Capítulo 9 #2
—¿Qué te gustaría? —murmuró, mirándola a los ojos. Sabía que era un error y, sin embargo, no pudo evitarlo—. ¿Trenzas de boxeadora? ¿Una trenza francesa?
Le pasó los dedos entre sus suaves rizos y vio cómo se le erizaba la piel del cuello. La vio tragar saliva con dificultad. Sus ojos se oscurecieron un tono…
—Pero no. —Retiró la mano a toda prisa y la apoyó en su regazo. ¿Qué demonios estaba haciendo?—. No podrías permitírtelo. Cobro dos botes de pintura de dedos por cada trenza.
Ella tragó saliva y apartó la mirada. Se deslizó unos centímetros hacia atrás, contra el rincón del sofá.
—Lástima. Por cierto, siento haberme quedado dormida. Quería ver el principio de la película con ella, acostarla y recoger la cocina antes de que volvieras.
—No pasa nada.
—No, todo está hecho un desastre.
—Ya lo he visto. ¿Estabas… cocinando?
—No creo que a una pasta con pesto se le pueda llamar cocinar —dijo, divertida—. Soy una cocinera terrible. Demasiado impaciente. Pero tampoco tuve que aprender nunca. Dax siempre se encargaba de eso.
Él asintió. Lo sabía. ¿Por qué lo sabía?
—¿Cómo conseguiste que comiera? El pesto es verde. Mel no come nada verde.
Soltó una risita suave.
—Le dije que si de mayor quería ser médico, también tenía que comer cosas verdes. Para dar buen ejemplo a todo el mundo.
—¿Y funcionó?
—Dios, no. Acabó comiendo pasta con kétchup.
Se rio entre dientes.
—Es testaruda.
—Sí, supongo que se parecen en eso —respondió con ligereza—. Por cierto, tienes un gran problema.
Arqueó una ceja.
—No tienes nada de helado en casa.
—El helado es malo para el cuerpo.
—Tú sí que eres malo para el cuerpo —afirmó ella con un deje de enfado.
—Hm. Pues el tuyo nunca se ha quejado.
Anna entreabrió los labios y un suave rubor se extendió por sus mejillas, como cuando él se quitaba la camiseta.
Joder. ¿Por qué se hacía esto a sí mismo? ¿Por qué no podía dejar de provocar en el cuerpo de ella reacciones que lo ponían duro al instante?
Cambio de tema.
—Sabes, hoy tuve una conversación interesante con tu hermano.
—Oh, esto tengo que oírlo.
—Me pidió que te explicara que Tinder es peligroso.
Anna resopló.
—Claro que lo hizo. Y, ¿qué dijiste?
—Que eres una adulta y puedes hacer lo que te plazca.
—Ah, sí, no creo que esté de acuerdo. —Suspiró y se presionó los ojos con los dedos—. Lo siento. Se pasan demasiado. Dax y Jack. Lo sé. Siguen intentando protegerme de todo, pero…
—¿Todavía?
—Sí. Fue su trabajo durante muchísimo tiempo. Al menos eso es lo que siempre han creído.
Lucas frunció el entrecejo. ¿Por qué Anna necesitaba protección?
—Mi padre era un ludópata terrible —continuó encogiéndose de hombros—.
Siempre tenían que sacarlo borracho del casino por las noches y traerlo a casa.
Aunque a mí me decían que solo estaban cansados de estudiar hasta tarde.
Para ir a entrenar cada día, me dejaban en la biblioteca pública, aunque estuviera a media hora, para que no tuviera que pasar mucho tiempo en casa.
»Asustaban a los compañeros de clase que se burlaban de mí por llevar ropa vieja para que me dejaran de molestar.
Intentaban mantenerme al margen de cada pelea…
y de algún modo sacrificaron su infancia para que yo pudiera tener una medianamente normal.
Pero eso es una estupidez, ¿sabes? —Inspiró de forma entrecortada—.
Como si yo no oyera a mis padres tirar los platos.
Como si no supiera que no todos los ojos morados de Jack eran por el hockey o que la música que ponían para que yo durmiera por las noches me impidiera escuchar tras la puerta cuando Jack y Dax discutían con nuestra madre por sus ridículos métodos de crianza.
No pudieron protegerme de todo. Lo saben.
Y lo odian. Porque me quieren, lo sé. Pero odio que piensen que todavía tienen que cuidar de mí.
Que no puedo valerme por mí misma o que no me dieran la oportunidad de hacer algo entonces.
Porque al no protegerme yo misma, solo me sentía impotente.
—No es eso —replicó él con urgencia. Sabía muy bien por qué Dax y Jack hacían lo que hacían—. No es que piensen que no puedes cuidarte sola. Se sienten culpables porque no pudieron ayudarte más.
Asombrada, abrió la boca.
—Pero no es culpa suya que…
—Eso es irrelevante. —Suspiró—. Los entiendo.
—Y las siguientes palabras brotaron de él, aunque nunca las había dicho en voz alta, simplemente porque Anna necesitaba oírlas.
Para comprender—. No es culpa mía que Laney tuviera cáncer.
Así como tampoco que nuestros padres no le hablaran durante un año cuando tuvo a Melody y no sabía decir quién podía ser el padre.
»Aun así, cada día desearía haber podido ayudarla.
Haber llegado más a ella. Haber estado más pendiente.
La quería; era una persona fantástica. Pero también era puro drama.
Le gustaba la adrenalina de tomar malas decisiones a sabiendas.
Le gustaba la emoción de irse con alguien distinto cada noche.
Y también discutir. Dar gritos. Causar el caos.
Pero yo lo odiaba. Siempre lo he odiado.
Así que no tuvimos contacto durante mucho tiempo.
Hasta que apareció en mi puerta, desesperada, con un bebé en brazos.
No era la mejor madre. No sabía qué hacer con la niña, solo que la quería a morir y que quería quedársela.
Y pensé: «Mierda, ¿cómo pude dejar que las cosas llegaran a este punto?
». Así que le compré esta casa. La ayudé a conseguir un trabajo.
Hice de niñera de Melody siempre que pude.
Pero eso no compensó todos los años que me mantuve alejado de ella porque no soportaba el drama que siempre teníamos en casa y que ella perpetuaba.
Y yo era el mayor. Era el hermano mayor. Debería haber sido mi trabajo.
Tras su confesión, una piedra se asentó en su pecho, oprimiéndole los pulmones con cada respiración.
Los ojos de Anna brillaron mientras sacudía la cabeza.
—No, no lo era. Solo porque seas el mayor no significa que…