Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo Ocho

Octavo encuentro

¿Puedes traer algo de leche cuando vengas? No me queda para el café de mañana.

No.

¿Por qué no?

Ese no fue nuestro trato. Nada de favores.

Ah, claro.

Sin secretos, sin hablar, sin favores.

Y sin leche.

A nna tenía dos cosas claras desde la infancia: sus armas más poderosas eran su mente y su capacidad de compasión.

Ambas eran espadas de doble filo.

Su cerebro le decía que no le debía nada a Lucas.

¡Era problema suyo si no encontraba niñera!

Su compasión, sin embargo, le susurraba que Melody no tenía la culpa de que su tío fuera un idiota, y…

Lucas nunca le había pedido nada antes. Bueno, salvo que sacara la nata montada de la nevera.

Pero aquello, de alguna manera, no contaba.

Había usado la palabra «desesperado» —y debía admitir que parecía estarlo— y luego utilizó «por favor».

Y su estúpida compasión terminó por ganar, razón por la cual estaba aparcada frente a la casa de Lucas media hora después.

¡Iba a hacerle de niñera y ese idiota ni siquiera le había traído un galón de leche!

Pero la regla de nada de favores al parecer perdía su importancia en cuanto dejabas de acostarte con alguien.

Dios, aquel hombre la sacaba de quicio. Habían hablado más en la última semana que en el último año.

Y no le gustaba. Prefería mil veces al Moreau silencioso que solo usaba la boca para volverla loca, porque el Moreau que hablaba era un imbécil.

Resultó bastante tierno cuando le explicó lo que Melody no comía y cuál era su peluche favorito. Puede que no fuera su hija biológica, pero Moreau era definitivamente su padre.

En realidad, no lo conocía de nada, ¿verdad?

Suspirando, llamó al timbre y la puerta se abrió de golpe un segundo después.

—Justo a tiempo —exclamó una voz jadeante. Una mujer sonriente apareció en el umbral.

Y, ay, Dios, era preciosa.

La mujer a la que Lucas se había referido solo como una agente , pero en quien —como era obvio— confiaba lo suficiente como para dejarle a su hija, parecía una supermodelo.

Era una amiga . Bueno, ¿sería también una amiga con la que se había acostado?

Porque, joder, Anna no sería capaz de decir que no si Hazel se le insinuara, independientemente de si le gustaban las mujeres o no.

Tenía unos ojos enormes y oscuros, una larga melena negra y el tipo de labios sobre los que, estaba segura, los cantantes habrían escrito canciones.

Llevaba un traje de negocios negro con una blusa azul claro; estaba tan impecable y sin una sola arruga que Anna, en comparación, sentía que acababa de salir de un cesto de ropa sucia.

—Hola —dijo con torpeza, levantando la mano—. Tenía prisa. ¿Lucas ha dicho que tienes que tomar un vuelo?

—¿Lucas? —arrastró Hazel, arqueando las cejas—. Ya veo. —Entornó los ojos—. Perdona, no quiero ser grosera, pero… ¿tú quién eres?

Sintió que le ardían las mejillas.

—Anna.

—Sí, eso ya lo sé. Pero ¿qué Anna? Nunca he oído tu nombre. Moreau nunca te ha mencionado.

Su mente prendió otro fuego.

—No me extraña. No es muy dado a mencionar cosas, ¿verdad?

Hazel se echó a reír.

—No, tienes razón… Muy bien. Melody, ¿vienes un momento? —llamó por encima del hombro—. Me gustaría que conocieras a Anna, ella es…

—Ya conozco a Anna, tía Hazel —resonó la voz de Melody desde el pasillo. Un segundo después, asomó la cabeza por la puerta y puso los ojos en blanco como si aquello fuera evidente.

La mujer morena enarcó las cejas.

—¿Ah, sí?

—¡Sí! Estuvo aquí porque tenía que hablar de algo con Lu.

—Ya veo. ¿Y de qué se trataba? —Su mirada regresó a Anna.

Esta se aclaró la garganta.

