Capítulo 1
Capítulo Uno
Primer encuentro
— Oye, pasa. Sinceramente, no sabía si responderías. La verdad es que no hablamos de si sería cosa de una sola vez o…
No llegó más lejos. Lucas la apretó contra la puerta con su cuerpo grande y pesado, deslizó las manos bajo su camiseta y bajó los labios hasta los suyos.
Exacto. Nada de hablar.
Febrero
(Medio año después)
— D ax Temple es mi hermano, y amo a Penelope Clark.
En cuanto las palabras salieron de la boca de Jack West, se desató el caos en la pantalla del televisor, y la botella de agua de Lucas Moreau se resbaló de su mano.
El plástico golpeó la cinta de correr en funcionamiento, el agua le salpicó las piernas antes de que la botella saliera despedida hacia atrás y el resto del contenido se derramara por el suelo.
—¿Qué? —gritó Fox incrédulo desde la cinta de al lado—. Es… ¡joder, ¿qué?! ¡Pensaba que era un rumor! O solo una aventura. ¿Y ahora resulta que la ama?
Moreau aporreó el botón que detenía la cinta mientras apretaba los dientes con fuerza. ¡Le importaba un bledo que su colega y la dueña de los Hawks se estuvieran acostando! Aquello carecía de interés. Lo único que le pasaba por la cabeza era…
—¿Y Dax es su hermano? ¿Qué? —Fox sacudió la cabeza, incrédulo—. ¿Cómo es que no lo sabíamos?
Sí. ¿Cómo? Porque si Dax era hermano de Jack, eso significaba que…
—Carajo —susurró, entornando los ojos. Esto ocuparía todos los titulares.
La prensa destrozaría a la familia de Dax y Jack.
Querrían saber por qué lo habían mantenido en secreto.
A Moreau le importaba un carajo el porqué; Dax y Jack tenían todo el derecho del mundo a mantener sus asuntos familiares en privado.
¡Mierda, si nadie entendía eso mejor que él!
No eran ellos quienes le habían mentido, quienes le debían esa maldita información. ¡La información que él había pedido !
—Joder —repitió, frotándose la cara.
Anna no había dicho nada. El circo mediático del siglo irrumpiría en su vida, y si alguien la relacionaba con él, si empezaban a interesarse por él… Nunca se lo perdonaría. Por no mencionar que estaría muerto porque ahora dos de sus compañeros de equipo lo matarían.
Rechinó los dientes mientras su corazón bombeaba con frenesí, como si todavía estuviera corriendo en la cinta.
Había sido una estupidez por su parte incluso meterse en la cama con ella. ¿Cómo pudo arriesgarse así? Solo por unos cuantos polvos.
—¿Estás bien? —preguntó Fox; cuando Moreau levantó la vista, notó que el capitán del equipo y, casualmente, su mejor amigo, lo miraba con el ceño fruncido.
—No —respondió con brusquedad.
Nada de escándalos. Nada de atención. Eso era todo lo que necesitaba. Mierda. La rabia le tensaba los hombros y la mandíbula, y al parecer también la mirada, porque Fox se veía cada vez más confundido.
—¿Tú también estás flechado por Penelope Clark o por qué te molesta tanto?
Resopló. Jamás se había flechado por nadie en su vida.
—Estamos a punto de ir a las eliminatorias. No necesitamos este circo —respondió sombrío, y era, al menos, parte de la verdad.
—Tienes razón —murmuró Fox, entornando los ojos—. Pero deja de presionarte tanto. El año pasado no fue culpa tuya que…
—Claro que lo fue.
Su amigo suspiró.
—Ya, de acuerdo, pero fue una época de mierda —dijo con suavidad—. No podías pensar con claridad, y nadie puede culparte por ello.
Sí. Y esa era la única razón por la que había empujado a Anna al guardarropa en primer lugar. No había estado pensando con claridad. Pero eso sucedió hacía seis meses; las cosas eran distintas ahora. Debería haber actuado con más cabeza.
Su teléfono sonó. Estaba sobre la pantalla de la cinta de correr con una sola palabra parpadeando.
—Llama «Ella» —leyó Fox, enarcando las cejas—. ¿Quién es ella ?
—No te incumbe —A Moreau le crujió la mandíbula mientras agarraba el celular.
Su amigo sacudió la cabeza, sonriendo.
—Siempre dices que no eres misterioso, pero cuando veo algo así…
—¡No es ningún misterio!
—Entonces contesta. —Fox lo miró de forma desafiante.
Joder. ¿Pero qué otra opción tenía? Nadie sabía lo de Anna. Y desde luego no iba a darle a su mejor amigo la oportunidad de atar cabos.
Así que respondió.
—¿Hum?
—Hola —dijo una voz femenina vacilante que él había oído gemir más veces de las que la había oído hablar—. ¿Cómo… cómo estás?
No respondió, pero apretó el puño.
Anna se aclaró la garganta.
—Ya, bueno. Esto…, dime, ¿por casualidad estás mirando la televisión ahora mismo?
Él apretó los dientes. La culpa volvía su voz ronca, como si estuviera a punto de correrse.
—Hum —se limitó a responder.
—Oh. —Silencio—. ¿Así que… ya lo sabes?
Permaneció en silencio porque la mayoría de las veces las palabras ni siquiera eran necesarias.
—Mierda.
Exacto.
—Pensé que la rueda de prensa era mañana. Estaba preparando el examen y se me olvidó, yo… —Tragó saliva audiblemente—. No pude decírtelo antes.
—Ajá.
—No estás solo, ¿verdad?
—No.
—Pero estás enfadado.
Se contuvo de decir que sí.
Ella suspiró.
