Capítulo 85
CRUCE DE CAMINOS
L a lluvia reflejaba el estado de ánimo y la solemnidad del día.
—No pensé que llegaríamos a esta etapa hasta que tuviéramos sesenta años —dijo Jake.
—¿A qué etapa?
—A esa en la que las únicas ocasiones en las que ves a la gente y a los viejos amigos es en los funerales.
Era el segundo de Jake en menos de una semana.
Había recibido varias notas recordándole los detalles del funeral de Richard Candy, pero las había ignorado todas.
Por alguna razón, los organizadores habían hecho coincidir el de Candy con el de Bridger.
Para Jake, la elección era obvia: el hermano bueno merecía su respeto multiplicado por diez.
Ni siquiera había punto de comparación.
—Deberías estar agradecido de que no te estemos enterrando a ti —respondió Elizabeth. Ella había hecho un paréntesis en la organización del funeral de su propio padre para estar con él, para apoyarlo. Y él la amaba por eso.
En los días transcurridos, habían pasado las noches, una vez que los niños estaban acostados, hablando de su matrimonio, de sus errores, de sus fallos. Había sido una charla abierta y sincera. Y también era la primera vez que Jake lo compartía todo con ella.
Todo .
Desde el mismísimo principio. Liam, Drew, Pete y el dinero de la droga que había aceptado sin saberlo.
Henry Matheson y su conversación junto al río.
Los paquetes que habían sido enviados a su casa.
Los paquetes y las fotos que habían amenazado con arruinar su carrera.
La investigación sobre su profesionalidad.
El beso que se había dado con Stephanie en el hotel.
De todos ellos, como era de esperar, el último fue el que más le costó asimilar a Elizabeth. La mayor traición.
Era, según le dijo ella, la herida que más tardaría en cicatrizar.
Lo cual a él le parecía bien; el hecho de que ella quisiera quedarse y arreglar las cosas era el mayor de los milagros. Su amor por él era más profundo que el daño que le había causado.
Se detuvieron poco a poco junto al coche.
Jake puso la mano en la manilla y contempló el aparcamiento; a las pocas personas que abandonaban la comitiva.
No llegaban a diez las que habían asistido, muchas de las cuales Jake reconoció de la jefatura de la policía de Surrey en Guildford, incluida Nicki Pemberton, que se había acercado a Jake en privado para agradecerle su ayuda con las muertes del contenedor del camión.
Gracias a la información que él había proporcionado tras el registro del local de Bridger, se había identificado cada uno de los cadáveres y estaban en proceso de ser devueltos a sus respectivos países de origen, donde podrían reunirse con sus familias y recibir los funerales que merecían.
—No he sido yo —le había dicho Jake a Pemberton—. Bridger hizo la mayor parte del trabajo. Yo solo estoy vivo para contarlo.
Para mantener viva su memoria.
Para asegurarse de que la gente recordara al héroe que, al final, resultó ser.
Mientras Jake se disponía a subir a su coche, algo le llamó la atención.
Una mujer, alta, vestida de negro... no, no era exactamente negro, sino un azul marino oscuro.
Un poco fuera del código de vestimenta. Lo que significaba que lo hacía a propósito o que, para empezar, no tenía ninguna intención de asistir al funeral.
Llevaba el pelo recogido en un moño y unas gafas de sol negras, a pesar de la lluvia y del cielo plomizo, lo que le daba un aire de villana de Disney.
Pero fue el bolso que descansaba sobre el techo de su coche, empapándose bajo el agua, lo que Jake reconoció.
—Vuelvo en un segundo —le dijo a Elizabeth mientras se asomaba al interior del coche.
—¿Pasa algo?
—Creo que sí...
Jake aplacó su temor con una sonrisa y luego se apresuró hacia el otro lado del aparcamiento.
—No sabía que fuera amiga de Elliot —comenzó Jake, aunque luego se dio cuenta de que, en el esquema general de las cosas, probablemente lo fuera.
Veronica Bateman era una de las socias legales más cercanas de Rupert Haversham.
Ambos habían trabajado junto a El Cónclave para representar a un tal Henry Matheson.
Allá donde iba El Cónclave, Rupert y Veronica lo seguían, lo que significaba que sus caminos y los de Bridger se habían cruzado al menos una vez.
—Los funerales me deprimen —dijo ella—. Prefiero honrar a la gente que conocí a mi manera.
—Solo puedo imaginarme cómo —replicó Jake.
Ninguno de los dos estaba dispuesto a mostrar sus cartas primero.
—¿Ha sido una buena despedida?
—Tan buena como cualquier otra, supongo. Si no ha venido por el funeral, ¿se ha perdido? ¿Necesita indicaciones?
Veronica lo miró sin inmutarse. Luego metió la mano en el bolso y, por un momento, Jake pensó que iba a sacar una pistola. Para terminar el trabajo de Candy. En su lugar, sacó una pequeña tarjeta de visita y se la entregó.
—Tengo entendido que su esposa ha tenido un pequeño problema con un fotógrafo —comenzó Veronica, con voz carente de emoción—. He hablado con Rupert y le he explicado la situación, así que está plenamente al corriente. Solo espera su llamada.
Jake no sabía cómo podía haberse enterado de aquello. No quería ni pensarlo.
Jake cogió la tarjeta y la examinó. —¿Qué se supone que debo hacer con esto?
Mientras Veronica cogía su bolso del techo, dijo:
—Si ama a su esposa, le conseguirá la mejor defensa posible. Y por lo que me han dicho, esta corre por cuenta de la casa.
—¿Por qué?
—Tendrá que preguntárselo a él cuando hablen.
—¿Para poder incriminarme más adelante?
—Usted estaba allí cuando ocurrió, Jake. El Cónclave ha muerto; no va a volver.
—¿Así que simplemente volvemos a nuestras vidas como si nada hubiera pasado?
Veronica abrió la puerta del coche y entró. —Eso es lo que suele pasar al final de estas cosas, sí. —Y acto seguido cerró la puerta, arrancó el motor y se alejó, dejándolo atrás bajo la lluvia.
Guardándose la tarjeta en el bolsillo, regresó caminando hacia su Mini con una mezcla de conmoción y confusión.
Al sentarse en el asiento del conductor, Elizabeth le preguntó:
—¿Todo bien?
Él la miró. Sonrió.
—Ahora mismo no, pero tengo la sensación de que lo estará.