Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Te están esperando todos en la sala de conferencias. Me han dicho que te diga que metas el culo dentro si te veía de camino al aparcamiento.

Él asintió y se frotó la frente con el puño. Ella parecía enfadada. Con él. Pero ni siquiera tenía fuerzas para que le importara.

—Joder —repitió en voz baja y cerró los ojos. Amaba su trabajo, pero en ese momento, también lo odiaba un poco.

—¿Lucas? ¿Está… todo bien? —preguntó Anna vacilante.

Su voz era de repente suave, ya no estaba molesta. Era como si alguien le hubiera echado encima un cubo de suavizante.

No respondió. En su lugar, repasó mentalmente cada posibilidad.

La niñera no tenía tiempo y no quería a alguien nuevo a quien no conociera.

Sus padres eran un no rotundo y Fox estaba fuera de toda duda.

Hazel también estaba descartada. Los vecinos, cuya hija era muy amiga de Melody, estaban de vacaciones.

No podía llevársela con él. Primero, se aburriría soberanamente; segundo, nadie sabía de su existencia; y tercero, no podría concentrarse con ella allí.

Las únicas personas que sabían de ella no tenían tiempo y…

Mierda. Eso no era cierto. Se dio cuenta de que estaba mirando a la otra única persona que lo sabía.

Abrió los ojos y notó que Anna seguía mirándolo con preocupación.

Alargó la mano para tocarle el hombro, pero la retiró en cuanto se encontró con su mirada.

Parecía que de repente hubiera recordado que aquellos tiempos habían terminado, cuando se tocaban tan a menudo que el tacto de su piel bajo las yemas de sus dedos le resultaba casi más familiar que el de sus guantes de portero.

—Anna —dijo en voz baja, tensando los hombros—, no tengo ningún derecho a pedirte un favor. —Y no quería hacerlo. Quería sacarla de su vida, no arrastrarla más hacia el fondo. Necesitaba distancia.

Pero ¿qué otra opción tenía? Melody siempre sería lo primero.

—No, no lo tienes —respondió a secas, dándose la vuelta para irse... y él tuvo que detenerla.

—Anna —susurró, cerrando la mano alrededor de la de ella y tirando hacia atrás con un movimiento suave. Dios, su piel era tan suave—. Te necesito.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Como niñera —se apresuró de decir, soltándola de golpe. Demasiado contacto no era buena idea.

Ella levantó la barbilla.

—Puede que te estés comportando como un niño, Lucas, pero seguro que puedes encontrar el camino a la sala de conferencias sin que te lleve de la mano.

Él apretó los dientes.

—Por Melody.

—Ah —gesticuló con lentitud, alzando el mentón, pero por lo demás permaneció en silencio.

Mierda. No se lo iba a poner fácil. Supuso que era justo.

—Todas mis niñeras me han fallado y la que tengo ahora tiene que tomar un vuelo, y… nadie más sabe lo de Melody. Nadie más aparte de ti.

Ella enarcó una ceja.

Él también lo hizo.

Ella permaneció en silencio.

Él suspiró.

—¿Por qué no dices nada?

—Quería saber qué se siente al ser tú —comentó a la ligera.

Oh, no. Si empezaba así, la conversación iba a ser difícil. Sabía que sus habilidades comunicativas eran tan buenas como León siendo casto.

—Anna… —dijo, bajando la voz y buscando su mirada—.

Lo siento. Por haberte hecho enfadar. Sé que nuestra situación es complicada.

Pero estoy desesperado. Una amiga la está cuidando ahora mismo, pero tiene que irse en cuarenta y cinco minutos y…

—Tragó saliva—. ¿Por favor? Eres la única a la que puedo pedírselo.

Anna bajó los brazos, que había vuelto a cruzar. Le escrutó los ojos antes de apretar los labios y susurrar:

—Ojalá no hubieras dicho por favor .

Él reprimió una sonrisa de alivio.

—¿Eso es un sí?

—¡Sí! —jadeó, poniendo los ojos en blanco—. Aunque no te lo mereces.

Sus labios se curvaron en una sonrisa aún más amplia mientras el alivio lo inundaba.

—Lo sé.

—Bueno, algo es algo —respondió a secas, apartando la mirada—. Pero está bien, iré directa para allá. ¿Podrías avisar a tu actual niñera y a Melody con antelación, por favor?

—Claro. Le enviaré un mensaje diciendo que vas tú, pero no quién eres. La amiga de la que hablaba es mi agente, Hazel. —Se rascó la nuca, incómodo—. Si ella supiera…

—Claro —lo interrumpió con amargura—. El apellido Temple haría saltar todas las alarmas.

—Sí. Gracias.

—¿Hay algo más que…?

—Melody no come nada verde últimamente —la interrumpió—.

Suele olvidarse de beber y luego afirma que se muere de sed.

Su juguete favorito es su muñeca, Anna, o el camión de bomberos que puede extender la escalera.

Preferiblemente, lo usa para salvar a Anna.

No puede dormir sin su águila de peluche, Lulu.

Y odia cepillarse los dientes, pero aun así te recordará que tiene que hacerlo porque tiene miedo de que se le caigan si no lo hace.

—¿Qué? —Ella abrió mucho los ojos—. ¿Por qué piensa eso?

—Le enseñé una foto de Charkov y le dije que no se cepillaba los dientes con suficiente cuidado.

Anna se echó a reír y, por un momento, el corazón de él se detuvo.

—Ingenioso. Pero bueno. Puedo apañármelas. No te preocupes. Hice de niñera durante media vida.

Él asintió. Le creía porque… confiaba en ella. Le sorprendía, pero así es como se sentía.

—Bien. Si pasa cualquier cosa, envíame un mensaje. Y gracias. De verdad. Te debo una.

—No quiero que me debas nada —espetó, tensa—. Quiero que dejes de ser un idiota e intentes ser mi amigo… ¡y tómate tus estúpidas pastillas!

Al momento siguiente, se dio la vuelta y cruzó el aparcamiento hacia su coche.

Lucas respiró hondo mientras la veía marcharse.

Su mirada recorrió su espalda y su falda hasta la rodilla, siguiendo cada uno de sus movimientos, tal como había hecho casi un año atrás en el bar del hotel.

El alivio y la ansiedad recorrían sus venas a partes iguales.

¿Cómo iba a poder cumplir la primera parte de su petición…

sin llevársela directamente allí mismo al asiento trasero de su todoterreno?