—Era por su rodilla. Se olvidó las pastillas en el estadio, así que se las traje —dijo con naturalidad. ¡Tenía que sofocar cualquier rumor antes de que empezara a circular! Por supuesto, ella y Lucas habían dado motivos para rumores, pero Hazel no tenía por qué saberlo.

—¿Trabajas para los Hawks? —Aquello pareció sorprenderla aún más—. ¿Y sabes lo de…? —Miró a Melody, confundida—. ¿Por qué no te conozco? Soy amiga de Moreau desde hace años y siempre estoy con los Hawks. ¿Qué relación tienen con exactitud?

¿Eran amigos desde hacía años ? ¿O sea que Lucas tenía amigas? ¿El único problema era ella ?

Anna se mordió el interior de la mejilla mientras Hazel la examinaba.

—Somos… ¿amigos?

—No pareces muy convencida.

—Bueno, es que no lo estoy —admitió, riendo.

—Hmm. —Hazel entornó los ojos—. Pero no eres ella , ¿verdad?

—¿ Ella ?

—Ah, no importa. —Suspirando, la morena hizo un gesto de desdén con la mano—.

Moreau nunca le pediría a una de sus… —Se interrumpió y, en su lugar, se encontró con la mirada expectante de Melody—.

No importa. Me tengo que ir. Pásatelo bien con Anna, Mel, ¿de acuerdo?

—Le revolvió el pelo a la niña antes de volverse hacia Anna y ponerle algo en la mano—.

Aquí tienes la llave. La nevera de Moreau está llena, así que prepara algo de comer.

Ella se rio. Preparar algo de comer. ¡Claro que sí! Y luego solucionaría la crisis energética.

—Adiós, tía Hazel —dijo Melody, abrazando a la mujer por la cintura. Hazel levantó la mano a modo de despedida y caminó hacia su coche.

Veinte segundos después, estaban solas.

Anna se guardó las llaves en el bolsillo de la falda y le sonrió a Melody.

—Hola —dijo—. Me alegra volver a verte. A Lucas le sabe fatal no poder estar aquí todavía, se está dando mucha prisa.

—Mmm —caviló la niña, mirándola con escepticismo—. Nunca me habías cuidado antes.

—Es verdad.

—¿Eres la novia de Lucas?

Sorprendida por el repentino cambio de tema, abrió la boca.

—No.

—Entonces, ¿quién eres?

¡Cielo santo, Melody era peor que Hazel! En fin, ¿quién era ella?

—Trabajo con él.

La chiquilla frunció el entrecejo críticamente con sus pequeñas cejas.

—No pareces para nada alguien que juegue al hockey.

Ella se rio, entró en la casa y cerró la puerta.

—Soy médico.

—¿De verdad? —Abrió mucho los ojos—. ¡Eso es genial! Yo de mayor quiero ser doctora porque se me da muy bien poner vendas. ¿Quieres ver?

—Por supuesto —accedió, quitándose los zapatos—. Puedo darte algunos consejos si quieres. De colega a colega, por supuesto.

Asintió con seriedad.

—Nunca se deja de aprender.

Una sonrisa tiró de las comisuras de su boca.

—¿Ah, sí? ¿Dónde escuchaste eso?

—Se lo oí a Lu —contestó, y echó a correr escaleras arriba, donde estaba su equipo médico.

Melody tenía razón. Se le daba bien poner una venda, o en este caso, papel higiénico.

Prácticamente momificó a su muñeca antes de que Anna fingiera romperse el tobillo para que Mel pudiera curarlo, cosa que hizo con tanto entusiasmo y emoción que Anna se rio más fuerte de lo que lo había hecho en siglos.

Melody soltó muchas risitas, enseñando siempre los huecos de sus dientes de leche; los cuales, le aseguró Anna, no se debían a lavarse mal los dientes, sino que pronto volverían a crecer.

Después, escuchó con atención mientras Anna le enseñaba a asegurar la venda para que no se le resbalara por la pierna.

También se interesó por saber cuántas lesiones desagradables había visto.

Muchas fue la respuesta, aunque solo le contó a Melody las cosas que el estómago de una niña podía soportar.

