menos; sentirse tan malditamente deseada.
Como si ni siquiera en sus sueños pudiera él pensar en ninguna otra mujer o querer tocar a ninguna otra que no fuera ella.
Se bajó contra sus dedos. No pudo evitar cabalgar sobre su mano mientras el deseo y el calor aumentaban en un estallido en su abdomen.
—Eres el diablo.
Él se hundió en ella hasta sus últimos nudillos, y gimió mientras rodeaba con firmeza su clítoris con el pulgar y presionaba con los dedos desde dentro.
—De verdad, eres el diablo, tú…
—¿Te das cuenta de que mi objetivo siempre ha sido volverte tan loca que no puedas hablar? —susurró contra su boca antes de retirar los dedos de golpe.
Echó de menos su contacto de inmediato y no pudo evitar mirarlo desconcertada.
—¿Qué? ¿Por qué no sigues?
—He encontrado una forma infalible —continuó, ignorando sus palabras.
—Una forma infalible de hacerme callar…
—Sí —la interrumpió, antes de tirar de sus piernas hacia adelante.
Cayó de espaldas contra los cojines y, antes de que pudiera preguntarle de qué demonios estaba hablando, ya le había pasado una pierna por encima del hombro y le estaba lamiendo la cara interna del muslo.
Apartó sus bragas sin más… y al momento siguiente, presionó sus labios con fuerza contra su centro y succionó.
Y tenía razón. Estaba perdiendo la cabeza.
Perdió la capacidad de hablar. De pensar.
Solo podía sentir, concentrada en la boca de él en su clítoris.
En los dedos que le estaba introduciendo.
En sus dientes rozando su punto más sensible, prendiéndole fuego.
La rodeó con la lengua, la succionó, la besó y, en cuestión de segundos, las sensaciones se apoderaron de ella.
Con un gemido de desamparo, Anna se corrió contra sus labios tan fuerte que le zumbaron los oídos.
Pero Lucas no la soltó. Continuó prolongando su orgasmo con la boca y los dedos hasta que no fue más que gelatina.
Y solo cuando su pelvis dejó de estremecerse, sacó la cabeza de entre sus piernas y le sonrió.
—¿Ves? Sin palabras.
Se rio y se incorporó, empujándolo contra el reposabrazos del sofá con ambas manos en su pecho.
—Oh, te vas a arrepentir de eso —susurró, deslizando una de sus piernas sobre las de él—. A mí tampoco se me da mal volverte loco.
Hundió los dedos en su pelo y se bajó sobre su regazo, saboreándose a sí misma en sus labios mientras lo besaba.
Observó cómo los ojos de él se oscurecían con cada segundo mientras frotaba sus caderas contra su erección ya dura y esperándola.
Balanceándose de adelante hacia atrás. Lo besó y volvió a hacerlo mientras su mano bajaba hacia la cinturilla de sus vaqueros…
—Madre de Dios bendita, dime que estoy alucinando.
Anna dio un respingo y levantó la cabeza de golpe.
Su barbilla golpeó la mejilla de Lucas mientras él soltaba una maldición en voz alta.
Apenas registró su sarta de insultos porque estaba ocupada mirando horrorizada al hombre que estaba en el umbral, quien a su vez la miraba con los labios apretados.
Era Austin Fox, el capitán de los Hawks.
¡Mierda! ¡¿Cuánto tiempo llevaba ahí de pie?!
—Hola… Me alegro de verte, Austin. Hacía mucho que no te veía fuera del estadio —dijo débilmente, bajándose a toda prisa del regazo de Lucas antes de alisarse la falda, que estaba visiblemente arrugada.
—¡Ya, ojalá hubiera pasado más tiempo! —espetó él.
Lucas suspiró.
¡ Suspiró ! Como si Austin estuviera colmando su paciencia. Luego, se levantó lentamente y se dio la vuelta.
—¿Qué haces aquí, Fox?
—Volviste a olvidar las malditas pastillas y, como tu casa me queda de camino a la mía, pensé en traértelas.
