Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo Nueve

Noveno encuentro

La mirada de Lucas resbaló por la espalda desnuda de Anna. Estaba tumbada boca abajo, con las manos entrelazadas bajo la cabeza, profundamente dormida. ¡Solo se había ausentado treinta segundos para ir a por un vaso de agua! ¿Cómo era posible que ya se hubiera dormido?

Riendo entre dientes, sacudió la cabeza y recorrió los contornos de su cuerpo una última vez antes de arrodillarse sobre el colchón y besarle el cuello con suavidad. Luego, se vistió y se marchó.

P oco después de las nueve, entró por fin con el coche en su entrada. Estaba oscuro y se sentía molesto por no haber podido acostar a Mel de nuevo. Aunque ella todavía estaría despierta, el primer intento era el que de verdad importaba.

El entrenador Gray había repasado casi cada jugada que habían fastidiado en los últimos dos años antes de mandar a la mayoría del equipo a casa. El pobre Fox, sin embargo, seguía allí cumpliendo con sus deberes de capitán .

Su teléfono vibró con el tercer mensaje de Hazel:

¿Quién es Anna? ¿Por qué no me contestas?

No es nadie

—respondió por mensaje con impaciencia, pasándose una mano por la cara con cansancio antes de abrir la puerta principal. El sonido de la tele llegó hasta él. Se quitó los zapatos y los músculos de su espalda se tensaron automáticamente. Anna estaba allí. En su casa.

Nunca había tenido a una de sus… mujeres aquí. Hazel venía a menudo, pero nunca se había acostado con su agente, ni siquiera había querido hacerlo.

Saber que Anna estaba sentada en su sofá era desconcertante. Ponía todo su cuerpo en alerta, lo cual era malo porque tendía a comportarse como un imbécil cuando se sentía incómodo. De hecho, había planeado ser amable con ella. De una forma no física. No tenían ningún problema, y ambos lo sabían.

Dios, ella le había salvado el pellejo hoy. Le debía un agradecimiento. Un favor. Una disculpa.

Caminó por el pasillo, echó un vistazo a la cocina, que era un caos de pasta y —¿pesto verde?—, abrió la puerta del salón… y se quedó petrificado.

Melody estaba dormida. Y no era la única.

Ambas estaban tumbadas en el sofá, con una manta envolviéndoles las piernas.

Anna tenía la cabeza apoyada en el reposabrazos y el brazo alrededor de Melody, que dormitaba sobre su hombro.

Una canción estrepitosa salía de la televisión —estaban viendo alguna película de Disney—, lo que al parecer no les molestaba en absoluto.

El corazón se le encogió de forma extraña mientras paseaba la mirada sobre ellas.

Se contraía y se expandía al mismo tiempo, alternando calor y frío.

Era como si estuviera pasando por un túnel de lavado.

Parecían en paz. Las dos. Estaban perfectamente conformes con despertarse mañana con el cuello rígido.

Y, sin embargo, Mel nunca se dormía sabiendo que él debía volver más tarde. No lo había hecho en meses. No obstante, allí estaba, dormida, con la boca un poco abierta, babeando en la camiseta de Anna. ¿Qué habría hecho Anna para dejarla tan agotada?

Sacudiendo la cabeza, se acercó y retiró con cuidado la manta del cuerpo de su hija antes de tomarla en brazos. La llevó por el pasillo y subió las escaleras, con cuidado de no hacer movimientos bruscos… pero aun así la despertó.

—¿Lu? —susurró, rodeándole el cuello con sus brazos delgados.

—Sí, he vuelto —murmuró, dándole un beso suave en la mejilla.

Ella asintió.

—Me la pasé muy bien.

Una sonrisa tiró de su boca mientras abría la puerta del dormitorio de ella con el pie.

—Me alegro. ¿Qué hicieron?

—Curé a Anna —explicó con voz queda y somnolienta—. No paraba de romperse el tobillo. Le puse un vendaje. Ella me ayudó. Voy a ser una súper, súper doctora.

—Muy bien —murmuró, acostándola. Ya llevaba puesto el pijama.

—Sí. Anna es súper lista. Ha curado a mucha gente. Y me ha enseñado a saber si tengo el apéndice mal.

Soltó una risita, se arrodilló a su lado y la tapó.

—Mañana tendrás que enseñarme eso.

—Bueno. —Sus ojos volvieron a cerrarse, pero al parecer no podía dejar de hablar. Ella y Anna se parecían en eso—. ¿Sabías que tenemos un hueso en los oídos que es súper pequeño y se llama plancha?

Se refería al estribo, pero no se vio con fuerzas para corregirla.

—Eso es increíble.

—Sí. Y luego comimos helado. Pero sssh. Es un secreto.

Sonrió y le acarició la cabeza.

—De acuerdo, me lo guardaré para mí.

—Bien. —Aliviada, se acurrucó en su almohada. —¿Papá?

Se le encogió el corazón. La palabra se le escapaba a veces cuando estaba cansada o cuando quería probar a decirla porque los niños de la guardería la usaban todo el tiempo.

—¿Sí?

—¿Sabías que Anna tampoco tiene mamá? Es como yo. Así que tienes que ser súper amable con ella.

Se le formó un nudo en la garganta que tragó con rapidez.

—Lo intentaré.

No podía prometer más porque sentía que, a veces, simplemente perdía el control de su mente y de su cuerpo en presencia de ella.

Su hija volvió a asentir antes de que su respiración se acompasara.