—¿Podemos hablar de ello? Quería avisarte, de verdad.
Él soltó una carcajada sin ningún tipo de gracia.
—Sí, ya sé que probablemente eso no habría mejorado las cosas, pero…
—Se acabó —la interrumpió. A decir verdad, le sorprendía tener que decirlo. Pero Anna no se callaría si no lo hacía. La regla de nada de hablar siempre había sido la más difícil para ella.
El silencio se extendió al otro lado. Luego:
—¿Se acabó?
— ¿Se acabó? —articuló Fox con interés, sin emitir sonido alguno.
Oh, mierda.
Molesto, Moreau saltó de la cinta, le dio la espalda a su capitán, que era demasiado curioso, y se apresuró hacia el otro lado del gimnasio, del tamaño de una pista de hockey.
—Había una regla —gruñó en voz baja—. Ni mentiras ni dramas.
—No mentí. Nunca dije que Jack no fuera mi hermano.
Él apretó los labios.
—No tienes por qué saberlo todo sobre mí, ¿sabes?
Si volvía a decir algo así, su teléfono acabaría convertido en chatarra electrónica.
—Mierda —susurró ella cuando él seguía sin responder después de veinte segundos—. Lo siento. Pero no tenía derecho a decírtelo. No era mi secreto. Jack y Dax querían mantenerlo entre ellos.
No tenía por qué haberle contado los detalles. Solo tendría que haber dicho que había algo que podría suponer su ruina. Entonces él la habría dejado en paz de una maldita vez.
—Se acabó —repitió con dureza y colgó.
Debería haber terminado antes. Ya había sido toda una imprudencia, pero…
esa hora a la semana con Anna era lo único que le pertenecía.
Lo había mantenido cuerdo. Por un breve tiempo, le había hecho olvidar lo difícil que era todo.
Le había hecho olvidar que nunca sería capaz de cumplir los deseos de Laney, que ella había elegido al chico equivocado en aquel entonces.
Que incluso después de seis meses, seguía sin tener ni idea de lo que estaba haciendo.
Su móvil vibró y un mensaje apareció en la pantalla.
¿Dónde estás? Tengo que salir de casa en media hora.
Moreau miró el reloj y maldijo en voz baja. Llegaba tarde.
Guardó el celular y regresó a la cinta, junto a la cual estaba su bolsa de deporte.
—¿Quién era? ¿ Ella ? —quiso saber Fox—. ¿Y por qué «terminaron»?
—Tengo que irme.
—Estás esquivando el tema. ¿ Ella es especial?
—No.
—¿Es ella la misteriosa follamiga que has estado intentando ocultarme durante medio año?
—Cállate, Austin.
Su amigo se rio entre dientes.
— Austin . Solo me llamas por mi nombre cuando te estoy poniendo de los nervios.
Lucas enarcó una ceja.
La risa de Fox se hizo más fuerte.
—Al menos dime por qué ya no es tu follamiga. Siempre estabas más relajado cuando volvías de verla.
Sí, un sexo espectacular con una mujer que ni siquiera quería mimos después tenía ese efecto.
—La cosa se complicó.
—Ah, y a ti no te gustan las complicaciones. Porque ya tienes bastantes cosas complicadas esperándote en casa.
—Sí —respondió con brusquedad, porque así eran las cosas.
—Dale un abrazo de mi parte —le gritó Fox mientras se alejaba. Moreau se limitó a asentir y salió por la puerta.
—Llegas tarde —fue como lo recibieron cuarenta y cinco minutos después.
—Tráfico. —Entró en la casa y se quitó la chaqueta.
Hazel resopló y pasó por su lado a toda prisa.
—Hiciste que llegue tarde a una cena de negocios.
—Te perdonarán.
—Gareth Clark no perdona. Para eso necesitaría tener corazón —respondió, enfadada—. Y la cena es sobre tu contrato, así que debería importarte más mi puntualidad.
Suspiró. El segundo propietario de los Hawks era el archienemigo declarado de Hazel.
—Lo siento. Estaba entrenando. Me distraje.
Su agente, y ahora su amiga más cercana, entornó los ojos. Era directa, siempre honesta y no tenía paciencia para las tonterías, razón por la cual él se había cambiado a su agencia hacía cinco años. Eso, y que ella sabía cuándo no hacer preguntas.
—Está bien, pero quiero un aumento por mi amabilidad desinteresada.
—Ganaste medio millón a mi costa el año pasado —comentó con sequedad.
Ella sonrió.
—Y este año será mucho mejor. Pero no importa, de verdad tengo que irme. Estarás aquí mañana, ¿verdad? ¿No me necesitas?
—No. Pero gracias. ¿Está arriba?
—Sí. Está dormida. Preguntó por ti.
Lucas asintió, sintiendo una opresión en el pecho.
—Iré a verla.
—¡Está dormida, Moreau! Date un respiro —objetó Hazel con suavidad, apretándole el brazo.
No, no estaba durmiendo. Últimamente, siempre se quedaba despierta esperándolo. Había empezado hacía unas semanas y él no sabía cómo gestionarlo, sobre todo cuando tenía partido por la noche y llegaba tarde a casa.
—Vete, Hazel. Y gracias.
—No hay de qué. Pero que lo de hoy no se convierta en una costumbre, lo sabes, ¿no? —Enarcó las cejas—. Te quiero mucho, pero tengo un trabajo y tus padres…
—Ya se quedan con ella cuando jugamos fuera, Hazel. Es demasiado.
Y a Laney no le gustaría que su hija pasara demasiado tiempo con sus abuelos. ¡Mierda, a él mismo no le gustaba! Habían mejorado, pero aun así…
Hazel asintió, le apretó el hombro y cerró la puerta tras de sí.