Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 86
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Capítulo 86

EL DÍA DEL JUICIO

E l día del juicio.

El día que él y el resto de la comunidad policial —incluidos aquellos que habían luchado por procesarlo en el pasado— llevaban esperando mucho tiempo.

El día del juicio de Henry Matheson.

Jake estaba frente a los espejos del baño en el Tribunal de la Corona de Stratford, preparándose.

Se lavó las manos, se echó agua en la cara y se la secó con un puñado de toallitas de papel; se metió la camisa de modo que quedara bien lisa contra el cuerpo y se ajustó la corbata hasta que el nudo quedó pegado al cuello.

Luego le dio la espalda al espejo y salió del baño.

El pasillo en el que entró recorría toda la longitud del edificio y se extendía hasta donde alcanzaba la vista en ambas direcciones.

Justo frente a él estaba la entrada de la sala.

Darryl, ataviado con su uniforme de policía completo, se dirigía a los medios de comunicación.

Como era de esperar, el caso había despertado un enorme interés.

—Has estado ahí dentro mucho tiempo —dijo Stephanie, apareciendo a su lado de la nada—. Justo a tiempo. Estamos a punto de empezar.

Iba vestida con un traje elegante y llevaba el pelo recogido detrás de las orejas, sujeto al cráneo con un clip. Su rostro resplandecía con una sonrisa, la primera que él le veía en mucho tiempo.

—Estás inusualmente animada —respondió él mientras entraban en la sala del tribunal.

—En cuanto esto termine, me largo.

—¿De verdad vas a seguir adelante con ello?

—Ya es demasiado tarde. Está todo reservado. Primera parada: Marruecos. Luego, el resto del mundo.

Jake abrió la boca para hablar, pero algo a lo lejos le llamó la atención. Una mujer a la que Jake reconoció al instante acababa de entrar en la sala por otra puerta. Llevaba una chaqueta azul marino con pantalones a juego y una blusa de color azul cielo.

Veronica Bateman.

He hablado con Rupert… Solo está esperando tu llamada.

Él y Stephanie buscaron sus asientos y esperaron a que comenzara la sesión. A medida que la gente empezaba a entrar poco a poco en la sala, los nervios de Jake se multiplicaron, los retortijones en el estómago se intensificaron y el sudor de su espalda aumentó.

—¿Nervioso? —preguntó Stephanie.

—Es una forma de llamarlo.

A Jake nunca le habían pedido que compareciera ante un tribunal por ninguno de sus casos anteriores.

Pero esta instrucción era una excepción a la regla.

Y no era exagerado decir que se estaba cagando de miedo.

El desastre que había dejado en el váter no hacía mucho era prueba de ello.

Había practicado innumerables veces las respuestas a las preguntas que sin duda le harían en un intento de desacreditar y confundir su declaración.

Incluso había llegado al extremo de imaginar ya la sala del tribunal desnuda para ayudar a calmar sus nervios.

A todos, excepto a Stephanie.

Unos minutos después de que todos en la sala estuvieran sentados, comenzó la sesión, y la defensa y la fiscalía iniciaron el proceso de argumentar, debatir, convencer y desacreditar.

Cuando por fin llegó su turno de hablar, se levantó de su asiento y se dirigió al estrado, manteniendo la cabeza alta y saludando con la mirada a cada miembro del jurado.

Después de que todos los del grupo de selección anterior hubieran sido sobornados, se había formado uno nuevo, por lo que ninguno de los miembros elegidos había tenido contacto con Henry, Williamson ni nadie que estuviera en la nómina de Henry.

En el estrado, Jake ocupó su lugar y examinó la sala.

A su derecha inmediata estaba el juez. A su izquierda, el jurado.

Luego recorrió el resto de la estancia con la mirada.

Se fijó en las mesas de la defensa, en Veronica y su equipo, en la multitud al fondo de la sala, en el pequeño cubículo de los periodistas y reporteros de noticias, en Stephanie, Darryl, Brendan y Ashley al final de la estancia, en la mesa de la fiscalía y en el trabajador de la Fiscalía de la Corona con el que Jake había hablado en los preparativos del caso para discutir las probabilidades de éxito.

Y finalmente sus ojos se posaron en Henry, sentado en su banquillo, rodeado de agentes de policía.

Hasta ese momento, Henry había sido una mancha borrosa, pero ahora que estaban cerca el uno del otro, Jake se dio cuenta de lo mal parado y destrozado que estaba el hombre.

Sus rasgos eran irreconocibles. Tenía el brazo izquierdo en cabestrillo y la cara muy vendada; los trozos de piel de Henry que Jake podía ver estaban desfigurados y deformados por el ataque con napalm.

Tenía el ojo derecho hinchado y amoratado, y presentaba pequeñas laceraciones en la boca, en un lado de la cabeza y en los antebrazos.

El hombre que tenía ante él era completamente distinto al que había arrestado.

Pero seguía habiendo el mismo fuego en sus ojos.

El mismo fuego que ardía con intenciones malévolas.

Jake sabía que no había forma de eliminar la amenaza que Henry Matheson representaba para la sociedad, a menos que estuviera en una celda de aislamiento o enterrado bajo tierra.

Pero mientras estuviera encerrado tras las rejas, ya era un comienzo.

Una secretaria judicial a su izquierda lo distrajo. En la mano sostenía un ejemplar de la Biblia. Jake puso la mano sobre ella sin necesidad de que le dijeran qué hacer.

Tragó saliva y se aclaró la garganta antes de comenzar.

—Yo, Jake Tanner, juro por la presente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.