Él le dio otro beso en la cabeza y dejó a Lulu en su cama antes de levantarse, cerrar la puerta en silencio y volver a bajar al salón.

Anna no se había movido. Seguía durmiendo como un tronco.

Rodeó lentamente el sofá y se quedó mirando su rostro y la franja oscura de pestañas que descansaba sobre su mejilla.

La había observado dormir muy a menudo, más a menudo de lo que debería hacerlo alguien que no fuera un acosador.

Pero Anna se quedaba dormida más rápido de lo que un jugador de hockey podía decir joder .

Así que no era como si hubiera tenido otra opción.

Y se veía tan malditamente… hermosa cuando dormía.

Desnuda o vestida. Irradiaba una calma que él nunca había poseído, por mucho que todo el mundo creyera que sí.

Pero era un espejismo. Cuando dormía, todo en ella era dulce y suave, el polo opuesto de su yo despierto.

Y ambos lados le resultaban fascinantes.

«Me da la sensación de que, si te hubiera conocido de verdad, no me habría acostado contigo; y odio ese pensamiento porque significa que cometí un error».

Se frotó la barbilla y cerró los ojos. Había sido temerario. Impulsivo. Pero… ¿un error?

No. Siempre lo había considerado necesario.

Lo había necesitado. No sabía cómo habría superado los primeros meses tras la muerte de Laney sin esa hora a la semana en la que no tenía que pensar en absoluto.

Cuando solo era un hombre, no repentinamente un padre o un jugador de hockey que acababa de arruinarla en las eliminatorias.

Ni Moreau ni el Descuartizador . Solo… Lucas.

—¿Anna? —llamó en voz baja, tocándole la pierna.

No se movió.

—Anna —murmuró más fuerte, sentándose a su lado en el sofá y apretándole el hombro con suavidad.

Sus párpados temblaron y levantó la cabeza del reposabrazos.

—¿Mmm? —Bostezó y echó un vistazo a la habitación, desorientada durante unos segundos hasta que su mirada se posó en la cara de él—.

Oh, Dios. —Hizo una mueca, luego se rio y se frotó los ojos—.

Cierto, estoy en tu casa. Y has vuelto. Y…

—Parpadeó y bostezó de nuevo—. Maldita sea, ¿me quedé dormida?

—Sí.

—Vaya, lo siento, pero Melody tiene tanta energía que resulta agotador de verdad.

—Sí.

—¿Dónde está?

—La he llevado a la cama.

—Bien. Estaba cansada. —Se quitó la manta de las piernas y bostezó. Llevó las manos por encima de la cabeza y estiró la espalda, haciendo que la tela de su camiseta se tensara sobre su pecho.

Moreau apartó la mirada por pura autoprotección.

—¿Ha ido todo bien?

—Sí, fue genial, aunque tienes que comprar papel higiénico. Hicimos muchos vendajes.

—Ah, sí. Dijo que te habías roto el tobillo.

—Varias veces —comentó con seriedad—. Ha sido una fractura bastante complicada. Suerte que había una doctora competente como Melody a mano.

Sonrió.

—Gracias.

—¿Por romperme el tobillo?

—Por hacer de niñera.

—No hay de qué. —Bostezó de nuevo—. Melody es una niña bastante linda.

—Sí, yo también lo creo.

Vio por el rabillo del ojo y sintió en su pecho cómo ella sonreía.

—Resulta bastante sorprendente que de verdad sean parientes.

—Oh, yo también soy lindo —contestó a secas, mirándola—. La palabra hielo está en la descripción de mi trabajo.

Ella se echó a reír; sus ojos azul claro brillaban bajo la tenue luz de una lámpara de pie en la esquina.

—No puedo discutir eso.

Él asintió y se dejó caer en el sofá.

—Se lo ha pasado muy bien esta noche; te adora.

La sonrisa de ella se ensanchó.

—Bueno, soy muy adorable. Melody parece tener buen ojo para las personas.

—Mmm. No sé… siempre va con Madre Gothel en Enredados porque cree que una madre sobreprotectora es mejor que no tener madre.

—Bueno, tiene razón, ¿no? —replicó suavemente encogiéndose de hombros.

—Sí. —Se frotó la cara. Dios, Anna había hablado con Melody sobre su madre. En su primer día juntas. Le costaba incluso pensar en el tema; solo le recordaba que él no era lo que Melody se merecía.

—Sabes, Melody me ha contado tus secretos más sucios —admitió Anna, logrando sacarlo de su torbellino mental.

Intrigado, enarcó una ceja.

—¿Ah, sí? Y yo que pensaba que tú eras mi secreto más sucio.

—No. No, no. —Hizo un gesto con la mano—. Solo soy tu secreto mejor guardado. Mejor guardado que Melody, si no te importa que lo diga. Hazel me miró durante unos cinco minutos y dijo: «¿Quién eres? Nunca he oído tu nombre». Pero ahora sé que haces las mejores trenzas de todo Los Ángeles.

Las comisuras de su boca sufrieron un espasmo.

—Eso no es cierto. Son las mejores de toda California.

Ella se rio.

—Tendrás que demostrármelo.

—Mmm. —Se giró en el sofá para poder mirarle la cara, mientras su mirada recorría juguetonamente sus rizos rubio oscuros que le acariciaban los hombros.

Sabía cómo se sentían entre sus dedos, y contra su pecho cuando Anna lo besaba.

En su estómago cuando bajaba la boca. Entre sus puños cuando la sujetaba en su lugar.

Alargó la mano, la hundió en un lado de su cabello y le acarició la sien con el pulgar.