—Lo estás haciendo genial —la elogió mientras esta le rodeaba el tobillo con la venda por tercera vez, apretándola para que no se soltara—. Seguro que serás una médico fantástica.

—Sí. —Asintió con firmeza—. Y si soy muy, muy buena, entonces podré hacer que el cáncer desaparezca y ninguna mamá tendrá que morir nunca más.

El corazón de Anna se encogió en su pecho mientras asentía y se dejaba caer en el suelo alfombrado.

—Tal vez. Si te esfuerzas mucho. Pero, por desgracia, es muy difícil curar el cáncer. Mucha gente lo ha intentado. —Con vacilación, le colocó tras la oreja un mechón de cabello que se había escapado de la trenza de Melody—. Sabes, mi madre también murió.

—¿De verdad? —El labio inferior le tembló y sus ojos se agrandaron—. ¿Tú tampoco tienes mami?

—No, pero ya hace tiempo de eso.

—Oh. —Tragó saliva varias veces antes de rodear el cuello de Anna con sus brazos y apretarla contra ella—. ¿Tal vez Lu pueda cuidarte a ti también?

Anna sonrió y acarició la espalda de Melody.

—Eso es muy dulce. Pero soy adulta. Tengo mi propia casa. Tú tienes a Lu, y yo siempre he tenido a mis hermanos. Que son la razón por la que me hice médico.

—¿Por qué?

—Porque me pasé media infancia curándolos. Ellos también son jugadores de hockey, ¿sabes? Venían a casa heridos todo el tiempo. Y a mí me gustaba hacer que se sintieran mejor.

Sintió que Melody asentía antes de apartarse.

—A mí también me gustaría tener hermanos —dijo con seriedad—. Pero Lu no me da ninguno.

La boca de Anna hizo una mueca.

—Eso no es muy amable por su parte.

Melody soltó un suspiro dramático.

—¡Lo sé! Siempre dice que ya doy bastante guerra yo sola.

—Soltó una risita—. Pero lo dice en broma.

Yo no doy ninguna guerra. —Se levantó de un salto, esparciendo abundantes trozos de papel higiénico por la habitación—.

Se me ha deshecho la trenza, Anna. —Le tendió una liga para el cabello—. ¿Puedes arreglármela?

—Claro.

—¿Sabes hacer trenzas?

—No muy bien, la verdad.

—Oh. —Se le hundieron los hombros, pero luego asintió—. Supongo que no pasa nada. Lu siempre me hace trenzas. Hace las mejores trenzas. Mejores que las que me hacía mamá. Todos en mi escuela tienen envidia. —Asintió con orgullo.

Anna sonrió de oreja a oreja, se arrodilló y recogió el pelo de Melody. Este Lu resultaba ser cada vez más sorprendente.

—¿Qué te parece si cenamos pasta, Melody? Me está dando hambre.

—A mí también. Me encantaaaa la pasta. Lu siempre me deja partir los espaguetis.

—Bueno, bajemos a ver qué tipo de salsa encontramos, ¿te parece? ¿Y tal vez helado de postre?

Los ojos de Melody se iluminaron.

—¡Sí! Pero no tenemos helado. Lu dice que es malo para el cuerpo.

Sí, pero Anna sabía que era bueno para el alma.

—Iremos a comprar—decidió, porque dos chicas que habían perdido a sus madres merecían un poco de helado—. Ese será nuestro secreto.

Melody sonrió.

—¡Sí! Se me da bien guardar secretos. No le dije a Lu que fue el tío Austin quien aplastó la planta de la entrada, no el cartero.

Anna se rio.

—¡Muy bien! Y después, si no es muy tarde, podemos ver una película. ¿Cuál es tu favorita?

—¡Moana! —exclamó como disparada por un cañón.

Anna tomó aire de forma dramática.

—¡La mía también!

—¿En serio? La tía Hazel dice que ver películas de Disney le da náuseas, y Lu siempre se queda dormido.

—Pues yo no. Así que vamos a recoger esto, veamos qué salsa de pasta tiene Lu y luego iremos a comprar helado. Después comeremos y veremos la película. ¿Te parece un buen plan?

—¡El mejor!