—Ha sido un detalle. Gracias —dijo Anna en tono educado porque no parecía que Lucas tuviera intención de responder.
—Sí, soy un puto santo —gruñó Fox—. Tan santo que, cuando no contestaron la puerta, pensé que simplemente las dejaría en la mesa de la cocina.
Oh. Quizá después de todo sus oídos no habían estado zumbando—.
Porque pensé que estarías acostando a Melody.
Pero no. Estabas acostando a otra persona, ¿verdad?
Gimiendo, Anna echó la cabeza hacia atrás. Se alegraba mucho de que Lucas aún no la hubiera desnudado.
—Oh, vamos, Austin. Sin juegos de palabras, por favor. ¿Y por qué todo el mundo tiene llave de tu casa, Lucas?
—Porque hacen de niñera —espetó él, pasándose la mano por el cabello, haciendo que sus pectorales se tensaran, distrayéndola de su enfado.
—Ah —contestó, bajando la mirada por el vello oscuro que se extendía por su pecho hasta que…
—Tienes la camisa abierta —gruñó Austin, fulminando al portero con la mirada.
—Sí, pensaba que disfrutarías viéndome medio desnudo —respondió su compañero con sequedad—. ¿Quizá sea hora de que te vayas? Estamos ocupados aquí.
Anna ocultó su sonrisa tras la mano, pero a Austin no le hizo ninguna gracia.
—¿Qué carajos estás haciendo ? ¿Y con quién ?
—Pensaba que era bastante obvio —afirmó Lucas con calma—. Baja la voz, Melody está durmiendo.
—¡Dios! —Austin cerró los ojos con fuerza, con una mano en la cabeza—. ¿Cómo demonios… cómo… cuándo? Y por Dios, ¿por qué?
—Te has dejado el ¿quién? y el ¿qué? Entonces tendrías todas las preguntas esenciales de un reportero —soltó Anna.
—¡Oh, tengo clarísimo quién es! —susurró Fox—. ¡En cuanto al qué, estoy intentando no pensarlo mucho para no tener pesadillas! —Se frotó la frente antes de caminar de un lado a otro frente a ellos—. ¡Joder! Oh, joder… Esto nos va a costar los playoffs. Oh, joder, joder, joder…
—Fox, cállate —gruñó Lucas, molesto—. No nos va a costar nada. Anna y yo lo dejamos.
—¡Ya, pues no era eso lo que parecía!
—Solo tuvimos una… recaída, eso es todo —intervino Anna.
—Sí. —Lucas asintió—. Nadie se enterará.
—¡ Yo me acabo de enterar, Moreau! —le espetó, y Anna se sobresaltó—. Ahora lo sé. Y soy el puto capitán. Mi trabajo es mantener la paz. ¡Y tú escondes una maldita bomba atómica en tu cama!
Anna frunció el ceño.
—Perdona… ¿soy yo la bomba atómica de la ecuación?
—Sí —espetó Fox—. ¿Algún problema con eso?
—Oh, no, ninguno en absoluto —se retractó con rapidez, incapaz de reprimir una sonrisa—. Si tengo que ser una bomba, quiero ser la más potente de todas.
—No tiene gracia —gruñó Fox.
—Un poco sí. Pero Lucas tiene razón: no es para tanto.
—Ya, bueno, esa decisión ahora me toca a mí —respondió Fox con frialdad—. A ver, ¿cuánto tiempo lleva ocurriendo esto entre ustedes dos?
Lucas permaneció en silencio.
Anna dijo:
—Esto…
—¿Cuánto tiempo? —Clavó una mirada de acero en Lucas—. ¿Desde que empezó a trabajar para nosotros? ¿Hace unas semanas?
Lucas no respondió.
—¿Más tiempo que eso? —continuó el capitán con incredulidad; al parecer, Anna no era la única que sabía leer el lenguaje corporal de Lucas.
—Desde junio —contestó este con voz ronca.
—¿Junio? —Los ojos del capitán se abrieron de par en par con incredulidad—. ¿Pero qué demonios? ¿Anna es ella ?